Aotearoa. Parte 1

Actualizado: 8 de abr de 2020






«Amos de los cuerpos, presos de las mentes»

Eber, 2007

CAPITULO 1

De repente, me fui a Nueva Zelanda. Hablé, tímidamente, de esa posibilidad en noviembre, justo en el cierre de otro cuatrimestre académico mediocre. Algo debía cambiar en el 2006.

Juan y Nicolás cayeron en la semana entre Navidad y Año Nuevo a mi casa y nos quedamos atrapados entre asados y piletas. Juan, el Ruso, había limado sin que yo supiera y ya tenía visa de trabajo y pasajes para aquellas islas. “En veinticinco días me estoy subiendo a un avión para caer a un país en el que sólo tengo un conocido viviendo en Auckland”, nos decía nuestro amigo y nos invitaba a participar del viaje. Esa noche, cuando me acosté, mi cabeza dio vueltas ante la casual propuesta de Ruso. ¿Qué pasaría si realmente hiciera lo que siento interesante hoy, sin pensar mucho más allá? ¿Es eso una irresponsabilidad o, al contrario, un síntoma de salud?


En Santa Rosa, nunca más mencionamos seriamente la idea de mudarnos al extranjero y, pronto, cada uno volvió a la rutina posvacacional. Nicolás, a Buenos Aires, detrás de un curso de verano. Yo, si bien me quedaban días de ocio, decidí volver a Capital para ver si podía rendir algún final y meterme de lleno en la carrera de comunicación social o, al menos, encontrar un trabajo de media jornada que me permitiera llevar con más altura esto de estar aprobando tan pocas materias por año. «A media máquina es una boludez», me dije.


«André ¿qué te parece la idea de marchar tras rusos pasos?», pregunté por teléfono.

«¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué onda la visa? ¿Cómo se saca? ¿De cuánto billete estamos hablando?», me ametralló sin darme tiempo a meter bocado.


«No tengo ni idea, pero por como me vendió el viaje Ruso, no es muy complicado. Eso sí, está el temita de los mil dólares demostrables para ingresar al país», le respondí cuando pude. Antes de irme a dormir, le mandé un mensaje a Nicolás para ver si a él también le estaba quemando la cabeza viajar por un tiempo. «¡No, juguete!», me respondió.

Ruso, entre correos esporádicos, comenzó a contarnos lo que allá sucedía. Acá, yo trataba de resolver mi futuro, pero no lo tenía demasiado claro.


«Mañana arrancan las inscripciones en la facultad», mencionó mi querido hermano y se activó mi alarma. «¿Otro año igual? Esto ya lo viví», pensé nuevamente. Esa noche, por primera vez, Ruso se reportó por teléfono desde Nueva Zelanda. ¡Oh! ¿Casualidad?

«¿André? ¿Cómo la ves?», le pregunté por teléfono a mi amigo pampeano, después de cortar comunicación con un soldado en tierras extranjeras.


«Paradelante», me respondió al toque André, el Gordo.


«El sábado inaugura un bolichito en Pilar, la barra es canilla libre. Yo los hago pasar. Venite con quien quieras», me propuso Maite. «¿Nicolás, qué plan mejor tenés para el fin de semana?», pregunté. «Ninguno, pásame a buscar y vamos a lo de tu amiga», respondió. Así fue. La borrachera nos llevó verbalmente a Zelanda. Él ya no quería facultad y yo estaba convencido de que, además de ser necesario, era el momento justo, por no tener ataduras más allá de familia y amigos (que tranquilamente podrían entender nuestro deseo). «¿En qué andarán los rusos en este preciso momento, no? ¿Qué hora es allá? Ni idea». «¿Es verdad que vamos? ¿Traigo otro fernet para brindar?», lo apuré a mi amigo. «Traé, tranquilo», me dijo Nicolás.


Ese mismo martes, se reportó por teléfono Nicolás, el Duende, para pasarme toda la data previaje y me confirmó que había reservado vuelo para dentro de quince días. «No creo llegar, pero acelero los trámites para alcanzarte pronto», le propuse.

«Gordo, ¿cómo viene la cosa», lo apuré por inercia de noticia. «Tengo un autito casi vendido, bancame», respondió.


«Necesito un préstamo», fue así cómo formalicé mi intención de viaje ante mis padres.

«¿Y, Gordo?», insistí casi día por medio. Duende se fue. Estamos yendo, amigo. Próximo destino: Auckland.








CAPITULO 2





Mount Maunganui.



Superamos una jornada nocturna complicada, llena de latas de cervezas Ranfurly, tequilas baratos y cigarrillos varios. De cenar ni se habló. La última comida que recuerdo fue la de la despedida en mi departamento en Buenos Aires. Empanadas, cerveza, fernet y otras hierbas. Mi viejo estaba tratando de dormir para, de madrugada, llevarnos al avión. Desde esa noche, el sol se empecinó en mostrarse y la cena pasó inadvertida. ¿Cuál de las comidas fue? ¿La que nos sirvieron antes o después de dormitar? ¿Qué hora es? ¿Dónde estamos?

Llegamos al aeropuerto de Auckland el sábado veintidós, según nuestra cabeza y celular. Había escuchado que alguna diferencia horaria modificaría el día en el que viviríamos del otro lado del mundo, pero volví a ignorar. Previa escala en Santiago de Chile, catorce horas de vuelo hacia un lugar que solo había visto en el planisferio mes atrás, por Duende insistencia. «Mirá dónde nos vamos», dijo y se fue.


Creo que nadie imagina lo poco informado que llegué a estas islas. Las únicas certezas eran que ya estaban allí dos de nuestros soldados. Ellos recolectaban kiwis en una mítica Tauranga y con Gordo nos sumaríamos, fácilmente, a la travesía. Aterrizábamos y nos pasaban a buscar. Perfecto. ¿Qué más necesita uno saber?

¿Fotos? No, gracias, estoy yendo.


Bajar del avión fue un alivio, hacía rato que lo quería. Nunca había estado en un aeropuerto internacional del lado de los pasajeros, desconocía el protocolo. Siguiendo carteles y personas, llegamos a una cola. Aduana, señores. ¡Venga! Sin diálogo de por medio, Gordo se mandó primero. Una morena de buena cara y aspecto robusto, lo recibió. Yo ya no escuchaba, pero vi que a los pocos segundos mi amigo pedía una manito. Voy. Ah, sí, inglés. Hola, ¿Qué tal? Demostrar fondos, explicar nuestras vidas en Argentina y qué íbamos a hacer en Nueva Zelanda, fue el cuestionario y viaje que arrancó. Estaba tranquilo, más allá que el idioma me perturbaba al oído. Mi tarjeta de crédito, con la cual quise, primero, demostrar liquidez, estaba vencida. ¿Cómo? ¿Qué? Me la devolvió y, efectivamente, así era. «Antes de ayer», me dijo ella. Arrancamos con el pie izquierdo. Gordo podía sólo presentar billetes, pero los tenía amarrados a su vejiga con una disimulada riñonera y, por alguna razón, no aceptaban que se desnudase ahí mismo. Perfecto. «Unos amigos nos esperan en Tauranga y con ellos vamos a trabajar pickeando kiwis», seguía yo y ponía cara de buenudo. Dirección de ellos, se atrevió a pedirme la morena, la cual ya no me estaba cayendo nada simpática. «Tauranga es lo único que sé, señora», respondí con la misma expresión y mirada embolada. La situación me estaba por desbordar, quería fumarme un pucho, sentarme cómodamente y ver caras amigas. Un chileno que esperaba atrás nuestro se acercó para ayudarnos. Bienvenido. Lo primero que me llamó la atención fue un maorí gordo y grandote, sobre todo esto último, con bata y pantuflas, caminando por el aeropuerto. Haciendo un paneo noté que, en realidad, todo era distinto. No podía diferenciar nacionalidades ni edades. Orientales, apus y maoríes en abundancia. En español, nada. Comunicarnos con los chicos era nuestro primer objetivo. Yo sabía dos números telefónicos: un celular y un fijo. Cuando intenté discarlos, obviamente, saltó error. Había que retirarles la característica internacional. Nunca los había llamado desde Nueva Zelanda ni sabía cómo hacerlo. Así que, luego de realizar varios procedimientos lógicos, llegué a la conclusión de que solo no podía. Disculpe, tengo este número que es un celular de aquí, pero no puedo llamar porque sobran dígitos. ¿Usted podría…? Que tengo que llamar a este celular, le digo, y no puedo. ¡Ah! Listo, gracias. Apagado uno, sin respuesta el otro. «Deben estar entre parras de kiwis», concluimos. Nos refugiamos en unas computadoras con internet gratuita que había descubierto Gordo y esperamos el paso del tiempo.


En mi cuarto intento comunicativo me atendió un brasilero que me pasó al toque con un argentino. Se presentó como Nene, amigo de mis amigos. Los chicos no habían vuelto de trabajar. Salían a las seis de la tarde. «Cuando regresen, deciles que llegamos y que los esperamos acá», le pedí a este compatriota. «Nos vemos esta noche», acordamos y propusimos un trueque de cerveza y marihuana, por fernet y yerba (víveres que escasean por estos lados). Más relajados, esperamos otro par de horas en el aeropuerto. Las dos caras que más quería ver en ese momento salieron de entre la multitud. ¡Qué bueno! Portaban un blanco Toyota Camry rural, modelo noventa y cuatro. Sentados cómodamente atrás, con cinturones puestos por advertencia de nuestros amigos, ya nada me importaba. Ruso, al volante; Duende, de copiloto. Contentos. Todos muy contentos. Hola amigos.


«¿A Tauranga, entonces?», pregunté. «Mount Maunganui», me respondieron los de adelante. Al mismo tiempo, y a la orden de «vayan prendiéndolo», pasaron un cigarrillito, una agujita. «¿Me estás jodiendo? ¿Ustedes no van a fumar?», fue lo primero que pensé y verbalicé con un «¿andan cortos de hierbas?». «Acá se arman finitos porque sacuden», vino de respuesta. Tampoco era que necesitaba más. Después, me di cuenta de que con menos también hubiese funcionado.


Por un camino secundario (y no por ruta nacional) fue por donde, sin querer, partimos a Mount Maunganui. Una increíble luna llena, que alumbraba tanto como un sol cayendo, y un paisaje ondulado, fueron nuestra compañía durante los primeros kilómetros recorridos en Zelanda.


Muchos pueblos ruteros, lindos e iluminados, se alternan y, por lo general, su planificación es parecida: la calle principal es la ruta. A medida que uno se va introduciendo en ellos, los carteles viales proponen disminución de velocidad hasta alcanzar los cuarenta kilómetros por hora. A nadie se le ocurre andar a mayor velocidad que la permitida (y eso que la máxima es cien). Hay mucho cartel indicativo. Se maneja por la izquierda. Todo es sumamente prolijo. Llegamos a «nuestro» hogar. Una concesionaria vista desde afuera o gitanos en casa gringa. Eran catorce los que allí vivían. Brasileros: Felipe, Renato, Diego, André, Rodrigo, Luciana y Tuna. Argentinos: Nene, Cota, Elena, Marina y Maru. Uno de cada tres tenía auto propio. Buena gente, aparentemente, sobre todo después de la tercera cerveza. Nada de botella de litro, todo porroncito. Más tarde, cayeron algunos californianos y más brasileros. La heladera estaba llena de packs de distintos colores, orígenes y dueños. Era todo desconocido, pero no dejaba de ser como una extraña reunión de sábado a la noche en Buenos Aires. De cenar, ni se habló, como decía. Se hicieron las tres de la mañana y una voz anunció que nos quedaba una sola hora de boliche. Unos shots de tequila y partimos.


Esquina de madera, poca cola, entramos. En principio, mucha gente. Como conclusión, más bar bailable que boliche. Pinta de cerveza tirada por cuatro dólares. Una, dos y se nos fue la noche, cerrando estaban. Algunas lindas chicas se dejaron ver, pero sólo algunas. Hip-hop y más hip-hop. Raro. Distinto. Muy bueno.


Las horas de sueño acumulado, mi primera resaca tan extranjera y algún otro factor, hicieron que mi cuerpito pudiera verticalizarse recién a media tarde. Los brasileros cumplieron con su jornada laboral, no así nuestros compatriotas que acusaron falla en alarma despertador. Sí, sí, cómo no.


Dedicamos las energías a caminar por nuestro nuevo barrio de casas americanas, sin mucho movimiento en la calle y menos ruidos. Recorrimos el shopping (a cinco cuadras) y nada más.


Recuperación. Mañana vendrá el dueño de la casa y le vamos a blanquear nuestra estadía. Si no podemos quedarnos aquí alquilaremos otra cosa. Cosechar y empacar kiwis es lo que vendrá. Con Gordo tenemos que ir al Pack House donde trabajan nuestros soldados para ver si nos aceptan tan fácilmente como dicen.


Ocho de la mañana. Arriba. Primer día de trabajo en el campo. Lo de recolectar treinta mil kiwis por día (¡cada uno!) era verdad. Fuimos unas máquinas cosechadoras de frutos. Bolso en el pecho, guantes de lana y recomendaciones de uso de gafas para que la suciedad de la parra no se metiera en los ojos. Nosotros sin protección ocular, claro. Para motivar la cosecha, nos dividimos en tres equipos, la misma cantidad de bins (cubos de madera) que transportaba el tractor. Cada grupo estaba formado por diez personas que llenaban lo más rápido posible, como «corriendo carreras», el que se le había asignado. El tráiler se iba lleno y volvía vacío. Una y otra vez. Nosotros contábamos la cantidad de viajes y los transformábamos, mentalmente, en dinero. Los treinta cobraríamos lo mismo. Paramos a descansar tres veces: treinta minutos para almorzar y dos recreos de quince para mantener un rato los brazos a la altura de la cintura. Hasta las diecisiete estuvimos en el campo. ¿Así que a esto llaman picking?


Llegamos a casa con intenciones de duchas inmediatas y comodidades sillonísticas. Brazos, hombros y cuellos cansados por el esfuerzo. Los altos, con quejas sobre sus espaldas. Los petisos, como uno, con dolores en los omóplatos. Nunca había estado tanto tiempo con los brazos en alto. Parece una boludez, pero te quiero ver.


Después del training de dos días en campos diferentes, nos asignaron uno fijo. De esta manera, quedó inaugurada oficialmente la temporada de «Picking de Kiwi ‘06». Argentina forma parte de un equipo junto con cinco personajes de túnicas y turbantes blancos. Pieles oscuras y curtidas. Idioma indescifrable. Grandes sonreidores. Gourmet, el más locuaz de todos, fue quien rompió el hielo e hizo de mediador entre los grupos. El tema es por producción. Mientras más cosechamos como grupo, más cobramos por semana. Las parras, dispuestas una al lado de otra, se cosechan en subgrupos de a tres. Uno levanta lo del centro y los otros se ocupan de los laterales. A poco tiempo de haber arrancado, y sin mediar muchas más palabras con esta gente, se escuchó un grito de aliento de boca de Gourmet, obviamente. Nosotros respondimos con otro y risas. Toda la jornada así estuvimos. Nadie entendía qué se decía realmente, pero sonaba bien y compartíamos. ¡Dale, dale, dale!


A media mañana, tras sacar un kiwi, siento un gran pinchazo en el cuello, un ardor insoportable. ¿Qué mierda? ¿Qué tipo de bichos hay en este país?, pensé. Sin querer alarmar, fundamentalmente por no quedar pelado entre tanto huevo peludo, solo emití, inconscientemente, un pequeño quejido. Al toque, unos gruesos y cayados dedos presionaron la zona, como si quisieran reventar un grano de pus. Por el rabillo del ojo lo vi a Gourmet prendido sobre mí. «¿Qué me pico? ¿Me voy a morir?», pregunté. Él rió. «Bee», dijo. ¿Qué lo qué? «Bee», repitió e hizo un montoncito con los dedos, cual abeja voladora. Tomó barro del piso y me lo frotó sobre la picadura. ¡Gracias, mostro! En el primer recreo, Gourmet me trajo una curita. Un grande. Un susto, también. ¡Agujas no! Prometida está la cerveza.


La producción no fue tan buena como la planificamos la noche anterior, pero mejor de lo que esperábamos teniendo en cuenta la gente (dos décadas mayor) que nos habían asignado a la mañana. Lo que me llamó la atención, tomando como natural cosechar kiwis en Nueva Zelanda, fue la complicidad y entendimiento con nuestros colegas. Bastaba con miradas o guiños para alertar la presencia de autoridades del lugar. Más allá de los orígenes, las mañas no se pierden. «Good people», repite Gourmet cada vez que nos mira.


En nuestra segunda presentación, le fallamos al equipo: nos tomamos el día. Nos llamó Greg, nuestro apu contratista, a quien vimos una vez (por diez minutos) en la orchard (plantación) y nos dijo que íbamos a trabajar, sólo de diez a trece. «Sólo» fue la excusa perfecta y no aceptamos la oferta. Nuestro primer contacto social fue en el supermercado. El segundo, en la playa de Mount Maunganui. Sándwich, enriquecimiento de vista y Nosecae (nos ponemos en ronda y nos pasamos la pelota de fútbol, sin dejar que toque el piso. Podemos usar todo el cuerpo, menos las manos). Bienvenidos a la terapia, señores.

Nuestra ciudad, aunque no tenga más de (qué malo soy calculando) siete mil personas, termina en el monte Maunganui. De ahí, el nombre de la localidad. Allí también muere la playa; después, todo agua. Llegamos a su cima en cuarenta minutos de tranquilo ascenso. Tirados sobre la ladera, con el sol poniéndose sobre el océano, tomamos unos fernet y fumamos unas hermosas flores neozelandesas. «¡Qué bien!», repetíamos. Creo que presencié el mejor atardecer de mi vida. Nunca había visto, sin gafas, al astro tan redondo, enorme y claro a la vez.


Recorriendo la costanera en dirección a casa, nos animamos a retomar y estacionar (en cuarenta y cinco grados) al lado de un auto lleno de mujeres. Bajamos las ventanillas derechas y nos pusimos a hablar. Estaban festejando el cumpleaños número dieciocho de una de ellas. Todo marchaba bien, pero era hora de arrimarnos, aún más. Eso se propuso en español y los soldados se miraron en silencio. Nene se declaró en contra, Ruso también, Gordo se bajó suspirando y con Duende, después de mirar a los que no atinaron movimiento, fuimos tras el solitario soldado. ¿Quién los conoce acá?, los apuramos antes de abandonar el habitáculo. Los rusos, después de unos instantes, se presentaron en el frente de batalla. ¡Bien! Para esa altura, Gordo ya estaba metido dentro del vehículo, sentado arriba de una de las kiwis. Debo reconocer que alguna pisaba los dieciséis años. Las invitamos a seguirnos hasta casa y aceptaron sin mucho blablerío. Algo borrachas, jugaban. Una vez en ruta, y con el auto femenino siguiéndonos, conocimos el primer mito neozelandés por boca del piloto. «El garrón del argento», como fue nombrado. «Hubo un argentino que, no bien llegado a este país, tuvo relaciones sexuales, supuestamente consensuadas, con una menor. La madre de esta, al enterarse, lo denunció. Carátula: violación. Se cree que todavía está encerrado esperando el juicio», contó Nene. Ruso confirmó la historia, pero estábamos camino a casa. Despejamos nuestras mentes imaginándonos las caras de estas chicas cuando vieran dónde y con quiénes vivíamos. Nadie había mencionado a Brasil.


Renato, Rodrigo y Felipe estaban dando vueltas por ahí cuando entramos. Desconfiando de sus ojos, igualmente, se abalanzaron sobre las kiwis e invitaron con cervezas. Nosotros fuimos quienes marcamos el camino de la aceptación. De repente, imaginé como si estuviésemos en un boliche, bailando y brindando entre amigos. Los brasileros le metieron tanta energía al asunto que los nenes se asustaron y encerraron en la habitación. En un momento, el resto de Argentina se encontró fumando en el deck del patio, mirando la improvisación de levante brasilera. «¿Sabés la edad que tienen?», le preguntamos a Renato que salió por una seca. «¡Nao importa! Lindas tetiñas», respondía el rasta mientras se reincorporaba a la escena moviendo la cabeza, levemente inclinado hacia atrás y con las manos extendidas. Las chicas sonreían ante cualquier ocurrencia verdeamarela. Tomaron una cerveza más y comenzaron a buscar la puerta. Al percibir esto, Brasil se tiró al pico, beso y abrazo. Y no fallaron. Entonces, Argentina se metió en la despedida surgida. En un momento, eran cinco adolescentes huyendo de los cariñosos sudamericanos, pero sin dejar nunca de mostrarse a gusto. Fue como un gran diluvio en poco tiempo. Mucha risa. «A ver cuándo aportan algo ustedes», los apretamos a los brasileros. Acá también se pone la calle. Tranquilo me deja.


Otro día sin trabajar, sigue el tema de los cielos grises y ambiente húmedo, condiciones climáticas que impiden el trabajo bajo la parra. Desayunamos y presenciamos una llamada desde Argentina que pedía el retorno de Cota. Luego de que esta finalizara, nuestro amigo anunció su inmediato viaje para recorrer tierras sureñas. Pocos días le quedan a su estadía en Maunganui, porque sus padres se oponen a sus ganas de quedarse un tiempo más, argumentando temas facultativos. Hace tres meses que llegó a Zelanda con Nene, su compañero de aventura. Este nos confesó que la madre de aquel lo extraña mucho y por eso lo vuelven. Después de almorzar, nos fuimos al remate de autos, a ver lo que había. Si uno está presente un par de horas antes de que comience el circo, puede probar cualquiera de los vehículos; sólo basta con pedir que alguien de la agencia se siente de copiloto. Gordo se subió a un par de autitos, únicamente para molestar, porque nuestra idea era comprar un vehículo grande para los cuatro y vender el Camry. A esta altura, nuestro capital nos mantiene bastante lejos de concretar anhelos. Vimos una van a mil seiscientos kiwis. Lindo bichito. Chau, gracias.


Mañana cobraremos nuestro primer sueldo, lo que trabajamos la semana pasada. Por primera vez, pensé y comprendí que estamos lejos. A decir verdad, ¡en otro continente! Se extraña lo que se tiene que extrañar y nada más. Al menos por ahora.


La casa disminuyó en habitantes de forma casi inesperada. Se fueron las chicas brasileras a un departamento céntrico más barato y las argentinas, con rumbo sureño, junto a Cota. Es decir, ahora sólo habitan huevos bajo este techo. Improvisamos un fútbol-tenis indoor por encima de la barra de la cocina: Argentina vs. Brasil. La principal regla es que nada debe ser sacado de la mesada. Lo mejor fue que nada se rompió y eso que no escatimamos en delirios a la hora de colocar la pelota del otro lado de la red. Un verdadero clásico ha comenzado.


Por ahora, nada de frío, salvo a la noche. Esta siempre nos encuentra dentro de casa, a punto de levantarnos por trabajo o acostándonos para ir hacia allí en las primeras horas de la mañana. Los kiwis, descendientes de ingleses que nacieron en Zelanda, al igual que los maoríes, los nativos, viven de día. ¿Noche? No es que no se hace nada en horas nocturnas, sino que la comienzan apenas cae el sol y la riegan siempre con mucha cerveza, lo que imposibilita encontrarlos fuera de sus hogares más allá de las veintiuna horas.


Venimos de cinco días seguidos de picking, de ocho a diecisiete treinta. Kiwis, kiwis, kiwis. Ganamos ciento veinte dólares al terminar cada jornada, aunque recién vemos ese dinero después de una semana. A decir verdad, estoy bastante podrido, pero sirve de adaptación al medio y para juntar plata. Me convenzo. Nos decían que el trabajo en el campo era el más rentable y ahora entiendo por qué: laburás en tanto el clima y el cuerpito te lo permitan. El ambiente en casa, después de la parra de frutos, es agradablemente acorde con el estilo de vida que estamos llevando: bolsillos crocantes por ambiciones automovilísticas y vacacionales. «Si no salís, no gastás efectivo», afirman los rusos, mientras continúan charlando con los brazucas y comparando culturalmente a Brasil con Argentina. Nuestro único momento social, sin lugar a dudas, es cuando nos abastecemos de comida. La heladera con alimento congelado es uno de los puntos de reunión con colegas. De vez en cuando, sin ganas de salir con la cabeza mojada para hacer las compras, nos mandamos al supermercado directamente desde la orchard, cual picker por su casa. La seguridad suele hacernos un seguimiento, momento que aprovechamos para gritar: «dispersen» y cada uno arranca para un lado. Sólo para molestar. Nos conformamos con poco y nos reímos por menos. ¿Por suerte?


El domingo amanecimos con lluvia y nos desayunamos con que era el cumpleaños de la Reina de Inglaterra. Y a mí qué me importa, pensé, pero la noticia terminaba con «feriado nacional por ser Nueva Zelanda una colonia inglesa». «¿No laburamos y llueve?... ¡Está bueno eso!», gritaban los duendes. Decidimos ir a Tauranga a dar algunas vueltas y, de paso, ponernos al día con llamados a Argentina. Me di cuenta, mojándome mientras caminaba hacia el punto de reunión, que sólo podíamos contar de kiwis y proyectos inciertos.


Después de almorzar y habiendo hablado de la amargura de los llamados, se planteó una excursión a Coromandel, una península al norte de Mount. «Está como a doscientos kilómetros», afirmaron los rusos. Miradas cruzadas. Silencio. ¿Y por qué no? Almohadas y frazadas se alistaron y partimos en nuestro Camry rural. Era de noche cuando llegamos a Coromandel, que resultó ser más chico de lo pensado. En un humilde supermercado compramos la cena: fiambre y pan lactal. Por protocolo, encaramos al único backpacker (BP) abierto. «El otro cierra temprano», nos dijo la recepcionista, después de comunicarnos que no tenía las cinco camas por las que habíamos consultado. «A las nueve toca una banda en el patio», dijeron los duendes señalando un pizarrón, mientras se iban del lugar. «Bueno, habrá que venir más tarde por una cerveza», sentenciaron los gordos y dieron el primer paso en vereda. Descubrimos una mesita entre un par de árboles bajos, a orillas de la ruta. «Home», dijeron los nenes, imitando a ET. Acomodamos el auto y preparamos la cena. Después fuimos por el tónico prometido y enganchamos los últimos tres temas de una banda kiwi de música coun- try. Daba igual.

Amanecimos con gran paisaje en ventanillas. ¡Linda vista mañanera! Pasamos por una estación de servicio y, después de explicar que sólo queríamos agua caliente en nuestro termo para tomar mates, una tradicional infusión de nuestro país, pedimos un mapa para ver dónde estábamos realmente y qué podíamos hacer. Descubrimos una ruta secundaria que recorría la península. En ella sólo figuraba un pueblo. Este tipo de excursiones son nuestra debilidad.


Camino de ripio recorrimos y nos topamos con un arroyo importante que cortaba nuestra única opción de paso. Nos bajamos del auto y lo medimos con una rama: al menos cuarenta centímetros de profundidad. No nos podíamos volver. Cruzamos caminando y lo miramos a Gordo que estaba al volante. «Nunca nos dejó a pata», repetían rusos y duendes, como transmitiendo energías. Esta no fue la primera vez. Aplausos. ¡Una máquina el Camry! Continuamos nuestra travesía. Leímos un cartel que decía «Port Jackson» y, casi sin darnos cuenta, dejamos el pueblo (si es que clasifica para ser considerado de esa manera). Llegamos a un campo abierto y nos enteramos que se alquilaban camas por día. Pedimos cinco por una noche y resultamos ser los únicos huéspedes. Sin nada para cenar, le preguntamos al dueño del lugar si viajaría al pueblo en algún momento. «Por la mañana», nos dijo y se fue. Mientras acomodábamos nuestras pertenencias, el kiwi volvió y, habiendo notado nuestra sequía alimenticia, nos trajo una bolsa con productos para improvisar una cena y un desayuno. Nos cobró diez dólares por todo concepto. ¡Fenómeno! «A caminar y ver qué acontece», fue la consigna a media tarde. Con rusos y nenes decidimos hacer la excursión con Pepa. A mitad de camino, nos dimos cuenta de que también hubiese sido una buena idea llevar linterna o agua. Sólo risas nos acompañaron. Llegamos a un punto alto de la ladera y decidimos tirarnos a ver el atardecer. Ruso intentó armar un porro, pero entre viento y locura (más ésta que aquel) le resultó imposible. Gordo, preocupado, hablaba por lo bajo de oscuridad y falta de GPS. Si la noche nos agarra acá no vamos a saber para dónde está casa, decía, tal vez con razón. Nuestra fe en la luminosidad lunática, y siendo conscientes de que se estaba exagerando un poco la situación, igualmente accedimos a volver antes de que se escondiera por completo el sol. Lo hicimos hasta que hubo contacto visual con nuestra vivienda y allí nos echamos en «la zona de puffs», como la llamamos. En realidad, eran pastos punas enormes, muy cómodos. Nada pincha en los suelos de Zelanda. «Acá, por más noche que nos agarre, perdernos seguro que no», le dijimos irónicamente a Gordo. ¡Buen living este! ¿Hace mucho que lo armaron?


Para volver a casa debíamos atravesar un cuadro lleno de vacas. La luna iluminaba lo suficiente como para poder ver dónde estaban, pero no para diferenciarlas de osos. El silencio, la inmensidad del lugar y las olas rompiendo a pocos metros hacían volar mi imaginación. «Son curiosas, por eso se acercan», me dijo Ruso. «Igual me dan miedo», respondí y lo dispuse como escudo humano. En medio del corral, sentí que mi protector se había detenido. «A mí también», me confesó. ¡Corré, amigo!

La nochecita bañada de estrellas nos encontró ya limpios, y con ideas de montar el living de casa en el jardín. Nada pudo impedir el proyecto. Sillones, parlantes de computadora conectados al discman, sillas para apoyar los pies y frazadas para calmar frescos, se ordenaron prolijamente en el césped. Pink Floyd, sonando. Me sentí demasiado pequeño. Jugamos a caer hacia las estrellas. Estábamos, realmente, en lo alto…


Nos levantamos temprano, desayunamos y emprendimos la vuelta a Mount Maunganui. Mi propuesta de quedarnos un día más no fue tomada con seriedad. El trabajo nos esperaba. Nuestro primer viaje… corto, pero interesante.


Examen


Gordo fue a sacar el carnet de conducir, después de jugar una semana con panfletos y manuales instructivos de manejo en Zelanda. La gente de tránsito de Tauranga accedió a que nuestro amigo llevara un traductor al examen. Bajo juramento, Ruso prometió sólo españolizar la consigna. Los acompañé en la aventura; primero, leí varias revistas en la sala de espera y, luego, traté de matar el tiempo escuchando música en el auto. Evidentemente, a Argentina se le había complicado el tema evaluativo. Tras una hora y media, mis amigos salieron riendo del lugar, pero no los noté del todo contentos. No habían podido conseguir el objetivo. Me contaron que se encontraron en un aula, cual secundario, frente a una autoridad que los miraba desde lo alto de una tarima. La prueba teórica era multiple choice y tenía casilleros para raspar y así obtener, instantáneamente, la respuesta. Con una cruz se marcaba el error y con un tilde, el acierto. Después de hacerse los boludos por un rato, dejaron de esquivar mi pregunta y respondieron a la cantidad de errores cometidos: seis. Cuando sus lenguas se soltaron, confesaron hasta suaves rayones para tratar de ver el signo oculto. Ni así pudieron. Los gordos están convencidos de que si nosotros seguimos su juego, es imposible que la policía de aquí sepa que nuestra cédula de identidad no es realmente el carnet de conducir en Argentina. ¿Todos tienen cédula, verdad?, repiten.

Fin de semana

Cota regresó de su excursión sureña con las horas contadas para presentarse en el check-in del aeropuerto de Auckland. Nosotros nos ofrecimos para llevarlo hacia allá y, de paso, pegar un viajecito, una caravanita de dos días y una noche en la gran ciudad. Cargamos todo lo necesario en el Camry y partimos hacia el norte. En los trescientos kilómetros que recorrimos fuimos rotando para disfrutar del poco ortodoxo confort de la inventada butaca en el baúl. Al llegar a la ciudad, y después de ver unas gigantografías en la vía pública, nos tentamos con alquilar kartings para despedirnos de nuestro amigo con una carrera de alto vuelo. Nos bajamos para averiguar qué tan lejos estábamos de concretar la idea y, primero, la noticia de que deberíamos abonar la totalidad de la entrada (que nos habilitaba a cualquier juego), segundo, las colas para acceder a los mismos y, finalmente, lo ajustado de tiempo que estábamos, nos llevaron a sintetizar esas ganas en una foto del «casi karting», posando frente a la entrada del parque de diversiones. Dimos un par de vueltas por el centro de Auckland y fuimos al aeropuerto. Más fotos y promesas de futuros encuentros en Argentina. ¡Éxitos, amigo! Nos vemos a la vuelta.


Los backpackers más baratos rondaban entre quince con cincuenta y veintitrés dólares por cama. Esos números no terminaron de convencernos, por lo que decidimos dormir una noche más en el auto. Acto siguiente, y con un superávit impensado, nos preparamos para salir de Tapas y reventar la diferencia. Estacionamos el Camry, abrimos el baúl, cambiamos de atuendos y olores, y comenzamos a buscar la noche. Al llegar al centro, nos topamos con un bungee bien iluminado. Sin dudar y sin preguntar mucho, cuarenta dólares salieron de nuestros bolsillos y, enseguida, un treintañero y cool kiwi nos estaba poniendo cinturones de seguridad. La estructura de caño era para tres personas. Ruso, butaca y yo, fue la alineación. Sí, sí, sólo dos asumimos el desafío. La bola (conformada por anillos) de buena vista panorámica, a la que estábamos maniatados, estaba unida por elásticos a dos columnas de hierro. No crea que eran muchos ni tan tranquilizadores: dos y gruesos como sogas de barco pirata. No notamos ningún cambio ni tensión pre-partida, como suponíamos, y de repente… ¡pum! Doscientos kilómetros por hora en un segundo y nueve milésimas, alcanzamos. Sin palabras. La subida fue tan rápida e inesperada, repito, que sólo pude pestañear una vez. Mucho aire en sentido descendente e inexperiencia en el rubro complicaron mi recuerdo de los primeros instantes de deporte extremo. Llegar a la altura máxima a menos velocidad fue agradable. Recién ahí, pude apreciar, por un instante, la gran Auckland. El placer no duró demasiado, porque cuando la estructura de hierro giró y nos mostró el suelo, entendí que el cinturón de seguridad podría haber estado más ajustado, para evitarme la sensación de caer al vacío… «¡Hijo de putaaaa!», bajé gritando, aunque sabía que nadie podría ayudarme. Nos acercábamos al suelo y, por acción de los elásticos, volvíamos a subir dando vueltas, una y otra vez, cada vez a menos velocidad. Habiendo andado a doscientos kilómetros por hora ir ahora a noventa era hasta agradable. Reconozco que ver el punto de partida de frente, en línea recta, como si estuviese dentro de una máquina marca Acme en un capítulo del Correcaminos, fue la sorpresa del bungee. En un momento, de verdad que me sentí el Coyote. Nuestro valor nos dio aún más sed, por lo que salimos rápidamente por el tónico. Recorrimos el centro, el puerto y nos metimos en algunos bares. Después, en un bolichito. Gordo conoció, en pista, a su primer amor oriental. Un bailecito (llevado a cumbia por nuestro amigo) y un par de besos bien ganados. La vuelta a «casa» nos encontró subidos a un chango de supermercado que descubrimos, perdido, por ahí. Descendimos, un par de veces, por una avenida desolada. Nada pasó, salvo un semáforo en rojo. ¡Perdón, mamá!


A las ocho de la mañana, amanecimos por la claridad y por un vecino que ya estaba baldeando la vereda. «Qué pensará éste, recién levantado, que encuentra en su jardín un auto backpacker con cinco cabezas adentro», rezongaban los duendes y salían del habitáculo llevándose un cepillo de dientes a la boca. «Good moooorning», saludaban, cual sordo, y se alejaban, chuecos, mientras nos miraban con típica cara de duende en travesuras. Sin saber qué hacer, activamos nuestros cuerpos en busca de algo que nos llamara la atención.


La cantidad de parkings céntricos y su costo de cuatro dólares por hora no nos dejaron alternativa: estacionamos en el subsuelo de un supermercado y salimos a caminar por la «city» de Zelanda. Vimos mucho, mucho oriental. En un momento de la caminata, mientras íbamos distraídos, un kiwi alto y flaco, al pasarnos en sentido contrario, en plena vereda, nos gritó al oído algo incomprensiblemente corto y a un muy buen volumen. No atinamos a hacer nada porque, realmente, nos agarró de sorpresa. Recién a los veinte metros giramos para putearlo. ¡Concha su madre! ¡Loco de mierda! ¿Qué fue eso? Dimos vueltas durante tres horas y media, cual turistas. Hasta de día, lo más impresionante sigue siendo la Sky Tower, sin lugar a dudas. Subir cuesta cien kiwis. Para la próxima…


Mientras regresábamos al auto, lo veo a Gordo encarar a un flaco que venía hacia nosotros. Nuestro amigo, cuando lo tuvo al lado, le gritó al oído y continuó caminando. ¡Pobre!, era el loquito de antes. Recién a la cuadra, giró para mirarnos, pero no dijo nada. Vaya uno a saber si supo, realmente, qué fue eso. Ja, ja, ja… ¿Cómo lo reconociste?


Al llegar al supermercado, el auto ya no estaba. «Máxima dos horas», indicaba un cartel que nunca vimos en el estacionamiento. Buenísimo, ¿no? Averiguamos a dónde los remolcaban y, después de esperar un rato el colectivo, bajamos del otro lado de la ciudad para abonar los ciento ochenta dólares que nos pidieron. Muy piola el argento. ¡Anótelo, señor! Nada de «casi», nos la pusieron merecidamente.


De regreso a Mount, kiwi, kiwi, kiwi, otra vez. Tac, tac, tac, suenan los cabitos de las plantas cuando todos están callados, trabajando. Generalmente, esto sucede cuando apenas se comienza el picking o cuando pintan reflexiones con uno mismo. Los silencios son bien interpretados por el grupo y eso que nunca abrimos el debate.


Bajo la parra, las manos van solas. Ahora nuestro principal objetivo es encontrarle la vuelta a la mente. Nadie sabe de dónde salió la idea de gritar «Mike», cuando un fruto no cae en bolsa o «Smith», cuando pega en el borde y termina rodando por el piso. ¡Mike! ¡Smith! Mike…

Venta


Novecientos cincuenta dólares pagaron Diego y André (Brasil) a Ruso y a Duende por el Camry. El negocio se gestó casi en joda y a la media hora estaban definiendo detalles en la habitación. Ellos necesitaban un medio de movilidad y nuestros amigos, efectivo para comprar uno nuevo. Esto significa que se vienen días de remates más interesantes y lecturas de avisos clasificados. Mientras tanto, Nene, como para resolver el problema más urgente, puso a disposición a Ismael, su Mitsubishi Galant blanco, antes compartido con Cota. ¿Por qué el auto lleva nombre? No lo sé, ni quise preguntar.

Prunning


Parece mentira, pero desde que los chicos vendieron el auto (hace cuatro días), no hemos vuelto a pisar el campo por cuestiones climáticas. Los brasileros tuvieron mejor suerte que nosotros y, pese a que juegan bajo el mismo cielo, su contratista los hizo arrancar la temporada de prunning. Aparentemente, el tema del picking disminuye en esta época del año y gana terreno la poda de las parras, la cual no es tan delicada con la humedad. Ayer, le pedimos a Felipe que hablara en la orchard para hacernos entrar a trabajar con ellos. La instantánea respuesta positiva de su contratista nos llevó a comprar las herramientas indispensables para la nueva actividad. Adquirimos las tijeras más baratas del mercado: cinco dólares cada una. Parecen de juguete, pero estamos lejos de querer ser profesionales en el rubro y, aún más, de tener dinero como para derrochar en estas cuestiones. Le comunicamos nuestra decisión a Bip Lop, nuestro apu contratista. Obviamente, nos ofreció comenzar con el prunning al día siguiente, pero nosotros ya habíamos arreglado todo con Luciano, nuestro nuevo «Roba Porcentaje Salarial» (a raíz de dos dólares por hora… ¡a cada uno! Sí, sí… La gente de la zona que vive de esto multiplica sus ingresos por la cantidad de muñecos que lleva a trabajar. Sin sacar muchas cuentas, sabemos que gana más que nosotros que somos los que andamos metidos bajo la parra). «Hay que hacerse contratista», comenzó a escucharse seguido.


Para festejar la reactivación inminente, tiramos la primera polleada asada del año. Para estas cuestiones no escatimamos en derroches y las disfrutamos más. Con los duendes improvisamos la parrilla con ladrillos y una reja rectangular que encontramos en el galponcito del patio. Porroncitos de colores acompañaron la cena. ¡Salud, gente!

El asado de festejo se sintetizó en una puteada al escuchar el despertador. ¿Quién estaba tan contento con que Luciano se hubiera cruzado, con tanto apuro, en nuestro presente? Yo, ya no. Sin muchas ganas, obviamente, nos levantamos para afrontar prunning, algo tan incierto como ajeno al pronunciar. Para tirar un poco más abajo nuestros ánimos, al invierno se le antojó entrar en escena. «Esto está tomando otro color», pensaba al arrimarme a la parra para oír la charla teórico- práctica sobre poda. Nos enteramos de que existen plantas macho y hembra ordenadas, consecutivamente, a lo largo de la orchard. Nosotros sólo atacaremos a las primeras. Se trabaja por hora y podremos hacer hasta noventa dólares por jornada, lo que implicará pasar diez horas en el campo: nueve con tijeras y una sin ellas. ¡Está lindo!

Remate


Después de un rutinario y necesario baño, salimos para el remate de autos. En esta oportunidad, fuimos al de Tauranga. Un galpón enorme, estacionamiento aún más grande, una pequeña oficina y mucha grada. Recorrimos el lugar con la planilla de especificación automotriz y coordinamos hacia dónde apuntaríamos. El dinero a invertir, por todo concepto, era de cuatrocientos kiwis cada uno. Eso nos daba un margen de mil cuatrocientos para el vehículo y doscientos para la comisión del lugar. Mi voto fue hacia una Van marca Toyota. Ruso y Duende apuntaron a algo cuatro por cuatro, lo más parecido a un auto de rally. «Que lo pises y te dé seguridad… y velocidad, sobre todo», me decía Ruso y miraba un Subaru. Gordo quiere jugar con una camioneta doble cabina, pero por ahora no hemos visto ninguna.


Dando vueltas por el salón, sin nada para hacer más que esperar el comienzo del evento, conocimos a una pareja de treintañeros de Lanús. Habían abandonado nuestro país e instalado en estos lados, después de un asalto sufrido en la puerta de su casa. «Yo ya tengo dos hijos, no puedo estar pensado en que algo les suceda», nos decía ella cuando argumentaba su autoexilio. La conversación venía amena hasta que mencionaron sus intenciones de comprar la Van. Lo peor de todo era que ellos contaban con ahorros de su improvisada empresa de limpieza de habitaciones de hoteles y nosotros sólo podíamos apostar a las casualidades, como para dar con este medio de transporte.


El remate comenzó y cuando levantamos la mano en mil cuatrocientos kiwis, ilusionados con que nadie más fuera por ella… ¡puf! La burbuja se rompió a los dos segundos, tiempo que se tomó una persona en hacerle seña al martillero para indicarle que la camioneta subía a mil setecientos. Se nos fue de presupuesto y a los sureños bonaerenses también, según nos habían comentado. Pero, evidentemente, se antojaron con comprarla y la pelearon mano a mano con un kiwi. Finalmente, sus dos mil quinientos fueron mucho para este y nosotros aplaudimos la decisión. «Que la disfruten», les dijimos cuando nos despedimos, cabizbajos.

Mundial


Segundo día consecutivo de trabajo. Ruso, Gordo y yo decidimos asistir, más allá de los veinte minutos restantes del partido entre Argentina y Holanda por la Copa del Mundo. Este encuentro arrancó a las siete de la mañana... Sí, otra vez mundial de madrugada, como el de Corea-Japón... Qué raro es vivir este espectáculo sin que esté publicitado en ningún lugar, donde nadie más que los nuestros lo mencionan. Al apu que anda por ahí no le interesa la pelota redonda, menos al maorí. A las cajeras del supermercado, tampoco. Es difícil encontrar algún kiwi futbolero. ¿Entonces? ¿Conclusión? ¡Nadie invierte por el mundial de fútbol en estas islitas! Ni Coca-Cola, en el diseño de su etiqueta de envase.


Dimos con la orchard indicada y, por teléfono, nos enteramos que ni veríamos a nuestro contratista. «Allí los van a estar esperando para realizar trabajos de cleaning», nos dijo Luciano en un portugués llevado, con buenas intenciones, al español. Trabajaríamos por hora, sólo eso sabíamos. Lo primero que nos indicó un apu, que se hizo cargo de nuestra presencia, fue cargar en un trailer caños huecos rectangulares de aluminio de cuatro metros de largo. No había nadie más realizando nuestra tarea. Contamos pocos obreros que también acondicionaban este gran abandono frutal. Una vez todos recogidos, el muchacho, enganchó el trailer, se subió al tractor y nos hizo seña de «arriba, arriba». Nos llevo a otro cuadro de kiwis y nos invitó a ver cómo los colocábamos en cada una de las plantas.

«¿Ustedes saben cómo funciona?», nos preguntó, mientras le daba contacto y falso arranque al tractor por enésima vez. «No, ni idea», le respondimos y nos sentamos a mirar el cielo. Después de media hora, el mostro logró que le indicasen, vía handy, cómo resolver el inconveniente. «Tenía que estar en punto muerto para ponerlo en marcha», nos dijo sonrojado, pero sin mucha timidez para pedirnos que volvamos a la actividad. El tiempo perdido debe de haber sido la causa por la cual el acelerador comenzó a ser pisado con otra energía. Al principio, nos resultó divertido, pero cuando el apu tomó la segunda curva sin siquiera aflojarle, nos preocupamos. «Ni idea de manejo tiene este loco», decían los rusos, agarraditos de donde podían.


El tractorista que nos había tocado no era consciente de que detrás de ese «coso» naranja con ruedas grandes que manejaba, había un trailer de tres metros de largo, con ruedas desinfladas, y con caños que sobresalían de la línea del paragolpes trasero. En la tercera curva cerrada, sólo el tractor dobló. El trailer siguió de largo, los caños se clavaron en la arena y todo se detuvo. Intentamos desencajar las ruedas, pero no pudimos. Las gomas estaban muy desinfladas para hacerlo de esa manera. ¿Entonces, amigo? A descargar y repartirlos a pie. Ahora, ya no había tractor que nos acompañara y apurara el paso. Lo mejor de todo era que la culpa no era nuestra.


En el almuerzo pelamos nuestro mate y el apu preguntó si era una pipa para fumar marihuana. Casi. ¡No estaría nada mal, eh! Volvimos a casa con la intención de encontrar, rápidamente, un noticiero que nos mostrara el partido de Argentina, pero recién a las nueve de la noche tuvimos esa suerte y lo pasaron, sin muchas repeticiones, en un compilado de cinco minutos.

Tirones de oreja


El cumpleaños de Patrick, un conocido brasilero, nos introdujo a una rara fiesta kiwi. Buscando la casa donde se llevaría a cabo, me di cuenta de que es más práctico recordar qué y cuántos autos y lanchas viste estacionados enfrente, que la memoria fotográfica de su fachada. Son todas iguales: americanas, con cercos de madera… y ahora pienso, ¡qué bueno delirar los ahorros en placeres de fin de semana, en verdaderas cosas que te saquen del quilombo! Brindo por eso. Salud…


Pasamos al patio por el garaje y nos encontramos con un verde importante y una fogata de metro y medio de diámetro. A su alrededor, gente sentada en sillones de cuero blanco. Completaban el cuadro: kiwis, sudamericanos y maoríes; todos con un pack de cervezas al alcance de la mano. Dentro de la casa había un metegol donde se reunía el grupo más exaltado de la precoz noche de semana. De a poco, la fiesta fue levantando en número de personas y alcoholes en sangre. Hubo show de malabares con fuego, capoeira, monociclos (uno de dos metros de alto), pero sin lugar a dudas, los personajes más mirados del evento fueron dos, que estaban prolijamente lookeados con corbatas del mismo color que sus pelos que, a su vez, estaban llevados a cresta. Uno había elegido el color fucsia; y el otro, el celeste eléctrico. Kiwis de película yanqui. ¿Qué es lo que verdaderamente buscan por la vida? Cuando se vean de grande, ¿podrán sostener esta postura?

La joda terminó tipo cuatro y media, porque no daba para más. Muy borrachos y golpeados mentalmente, nos acostamos sin pensar que a las siete de la mañana lo tendríamos a Luciano, desde el pasillo de casa, apurándonos para que nos levantemos. «¡Ya es tarde!», nos gritaba y nosotros lo oíamos claramente porque teníamos la puerta de la habitación abierta. ¿Quién lo había hecho pasar? Ni idea, pero escuchábamos que no se estaba haciendo cargo. ¿Dónde estaban los brazucas? La cosa, aparentemente, era sólo con Argentina. Hablándonos, en voz baja, decidimos hacernos los dormidos, pero el contratista insistía. Nadie quería, pero alguien tenía que apagar el parlante portugués. Reventados y sin ganas, nos levantamos con Ruso y salimos a trabajar. Uhh… Luciano, disculpanos. Ayer nos raptaron unos compatriotas tuyos y nos quisieron prender fuego. Nos bañaron en alcohol... ¿olés? Tremendo. ¿Vos cómo estas?

Campo


Arrancó, oficialmente, la temporada de prunning ‘06. Ocho en punto hay que estar en el campo. La de hoy, linda jornada. Poco frío a la mañana, solcito al mediodía. Eso si, meta tijera. Cuando volvimos a casa, esta estaba revolucionada. «Tenemos que hablar con ustedes», nos comunicaron. Una buena y una mala noticia. «¿Cuál primero»?, nos preguntaron. «La buena, la otra nos la cuentan antes de dormir», dijimos. Preferíamos enterarnos al final del verdadero día y no al comienzo. «En definitiva, si no podemos hacer nada al respecto, disfrutemos de este y después nos bajonean, ¿quieren?», proponíamos. La buena: descubrieron en los clasificados una Van noventa y tres a mil trescientos kiwis. Resolvimos contactarnos con su dueño al día siguiente, porque ya era muy tarde para molestar a una familia kiwi. A las diez de la noche, Maunganui se parece a la Avenida Santa Fe, un lunes a las cuatro de la mañana. La diferencia es que aquí, durante la semana, siempre es como un lunes porteño, salvo los jueves que parecen un martes de allá, los viernes que parecen un miércoles, los sábados que parecen un jueves y los domingos que parecen un lunes, nuevamente.


Dimos la clásica vuelta por el shopping y terminamos en el supermercado de planta baja. Compramos, siempre, los mismos productos y todo lo que está en oferta. Al final, cagamos la economía minuciosa, porque se suma al changuito algún vicio. Y de estos, sólo tenemos de los caros. Potes de helado y cerveza es lo que viene saliendo con regularidad. Después de cenar, mientras disfrutábamos del postre, nos enteramos de la mala noticia del día: Rob y su esposa, dueños de casa, vendrían a vivir con nosotros. Motivos desconocidos. Se terminarían los desafíos de fútbol tenis indoor y la buena vida. Entonces, la cosa empieza a rumbear naturalmente. Épocas de cambio, readaptación.


La jornada comenzó tempranito por el partido de Argentina frente a México. ¡Estamos en cuartos de final, señores! Con un arranque de día tan alegre, lo menos que podíamos hacer era continuarlo en la misma sintonía. Eso quería decir que nos olvidábamos de ir al campo. Nos entretuvimos, gran parte de la mañana, con Nosecae y fútbol tenis. Después, preparamos mate y bajamos a la playa para caminar los siete kilómetros de arena que nos separaban del centro de Maunganui. En la recorrida, perdimos a los gordos. Cuando regresaron al barrio, lo hicieron en Mountain Bike. «Vieron una bicicleta en oferta, se calentaron con comprarla y cambiaron americanos», decían los duendes por lo bajo. Ciento ochenta y nueve kiwis pagaron para poder llegar pedaleando a casa. Confieso que me tentó la idea, pero mis reservas son más flacas. Sigo ilusionado con el arribo de mis rollers desde Argentina. Veremos qué resulta.


Duende está raro. Especulamos que no está cómodo: andamos cortos de efectivo, sin auto, se comió gran parte de la plata del que vendió, e Ismael tiene la WOF (certificado de auto en buenas condiciones) vencido, lo que nos puede llevar a todos a pagar una multa.

Cuando llegamos al campo con Ruso, solos, porque el resto de la banda prefirió seguir durmiendo ante el llamado del despertador, nos dimos cuenta de que el apu al que creímos un boludo bárbaro, disfrazado de tractorista en su primera presentación, era un gran contratista de la zona y manager de esta orchard. De nombre aún desconocido, aunque suena a nuestros oídos como Tish. Nosotros, igualmente, lo apodamos Yit. No sé si el sentimiento era mutuo o algo por el estilo, porque su repertorio osciló entre críticas hacia la calidad de nuestras herramientas, minuciosos controles de medida entre rama y rama bajada y pedidos constantes de mayor velocidad y menos charla. Después del mediodía, manejábamos la idea de irnos a la mierda. ¿Quién se creía este tipo? No eran las únicas parras que necesitaban ser pruneadas, comenzábamos a entender. El trato recibido y nuestras pocas horas de sueño de la noche anterior, hacían de todo esto un dolor de cabeza. Finalmente, decidimos no hacernos más mala sangre con Yit e ignorarlo completamente. Así, pudimos completar la jornada sin mayores sobresaltos. Luciano nos llamó a la noche para pasarnos a otro campo. «Siete y cuarto en Te Puke», dijo él. Muy temprano, pensamos, pero aceptamos. No nos quedaba otra.


Nos levantamos a las siete cuarenta y salimos, casi corriendo, con destino Te Puke, un pueblito a veinte kilómetros de Mount. Después de hacer un par de kilómetros, nos dimos cuenta de que habíamos olvidado los CD de música. Priorizamos estos más que la puntualidad laboral y retomamos el rumbo a casa. Llegamos tarde al encuentro con nuestro contratista, pero no nos dijo nada. Verlo a Gourmet dirigiendo la batuta del prunning en este nuevo campo, nos dio tranquilidad. Cuando uno se siente cómodo, pareciera que todo juega a favor. Tan así es que hasta el solcito, casi invernal, nos dejó trabajar en mangas cortas. A las cinco de la tarde, estando a unas treinta cuadras de nuestro hogar, rompimos la correa de distribución de Ismael. Al principio, este levantó temperatura y, poco después, se plantó. Ni dedo nos atrevimos a hacer, imagínese la pinta que llevábamos. A medida que caminábamos, crecía el rumor de la compra inmediata de un medio de transporte, sea cual fuere, porque a nadie le causaba gracia tirar plata en arreglos de vehículo ajeno. Ahora, si no es la Van, apunto a una chata (como proponen los gordos).


En la sobremesa de la cena, organizamos cómo iba a ser el día siguiente. Primero: mirar el partido de Brasil-Ghana (a las cuatro) y/o el de España-Francia (a las siete), y llamar a Luciano para contarle lo del auto. Segundo: comprar la correa y dejar que Gordo trabaje en Ismael. Según dijo nuestro amigo, en una hora u hora y media lo pondría en marcha. Tercero: ir al campo. Perfecto.


Despiertos a las siete y media de la mañana, sólo nos quedó mirar España (uno) versus Francia (tres). Llamamos a Luciano y lo pusimos al tanto de las novedades. La verdeamarela ganó por tres a cero, sin jugar bien, según declaraciones de Diego. Al término del partido, partió el grupo mecánico: gordos y nenes. El resto de Argentina, exhausto por la exitosa tarea del primer objetivo, se dedicó a esperar noticias en el patio de casa. Raramente, todo Brasil estaba levantado y sin pronóstico laboral. Lindo solcito, remeras… Nosecae. De a poco, la ronda se fue agrandando. Ya nadie había quedado bajo techo. Muy terapéutico y divertido es este juego, sobre todo porque los brasileros tienen magia y los rusos, pies planos de cuarenta y cinco centímetros: sus pases con el izquierdo son más indescifrables que con el derecho. Igualmente, de vez en cuando, tienen destellos de calidad. De la misma manera en la que nos fuimos integrando a la sesión mañanera, fuimos sentándonos a observar a aquellos que mas ganas tenían de descargar tensiones. «¿Vas para adentro?», me preguntó Ruso al verme ir, claramente, para ese lado. «Sí… ¿a vos qué te parece?», terminé de pronunciar y vi venir la línea siguiente de diálogo, sin poder evitarla…«¡Llevame esta!... No, no, mentira… ¡Armate uno!», gritó mi amigo, mientras mostraba el principio de una agradable locurita en Zelanda. «¡Y unos mates, Sebastiiáaaaannnnn!», gritaron los duendes. Aunque no son grandes tomadores, sé que lo pidieron, solamente, para hincharme las bolas. Daleee… ¿alguien quiere algo mas?


Cuando volví al patio, encontré a Felipe con un hacha en sus manos. Mientras pisaba un tronco, no tan fino, hablaba para el resto y contaba alguna historia de su playa natal. «A ese lo corto en tres golpes», fue como interrumpí a Brasil, antes que comenzara a contar la tercera hazaña de adolescente, en forma consecutiva. Molestar sanamente a las personas es uno de los indicios de que la marihuana ha surtido efecto en mi cabeza. ¡Instantáneas las flores kiwis! ¿Quién quiere mate? ¿y porro? Con respeto que pega. Lo bautizamos el «juego del hacha». Consistía en cortar troncos con distintas manos y en la menor cantidad de golpes posible. Desafiar los sentimientos brasileros y, sobre todo, sus cuerpos surfeadores, es una fija que nunca rebota. Argentina boqueó a coro lo que duraron los cuatro hachazos de Felipe, que dejaron dos mitades de leños de casi igual tamaño. Tuve que ser yo quién tomara la herramienta, por ser el iniciador de esta competencia de bajos recursos. Ante la atenta mirada del público, con argentinos que ahora se daban vuelta como una media y se unían a los cánticos y gastadas brasileras, comencé mi performance leñadora. Mierda. ¡¿Hace cuánto que no agarro un hacha?! pensé, después del primer mordido golpe al tronco. Voló un pedazo que era solo corteza. «Por ahí le voy a entrar… está dolido… además, no te olvides que me quedan dos golpes para ganarte y que estoy calentando máquina», dije, al tiempo que erraba por completo mi segundo lanzamiento y enterraba la cabeza de hierro en la tierra. ¡¿Qué necesidad de estar con esta locura haciendo algo como esto?! Me cuestioné y felicité a mi contrincante. Te juro que no puedo.


Objetivo dos, ¡cumplido! «Fueron tres horas de trabajo e Ismael ha vuelto a sonreír», han dicho los nenes cuando entraron a casa. ¡Bien Gordo! El último de los objetivos, casi. Ya nadie quiere pisar el campo. Tipo cinco de la tarde, fuimos al remate de Tauranga. En vista, un Subaru Legacy y una Mitsubishi Pajero, ambos con la misma base: quinientos kiwis. «A ver», dijimos, cuando comenzaban a desfilar. El primero se vendió al toque por mil ochocientos dólares. Ni levantar la mano pudimos. Decidimos no comprar la camionetita porque era tres puertas, muy cuadrada y chica. Igualmente, nos quedamos para ver a cuanto se vendía. Gordo, mientras la Pajero era la protagonista del remate, levantó la mano. Por los parlantes se escuchó «mil dólares». Todos sabíamos que a ese número había que sumarle la comisión del lugar. Más allá de eso, la decisión de no comprarla había sido unánime o, al menos, eso creíamos hasta ese momento. Por un instante, nadie quiso mirar otra cosa que no fuera el suelo. Los oídos se hicieron grandes. Tres segundos críticos. «Mil doscientos», sonó ahora. Zafamos. Yo creo que nuestro amigo ofertó, de manera repentina, porque se aburrió de andar en vehículo prestado, de las posibilidades de que vuelva a romperse y de nuestras visitas semanales al remate. Su intención, manifestó después, fue bajar el precio sugerido. Nadie entendió eso.

Noches


En la habitación suena «Once episodios» de Cerati cuando todos estamos en posiciones horizontales. Los gordos, rara vez, se dan una vuelta por aquí. Por lo general, son los primeros en levantarse de la mesa, llevarse algo de ella y empezar a lavar, cual bachero. Nosotros, de a poco, le vamos arrimando las demás cosas sucias. Terminan con la esponja y huyen a la cama (comparten ambiente de descanso con Felipe). Yo siempre cocino, porque nadie más quiere hacerlo y porque no me molesta. Todo lo contrario, me divierte combinar los mismos productos y hacer que parezcan diferentes comidas. Innovar en combinaciones, total, ¿quién me puede decir algo? Los que colaboran conmigo rotan, dependiendo de las ganas y del menú. Con eso, también zafan del detergente o repasador. Como los gordos se niegan rotundamente a involucrarse en cualquier etapa de cocción alimenticia, son los únicos que siempre realmente trabajan con la panza llena.

Cambio


Nuevo plan: trabajo forzado a realizar por un mes y medio. Cedí en mi idea de abandonar esta ciudad porque el campo se hizo agradable. ¡Ojo! no es que le encontramos la vuelta a las tijeras, sino que tenemos menos presiones. ¿Será que dejamos de ser pichones? «Ni tanto», dirían los rusos… Este cambio es también consecuencia de ir hacia la orchard rotando un vaso térmico de café y una tuca. Pero fundamentalmente, es porque ahora corremos el auto para escuchar música durante toda la jornada laboral, a medida que avanzamos con la poda. La gente está en silencio, metiendo tijera y haciendo sonar la vegetación que nos cubre casi por completo en un amplio radio. Deliramos mucho y nos reímos por estar haciéndolo tan lejos de casa. Las indicaciones las recibimos de Gourmet, así que estas vienen siempre en buenos tonos y con bajo nivel de exigencia. «¡Si habremos tirado para el mismo lado nosotros, eh!», lo apuramos y el muchacho del turbante se aleja sonriente. «Good people», responde. Después de almorzar, aceptamos la invitación de fumar con unos colegas brasileros (dos cuerpos femeninos y dos masculinos). La tarde se pasó volando. ¡Buen cogollo, Brasil! Si todo sale bien, la isla sur nos espera para que vacacionemos. Ahorrar, ahorrar, ahorrar es la consigna. Los duendes me confesaron que parte de su locura radica en el hecho de no tener auto propio (lo que suponíamos). Ayer, fuimos a pasear nuevamente al remate. Ofertamos mil kiwis por una camioneta Nissan, cuatro por cuatro, pero una vez más se nos fue de presupuesto. Salió a mil seiscientos kiwis, número que hoy por hoy es inalcanzable, sobre todo porque hay autos pedorros por setecientos dólares.

Rob


Al volver del campo, nos dimos cuenta que una de las habitaciones tenía cama matrimonial, cómoda y mesitas de luz. ¡Arrancó oficialmente la convivencia con Rob! Su esposa no aportó hasta el momento. ¿Se divorciaron? ¿Quedó en la lona y por eso vive con nosotros? Vaya uno a saber… La primera consigna del kiwi fue que nadie podía dejar vajilla sucia después de usarla. Aparentemente, cuando quiere ser amigable, saca temas de conversación de la galera, ignorando si el receptor esta atendiendo a una película o un partido de Play. ¡A los botes! ¡A los botes!

Eliminados


Mi mano derecha sufre hasta para agarrar la lapicera. Y eso que hoy me hice el boludo, junto con los nenes, para no ir a trabajar. Tijeretear todo los días repercute en ese extremo y ¡de qué manera! Reflexioné acerca de si el faltazo laboral tenía algo que ver con la eliminación de nuestra selección en el Mundial de fútbol. Llegué a la conclusión de que sí, en cierto sentido, pero que en esta oportunidad no había impactado de lleno en mi persona. Claramente, nuestra intención de que «aquí no ha pasado nada» fue ayudada por la forma en la que nos mostraron el torneo: la transmisión comenzaba con el pitido inicial (nada de formaciones) y finalizaba cuando lo hacía el partido. Y también por cómo se comportó Brasil en casa ante el hecho: respeto total, cero gastada. ¿Qué hubiésemos hecho nosotros en su lugar? ¿O será que ellos también le tienen miedo a Francia y, abriendo paraguas, no dicen nada? Veremos…

Caravana


Después de un par de semanas volvimos a las «pistas caravanísticas». El bolichón de Tauranga fue el destino que elegimos con Gordo, ya que por ser sólo dos, y estando en las condiciones en las que estábamos, explorar otros recovecos podría consumirnos rápidamente nuestra agradable locura. El resto de la gente se quedó en casa. Aparecieron las chilenas amigas de Gordo. Yo, aún, no entiendo de dónde las sacó, pero bueno. Hola, ¿qué tal?… «Soy de Santiago», me dijo una, y yo creí que trataba con alguien de la provincia de la buena siesta. Mi amigo remó y yo ni pude ni quise. Finalmente, ni pude. La noche terminó con rica gula en casa: helado con lluvia de galletitas de chocolate. Nos quedaban cuatro horas de sueño y eso llevó, casi, la compotera a la cama.

Locura laboral


Caímos al campo tipo diez y cuarto, pero nadie nos dijo nada. Acomodamos el auto debajo de la parra y pusimos música. Nene se puso a bailar y hacía que manipulaba un arma invisible al ritmo de los sonidos de «The dub side of the moon». Gourmet se le acercó para ver si entendía, de cerca, en qué andaba y se encontró siendo tiroteado por nuestro amigo. Lima ajena de alto vuelo. ¿Qué pensará el del turbante? Después del almuerzo, el supervisor de turno del prunning, haciéndose el boludo, clavó una rama en el suelo, casualmente, por donde nosotros debíamos comenzar. Los duendes se avivaron y la corrieron unos metros más atrás. «No vaya a ser cosa que nos cuente los metros avanzados», avisaron y se alejaron al grito de «¿a nosotros?... ¡A nosotros no, señor!» Johny, el dueño de la orchard, juntó a todos los prunners en círculo de reunión y dio una clase teórico-práctica intensiva de «bajada de rama». Primero, hay que elegir, de entre el precoz ramerío buscador de cielo, cuál es potencialmente la mejor para que mañana dé frutos. A esta, con filo de tijera, hay que hacerle un corte de aproximadamente tres centímetros, paralelo a su ser y bien en su centro. Acto siguiente, hay que retorcerla hasta escucharla crujir y, sin miedo, bajarla hasta que toque el alambre de la estructura de parra. El último paso es fijarla a esta con una bandita de media cancán. «Al resto de las ramas se las corta desde la base de su brote, de esta manera», dijo el joven kiwi, mostrándonos cómo. «Si procedemos de esta manera», nos decía nuestro jefe, «todo resulta más fácil y con un mejor resultado». También nos habló de nutrientes, azúcares y proteínas que quedaban en la planta gracias al pequeño tajo y que se perderían si la rama se quebraba. «¡Eso nos sucede seguido, amigooo!», decía Duende en voz baja, ocultando su boca al orador y haciendo que se rascaban la nariz. A media tarde (aquí, la media tarde es a las quince), los duendes, imitando a Johny, convocaron a una reunión y explicaron cómo actuar en «casos extremos», como definieron. «Cuando se quiebre la elegida, háganla desaparecer, agarren tierra y hojas del suelo y frótenla en la zona de evidencia. La maniobra tiene que durar dos segundos. Y si viene patroncito y pregunta, hay que decirle que ese es un viejo corte, que vos no tenés nada que ver», concluyeron entusiasmados. «¡Mirá qué viejo trabajo mal hecho!», fue la frase que se escuchó durante las últimas horas de jornada laboral. A la noche, en la sobremesa, arrancó el «rumor Tailandia ‘06». Hay que ahorrar dos mil quinientos kiwis en dos meses. Después, un mes de vacaciones recorriendo Camboya, Vietnam, Laos, Tailandia y Malasia. Duende encabeza la propuesta. Yo me prendo para juntar plata y, seguramente, también al avión. Veremos.

Vamos


Los desayunos son fugaces y nos cansamos de prometer buenos a futuro. Son como golpes comando alimenticios. Hace unos días, se sumó algún porrito amigo (desistimos de las tucas porque siempre alguien se queda con ganas) a la alta música mañanera que nos acompañaba hasta el campo, mientras veíamos amanecer a través de las ventanillas. Se transformó en un ritual pre-tijera, interesante. «Eso sí, todo parece comenzar arriba, pero cuando salen los guantes, comienza otro viaje», dijeron los gordos con razón, la vez pasada. Hoy, a un kilómetro de la orchard, nos cruzamos con Fernando y Alexander, los colegas brasileros, y nos comentaron que se había suspendido la jornada por lluvia o algo así. No nos preocupamos por averiguar bien, dimos media vuelta y perfilamos para casa. ¡Afuera la ropa picker! Siempre que me saco este atuendo me dan ganas de bañarme, haya laburado o no, me la haya puesto mucho o poco tiempo. ¡Buen día!


El grupo se encontró, impensadamente, reunido a media mañana en su casa, mirándose la cara. ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Seguir así hasta aquella lejana Tailandia? No, necesitamos cambio de aire, urgente. Según afirman rusos y duendes, el contratista de Petty, amiga de Nene, es el más áspero del condado en el rubro laboral. «Algo nos conseguirá el chino en la isla sur», afirman. Resuelto ese detalle, restaría pegar un vehículo a través de la revista de clasificados. ¡Basta de remates! Suponemos que en una semanita partiremos y así dejaremos de convivir con Rob. Parece, parece que los nenes se quedarán en Maunganui. ¿Están seguros? Digo, habiendo tanto por recorrer…


Hasta ayer íbamos a trabajar fuertemente porque hacíamos poco y nos pagaban bien (diez con cincuenta la hora). Es más, anoche llamó Luciano para decirnos que nos iban a cambiar de campo y nos negamos. Ruso salió jugando con una historia que nos involucraba con el dueño de la orchard. Algo como que este estaba preocupado porque varias personas se habían retirado después del almuerzo (entre ellos estaban los gordos, quienes huyeron con los muchachos brasileros en busca de ilegalidades y polleras cortas). De esta manera, su idea de podar parra rápidamente, quedaba en duda. También nos preguntó, mentía Ruso, si nosotros pensábamos quedarnos un tiempo trabajando allí. ¡Imagínate! Compromiso argentino. No sé cómo, pero el contratista aceptó. Ahora bien, cuarenta y ocho horas después, hay que comunicarle a Luciano que nos vamos a la mierda y que queremos que nos pague dos semanas juntas, es decir, la pasada y esta.


Gordo bicicleteó y trajo la revista de clasificados. Llamamos y dos se habían vendido, dos no contestaron y dos nos esperaban. La primera estaba a siete cuadras de casa. El presupuesto se estiró a mil ochocientos kiwis. Allí fuimos. Modesta casa de madera prefabricada, con jardín y pasillo hacia el patio. Aplausos argentinos anunciaron la llegada. Nada. Nos fuimos acercando hacia la puerta y nos recibió, repentinamente, una mujer de unos cuarenta años. Con ella, una invisible nube de curry. «Pasen por ahí, está atrás», nos dijo. Tímidamente, fuimos hacia el lugar indicado. Por la puerta trasera salió un hombre moreno, que mientras se ponía una campera bordó, hizo sonar unas llaves. Tras él, algunos hijos hicieron un par de pasos y se quedaron mirando la escena. Van azul, algún toquecito. Adentro, mucho olor a curry. «¿Cómo hacemos para sacárselo?», nos preguntamos. «¡Uh! Nos prendemos fuego si nos bajamos en algún lado con esta baranda», tiraban los duendes en claro español, mientras el apu nos abría la segunda puerta. «Dale, Ruso, hacete cargo del muertito y decile que muchas gracias», concluían.


Fuimos a ver la otra Van que teníamos agendada. Estaba en Te Pune, una localidad cercana a Tauranga. Llegamos y nos gustó de movida. Toyota Town Ace, modelo noventa. El dueño la quería vender porque se había comprado una más grande. «Esta anduvo por el sur y ningún problema», nos decía el kiwi, como si supiera de nuestras intenciones. «¿La podemos probar?», preguntamos. «Sí, ¡cómo no!», vino de respuesta. Entonces, nos encontramos los cuatro subidos y pidiendo ruta. El tipo quedó en su casa. Gordo, mientras manejaba, hablaba de mecánica con Ruso. Atrás, con Duende probábamos cuanto botón descubríamos. Tenía un sistema de cortinas automáticas, pero no funcionaba, salvo una de la luneta. Lo mejor eran las seis ventanillas del techo, mostradoras de cielo. Dos mil kiwis pedían por ella. «Vamos al cajero y te traemos mil ochocientos», propusimos. Aceptado. Ruso y Duende nos financiarían el negocio a Gordo y a mí para que no tuviéramos que cambiar los últimos americanos que nos quedaban. «A esos, una vez que se pasen a kiwis, es un garrón recuperarlos», nos aconsejaron por experiencia.


Sólo se pueden sacar ochocientos por día, tradujimos del cajero. ¡¿Me estás jodiendo?! Fucking Maunganui. Tuvimos que llamar al señor vendedor y comentarle lo sucedido, al tiempo que le pedíamos hacer la transacción al día siguiente. «Ningún problema», respondió aquel. Perfecto.


Cuando llegamos a casa, a Ruso, primero, y a Duende, después, les entró pánico. Son dos tipos raros. Por momentos, siento que tienen más ganas de viajar que yo y a los quince minutos dudan. Ahora, resulta que los números no les están cerrando. ¡Uh, no me vengan con esa! «Nosotros cambiamos los dólares y se los damos», propusimos. No es eso lo que les preocupa, sino que temen perder días de trabajo en ruta. «Gastás plata viajando, por menos que sea, y no generás», decía Ruso. Sí, sí, no generás tanto como… ¡si te quedaras trabajando en Mount! ¡Por favor, señores! Les asusta no saber cuál será el próximo destino y empleo. Y a mí eso es lo que me resulta más interesante, porque pienso que todo va a estar bien y será de mejor manera.


Nos levantamos, como siempre, tarde. Ocho de la mañana es el horario de nuestro primer tijeretazo y sabemos de los veinticinco o treinta minutos que nos toma llegar al campo. Generalmente, a esa hora estamos pronunciando el «vamos» número quince (de veinte), aún metidos en casa. Hoy, por ejemplo, llegamos a las ocho cuarenta y comenzamos con el prunning. A los quince minutos se acercó Gourmet, rebautizado «crazy father» por los gordos, y nos informó que estábamos trabajando por producción. Cinco dólares el cuadrado de parra (tres por tres metros y quince ramas por bajar). Nada, nada. Reunión de tijeras. Las garotas se irían con los brasileros amigos en búsqueda de Luciano y de trabajo por hora. Entre ellas y Gourmet, elijo lo primero. Todos sabíamos que la jornada difícilmente continuase, pero de todos modos, nos fuimos de allí. Llegamos a nuestra ex-orchard y nuestro contratista, obviamente, no estaba. Organizamos la mañana como para pasarla en lo de los brasileros. El día estaba virando hacia cervezas, soles, mares, música electrónica y dos brasileras simpáticas. Por un momento, tuvimos todo, pero cuando nos avivamos, las chicas ya tenían sus carteras colgando del hombro. Se iban a su casa. No podía ser de otra manera. Nos quedamos echados en la playa, haciendo poco, después de un intensivo Nosecae. Extrañé a Santiago, mi único hermano. ¿Está mal hacerlo más a este que a los propios padres? ¿Eso es ser mal hijo?


A la tarde fuimos al banco y los chicos sacaron el resto de los kiwis para la compra de la Van. Mi primer cuarto de vehículo y no tan así, porque ni un dólar puse. Para festejar, compramos cervezas y planificamos una polleada a la parrilla. Finalmente, salió al horno porque la lluvia nos apagó las ilusiones. Después de cenar, surgió un grupo liderado por rusos y duendes quienes afirmaron que la Van, religiosamente, a las siete cuarenta y cinco estaría en la orchard y que sus tripulantes se tomarían un recreo de diez minutos y un almuerzo de veinte, por todo concepto, de descanso laboral. De esta manera, se intentará la hazaña de hacer oro trabajando por producción los próximos diez días. Aproveché la seriedad de la reunión para vender, con apoyo de los gordos, un sur eminente y próspero. ¿Cuándo partiremos? No lo sé, pero eso ya no me preocupa. Podremos trabajar tranquilos y más duramente, porque sabemos que el segundo peldaño de Zelanda está cerca. Igualmente, más de dos semanas no soportaría en Mount Maunganui.


El equipo se levantó temprano. La Van, a las ocho, estaba a un par de kilómetros de la orchard. Ocho y veinte comenzamos nuestra jornada laboral. Lo de los recreos no se cumplió porque finalmente trabajamos por hora. A las dieciséis dejamos las parras por lluvia. Johny, el dueño del campo, sociabilizó con nosotros un par de días seguidos, de manera no muy extensa, y propuso salir a tomar unas cervezas. «Bueno, dale», respondieron los rusos pensando que la invitación sería para el fin de semana y no para hoy jueves. «Nos encontrarnos a las veintidós, en el centro de Tauranga», dijo el kiwi y dejó casi sin habla a los soldados. Suponemos que patroncito es casado, por portación de anillo, y que tiene un hijo, por comentario. Tal vez, llegue a los veintiocho años. Rubio, pelo corto, tez blanca, ojos claros.


Cuando dejamos el campo, nos llamó Luciano para informarnos que por un problema personal nos pagaría recién mañana, es decir, un día después de lo previsto. Mire usted, una nueva. No teníamos otra opción más que aceptarlo. Entonces, «todo bien», dijimos simpáticamente.


Mientras estábamos cenando sonó el celular y leímos «Johny» en la pantalla. «Nos esta buscando para ultimar detalles de esta noche», dijeron los veloces nenes. «Lo que él no se imagina es que nosotros no tenemos ni nafta ni plata», acotaron los duendes, llevándose una cucharada colmada de puré de papas a la boca. «Y un montón de ganas», concluyeron los rusos, al tiempo que dejaban el aparato sobre la mesa. El kiwi volvió a discar, pero otra vez, fue ignorado. Cansado de la poca respuesta, patroncito mandó un mensaje de texto. Como Argentina seguía incomunicada, volvió a probar suerte con la llamada directa. Ruso, nuestro mejor orador en lengua inglesa, se negaba a atenderlo. ¿Qué carajo te cuesta decirle que no nos pagaron, que nos cagó nuestro contratista y que lo dejamos para otro momento? ¡Si hasta con nosotros, primero, pensás en inglés y, luego, lo españolizás! Ningún argumento hizo cambiar de parecer a nuestro amigo. A la media hora, comenzó la tercera ronda de llamadas por parte del kiwi. Nene le puso el pecho a la situación y contestó. La conversación terminó con nuestra dirección. Nene, por favor. ¡Flojo lo suyo! Ahora, teníamos que ser anfitriones. Buenísimo, Ruso, gracias.


Pasaron veinte minutos y vimos, estacionando fuera de casa, un nivel de luces que no denotaban picker al volante. Ruso, cuando se dio cuenta, se tiró cuerpo tierra y huyó hacia la habitación al grito de «estoy durmiendo». No, no es joda. Rata por tirante. Johny se presentó con una camisa blanca, con dos botones desprendidos, cuarenta y cinco minutos de peinado (llevado a pelusa parada) y manos delicadamente cuidadas. Un muñeco de cera. Les pedimos unas cervezas a Brasil e invitamos con una a nuestra visita. Patroncito propuso, viendo como venía la mano, jugar al póker. Esa fue la consigna en la que, creo, escapó Duende. Al segundo intento de repartir cartas, fuimos por ellas y nos sentamos a la mesa. Después de un malísimo nivel pockerístico, con reglas nuevas para mí, el kiwi comenzó a despedirse. Nosotros no insistimos para que no lo hiciera. Menos mal que se fue.

Luciano cumplió con su palabra y el viernes por la noche pudimos celebrar el sueldo: cervezas para todo el mundo. La ingesta provocó ganas de meter noche y con los gordos perfilamos para Tauranga. El resto, acuso demasiada borrachera y locura como para salir de joda. Dimos un par de vueltas por el centro y decidimos no frenar en ningún lado (por el estado que cargábamos y por la hora). Sólo lo hicimos cuando la policía nos lo pidió. ¡Control de alcoholemia, señores! Tranquilidad ante todo. Yo, al volante. Bajé la ventanilla y me pusieron un aparato delante de mi boca y algo me dijo el oficial. En un primer momento, intenté soplar por la única especie de boquilla del instrumento que divisé. El oficial reiteró la oración y, esta vez, sí entendí. Nombre y residencia. «Ok. Sebastián de Mount Maunganui», respondí y me acerqué nuevamente al dispositivo. Zafamos. Desconfío de los grabadores alcoholémicos.


Siete y cuarto de la mañana, arriba. Caímos a trabajar y, al no ver a ninguno de nuestros jefes, decidimos comenzar en cualquier lugar. En este caso, agarramos la parra que tiene columnas, tirantes y telas cortaviento. Los enredos de ramas con esta estructura hacen que nuestra labor se dificulte y tengamos la excusa perfecta ante algún pedido de rapidez laboral. Haciendo poco, llegamos al recreo de las diez. Después de este, nos visitó Johny con clips. Ruso fue hacia él y fue consultado, primero, por qué no había estado la otra noche. «Me quedé dormido», fue la respuesta. «¿Estabas haciéndolo con una chica?», repreguntó el kiwi. «Ojalá, hace mucho que no», respondió nuestro amigo. «Con esos colmillos, tenés que atraer mujeres», presionó patroncito y terminó con un «¿tenés pelos en el pecho?» En ese momento, supongo que Ruso se estaba arrepintiendo de haber ido en búsqueda de clips. «Sí, algunos», le respondió. «¿Más abajo también?». «Sí, sí, también», dijo y pegó media vuelta, dirigiéndose hacia nosotros. Así que el kiwi era gay, por eso insistía tanto en tomar cervezas con nosotros. ¡Era por amor y este no se dejó ver! Supuestamente, hoy a la noche vamos a salir con Johny. Después de trabajo, baño y porrito, todos quedamos tirados en las camas. Patroncito nos llamó y le dijimos que nos veíamos a media noche. Al principio, no le convenció nuestro horario de encuentro, pero finalmente aceptó. «Nos mensajeamos más tarde y vemos en qué bar», le dijo Nene. Por las dudas, pusimos el despertador para que sonara a las veintitrés cuarenta y cinco.


Amanecimos a las siete de la mañana. Mierda que necesitábamos descansar. Afuera llovía y eso indicaba que no iríamos a trabajar. «Es decir que nos guardamos en el único buen día para aprovechar noche en Zelanda, clavamos a patroncito y hoy, despiertos desde muy temprano, no tenemos manera de generar ingresos. ¡Buenísimo!», gritaban los duendes. Chequeamos el teléfono: cinco llamadas perdidas y tres mensajes de voz en el contestador, todos de Johny.


El lunes bajo la parra, comenzó una jornada extrañamente silenciosa. Muchas motos juntas. Caras largas, pensativas y, aparentemente, contagiosas. Algunos se refugiaron en los musiqueros personales, otros optaron por podar lejos del grupo y otros, si bien no se apartaron, tampoco se hicieron notar. Creo que todos estaban, de alguna manera, pensando en presentes y futuros inmediatos. Estamos podridos de trabajar y que siempre estemos tan justos con la guita. ¿Cómo salimos?


A media tarde se largó el rumor, no sé de dónde, de echada generalizada de empleados debido a la poca producción a lo largo de la semana. Para nuestra contra, se sumaron las reiteradas plantadas sin aviso a nuestro jefe. Hoy, este pasó a diez metros de nosotros y ni nos saludó. Antes era una fija el intercambio de palabras pre-poda. Toda esta situación, más que preocuparme, me daba algo de tranquilidad. Por algo pasó todo lo que pasó y por algo hicimos lo poco que hicimos. Quedarnos sin trabajo sería un cierre y salida perfecta de Mount Maunganui.


Al ver venir hacia nuestro sector una camioneta oficial de la orchard, pensamos que las predicciones se concretarían. Cuando tuvimos al vehículo lo suficientemente cerca, reconocimos a su conductor. Era un joven maorí del picking, el cual (al recordar también de dónde nos conocía) nos llamó para darnos un puñado de flores. «Si quieren más, avísenme», dijo y continuó su recorrido. De Johnny nos olvidamos, al igual que de los malhumores. Salieron charlas entusiastas y se reorganizó al toque lo del sur.


Propuesta uno: salir este mismo viernes con la plata que juntemos. Acá nos anotamos con los gordos. Propuesta dos: laburar doce días sin parar y, con la billetera gorda, tirarnos a rutear. «No podemos salir a la deriva. Como mínimo, tenemos que tener una luca en mano cada uno», repetían los rusos, y los duendes asistían con la cabeza. Los nenes no se metían en estas cuestiones, porque aún no habían resuelto abandonar Mount.

Papamoa Regional Park


A las siete cuarenta y cinco ya estábamos metidos en la parra. Seguimos trabajando en el bloque con paravientos, alejado de todos. Luciano no tijeretea a nuestra par, como generalmente les sucede a otros colegas con sus contratistas. Eso nos da la tranquilidad de hacer la nuestra. Pronosticamos noventa y un dólares por día. No habían pasado mas de dos horas y ya estábamos desayunando mates con galletitas en la Van. ¡Qué embole muchachos! Sin ver venir las nubes descubrimos llovizna en el parabrisas. «Bueeeno… a juntar las herramientas que nos fuimos», gritaron los duendes y todos les hicimos caso. Camino a casa, nos mandamos a Papamoa Regional Park. Volvimos a abrigamos y salimos para hacer la caminata de cuarenta y cinco minutos que nos depositaría en la cima de una montaña. Un porrito antes de arrancar, otro en el bolsillo y comenzamos el ascenso. Nos desviamos del camino aconsejado, porque uno sugirió y se mandó primero. Todos lo seguimos, como si hubiéramos ido a eso. Entre árboles y raíces, subimos la ladera cortando camino. Algún que otro resbalón y mano embarrada, pero nada nos importaba, ropa prunner vestíamos. Nos encontramos un porrón de cerveza bien frío en el piso, en una zona de poco tránsito. Después de degustarlo y de agradecer a quien hizo esto posible, prometimos sembrar de botellitas a Zelanda, ya que tanta alegría genera en uno toparse con ellas.


Hicimos cima sólo por un rato, debido a más viento y llovizna. Esta vista, que nos parece natural, seguro que después la extrañaremos: horizontes nunca horizontales, cielos interminables, ríos, lagos, montañas, todo junto. Increíble.

Mientras bajábamos, con Ruso decidimos hacerlo rodando por la ladera. Esta sí que cortaba camino (eso veíamos) y no estaba minada de árboles ni raíces, sino por un verde y húmedo pasto. Veinte metros de bajada. Gordo y Duende decidieron ir por el camino seguro y vernos desde allí. ¡A rodar! Nos hicimos unas bolitas y nos tiramos de costado. A las pocas vueltas vi que mi amigo se había cruzado en mi trayectoria, o yo en la suya, y nada pude hacer. No entendí bien por qué no nos golpeamos. Uno de los dos, en uno de los giros, pasó por arriba del otro. Seguimos rodando cada uno por su lado. Al llegar al camino en el cual estaban Gordo y Duende, yo pude reincorporarme y comencé los ejercicios antimareos. Ruso no pudo desembolarse. De no ser por Gordo que salió a su cruce, lo hubiésemos tenido que ir a desenredar del alambrado que lo esperaba al final de la segunda (y peligrosa) ladera. Terminamos con algo de bosta en la ropa, nada que a nuestro lavarropas le complicara la vida.


Dicen que mañana también lloverá. Estos neozelandeses no le erran nunca con el clima. Estamos al horno, cada vez cobramos menos por semana. Aunque no haya plata, en dos semanas quiero salir de viaje. Si es posible, al sur. Sólo resta convencer a la oposición de que es la solución a nuestro problema, bajo el lema «necesidad de cambio de aire».

Despedida


Cuando nos acostamos, sabíamos que al levantarnos íbamos a escuchar aún las gotas de lluvia sobre nuestro techo. No le erramos. ¿Entonces? Transformamos este miércoles no laboral en un domingo de ocio, dando vueltas por el centro de Tauranga. Estacionamos en la costanera y nos sentamos todos en el living de nuestra van. ¿Qué hacemos? fue el puntapié y se armó una pequeña reunión. Con los gordos vendimos una real necesidad de salir de Mount, porque su clima era tan incierto... «¡No, no, pará!... a ustedes no les gusta laburar; yo conozco gente que la semana pasada facturó cincuenta horas en el packing de kiwi de Te Puke...», chicanearon los rusos para que la idea de emigrar se mantuviera lo más alejada posible.

«¿Cambiar de aire es la onda? Mañana, si llueve, cargamos todo y nos vamos para el sur. Si podemos trabajar, lo hacemos, y el domingo partimos», dijeron los duendes, envalentonados por dos secas neozelandesas. Deliramos hasta casi sentir que estábamos viajando, que era tan fácil como pasar por lo de Rob y hacer los bolsos. Le aseguré a Ruso el comienzo de El viaje. «Nos va a hacer bien otro lugar, otra gente, otro trabajo», dije y traté de que el escéptico picara y aceptara el proyecto. «Además, dígame una cosa... lo peor que nos puede suceder es que volvamos a Mount y nos den trabajo al toque para reventarnos bajo una parra. Si llegamos a esa situación, cosa que no creo, yo voy a ser el primero en levantarme para calentar el auto y conducir a la orchard», me comprometí ante mi amigo. Él no dijo nada. Ahora bien, ¿por qué no pensar en que las cosas pueden cambiar para bien, aunque no sepas qué ni dónde? Ganas, sólo ganas. Cuatro locas ganas, en un país desconocido, no puede no suceder. En un momento, Ruso, al tiempo que prendía la pipa, tiró un «entonces, ¿cuándo salimos?». Eso es lo que queríamos escuchar… ¡Bienvenido a bordo!


Cuando llegamos a casa, lo pusimos al tanto a Nene, pero este se bajó del trencito definitivamente. Quiere vender a Ismael, irse a Auckland y, desde ahí, volar a Australia para encontrarse con su madre. Nos dio la noticia y se fue a lavar el auto con una botella de litro y medio (llena de agua y detergente) y la esponja de la cocina. Ruso, mientras miraba por la ventana, se empezó a reír a carcajadas. Cuando pudo coordinar una frase seguida, nos enteramos de que Nene había comenzado la limpieza de Ismael por el motor. «Le dije que no era necesario… Ahora me doy cuenta de que está engrasando toda la puerta del acompañante porque está usando ¡la misma esponja!… Miren cómo le está quedando», nos decía Ruso, mientras se secaba las lágrimas producto de la tentación. ¡Nene, Nene, no! Estás haciendo cagadas... Pórtate bien y venite con nosotros al sur.

Finalmente, la lluvia cesó en la madrugada, pero igual ignoramos el despertador. La apertura de ojos se dio con el llamado de Luciano, recién, a las diez de la mañana. «¿Dónde están? ¿No piensan venir a la orchard?», cuestionó. «Trabajamos en ello», le respondimos. Las once cuarenta y dos marcaba nuestro reloj cuando dimos el primer tijeretazo en el campo. La jornada se pasó rápido. ¿Tendrán algo que ver los treinta minutos de almuerzo que nos tomamos al mediodía? Nuevamente, en el transcurso de la tarde, planeamos futuros y nos pusimos de acuerdo con que nuestra partida se patearía hasta que lloviera.

El despertador sonó a las seis treinta de la mañana y, aunque el cielo estaba nublado, nos pusimos la ropa de prunning. A las siete, mientras desayunábamos, nos llamó Luciano para decirnos que aguantáramos un rato antes de ir al campo, porque allí lloviznaba. «Los mensajeo más tarde», concluyó. ¡Nada, nada, nos vamos al sur, como habíamos quedado! Ruso, en un primer momento, se mostró nervioso. Su mañana laboral, de pronto, se convirtió en una aventura al sur con los doscientos sesenta y siete dólares que nos había dado nuestro contratista. «No se olviden que la semana que viene Luciano nos va a depositar los ciento cincuenta kiwis que nos debe», dije en voz alta, como para que todos escucharan y no se bajaran de la decisión sureña. «El viaje va a estar muy bueno, nos vamos a cagar de risa, pero vamos a pasar hambre y frío», me respondieron los rusos y se fueron a la habitación. Yo comparto, en parte, lo que ellos dicen, pero estoy convencido de que vamos a conocer a alguien que nos facilitará la cosa y todo se tornará muy agradable. Nada puede no resultar si estamos todos convencidos, repito. ¿Ustedes qué opinan?

A las diez de la mañana, cuando la Revolución (término utilizado por Ruso) tenía dos horas de vida, cayó un mensaje de nuestro contratista: «¿pueden ir a la facienda a trabajar?». Imposible para nosotros. Duende armó la mochila tan rápido como yo. Después, lo vi medio serio, pero haciendo cosas para el despegue. Cuando les comentamos sobre nuestro plan a Brasil, se gestó un vaciado y charla para tener una mejor visión de la situación. Ellos no hicieron otra cosa que apoyar nuestra posibilidad de sur. Ruso se terminó copando tanto como nosotros, o más. También surgió la idea de una noche sudamericana de despedida. «¡Cómo no!», respondimos. Para esto, los gordos comenzaron a caminar por las paredes. Este plan, pensaron, sería parte de la maldición de Mount, que no te deja salir ni escapar. Calma… mañana, con la cabeza en la mano, si es necesario, nos vamos de viaje.








CAPITULO 3



Rakaia.


Otro río, otro puente. Aparece una nube muy baja que vemos a la izquierda. La ruta dobla y atraviesa una montaña. Ahora, nos sorprende por nuestra derecha y nos metemos en su vapor. Amaga a llover, vuelve el sol y todo sigue increíble. Arco iris perfecto y claro termina por donde nosotros vamos. «¿Y si buscamos el tesoro?», insisto. Se dejan ver los primeros picos nevados. Y vuelve el sol y otro pueblo rutero. El clima cambia como lo hace la vegetación. Frenamos, después de no creerle a un cartel que sólo graficaba una foca. ¡Qué va a haber! Estacionamos en la banquina y caminamos por la playa de piedras. Vimos muchos de estos especímenes en una pequeña isla a metros de la costa. Otros, aquí nomás. En total, unos cuarenta, aproximadamente. Caminé hacia el más grande de ellos mostrando la mano extendida en alto, convencido de que podía llegar a comunicarme táctilmente con el animal. En eso, ¡puf! Canto rodado que hizo sapito y sonaron más piedras. La foca enorme se verticalizó. Miré hacia atrás y vi a los duendes revolear otra. Ahora, no me le animo. Seguimos camino al sur.

«Alquiler de motos de agua, ¿lo vieron?», escuché. Los contadores aseguran que tenemos algunas monedas para el delirio, esa misma plata que antes estaba en el cofre impenetrable del ahorro. Me gusta que piensen así. Llegamos a Wellington de noche y nos informaron que había dos salidas de ferry hacia la isla sur. Uno, a las dos de la mañana; y otro, a las dos de la tarde. «Cruzamos ahora», coincidimos. La idea era comprobar el paisaje que recomiendan, de día, a la vuelta. Cuatro boletos y un pase para la van, por favor. Llegamos a Christchurch, la ciudad más vieja de Zelanda. Estacionamos y salimos a caminar un poquito. Botánico, catedral, galería de arte… y, en plena calle, divisamos (en vereda contraria) a Marina, Maru y Elena, las chicas argentinas con las que habíamos compartido techo en Mount Maunganui. Hicimos como que no las vimos y comenzamos a mirar vidrieras. Se cruzaron y gritaron. ¡Ehhh! Pero ¿qué hacen acá? ¡Qué casualidad! Nos invitaron a tomar mate a la casa de unos compatriotas conocidos de ellas, Juan y Montserrat. Primero, pasamos por el supermercado y compramos la cena. ¿Les parece?

La casa resultó ser como la de Rob: estilo americano, de madera y con habitaciones alquilables. En ese momento, solo un japonés, una kiwi y los dos argentinos vivían allí. La dueña del lugar iba cada tanto para ver cómo marchaba la cosa. ¿Qué les podíamos contar? Vinimos para el sur sin mucha plata y sin saber qué será de nosotros. Las chicas nos invitaron a quedarnos a dormir allí para planificar nuestro futuro, ya que la isla no había entrado en temporada aún, según dicen, o no había tanta nieve como debería o qué sé yo. Poco trabajo, se repite. El grupo, encabezado por los duendes, se puso nervioso. Moto de cuatro tiempos. ¡Sin plata y sin ingresos a la vista! Tomamos mates y buscamos trabajo en el diario y por internet pero nada encontramos, ni siquiera cerca. A despejar mentes, señores… Salimos a recorrer la ciudad, sin ir a ningún lado realmente. Cerramos las ventanillas e hicimos un submarino. Dejamos de pensar en el presente y volamos por Christchurch. Contentos, ahora, todos contentos.

Volvimos por cena a la casa de Juan y Montserrat, pero ellos ya se habían alimentado. Se levantaban temprano en la mañana, porque son panaderos. Gracias por la hospitalidad, buenas noches. Nuestras amigas, después de comer, se fueron a un pueblo aledaño por posible trabajo. «Manejen con cuidado y avisen si hay lugar para nosotros», les pedimos. Nos quedamos hasta la madrugada tomando vino barato y escuchando música, como si las instalaciones fueran nuestras. Al día siguiente, la dueña de la casa vendría temprano. Para entonces, tendríamos que estar levantados y en supuesta búsqueda de amigos que aquí se hospedan. Recién llegamos… ¿Usted no sabe a que hora regresan de trabajar Juan y Montserrat?

Tenía mucho sueño cuando lo vi asomarse por la puerta para cumplir su cometido. No entendí todo lo que me dijo, pero sí pude razonar su última palabra. Fue el grito de «Sebasssssttttiiiáaaaaaaann» lo que hizo realmente mi despertar. Yo no pude menos que «Nicoooooláaaasssss», contestar. Ese es el diálogo recurrente que tengo con Duende. Seis cuarenta y cinco de la mañana, marcaba el reloj de pared del living. ¡Hubiese dormido cinco horas más! ¿Vendrá la dueña? Por las dudas, cargamos todo a la Van antes de desayunar ¿no? Teníamos poco para hacer a esas horas y, aún menos, en un día de lluvia. Compramos el diario para ver qué contaban los clasificados. Dos, che. Uno buscaba florista para los fines de semana y otro pedía entre cuatro y seis personas para un trabajo sin mucha data. Terminamos la cebada de mates y salimos para ver qué ofrecimientos tenía internet. Llegamos a un estacionamiento y cuando estábamos abrigándonos (para afrontar la tempestad) sonó el celular. ¡Llamado neozelandés, muchachos! o algún loco amigo argentino pasado de vuelta un martes de madrugada. Primera opción. Puestos laborales confirmados. Arrancamos mañana a las siete, en el mismo lugar donde trabajan las chicas. Rakaia se llama el pueblo donde se encuentra un packing de algún tipo de flor.

Para festejar, fuimos a quemar los últimos kiwis que nos quedaban. El supermercado y el Ejército de Salvación fueron los lugares que recorrimos para conseguir comida y baratas genialidades. Duende se compró un pantalón de corderoy; Ruso, un chaleco reversible y unas zapatillas maoríes: Gordo, un sweater y se olvidó puesta una remera del local; Mi atención se centró en un sobretodo. ¡Qué tal! Nunca antes había vestido un atuendo de estos.

Cuando arrancamos para Rakaia nos perdimos, obviamente, pero después hallamos la bendita ruta número uno, la que nos lleva siempre a donde vamos. Esperamos a las chicas estacionados en la plaza principal del pueblo. Cuando ellas terminaran su jornada laboral, nos mostrarían donde viven. Supuestamente, no hay muchas opciones de alquiler de viviendas.

Afuera seguía lloviznando. Los rusos jugaron a ser DJ con las FM. Los duendes estudiaron los mapas, y calcularon tiempos y costos para llegar a Queenstown. Los gordos arreglaron el cable de mi discman que cortaron para conectarlo al pasacassette y poder reproducir CD’s. Funcionó bien en ruta Christchurch-Rakaia, pero luego se cagó y ahora tenemos dos fusibles quemados y un problema en recepción de radios. Igual, los rusos insistieron con la musicalización agresiva. Después de tres horas de espera, haciendo eso, aparecieron nuestras amigas. ¡Por fin!

Los dueños del Holiday Park que nos recibieron (un viejo loco y barbudo que se presentó con pilotín verde, capucha y perro atado; y su señora, un poco más cuerda que él), nos intimaron con ciento diez dólares por semana a cada uno. Dos se quedarían en la casa de las chicas y los otros, en una cabina a unos diez metros de distancia. El presentismo laboral de cincuenta y cinco dólares por semana (del que nos habló Marina) hicieron que Ashburtton, un pueblo a treinta kilómetros, sea demasiado lejano como para pensar en viajar todos los días. Aceptamos las condiciones, pero cuestionamos que el alquiler fuera el mismo que pagaban nuestras amigas por estar solas en la casa de dos habitaciones. Cuando una de las partes que negocian tiene el monopolio del servicio que ofrece y reconoce las limitaciones del contrincante, puede hacer de ella una tiranía, como esta pareja de viejos kiwis... ¡lo parió! «Eso sí, le pagamos la semana que viene cuando cobremos en el packing… no tenemos ni una moneda, de verdad», le dijimos a la señora y ella aceptó. El viejo siempre nos miro con desconfianza, pero no dijo mucho.

Según lo que nos contaron las chicas, los horarios de los bulbos son de siete a dieciocho. El primer timbre indicativo de recreo, se hace esperar hasta las diez de la mañana, y nos habilita para descansar quince minutos. El segundo tramo laboral es de casi dos horas y luego frenamos para almorzar. Una hora de descanso y entramos al «turno tarde» que consta de una etapa de casi tres horas, recreo de quince minutos, y finalmente dos horas de bulbo. No entendí mucho los números, pero imaginé que el segundo día del día, comenzaría tarde y con cuerpos cansados. Los sábados son opcionales para trabajar, pero nos pagan cincuenta dólares por medio día. Los domingos, el Pack House (PH) permanece cerrado. La casilla en la que conviviré con Duende es tan grande como una caja de zapatos. Sus dimensiones, con toda la furia, son de dos por dos metros y medio. Tiene cama cucheta con elástico de alambre (de esos que se doblan cual hamaca paraguaya), en la que yo ocupo la parte superior. Cuando estoy recostado, mi espalda queda a unos cuarenta centímetros de la cara de mi amigo. Además de esta maravilla, tiene ventana al exterior, bacha y bajo mesada en suite. ¿Qué más necesita uno? Por la noche hace frío, pero mi bolsa de dormir me abriga lo suficiente como para poder prestarle una frazada a Duende.

El despertador sonó a las seis, pero lo ignoramos. A la media hora verticalizamos, porque sabíamos que no podíamos estirar más la modorra y, sobre todo, porque en este trabajo jugamos con presentismo. Nos abrigamos hasta las bolas por consejo de las chicas y desayunamos a la pasada. A las siete cero cinco, estábamos preguntando por la gente a cargo del Pack House. Nos hicieron completar un formulario y, luego, nos repartieron guantes de goma para pasar al sector fordista de la empresa. Más allá de la posición en la que nos toque trabajar, nuestra tarea será la de individualizar bulbos de lilas. Trabajan entre diez y doce personas por máquina.

Con el correr de los primeros minutos y de la cinta sinfín, nos dimos cuenta de que algunos de los bulbos venían enredados entre sus raíces y había que separarlos. Otros traían un cabito que brotaba de su centro, a los cuales debíamos cortárselo. Así, una y otra vez... Mucho embole. Si uno se cuelga, el tema pasa y se arma rosca con los que están más adelante en la cadena. Los supervisores dan vueltas todo el tiempo y se plantan a trabajar a tu lado. Sus manos son veloces. Lo peor de todo, sin duda, es que esta gente (estratégicamente ubicada) colocó en el galpón un reloj gigante. Es inevitable pispear cuantos minutos faltan para el recreo o la salida. El tramo de dieciséis a dieciocho se hizo eterno, pero eterno de verdad. Yo miraba las agujas creyendo que, por lo menos, un cuarto de hora había pasado, pero siempre encontraba a la más grande, solo cinco minutos avanzada desde mi último registro. ¡Me estás jodiendo! —«¿Sabés cuánto pasó desde la última vez que miramos el reloj?», le pregunté a Ruso que trabajaba frente a mí, dándole la espalda al instrumento de tiempo.

—«No, no me digas, por favor», respondió, reiteradamente. Yo dudaba de ser tan cruel...

—»Cinco minutos», gritaron los duendes desde el fondo de nuestra máquina.

—«¡Te dije que no me digas, carajo!», se quejaba Ruso y aquellos volvían a la risa.

—«¿Posta?», me preguntó, ahora, mi amigo.

—«Sí, Ruso, posta», le contesté con la misma cara de aburrimiento. Cuando las dieciocho llegaron, comenzó nuestro segundo día del día, el más lindo de los dos, aunque se mostró oscuro. Vino en cartón, acompañó la cena de las veinte. Otras hierbas nos noquearon a la una treinta de la madrugada. «Mañana Pack House, ¿no?», le pregunté a Duende. Este, como no podía ser de otra manera, respondió: «no, juguete».

Supongo que la historia se repetirá mucho. Suena el despertador seis treinta. Ya sabemos que ponerlo antes es al pedo. Con suerte nos levantamos rápido, desayunamos y nos vamos al PH, para fichar a las siete. A las dieciocho nos liberan los bulbos y en quince minutos estamos en casa. Al atravesar el pueblo, temprano, todo está cerrado. A la vuelta, también. Linda experiencia. Nos bañamos por turnos lo más rápido posible, para que no se vacíe el calefón de casa y evitar que alguien se coma el garrón de asearse en los baños de afuera. Estos son grandes y cómodos, pero tienen baja temperatura en su interior. Salir con la cabeza mojada de allí, es una invitación a la gripe. Nos acomodamos en los sillones a descansar las piernas y, pronto, nuestros ojos atinan a cerrarse. El estar todo el día parados pasa factura, porque no es que estas yendo y viniendo…¡somos una estaca! Igualmente, mucho para hacer en casa no tenemos, sin tele, radio ni play, en el medio del campo, siempre de noche. Charlar y escuchar música de la notebook de Marina es lo que nos entretiene. Molestar a las chicas, también. Hay una señorita, amiga de nuestras compatriotas, que se unió a la experiencia Rakaia, pero aún no sabemos su nombre. Solo por eso, zafa de nuestras boludeces diarias. Creo que se llama, Marité.

Supuestamente, en cuatro semanas finalizará la temporada de bulbos. La idea sería facturar lo que más se pueda para después salir a recorrer el sur de esta isla. Los duendes ya organizaron medianamente el viaje. Muchísimas cosas interesantes para hacer y ver, aunque escuché con un solo oído y miré con menos de un ojo, el itinerario que señalaban en el mapa. Que no me cuenten, que me lleven, insisto.

Según dicen, ahorraremos trescientos dólares por semana. Nuestras únicas preocupaciones son la cercanía de Christchurch, la casa de Juan y Montserrat, la caravana. Tenemos miedo de delirar plata los fines de semana. Pero por otro lado, si de lunes a sábado lo único que vemos son bulbos, a las chicas y nuestras caras, algo hay que improvisar en esos días no laborales. Uno no puede esclavizar la mente de esa manera.


Cumpleaños

Las chicas fueron al supermercado y compraron torta, galletitas, gaseosas y velas. Nosotros aún teníamos el vino de la noche anterior y macoña. Adquirimos una tarjeta cumpleañera en la proveeduría del Holiday Park y le escribimos a Gordo, nuestros saludos y felicidades. También estuvimos a punto de comprarle una caña de pescar fucsia con reel que descubrimos en la vidriera del local. Fue imposible. Después de chequear nuestros números bancarios, caímos en la cuenta de que no podíamos hacerle ese obsequio. Luciano no había depositado lo que nos debía. Entonces, seguimos en el horno. ¡Que los cuuumplaaas, feeeliiiz…!

La excusa perfecta fue «el cumpleaños de mi amigo» y aunque el protagonista del evento fue a trabajar, como el resto del grupo, yo me quedé durmiendo. Me levanté recién cuando regresaron, al mediodía. Nos fuimos todos para Christchurch, por segundo festejo. Nuestra van alberga ocho personas cómodamente, una maravilla. Raramente, no dimos vueltas en búsqueda de la casa de Juan y Montserrat, llegamos como por un tubo. Hasta las veintidós estuvimos con ellos. Después, otra vez, nos adueñamos de las instalaciones. Cerveza, música y nos fuimos al boliche. Cola de por medio y un frío de los buenos. De verdad, cola y frío, frío. Me sacaron del lugar cuarenta minutos antes de que terminara la noche. El argumento fue que estaba borracho. Esos monigotes, hechos patovas, no distinguen la alegría de una persona, del verdadero problema con el alcohol. Por ende, quien me invitó a retirarme, no entendió mi descargo e insistió con mi salida. Lo apalabré desde un primer momento pero accedió a soltarme el brazo y prestarme verdadera atención, recién, a cinco metros de la puerta. «Es el cumpleaños de un amigo y realmente no estoy en malas condiciones. ¡Mirá!», le dije, mientras hacía un perfecto cuatro con mis piernas. Si logro este equilibrio, usted no puede acusarme de borracho, ¿verdad? «A ver, tócate la nariz con la mano izquierda», dijo él, y yo lo hice, aceptando el desafío etílico. Sin dejar la posición, me pidió que levantara la mano derecha. Entonces, me encontré haciendo equilibrio en una pierna, con el índice tocando mi nariz y con un brazo en alto. ¡Aplausos, señores! Venía perfecto hasta que me pidió, sin movimiento alguno, que mirara hacia arriba. A los tres segundos ya no pude sostener mi pedo. ¡Afuera! Igualmente, estoy convencido de que es muy difícil hacer todo lo que me pidió el maorí de seguridad, hasta en estado de absoluta sobriedad. La otra cosa que me costó entender fue que sacaran a alguien por estar pasado de copas sin haber provocado un solo disturbio. Lucha de por medio, entré nuevamente al boliche a buscar mi campera (como le pedí al de la puerta, aunque no haya salido con ninguna), pero este me acompañó en el trayecto. ¡Mierda! Llegué a la pista, le dije a Duende lo que me estaba pasando, robé su campera y quedé en encontrarlos en la van. ¿Dónde estacionamos? A las cinco de la mañana, nos estábamos acomodando para rutear hacia casa. Los duendes se hicieron cargo del volante, los rusos actuaron de copiloto y el resto del grupo se apiló en el living enfrentado de la van. A los pocos kilómetros, los únicos que participaban de la conversación eran los de adelante. Tuve un roce de piernas y, luego, de manos en pierna con Aimé que, casualmente, estaba a mi lado «durmiendo» (¡Se llamaba Aimé y no Marité! Casi…). No sé qué podría haber pasado, porque llegamos a casa justo cuando mi loca borrachera me estaba llevando a hacer algo más que insinuar. ¿Una señal? Cada uno se fue a dormir a su cama sin decir más que «hasta mañana».

La historia se repite semana a semana. La única diferencia con la anterior es que ahora los supervisores nos distribuyen entre los obreros para que dialoguemos menos. ¿Qué quiere que haga, señor, si no hablo durante la jornada de bulbo?

Aburrido de jugar con las manos y sin tener siquiera a un compatriota cerca, comencé a sociabilizar con una chica de mi máquina. Colorada, uno sesenta y dos metros de altura, pelo corto y simpática. Las coloradas que son lindas, me parecen más atractivas que cualquier rubia o morocha de su mismo nivel. Eso sí, es difícil toparse con una, pero cuando sucede, ¡aproveche el momento, amigo! Muchas veces, es casi imposible el arrime, pero es mejor intentarlo unos segundos, que quedarse pensando cuán linda era. Hay mujeres con las que da gusto interactuar, mirarse a los ojos. Yo, de vez en cuando, llego a emocionarme por la simpática belleza que una persona puede alcanzar, con posterior piel de gallina, ojos vidriosos y desencuentros de palabras. Bueno, esta señorita colorada no daba justamente en esa categoría o, al menos, no con su edad. Sesenta años, aproximadamente. Los dos mil habitantes de Rakaia que yo imaginaba, no son más de ciento cincuenta, según me dijo ella. Cada vez más chico el tema. ¡Y qué malo soy calculando!


Como frutillita de la tarde, me tocó un mano a mano con la empleada número uno del lugar. La Fanática, como le decimos nosotros. Un personaje treintañero que siempre viste un impecable disfraz de profesora de educación física, con zapatillas deportivas incluidas, ligeramente solitaria, algo tímida y con algún que otro problemita psicológico, suponemos. Mi mente, enloquecida, descubrió cómo sacarle la ficha al laburo. Al mismo tiempo, se comía el viaje de estar «compitiendo» contra La Fanática, en un juego fordista. Ella, sin mencionar palabra, aceptó mi imaginario desafío laboral. «Yo puedo ser más rápido que vos y eso que es mi primera temporada de bulbos», pensaba y me sentía en una película relatada con voz en off. En un momento, comencé a creer que ella verdaderamente leía mi mente. Sin abandonar la muda competencia, me dediqué a desarrollar una técnica de avanzada, práctica y cómoda. Imagínese qué bien me habían pegado las flores de Zelanda, que llegué a la conclusión de que era como el «lustrar-pulir» del señor Miyagi. Sí, sí, hasta ese punto me llevaron. ¡Y funcionaba! Quedé sorprendido al entender que, en realidad, todo se resumía en dos simples movimientos de manos. Además, tenía el poder de controlar todo lo que pasase por esa cinta sinfín y de percibir cómo la velocidad de la máquina disminuía con mi concentración. El único intercambio comunicacional que tuve con mi contrincante, fue cuando me aconsejó que dejáramos pasar algunos bulbos porque la gente de atrás no tenía nada que hacer. Recién ahí, presté atención a la cara del compañero que estaba a mi lado. Un tipo de cincuenta y cinco años, flaco, alto, con anteojos y tapa orejas plásticas con antena de radio. Me hizo acordar a Willy, de Alf. ¡Era igual! Estaba con sus manos apoyadas en el borde de la máquina (cruzadas cual sentada de simpático can), mirándonos trabajar. «¿Cómo va el partido?», quise preguntarle al opaco y aburrido personaje kiwi, como para hacer algo más que observarlo. ¡Qué locura, señores! Acto siguiente, le pedí a Ruso que me prestara su reproductor de música para comenzar a comerme otro viaje. Obviamente, mi amigo se negó. Mis movimientos llamaron la atención de los duendes que, desde otra máquina, comenzaron a tirar piedritas de tierra. De esta manera, inauguraron una nueva etapa de chiste en el PH. No escuché música, pero terminé dando tres aciertos en la nuca de los rusos.

Según nos dijo Luciano por teléfono, le dará hoy mismo un cheque a Nene para que éste nos lo deposite. Mientras tanto, en Rakaia se pronostica una lluvia de fideos con manteca y aceite que se extenderá por dos semanas, al igual que nuestro trabajo en el PH. Estamos tan cansados, mental y físicamente, que nos tenemos que ir a dormir temprano sin poder hacer nada por las noches. Si nos acostamos tarde, es porque nos quedamos mirando estrellas (abrigados hasta las manos) y fumando careta industrial (porque comemos por un dólar, pero fumamos por treinta). «En cinco horas nos tenemos que levantar», repiten los duendes, cuando todos tratamos de olvidar lo que vendrá de mañana. Por cambio laboral, únicamente está el rumor de trabajar en un PH de papas fritas congeladas en Ashburtton. Supuestamente, ciento cincuenta dólares por día es lo que paga. Veremos, una vez más. Seguimos con las chicas, menos mal, porque si no esto sería mucho peor. Maru se va a Argentina en un mes, pero por problemas viborísticos internos, tal vez se aleje antes de nuestro lado. Destino: casa de Montserrat y Juan. Las mujeres son terribles. No digo ninguna novedad, pero es hora de que lo acepten. La competencia entre pares, más allá del grado de amistad, llega hasta límites desopilantes. En este caso (según radio pasillo), Maru quiere restarle protagonismo a Marina en su intención de enamorar a Ruso. ¡Pero por favor! Ayer de noche llegamos a pensar (en charla estrellada) que, de encontrar un pueblito de lindas características y, fundamentalmente, con pocos habitantes, así como Rakaia, podríamos mudarnos y, luego de algunos años, tramitar la residencia. De este modo, tendríamos la posibilidad de postularnos a cargos municipales. «Entonces, si quince personas cayéramos a uno de ciento cincuenta habitantes, representaríamos el diez por ciento del padrón electoral», decía Ruso mientras se acomodaba la bufanda. Si lográsemos convencer a un grupo de pueblerinos que nos voten, alcanzaríamos la intendencia, y desde allí, comenzaríamos a configurar el asentamiento: comisario, médico, carpintero, cocinero, panadero, herrero, jardinero, etcétera. Amigos y amigos de amigos, que se coparan con el proyecto. La policía local haría vista gorda a lo del cultivador, que abastecería al resto de ricas flores… un círculo hermoso, tranquilo y cómodo. ¿Qué le parece, Doctor? ¿Se viene? Además de los planes maquiavélicos para conquistar la Tierra, las bajas temperaturas de la isla sur nos hacen proyectar fiesta con las chicas en casa. Ellas dieron el primer paso: Duende fue el blanco. Cabina uno, tocada. Se le presentó Elena, tipo doce de la noche, mientras él dormía y yo seguía en el living con el resto de los trabajadores. «Te traje un regalito», dijo ella y le mostró un preservativo. Él la sacó cagando de movida, pero después de idas y vueltas, sólo a sexo oral accedió y, nuevamente, le pidió su retirada. «Un pete no se le niega a nadie, me extraña, Sebastián», sentenciaron los duendes. Ruso tiene en su historial unos encuentros amorosos con Marina antes de nuestro arribo a Zelanda. Todo es posible, ¿no, Gordo? ¿Cómo ves hacerle la despedida a Maru?

Al mediodía, arrancó nuestro fin de semana. Duende se bañó y se fue con las chicas a Ashburtton, para cambiar su pasaje de vuelta a Argentina. En Rakaia se proyectaba una tarde de lavandería, sol, roña y no muchas preocupaciones, pero se propuso «mates por ahí» y, sin mediar muchas más palabras, en la estación de servicio estábamos cargando nafta. ¿A dónde vamos? Mencionamos los posibles destinos y contemplamos dinero y combustible: Ashburtton, a treinta kilómetros para el sur. Si bien sabíamos que era un pueblo sin atractivo marcado, no lo conocíamos realmente y podría resultar ameno, económico y seguro. Opción dos: montañas nevadas, a sesenta kilómetros para el oeste. Esta dirección hacía temblar nuestros bolsillos, porque ir hasta allí solo para ver cómo la gente subía en aerosilla y bajaba haciendo deporte de nieve, no sé cuán divertido podía resultar. Último rumbo: la conocida Christchurch, también a sesenta kilómetros, pero para el norte. Elegimos esta última, después de enterarnos que era el festejo número ciento cincuenta del nacimiento de la ciudad. «Pero termina a las seis de la tarde», nos dijo quien nos cobró lo consumido en petróleo. Claro, ¡mirá que va a durar mucho más! Algunas veces me olvido que todo muere tan temprano aquí. Ni siquiera pudimos bañarnos; agarramos un abrigo y perfilamos a Christchurch. Los chicos aún no habían vuelto del pueblo vecino, así que les dejamos una nota sobre la mesa.

Bandas musicales y espectáculos en vivo en la plaza principal fue lo que presenciamos. Después, fuimos tras la información de que en el centro turístico repartían torta de zanahoria de manera gratuita. ¡Correcto! Tres para llevar, por favor. Acto seguido, y sin mucho más por hacer, fuimos a lo de Juan y Montserrat, a la espera del resto del equipo que venía en camino. A la noche, se sumaron tres porteñas amigas de Marina. Una de ellas me pareció linda, aunque demasiado flaca.

En el boliche, reviví la sensación de chamullar en español con diminuta compatriota, pero nada he conseguido. Gordo pegó una japonesa y, después de idas y venidas, desapareció con ella al grito de «para fuera» y «no me dejen a pata».

Nuestras concubinas se negaron a llevar a sus amigas, acusando poco legal espacio vehicular. Al percibir eso, con los duendes nos ofrecimos a hacerlo, obviamente. «Por aquí, por aquí», las invitaban ellos y señalaban la van. «Les pagamos», nos propusieron, pero con un «después arreglamos» terminamos la conversación al respecto. Todos arriba de nuestra genial, y perdone que repita tanto, genial casa móvil, esperamos a un Gordo perdido en Japón. Ruso, chupadazo, salió en su búsqueda pero al ratito volvió solo; tal vez, en peor estado del que tenía la última vez que lo habíamos visto. Ahora, vestía una campera desconocida. Los duendes, cuando lo observaron venir hacia nosotros, sostuvieron que «es más fácil que él mismo se pierda a que encuentre a Gordo» y yo no pude parar de reírme. Encima, al llegar, nos confesó que el abrigo lo había sacado del boliche porque sintió mucho frío. «Entraste de nuevo y te afanaste una campera… sos un desprolijo», le dijimos. Él, señalándose la sien, repetía: «pero vivo... vivo… como un zorro». Gordo, aparentemente, estaba ilocalizable. Después de esperarlo media hora, apareció con cara de póker. «Terminé en un estacionamiento de acá a la vuelta», nos dijo. En un momento, nos relataba, «le pedí que hablara su lengua materna porque me gustaba cómo sonaba y, prácticamente, porque era lo mismo que su inglés, inentendible para mí. La pasamos bien, nos cagamos de risa», fue así cómo resumió el encuentro amoroso nuestro amigo. Vaya uno a saber qué significa eso, sobre todo para Japón. Me encantaría escuchar la versión oriental del episodio. Nos enteramos que el martes que viene se nos terminará la beca en el Pack House, por lo cual quedaremos a la deriva nuevamente.

Llamamos a la mentira del chino más áspero del condado, aquel del cual se decía que nos podía conseguir trabajo en cualquier lado, y nos ofreció solo packing de kiwi en Te Puke. Poca plata, muchas horas, otra isla… Que se cague.

La casa está que arde. Las relaciones oscilan entre la amistad, el puterío, las subidas de tono y las reuniones clandestinas. Acaba de entrar Ruso a nuestra cabina: lo apuraron. Marina lo intentó abordar en la habitación y este escapó. «De cara no da... es como cogerse un barrilito», fue lo único que dijeron los duendes al respecto. Muy raro. Cuatro chicas y cuatro chicos viviendo en el campo, laburando todos en el mismo lugar, viéndose las caras diecinueve horas al día. «Roles invertidos», reflexionaron los rusos. Y estoy de acuerdo. Ellas quieren formar la gran familia, y ahí esta el principal problema. Conocimos planteos de esta naturaleza hacia dos de nuestros soldados y realmente no da. Eso sí, esto no quita un quilombo borracho en alguna oportunidad.

La mañana estuvo muy aburrida. Creo haber mirado setenta y cinco veces el reloj de pared. Llegué a odiarlo, pero es casi inevitable no prestarle alguna atención. La tarde fue algo más amena porque compartí máquina con gordos y rusos. La supervisora nos habló de la posibilidad de estirar nuestro contrato una semana y media más, pero no estaba aún confirmado. Por las dudas, al salir de los bulbos nos mandamos para el PH de papas fritas en Ashburtton. Nos recibió un cartel de «no vacancy». Bárbaro. ¿Entonces? ¿Ordeñamos vacas? Por ahora no me preocupo, todavía falta.

Pasamos por el supermercado e hicimos la compra semanal. Hemos caído en la góndola «Mascotas»: compramos corazón de pollo por siete dólares el kilo. Los salteamos en la plancha con ajo y perejil y los degustamos como si fueran mollejas argentinas. Este menú fue introducido en nuestra dieta por la cocina brasilera de Mount Maunganui, más precisamente por «Choro». Así bautizamos a un conocido de nuestros concubinos, quién se ins taló un par de días en nuestra casa. «Acá nunca faltó nada, nunca hubo problemas entre nosotros. Si llega a pasar algo, la culpa va a ser tuya y yo te saco a patadas», fue lo primero que le dijo Felipe cuando llegó a nuestra morada. Una tarde cayó la cana y preguntó por una persona. Choro se comió tanto los pelos que salió corriendo por el patio, saltó la cerca, cayó en lo del vecino (que lo vio) y se perdió por el vecindario. La policía buscaba a un alemán, pero igualmente el del culo sucio no apareció hasta altas horas de la noche. Soldado que huye...

Maru ha decidido mudarse a Christchurch, a la casa de Juan y Monserrat. Le dijo basta a este juego viborístico. El envión anímico generado por la noticia, debe haber sido la causa por la que las chicas volvieron a la carga contra nuestros soldados. Duende está siempre en la mira. Esta vez, acusó dolor de cabeza para salir del asalto sufrido mientras dormía, lo que me recuerda a los «roles invertidos», mencionado por Ruso. Este va y viene jugando con Marina, pero no concreta nada serio. Mimos y caricias por la espalda, fueron las aproximaciones recientes. Acusa poca disponibilidad de ambiente, pero teme por las consecuencias. Yo, cada vez que puedo, huyo de las garras de Aimé. Nada pasó, salvo indirectas bien, bien dirigidas. Qué incomodo es… nunca me había pasado. Dicen que el burro no coge por lindo, pero todo tiene un límite.

Gordo ha limado y piensa comprar una XR doscientos, a mil ochocientos kiwis. Hacía unos días que lo había visto ojeando la revista de clasificados y ahora salió con esta idea. La expuso ante el grupo y, al toque, se organizó la movida. Mañana, después del almuerzo, saldrán con Ruso para Dunedeen, la ciudad universitaria por excelencia. Queda para el sur, a unos trescientos kilómetros, sobre la misma costa que Rakaia. Supuestamente, volverán en el día porque el sábado laburamos, aunque supongo que Gordo (con chiche nuevo) puede no volver a pisar el PH por unos días. Por falta de espacio, ya que volverán con una moto en el living de la van, irán sólo ellos.

Del trabajo no se puede contar mucho; sigue siempre en el mismo lugar y hasta el culo de bulbos. Hoy, terminé en una máquina al otro lado del galpón. Mi trabajo consistía en colocar un cajón en el extremo de una cinta sinfín, en la cual venían bulbos y tierra. Por tecnología de chip, la máquina siempre daba un margen entre tirada y tirada como para que los obreros que en ella operaban pudiesen completar el proceso de armado del producto de exportación. Con pequeños movimientos, imitando una zaranda, yo debía emparejar el nivel de tierra y procurar que no quedara bulbo al descubierto. Cuando el cajón estaba lleno, lo retiraba rápidamente de allí y lo dejaba en otra cinta sinfín que lo conduciría hacia un joven maorí, quien lo taparía y aseguraría con clips. En teoría, bastante simple mi posición y función. «Si por alguna razón necesitás parar el sistema, apretá el botón rojo», dijo la señora maorí, quien me explicó qué debía hacer allí. ¿Por qué voy a necesitar parar todo? ¿A qué velocidad va esto?, me quedé pensando, mientras la veía alejarse para darle comienzo al fordismo. Después de despachar el cuarto cajón, me di cuenta de lo que hablaba la señora y comencé a mirar cada vez con más desesperación el proceso maquinario. Realmente, me puse nervioso porque el funcionamiento era cíclico y atemporal. Un canasto tras otro, la tierra se me venía cada vez más encima. El suelo que pisaba comenzó a cubrirse de tierra, al igual que mi cuerpo, metiéndose por la manga de mi buzo. Comencé a creer que los tiempos no eran acordes con mis movimientos o que alguna incapacidad tenía para hacerlo. Cuando atiné a ponerle el pecho para que no rodaran bulbos por el suelo, di cuenta de que era momento de presionar botón de aprietos. «Respirá, respirá», me tranquilizaba otra colega. Realmente, funcionó la teoría de oxigenación mental y pude completar la jornada sin volver a presionar (más de una vez) la pausa del circuito.

Supongo que con el tema de la moto dando vueltas por su ca beza, Gordo (nuestro chofer y mecánico auto-designado) olvidó controlar el combustible de la van, lo que dio como resultado un parate impensado. Al principio, creímos que la falla era por problemas de temperatura de motor, porque realmente hace un frío de la hostia en Rakaia (¡sobre todo cuando tenés que vestirte a las seis y media de la mañana en una cabina con techo de chapa!; Imagínese cuán feo será que los duendes han tomado por costumbre dormir vestidos con gorro y bufanda de lana. «Estoy listo, Sebastiiiáaaaannnnn», gritan, segundos después de haber verticalizado, y salen a ver qué pasa afuera). «Ni gota de combustible», informó el conductor. La única estación de servicio del pueblo estaba cerrada. Instantáneamente y, no sé por qué, nos bajamos todos de la van. No tuvimos tiempo ni para debatir situación y solución, que un auto frenó y cargó a tres. Tras ese, otro. Todos nos conocían, nuestros colegas solidarios.

En el primer recreo, Gordo fue a buscar a la van el contacto telefónico de la moto de Dunedeen. Obviamente, lo levantaron de ida y vuelta, así que solo se retrasó tres de los quince minutos que nos dan de descanso. No hubo tiempo para llamar antes de que arrancara el segundo tramo de trabajo, así que nuestro amigo tuvo que esperar hasta el mediodía para saber si partiría en busca de su XR. Paramos en el teléfono público del centro de Rakaia y Ruso discó los números resaltados en el aviso clasificado. La moto ya había sido vendida. «A las ocho y cinco de la mañana lo despertaron al dueño, la fueron a ver y se la llevaron», fue así como sintetizó el llamado. Lo bueno de esta mala noticia es que, tanto rusos como duendes, se embalaron con la idea de compra y ya están flasheando con adquirir una más grande o dos pequeñas. Yo nunca manejé una moto, salvo las más básicas de Zanella, así que casi me da lo mismo que haya o no una o dos, pero rescato el viro de actitud de mi gente. Hay ganas de provocar un cambio en la rutina, por pequeño que sea, e insignificante que parezca.

A la tarde, sociabilizamos mucho con la supervisora del PH, una treintañera simpática de aire bohemio. Según dicen las malas lenguas, tiene antecedentes con jóvenes extranjeros que pasaron por este galpón. Nosotros le pedimos manejar el Forklift y ella accedió verbalmente. A Gordo no sé qué le excitó más, si imaginársela desnuda o usar uno de esos bichitos. Si me apura, le digo la segunda opción. Igualmente lo que más interesante de la charla fue que nos confirmó cuatro semanas más de trabajo. Eso era bueno porque entraría dinero, pero por otro lado, era una mierda seguir viviendo en el HP y no haciendo nada mas allá del bulbo. Nuevamente, distanciándome de los rusos, intentaré conseguir mejor alojamiento. Para ellos, no existe la posibilidad de cambio hogareño, ni piensan «dedicarle diez minutos de vida porque es al pedo», según afirman. Así nada resultará… digo, con esas energías… pero bueno, cada cual...

El domingo comenzó tempranito sin despertador y con desayuno americano de la mano de Ruso, el gringo del grupo. Después proyectamos rito argento: descongelamos tiras de asado (si es que se puede llamar así al corte que conseguimos en el supermercado), y dispusimos en tupper una ensalada de zanahoria y huevo duro. Cargamos todo a la van y salimos de excursión en dirección montañas nevadas, esas que siempre nos miran desde lejos y nunca podemos pisarlas. ¡Nieve, Gordo! Estacionamos en la banquina para que nuestro amigo tuviera su primer contacto con ella. Corridas, palos y «¡chicos, chicos, no compacten... chicos, chicos!». Seguimos viaje y terminamos en la cima de la montaña, donde descubrimos un bienudo centro de sky. Nosotros, entre tanto muñeco de ciré versión ‘07 preparado para deporte extremo, éramos una banda disfrazada de obreros con intenciones de nieve. El capital destinado al derroche nos alcanzó sólo para un chocolate caliente y un par de cookies. Disfrutamos de dicho manjar y miramos divertimento ajeno. ¿Y si vamos a ver dónde sale el asadito? Al pie de la montaña, descubrimos un espacio verde que tenía dispersas un par de parrillas neozelandesas. Qué buena casuali dad. Allí arrancó el domingo argentino, bien regado, por suerte. Buscamos troncos y los metimos debajo de la tapa metálica que actuaba de plancha. Toda la madera que conseguimos estaba húmeda y eso retrasó la comida. Sobre todo, nos acercó a ese estado de ebriedad, al que se llega (con estómago casi vacío) en víspera de asado y da gusto. ¡Salud, compañero! En eso estábamos, cuando vimos venir una camioneta Pajero que nos resultó familiar. ¡Era Renato!, el brazuca que vivió con nosotros en Mount. «Viaaadooooo», le gritamos y le hicimos seña. «Boludooooos», vino de respuesta. Intercambiamos presentes y pasados pos-Mount y a nuestra parrilla se le sumaron algunas pizzas. Pequeña sobremesa, y Brasil se retiró por caminata.

La llovizna apuró los ritmos de nuestro día. Decidimos dejar de mojarnos y emprender el regreso a Rakaia, pero por ruta diferente. Esta idea nos llevó a Meltben, otro pueblo rutero, donde merendamos unas porciones de papas fritas. De vuelta en casa, y con el pico aún caliente, dejamos a las chicas y nos fuimos al bar del pueblo. Cervezas y pool. Ruso y Duende versus Gordo y yo. Ganamos y, en medio de nuestros festejos, se acercaron dos muchachos y propusieron: «contra los ganadores». «Nos los comemos crudo, amigo, o que no nos importe nada», coincidimos en español y aceptamos la propuesta. La onda era ir, tirar y volverte a tu mesa a observar al rival. No sé cómo, pero ganamos. Al toque, se levantaron dos más y se arrimaron con palo en mano. Sin nada que perder y más confiados, volvimos a aceptar la partida. Rompíamos nosotros. Gordo era quien se había hecho cargo de ese compromiso en los partidos previos y me cedió el turno, aún sin mi consentimiento. ¡Dale vos, dale vos! ¡Pero la puta madre! A ver qué sale. Soy malo en este juego; entiendo cómo sería lo correcto, pero mi confianza concentrada se traduce solamente en suerte. Eso sí, no me pida que rompa. Yo te avisé… Me planté detrás de la bola blanca, hice que calculaba el tiro e impacté casi de lleno en mi objetivo. «Me hacés acordar a cómo rompe mi hermanita», me gastaron los rusos a la distancia. Malísimo arranque. Van ustedes… En mi segunda participación sobre el paño, toqué sin querer una bola con el codo. Haciéndome el boludo, tiré rápidamente y, mientras miraba lo que provocaba en la mesa, con la parte de atrás del taco le pegué a otra bola. «¡Buenaaa!», se escuchó desde mi tribuna y carcajadas. Imagínese el resto de la historia, un trámite para nuestros rivales. «Felicidades», dijimos y volvimos a tomar el tónico con nuestros amigos. Vamos para casa que estoy reventado.

Queenstown

Los bulbos estaban saturando nuestras cabezas, cuando escuchamos la noticia de que el Pack House permanecería cerrado viernes y sábado por limpieza de máquinas. Si a eso le sumábamos domingo no laboral, nos quedaría un fin de semana largo; condimentos suficientes como para agarrar ruta. Destino: Queenstown. Vamos a ver si es tan cierto el tema de la caravana. El objetivo es ir sin las chicas, aunque ya han tirado algún palito para ver si hacemos algo todos juntos. Sinceridad ante todo. «Vinimos con la idea de viajar los cuatro y no nos parece mal hacerlo este fin de semana», coincidimos. «Van a explotar, porque ellas se consideran amigas. Todo bien, pero: o somos más soretes o nuestros valores de amistad son más altos, no sé», concluían los rusos. Bueno, el jueves hablamos con ellas. Parecía que el destino Queenstown era inamovible (más aún cuando recibimos un mensaje de Lola, una argentina traída por Felipe y compañía, con la que compartimos unas rondas de mates en nuestra casa de Mount, diciéndonos que estaba allí y que la pasemos a visitar), pero Ruso entró nuevamente en pánico. Esta vez, ayudado por las presiones del FMI que le exige el reintegro total de lo prestado para Zelanda. «Se terminó la buena vida», dijo nuestro amigo. «¿Cuál?, si aún no viajamos», le cuestioné indignado. Él no se va a mover del PH. Duende se puso de su lado y también enfrió el cambio de aire planeado. Ni a Gordo ni a mi se nos cruzó por la cabeza no hacer ruta. Ahora bien, de mantenerse la idea de nuestros amigos (que no sé qué van a hacer el fin de semana largo en Rakaia), el presupuesto de viaje se agrandó. Para solventarlo, decidimos que dormiremos en la van y gastaremos sólo en combustible y poca cosa.

Dos días después de haberse bajado de la recorrida sureña, los duendes vinieron a vendernos un viaje a Tailandia. ¿Con quién anduvieron hablando ustedes? Dos mil quinientos kiwis sale un mes y medio de la hostia en tierras impensadas. Hasta le pusieron fecha: veinte de octubre. Ruso compró de una (¡¿No ves que sos cualquiera!?), yo también me embalé con la idea y Gordo nunca dice que no. Encima, mire usted cómo son las cosas, después del rumor Tailandia, las autoridades del PH nos informaron que la limpieza de maquinas se postergaría hasta el cierre de la temporada. ¿Casualidad? «Si se puede trabajar, que se cague Queenstown», dijo Ruso.

A las seis treinta de la mañana, los chicos desayunaban para irse a trabajar y nosotros cargábamos la van para vacacionar. Duende nos prestó la cámara de fotos, Aimé el celular y la dueña del Holiday Park nos marcó un itinerario para recorrer el sur en pocos días. Iríamos por el centro de la isla hasta Queenstown y volveríamos por la otra costa. Llenamos el tanque en la estación de servicio del pueblo y pasamos por el laburo para ver si nos habían traído la macoña que habíamos encargado la semana pasada. Casi. Las caras de rusos y duendes, en las máquinas fordistas, sabiendo lo que se estaban a punto de perder, quedarán en mi memoria. Ustedes decidieron quedarse. «Vayan, vayan que mañana nosotros vamos a estar fumando florcitas», nos agitaban ellos, sólo para buscarle algo positivo, si se quiere, a su clavo en Rakaia.

Gordo tenía dos objetivos en mente para nuestro viaje: pegar faso y moto. Lo primero que hizo fue comprar la revista de clasificados. Marcó un par de avisos y yo me ofrecí a llamar. Nada interesante o fuera de alcance. Mi amigo, en cada encuentro con alguna persona de aspecto del palo, decía «macoña, macoña» y pitaba reiteradamente un imaginario porro. No había caso. En un momento, mientras yo agradecía y colgaba el teléfono público, lo veo a Gordo parar a un maorí rasta en bicicleta. Cuando me acerqué y le pregunté si sabía dónde podíamos comprar hierba, este respondió, mientras daba su primera pedaleada: «yo me voy al colegio». Doce años tenía… ¡Gordo desprolijo! ¿Qué le has dicho?

Mount Cook fue nuestra primera parada prolongada a raíz de la recomendación de mi padre que seguía nuestro itinerario de fin de semana por Google Earth. El pico más alto de estas islas. Caminata hasta el punto de avistaje de la inmensidad misma. Nubes sopladoras, lagos glaseados y tranquilidad extrema. Tan loco como fumarse un zelandés. Tipo quince, el hambre se apoderó de nuestros estómagos y lo engañamos con mate y galletitas. «Con asado los espero», decía Lola por mensaje de texto. Sí, sí seguro… Igual, estamos yendo, nos esperes con lo que nos esperes.

Llegamos a Queenstown y vimos mucha gente dando vueltas en movida de bares de sábado a la noche. Averiguamos dónde quedaba la calle del hostel de Lola y nos mandamos a verla. Hacía un par de meses que no lo hacíamos y, de hecho, esta sería la segunda vez. Veinticuatro porroncitos tenía la muy turra y ningún asado, naturalmente. Y bueno, a tomar, fumar careta industrial y conocernos un poco, ¿no? «Re engañar» al estómago sonó a la sexta botella por pera. «¿Opción rápida?», nos preguntó. «Cualquier cosa», respondimos. Fritanga al paso fue a lo que nos indujo nuestra amiga: papas fritas y chorizos rebosados (salchichas neozelandesas envueltas en algún tipo de masa). Y bueno, qué más da, clasifica de re-engaño.

Escuchando música en el living de la van, estacionados al lado del lago, matamos las últimas cervezas. Pero antes, las party pills entraron en escena. Estas eran unas pastillas de venta legal y bastante habitual para los kiwis. Lola se prendió en la idea y le convidamos. Habíamos traído cuatro. «Dos pegan como un éxtasis, van a tomar mucha agua y traten de no mezclarla con alcohol», dijo el vendedor cool de la tienda de Christchurch. Una para Lola, una para Gordo y una para mí. «Sobra una», dije. «Y dale vos», respondió Gordo. Y bueno, si hay gente que se toma cinco de estas… De bar en bar, salimos. El primer síntoma de locura me llevó a experimentar frío y descompostura que no pude atribuirla a nada en especial de mi cuerpo. Dejé de tomar alcohol y alterné entre agua y Sprite con limón. De vez en cuando, le robaba un trago de cerveza a Gordo. Tipo tres de la mañana, quise olvidar y comencé a saltar con mis amiguitos. Lola nunca paró de hacerlo.

Cinco de la mañana. Un calor interno y sofocante me hizo salir del barcito. «Pucho afuera», dije y me alejé de las pistas. Mientras caminaba por la vereda, me topé con una especie de recoveco en la pared, cual canaleta. Allí fue donde metí la cabeza, y vomité rápido y feamente. No me gusta hacerlo, así que una vez que se cortó el remolino líquido, caminé despacio y respiré profundo. Por favor, no más, pedía. Odio la sensación, el trámite del vómito, todo lo que eso implica. Miré el cielo y traté de olvidar la descompostura. Sentí venir otro. El recoveco me quedó lejos y no encontré nada parecido. En el cordón de la calle, superé mi primera descarga con tres litros y medio de, supongamos, agua. Es increíble la cantidad y, sobre todo, la manera, en que el cuerpo expulsa líquido interno. Pero esto no llama la atención aquí, porque desde que pisamos este pueblito, vimos muchos golpes de borrachos, descargas digestivas y gente tirada por la calle, cual destino de egresados. Con el agregado de que aquí, la policía te trata de levantar y llevar a tu casa. Me sentía mejor. Entré de nuevo al bar y este estaba por morir. Se organizó «after en la van», bah, escuché. Yo no juego, creo.

La música y risas de fondo hicieron replantearme el sueño prematuro. Me levanté y llegué a la ronda de amigos, pero sólo duré un par de fotos. Después, me pareció más interesante meterme en la bolsa de dormir y morir atrás. Lola y Gordo siguieron en esa y luego «fuimos» a llevarla a su hostel. Yo volví a abrir la boca, después de dejarla, para confesarle a mi amigo que quería volver al vómito, para ver si eso era lo que realmente mi cuerpito necesitaba. Afuera, descubrí llovizna. Toqué garganta con dos dedos y provoqué en mí la más fea sensación del mundo. Lo peor de todo es que nada logré con eso. Será cuestión de dormir, pensé. En nuestra recorrida para buscar un lugar donde estacionar y cerrar los ojos, comprendí que mi cabeza estaba despierta, no muy lúcida, y mi cuerpo reventado. Llegamos a un estacionamiento público, cual camping urbano, y nos acostamos. Ninguno de los dos podía dormir. De día, sin cortinas, y con ruidos de gotas que golpeaban el techo. Nada ayudaba a mi mente a prepararse para los sueños. Me hacía el dormido para ver si funcionaba, pero me aburría. Entonces, giraba para verlo a Gordo y este sólo asomaba su cara sonriente por entre la bolsa de dormir, con ojos abiertos, bien abiertos, haciendo nada, procesando información o vaya uno a saber qué. Entonces, hablábamos de cualquier cosa, menos del poco sueño que reinaba. ¡Llevamos veinticuatro horas, despiertos! ¡Shhh!, te parecés a los duendes!

Salió mucho el pis. Primero, desde la van, mientras procuraba no mojarme ni ser visto. Finalmente, las últimas descargas, con algo más de bronca por sólo tener sensación de vejiga llena y no sueño, las hice pisando asfalto, descalzo, en calzoncillo largo, apuntando a la rueda delantera derecha de nuestro vehículo, cual perro. Nada me importaba, salvo ese loco insomnio intratable. En algún momento, debemos de haber dormido algo, supongo, al menos por unos minutos.

A las once salió el sol. Lola nos mandó un mensaje de texto para contarnos que estaba caminando por el centro. Yo seguía igual de estropeado que la noche anterior y con el mismo hambre. Fuimos a una estación de servicio por baño y jugo de naranja exprimido, como para empezar a recuperar la máquina. De ahí, a ver a nuestra amiga.

Gordo se hizo cargo del volante, obviamente y Lola fue su copiloto. Yo, no pude abandonar la posición horizontal, ni la bolsa de dormir. Así fue como pasamos parte de la tarde dando vueltas por Queenstown. Sin lugar a dudas, ésta comenzaba a ser la mejor resaca de mi vida. Consumí manzanas, bananas y mucha agua, siempre acostado, repito, y mirando cómo el pueblo pasaba por las ventanillas. Lo recorrimos de punta a punta, tanto que hasta nos metimos en el cementerio. Gordo, ¿esto es un camino peatonal por entre las tumbas o podés realmente meterte con un vehículo? Terminamos en una montaña con vista al lago. Armamos más camas atrás, y los tres dormimos unas cuatro horas de siesta. Cenamos en el BP de Lola e intercambiamos mails. Ella en un mes se iba a Australia con su familia. Nosotros saldríamos al día siguiente temprano para recorrer la costa oeste. «¿Usted qué dice? ¿Nos despedimos con un cigarrillo hoy o la acercamos a Picton para que esté a un ferry de su familia mañana?», le propusimos a nuestra nueva amiga. Ella contrapropuso: ambas. Perfecto.

Ocho de la mañana: ¡buen día, amigo! Pasamos a buscar a Lola y nos tiramos a viajar. Lugar que había, lugar que parábamos a caminar y sacar alguna foto. La propuesta era pasar la noche en la van y dormir como lo habíamos hecho (en forma de siesta) los tres atrás. Ruta, ruta, ruta. Nos agarró la noche y decidimos comprar unas cervezas en algún pueblo antes de que todo cerrara. Entramos a una cantina y todos eran relativamente viejos. La mayoría volteó para observarnos. Éramos las únicas caras extranjeras. Cerveza para llevar, por favor. Gracias.

Un cartel anunciaba «camping» y seguimos las indicaciones. Estacionamos al lado del lago y nos bajamos a mirar la noche. Nublado de estrellas. Cojudo frío, también. Gordo propuso, seriamente, viajar hasta casa en busca de marihuana, después de leer un mensaje de texto de Ruso que informaba: «la encomienda ha llegado. Los extraño. Me estoy comiendo excelentes viajes solitarios». Las chicas no fuman o sólo lo hacen ocasionalmente. Duende se había retirado del tema. ¿Entonces? Lola apoyaba el proyecto de hacer los doscientos kilómetros que nos separaban de la hierba. «Tipo dos de la mañana estamos otra vez acá, pero con macoña. Yo manejo», insistía Gordo. No me parece, pero si ustedes quieren… Al final, escuchando reggae y blues nos quedamos dormidos. Gordo, a mi izquierda; Lola, a mi derecha; ambos, en bolsa de dormir. Yo, entremedio, tapado con camperas, frazada, capucha, bufanda y sobretodo. Chiflete por algún lado hizo de mi noche y sueño algo parecido al descanso. Los vidrios se congelaron del lado de adentro. Tornillo de los buenos, señores.

Viajamos parte de la mañana y toda la tarde. El camino, lo mejor. Cartel, caminata y cascada. Cartel, caminata y glaciar. Así es Zelanda. En un tramo, la ruta nos llevó a meternos en un parque nacional y todo, de repente, se hizo verde y salvaje. El ripio reemplazó al asfalto y empezamos a ver pinos con nieve en sus copas. Después, máquinas que abrían camino y nosotros paramos a armar un gran muñeco de nieve: gorro de lana, algo de pelo, nariz, boca, ojos, sobretodo y bufanda. Foto, foto, video, foto y frías las manos. Cayó la noche y teníamos que resolver qué hacer con nuestras vidas. Volver a trabajar o seguir de gira, propuesto tímidamente por Lolita. Con Gordo pensamos y repensamos la opción de alargar la recorrida. Comprendimos que estábamos en la disyuntiva entre el sacrificio del Pack House y los putos bulbitos (pero con aire renovado y pensando en Asia) y la opción de meternos de lleno a comprar la otra parte de la van para recorrer las islas. Decidimos volver a Rakaia esa misma noche para fumar «el tren bala» (como lo definieron los rusos) y, en esa sintonía, resolver nuestro futuro. Cuando llegamos a casa, al ver la simpatía, calidez y belleza de quien nos acompañaba, las caras de nuestras chicas se hicieron largas. Nosotros notamos la tensión en el ambiente y reímos. Lola también. Perfecto. Así que tren bala… ¿Por dónde? Permiso.

Nos levantamos temprano, menos Lola que le pegó derecho. Después de trabajar la llevamos a un hostel de Christchurch, puesto que viajaba al día siguiente hacia Wellington para encontrarse con Carolina, el Hobbit. La idea era, aprovechando su desempleo, que buscara uno para todos. Éxitos, señorita, esperamos verla pronto. Muy lindo todo.

Rakaia y el PH volvieron a ser rutina, sin nada nuevo, salvo nuestra reciente historia sureña. Nuestros amigos limaron y ya nadie quiere ver bulbos. Tanto que hicimos las mochilas y resolvimos ir a Christchurch a pegar otro trabajo, cualquiera sea, este mismo viernes. Sonó construcción, bachero, mozo. Nuevamente, la necesidad de cambio de aire es consigna y eso me pone feliz. Las chicas también renunciarán, pero para vacacionar por el sur. Salvo Aimé, tienen los días contados antes de subirse al avión que las dejará en Asia, ocho días antes que rusos y duendes. Con los gordos formalizamos el proyecto de comprar la van y quedarnos en Zelanda. Las fichas se van acomodando.


Después de habernos despedido de nuestros colegas del PH, cargamos la mochila a la van y entregamos las llaves de las instalaciones a la dueña del HP. Cuando ella observó las condiciones en las que se las devolvíamos, propuso, de inmediato, cobrarnos la limpieza del horno y algún vaso roto. «¡¿Usted me dice que cuando llegamos todo estaba impecable?! ¡Vamos, por favor!», era nuestro descargo, pero sabíamos que estábamos jugando bien de visitantes. Nada, nada, no hubo caso. Finalmente, le dimos toda la plata que se propuso sacarnos. Saludamos a las chicas y partimos hacia Christchurch.

Buenos viajes, señoritas, que la pasen bien.


La van está tan cargada que sólo le quedan cuatro butacas desocupadas. Ellas serán nuestras camas hasta que surja un techo, una casa, nuestro nuevo hogar. El garrón que decidimos omitir en nuestras conversaciones fue el de quién se hará cargo del muertito que es dormir en la cabina de conducción, con el volante a cuestas. Vamos rotando.









CAPITULO 4




Christchurch


Llegar a un lugar grande y que aparezca un trabajo así, de la galera, es complicado. Por las dudas, nuestro plan fue dar vueltas sin rumbo hasta ver con qué nos cruzábamos. Nos enteramos de una carrera en el medio de una montaña. No es que fue mera casualidad, sino que los gordos, después de ver un par de tráilers con motos, se fueron al humo y han traído la noticia. Siguiendo las coordenadas, caímos a una competencia de XR en un campo ondulado. Los chicos estaban tan emocionados con los ruidos y olores a aceite, que crecieron sus ganas de pegar una, dos y hasta tres motos. A mí me sigue dando lo mismo. Pero qué lindo sería. De noche ya, dando vueltas por la ciudad reconocimos un Backpacker de esquina (porque figuraba en un folleto turístico de la ciudad) y nos detuvimos para preguntar su costo. Por veintiséis dólares cada uno, tendríamos una habitación para los cuatro. Accedimos, aunque nos pareció poco ético no poder ver la habitación antes de pagar. ¿Reglas kiwis? ¿Desde cuándo? «Dale, ya fue… Vamos a bañarnos», dije y entregamos el efectivo. Mañana nos espera un largo día de búsqueda laboral. Crucemos los dedos. «Disfruten de la posición y confort que esto no se va a sentir seguido, eh…», decían los duendes, cuando todos parecían estar en trance de sueño.


De mañana, nuestra primera parada fue para abastecernos de elementales productos, ya que el presente transcurría en la van. Coincidíamos en que lo de pagar por habitaciones sería eventualmente y lo haríamos, sobre todo, por cuestiones de higiene. Mientras esperábamos a Gordo en el estacionamiento, lo escuchamos acercarse hablando en español. Chino venía a su lado, un conocido amigo de las pampas argentinas. ¡Qué sorpresa, señores! Sabíamos de su presencia en Zelanda, pero encontrarnos así, en Christchurch, nos pareció acto que ameritaba volver a entrar al supermercado por cervezas. ¡Qué hacés, loco! Tanto tiempo… La propuesta fue tomarlas en su casa y esperar a que su novia volviera de la panadería, lugar donde ambos trabajaban hasta que él se cortó el ligamento del dedo meñique de la mano derecha. Lo intervinieron quirúrgicamente y tiene para un mes más de reposo, con sueldo pago. «Está lindo verle la cara a Tota cuando suena el despertador y sabe que yo voy a seguir durmiendo un rato más», nos contaba Chino entre risas.


De pronto, sentaditos alrededor de una mesa y brindando con gente amiga, estábamos sintiéndonos como en casa. Ante presente y futuro relatado, los christchurchenses nos recomendaron aplicar en construcción. Casi nos marcaron en un folleto el lugar exacto adonde debíamos ir, pero digo casi porque justo en nuestro destino había una publicidad. ¡Chau gente! Gracias por todo y éxitos en Asia.


La ciudad es confusa. El folleto, aún mas. Nos perdimos, retomamos y nunca encontramos la empresa donde debíamos ofrecer nuestra mano de obra. Volvimos a dar vueltas sin sentidos y descubrimos nuestro hogar, el lugar para pasar la noche. Metimos la trompa de la van en cuarenta y cinco grados contra un sauce llorón, frente a unos bajos edificios y más próximos a un canal que atravesaba la ciudad. ¿Quién quiere volante?


Amanecimos y nos encontramos rodeados de autos y gente diurna. Al parecer, estos edificios que estaban frente a casa eran, en su mayoría, oficinas. Nos lavamos los dientes, enjuagándonos la boca con chorro de agua proveniente de la tapa del termo. De a uno, nos fuimos metiendo en una ronda de Nosecae descontracturante. Luego, salimos para hacer de este día algo aún más productivo.


Con los gordos nos ocupamos de cambiar noventa americanos por una cámara filmadora usada, mientras los chicos terminaban sus trámites pre-Asia; mandaron formularios a la embajada de Tailandia y sacaron pasajes para aquel continente. Quien los atendió en la agencia de viajes resultó ser un joven argentino (de nombre Martino) que se vino con una visa de trabajo como la nuestra y se radicó en Chrischurch, tras solicitar la residencia. No me imagino cómo, pero terminaron arreglando la compra de marihuana por cincuenta dólares. Perfecto.


Las horas pasaron y como nuestro compatriota dealer no daba señales de vida, fuimos nosotros quienes discamos su celular. No había conseguido, una más para la lista de los Casi. Igualmente, nos invitó a fumar uno a su casa. De noche era cuando le tocamos la puerta. Pasamos a su habitación y, entre músicas e historias de vidas, fumamos ricas flores. Pronto, nos despedimos para dejar dormir al único laburante. Decidimos hacer otra noche al lado del canal y hacia allí nos dirigimos. En un momento, comenzó a nevar tímidamente.


—«Hace mucho tiempo que no tengo esta sensación. Voy a prender el último porro y no sé si mañana voy a conseguir. No tengo a nadie a quien comprarle», dijo Gordo y sacó un paquetito de su mochila.


—«¡Bien, Gorrrrdo! Yo sabía que no todos éramos tan pajeros de no haber guardado aunque sea uno para momentos de sequía como este», gritaba Ruso, al tiempo que miraba por el espejo retrovisor y conducía.


—«No se preocupe, amigo, disfrute del momento que cuando focalicemos energías en eso, seguro conseguimos marihuana», dije y aporté encendedor. Entonces, submarino de madrugada dando vueltas por la ciudad dormida, hasta que el conductor dijo: «yo también quiero comenzar a cerrar los ojos». A casa, pues.


Las chicas nos llamaron para contarnos que empezarían a trabajar en el puerto de Nelson, un pueblo a doscientos cincuenta kilómetros de Christchurch, bien al norte de la isla. Nosotros no entendíamos cómo, estando de recorrida sureña, lo habían conseguido. A la deriva como estábamos, aplicamos por Internet y a las dos horas nos contestaron que nos esperaban el viernes en Sealord SRL. ¿Desmenuzaremos pescados? ¿Vuelven las chicas a vivir con nosotros? Lo único que teníamos claro es que bajo ningún punto de vista pensábamos aceptar compartir techo nuevamente. Aunque dicen que no hay dos sin tres. Noooo.


Abandonamos la ciudad más vieja de Zelanda con compra de cerveza de setecientos treinta y seis milímetros, la más grande que hemos visto por este país, y salimos a rutear más que tranquilos. A mitad de camino, cuando nuestro celular recobró señal, entró un mensaje de nuestro dealer de Rakaia. «¿Quieren?», preguntaba. Nosotros ya estábamos demasiado lejos como para volver. ¿No? «Mirá si lo hubiésemos leído antes», lamentábamos.







CAPITULO 5




Nelson.


Llegamos a Nelson, sin saber mucho más que su nombre. Bajo un sol amigo, dimos vueltas de reconocimiento hasta tentarnos con patear la pelota en una cancha de fútbol que descubrimos en un barrio alejado del centro. A la media hora de estar entre Nosecae y centros, Gordo se alejó unos minutos y volvió con la noticia de que unos flacos le iban a vender marihuana.


Los supuestos punteros resultaron ser dos rockstars retirados, autoabandonados y con resaca permanente, como si recién se hubiesen vuelto de Australia, en balsa, tras tres meses de gira continua. Gordo y Ruso fueron los encargados de negociar con ellos; uno por entendimiento de idioma y otro por ser el extranjero activador de la movida. Con los duendes los vimos interactuar desde la canchita, haciendo como si aún estuviéramos emocionados con la pelota. Cuando descubrimos que en la reunión se habían prendido uno, nos fuimos a escuchar música a nuestra casa móvil. Les terminaron dando una bolsa de supermercado con tres cuartos de onza. Cuando se mencionó cuánto debía desembolsar Argentina por ella, el que la había traído desde su casa respondió: «veinte dólares». El otro kiwi lo miró con locura y desentendimiento y propuso que por esa plata la compraba él. Con «el trato está hecho» por parte del dueño de la hierba, se terminó toda discusión. Perfecto. Analizándolo detenidamente, lo que nos vendieron es una planta con dejo de cogollos, pero más que bien por ve nir casi de arriba. Enamorados de Nelson, con trabajo conseguido y porro en cantidad, pensamos tener la vida inmediata resuelta. A descansar se ha dicho.

Nos levantamos temprano y el día estaba climáticamente de primavera. No teníamos ningún compromiso por delante, salvo presentarnos en el puerto, pasado mañana, para comenzar a generar plata. Como pensábamos hacer noches en la van, esta podría estar ubicada en cualquier lugar y no, necesariamente, en Nelson. ¿Qué se resolvió? Ruta y pre-festejo del cumpleaños número veintitrés de Duende. Pasamos por el supermercado, compramos cervezas y encaramos para Abel Tasman, una bahía a sesenta kilómetros hacia el noroeste. Recorrimos la zona y seguimos dirección norte, camino hacia Goldenbay, según mapa. Ya de noche y, tratando de retomar en una calle oscura, nuestras luces iluminaron una pila de troncos. Pertenecían a una casa, pero nosotros podíamos ser silenciosos. Robamos algunos y sentimos venir un asadito cumpleañero. «Si la leña apareció así, en algún momento, también lo hará la parrilla», nos convencimos. «Backpacker» leímos en cartel, entre verde vegetación invasiva. Pasamos la tranquera y la huella comenzaba a descender. ¿Estás seguro de que mañana podremos trepar esto? El lugar resultó ser un Holiday Park como el de Rakaia. Alquilamos una casita con dos habitaciones y un baño. A diez metros de esta, estaba la cocina y el living de uso comunitario, aunque éramos los únicos inquilinos del complejo.

Amanecimos temprano y descubrimos que la leña estaba mojada. Rocío mañanero parecía mucho como para haber dado este resultado. ¿Así que llovió? ¡Feliz cumpleaños, Duende! Tal vez, no sea asado, pero alguna sorpresa está viniendo. Continuamos rumbo norte. Flecher Bay se llamaba el extremo de península hacia donde nos dirigíamos, una tierra adentrada hacia el agua en forma de luna menguante. «Alguna vez, vas a querer describir dónde comenzaste tus veintitrés años y mirá la respuesta que vas a tener que dar», le dije al cumpleañero y señalé el mapa. «Serán… unos cinco kilómetros», acotó Gordo, mientras calculaba con su dedo en referencia de escala.


Pateamos y pateamos hasta que nos topamos con cartel indicativo que acusaba: comienzo de travesía. «O sea que nosotros dejamos la camioneta en otro lugar... ¡Bárbaro! Apurando el paso», dijeron los duendes, sonriendo. La real primera etapa de excursión nos encontró planeando por un calmísimo paisaje de la hostia, a tal punto que preferimos ignorar la segunda indicación que nos invitaba a doblar, a meternos en unas dunas y cambiar de costa. «A la punta estamos yendo, por cualquiera de los lados se puede llegar», dijeron los rusos y nadie se opuso. Después de una caminata razonable, y cuando los gordos ya pedían nuevo enrole, dudamos de la veracidad de la escala del mapa e intentamos cambiar de costa. Imposible: pantano, plantas y vaya uno a saber qué. «Allá parece estar la punta», alerté al grupo y continuamos el paso.


Lo del fin de camino parecía cada vez más certero, pero cuando lo alcanzamos nos dimos cuenta de que… Casi, era sólo una pequeña bahía. Para todo esto, y como para completar el panorama, detrás de nosotros venía gestándose una tormenta hermosa. Aburridos de caminar, nos sentamos a fumar uno y nos colgamos viendo cómo las nubes grises avanzaban hacia nuestro encuentro. Tienen como chips de chocolate esas nubes, ¿no? ¡Si, si… chocolate blanco y negro! Qué rico una galletita.


Mirando el horizonte, descubrimos un puntito gris que terminó siendo la van. ¿Tan lejos estamos? No puede faltar mucho para la unión de las dos costas... ¿O sí? Ya nadie quería continuar, así que despacito y en silencio volvimos por sobre nuestros pasos. Llegamos a Nelson con luces prendidas e hicimos noche en una montaña con vista a la ciudad. Me tocó dormir en el asiento del conductor: un viaje.


Amanecimos tranquilos hasta que nos comunicamos con las chi cas, tras recordar haber visto llamadas perdidas del día anterior. Sus intentos comunicativos no eran sólo para saludar al cumpleañero, como supusimos, sino para advertirnos que en la entrevista del puerto hacían análisis de orina y que en la que ellas habían participado ayer, habían rebotado a un grupo de chilenos, porque les saltó marihuana. «¿Qué prueba de orina?», les preguntamos. «¿Fumaron porro?», repreguntaron ellas. «¡No, juguete!», contestaban los duendes por teléfono. ¡A los botes! ¡A los botes! Comenzamos a analizar cómo zafar de la entrevista o cómo hacer para conseguir pis limpio o cómo desinfectar el nuestro. Ruso recordó que en la charla con los rockstars dealers, estos mencionaron unas pastillas que ocultaban el THC de la orina. «Una farmacia… una farmacia… ¿Dónde vi una farmacia?», pensaba en voz alta Gordo, mientras conducía por el centro de Nelson. «¡Cómo sale el Casi… cómo sale el Casi por Zelanda!», decían los duendes imitando tono, sonriendo y, al parecer, despreocupados. De pronto, nuestra estantería se vino abajo: habíamos gastado a cuenta de Sealord y este ni siquiera existió. ¿Qué hacemos ahora? Desesperados, nos refugiamos en Internet. «Aplicamos a un par de lugares», según afirmaron los rusos (a quienes se les asignó la misión «Internet Laboral»). A la hora volvimos a revisar los mails. «¡Bingo! Pack House de zanahoria y papa, con vacante para cuatro… El tema es que queda al sur de la isla norte. Igual voy a confirmar eso por teléfono», dijeron los rusos, concluyendo el informativo y rompiendo filas.


La comunicación con los patrones (Kim Young and Sons) ratificó que podíamos arrancar al día siguiente si queríamos y que nos reservarían cuatro camas en un BP de Ohakune. «¿Cuándo llegan ustedes?», le preguntaron los chinos y los rusos sostuvieron: «mañana a la tardecita estamos allá».


El tiempo que tuvimos desde que aceptamos el trabajo hasta el horario de salida del ferry, lo dedicamos a ordenar la van y decidir si también aceptábamos la invitación de Lola (que estaba con Hobbit) para cenar unas pizzas en la casa de Wellington que tenían a su cuidado. Sus dueños se habían ido de vacaciones y alguien debía hacerse cargo del hogar y del perro. «Les queda de pasada», fue el argumento que nos hizo aceptar la oferta. Nos vemos en un rato, señoritas. Nuevamente, hicimos el trayecto en ferry, de noche. Una pena, otra para los Casi de Zelanda.


Pasamos por lo de Lola y entre pizzas, porros y música, estuvimos toda la tardenoche. Cuando los primeros síntomas de sueño afloraron, decidimos seguir rumbo a las Zanahorias y las Papas. Caímos a Ohakune a las dos de la mañana y encontramos movida de sábado a la noche, agonizando obviamente, como en tantos lugares de Zelanda a estas horas. «Falta gente, faltan minas», no dejan de repetir los duendes. Con poca nafta y sin un cobre, dimos con el BP al cual debíamos haber llegado ayer, tipo diez de la noche. Cerrado estaba. Buscando estacionamiento para descansar, descubrimos que la urbanización del pueblo era de seis por cinco cuadras exactas. Ni más ni menos. Es como si todo, todo fuese una zona comercial, y nada mas. Como si alguien hubiese borrado el resto de las construcciones y dado perfecta forma rectangular a este asentamiento.


El lugar elegido para cerrar los ojos fue la calle principal, la ruta, naturalmente. Cuando apagamos el motor, vimos que el chofer del colectivo, al cual casi chocamos al salir del BP, volvía de su recorrido y comenzaba a mirarnos. ¡Epa! Fue disminuyendo la velocidad hasta que se detuvo completamente en el medio de la calle. ¡Epa! ¡Epa! Abrió la puerta, se bajó y encaró hacia la van, con cara de loco de dos treinta de la mañana. «Ahh bueeenoo, lo que nos faltaba», dijo Ruso, puso seguro a las puertas, y bajo un cuarto de ventanilla. El kiwi se plantó en su puerta y preguntó en qué andábamos. Nuestro amigo le contó brevemente, después de tragar saliva, que íbamos a empezar a trabajar en un Pack House de zanahorias y que teníamos una reserva en Matay Lodge. «Síganme, voy a ver qué puedo hacer», dijo el mostro y volvió a su colectivo. Lo seguimos hasta el BP, vimos que sacó un juego de llaves de su campera y nos invitó a pasar a la recepción del lugar. Tímida mente lo hicimos y presenciamos cómo este extraño colectivero hablaba con una persona que dormía del otro lado de una puerta. Algo le indicó aquel y nos terminó mostrando dos habitaciones. En una nos quedaríamos tres, junto a un californiano; el restante, compartiría habitación con un chino que roncaba de lo lindo. Por sorteo, me tocó dormir solo.


La charla y vuelta de reconocimiento que hice con los rusos me llevó a descubrir a una chica acostada en un sillón del lado más chico del living en ele. Así que entre dormir en una habitación con un roncador o ahí en silencio, opté por este último. «Hasta donde dé», había acordado Argentina, bajo la bandera de «No al Domingo Laboral», menos para arrancar.

Mi primer despertar fue a causa de un viejo kiwi curioso que me preguntó por qué estaba durmiendo ahí. «Ronquidos molestos en mi habitación» fue lo que pensé, pero no sé bien qué le dije. Mi respuesta dio resultado deseado; el hombre se alejó y me dejó continuar con mi sueño. Era muy temprano y aún nadie se escuchaba. Ruidos me hicieron abrir otra vez los ojos, esta vez lentamente, para distinguir una flaca china que me observaba dormir, desde una distancia no tan alejada. Nuestro encuentro de miradas hizo que ella continuase metiendo leños en la salamandra y yo (haciendo de cuenta que nada había registrado), di media vuelta y continúe descansando. Al toque, me pasé al mini living, ya desocupado.

Conocimos el pueblo de día y a todos los chinos que vivían en Matai Lodge. Llamamos al laburo y dijimos que arrancaríamos al día siguiente, pero que hoy iríamos a conocer las instalaciones. Accedieron.


Tipo tres de la tarde salimos con destino Pack House. Hicimos quince kilómetros y nos metimos en la entrada del kilometraje indicado. El camino, después de pasar por una casa, terminaba en un pequeño galpón. Nos bajamos y encaramos hacia el interior. Al entrar, contamos algo así como diez obreros, entre ellos el jefe chino y su hijo, ¡TRABAJANDO UN DOMINGO! Es lo mismo que los bulbos, pero con distinto producto, pensamos a simple vista. Se presentó Norman, quien dirigía la batuta. No había mucho que explicar. Cinta sinfín con zanahorias; se dejan pasar las buenas y se sacan las malas. Se trabaja de domingo a viernes. «¡Daleeeee!», gritaban los duendes al escuchar el rango laboral.

Bueno, nos vemos mañana. Un gusto.








CAPITULO 6




Ohakune



Primera semana de trabajo. Mucho para contar no hay. Montaña continua de zanahorias que desfilan por una cinta y uno juega a sacar las que están quebradas o tienen puntos negros. Un embole para mí. A los duendes les gusta. «¡¡Cómo sale el revoleo de zanahoria!!», gritan en español (que nadie entiende) y no dejan de sacar verdura con ambas manos. La otra actividad que a uno le puede tocar en el PH es embolsar, precintar y apilar bolsas de zanahorias. Un extremo de la maquinaria es una especie de embudo al que le llegan las que pasaron los controles de calidad, que luego se comercializarán. Allí hay que colocar una bolsa y bajar una palanca para asegurarla, apretar un botón y esperar que caigan los veinte kilos de la hortaliza naranja. Destrabar, pasar el muertito al compañero (quién lo precintará y apilará) y colocar una nueva bolsa lo más rápido posible porque, de lo contrario, el embudo se rebalsa. Cuando eso sucede, el jefe apaga las máquinas sinfines y lo único que queda funcionando en el galpón es este sector. Todos te miran trabajar, y supongo que también lo agradecen en silencio. Argentina, cuando está en esta tarea, intercambia posiciones después de despachar un pallet de seis columnas de once bolsas cada una. Es un bajón, eso es el trabajo. Para mi, tirar una bolsa de veinte kilos por encima de la altura de mi cabeza, hacer que quede centrada y evitar que se desmorone la columna de verdura, es todo un desafío. «A ver… ayúdame con esta», pido de vez en cuando. «A ver… correte largo de torso», viene de respuesta, siempre.


Estamos hospedados en «Matai Lodge», un BP dividido en tres sectores. El primero es la parte cool y da hacia la calle principal. Tiene computadoras varias, wi-fi, cocina con barra de madera, plasma de sesenta pulgadas, home theater, DVD marca Sony, mesa de pool, lavadero y baños interiores. El segundo sector (en el cual dormimos las primeras dos noches) está ubicado en la zona media del complejo, entre la calle y un pequeño arroyo que atraviesa el fondo del terreno. Aquí, la dimensión del televisor es de veintinueve pulgadas, la marca del DVD es irreconocible, los baños son exteriores y tiene una cocina modesta. El tercer núcleo de habitaciones, está del otro lado del arroyo donde, en principio, terminaba el BP. Aquí es donde ubican a la gente que cumple la condena de las zanahorias y las papas. Para acceder a él, uno puede pasar por un mini puente de madera o acortar distancia caminando (cual equilibrista) por una viga de hierro. Lo que rescatamos de aquí atrás es que nadie se atreve a molestarnos. Hasta el punto de que podemos fumar en la habitación, bautizada cueva por su aspecto: caja de chapa de cuatro por tres metros, apoyada sobre columnitas de material de diez por diez centímetros, con dos camas cuchetas, dos sillones y un foco de ciento cincuenta watts, sin tulipa, lámpara o accesorio. Lo único que nos molesta de estar acá atrás es que tenemos que hacer treinta metros para acceder al baño o a la cocina.


Lola nos mandó un mensajito invitándonos a su lugar de trabajo de fin de semana, la casa costera de Wellington. Nuevamente sus dueños se fueron de vacaciones. Los duendes sacaron el mapa de su mochila y calcularon distancias y costos por pera. Los rusos, preocupados, veían un derroche de plata irresistible y comenzaron a idear cómo evitarlo. Los gordos, después de ver las reacciones del grupo, se despacharon con «hacemos lo que les pinte. Si quieren ir a Wellington… vamos. Si quieren ir mañana a la montaña a hacer snowboard, como dijimos hoy a la mañana… vamos. Y si quieren quedarse en nuestro único día off de la semana haciéndonos la paja mirándonos a los ojos… también». Clarita la postura. La Corte, en la cual expuse, no aceptó ni financiarlo en tres semanas a este viaje. Ruso era el brazo a torcer, pero estaba complicado. Ahí nomás prendimos uno y comenzamos a pensar nuestro primer fin de semana en la montaña. Mañana tempranito resolvemos sábado.


Amanecimos relativamente tarde y con tres cuartas partes del cielo nublado, excusa para seguir tirados en las cuchetas. «¿Qué va a ser? Yo conozco el olor y ese no es», le dijo Gordo a Ruso, cuando este largaba las primeras bocanadas de humo. Era. ¡Fuma por muñeco! ¿Quién mas quiere? Todo lo que entra al cuerpito en ayuno es más rico y sienta mejor. La modorra bien atendida es un placer muy agradable. Desperezarse con primeros síntomas de cannabis, también. Uno sale contento a respirar el nuevo día. A ver que pasa…


Desayunamos tranquilos, y el cielo se despejó. Un rato de Nosecae al solcito, en el jardín de casa y, tras compra de cervezas, nos fuimos. De pronto, sin plan alguno, en la ruta nos encontramos. Hicimos unos veinte kilómetros hacia el este y a los duendes se les ocurrió ir a unas cuevas. «Tenés que llevar algo para anotar dónde doblas, porque si no te podés perder…. y sí o sí linternas, porque abajo no se ve nada», decían para terminar de vendernos el viaje. ¿Entonces? «Da la vuelta acá que es para el otro lado», indicaron.


Rutear sin mapa ayuda a nuestra facilidad para perdernos. Buscando, fuimos y vinimos hasta que doblamos en un camino secundario que nos llevó a meternos en el medio de un bosque de montaña, con río y cueva que arrancaba con metro ochenta de altura y se profundizaba al toque, cual abismo. Caían gotas del techo y oscuridad reinaba allí abajo. Nosotros, sin nada para alumbrar más que un encendedor. Pensamos que cuando cayera un poco más el sol, estar sin luz artificial, sería un viaje. Resolvimos matar las cervezas sobre el río, donde las enfriábamos medianamente. Tipo dieciocho partimos hacia el pueblo, al supermercado, antes de que cerrara. Sí, a las diecinueve lo hace. Sin comentarios.

El BP se llenó de gente y ya no abundaba tanto el ponja. Algunas chicas lindas se asomaron. Una nos picó el boleto, pero justo no entraba dentro de aquella categoría. Era como Maru Botana, pero con veintiún años. El tema fue que después de compartir la cocina comedor con nosotros, sin interactuar, nos interrumpió hablándonos en un claro español. ¿Pero cómo? ¿Entendió todo lo que escuchó decirnos y decirle? Esta mala costumbre que adoptamos de hablar de otros en nuestra lengua sin importar el volumen nos había jugado una mala pasada en Ohakune. ¡A los botes, a los botes!


Hacía dos semanas que había vuelto de Argentina, donde vivió los últimos seis meses. Nos contó que había flasheado con la pasión de la gente para con el fútbol (¡vio todo el mundial y no sólo los partidos como nosotros!). Mientras esto salía de su boca, sin dejar mucho silencio, nuestras cabezas repasaban los diálogos exactos que habíamos mantenido pre-encuentro y cuáles de ellos podrían haber ofendido a esta persona o a alguna de sus amigas. ¡Vaya uno! Bastante insoportable, resultó. No entiendo a la gente que habla y habla sin tener en cuenta que su receptor esta aburrido de escucharlo, que no mete ni un comentario y que sólo asiente con la cabeza. Falta de tacto, parece. Al toque, me fui a despertar a Gordo para cenar. «Qué viaje nos comimos. Ahí lo clavé a Ruso», dijo Duende cuando entró a la habitación, dos minutos después que yo.


El despertador sonó y no tuve ganas de levantarme, sobre todo, después de escuchar que la clase obrera volvería al BP por almuerzo. De ser así, me sumo al trabajo en turno tarde. No pasó mucho tiempo desde que mis amigos se fueron hasta que yo me levanté para caminar por el pueblo. Evidentemente, no era que quería seguir acostado, sino que quería hacer otra cosa que no fuera Zanahoria. Descubrí más moto mochilera que auto. La gente viene exclusivamente a este lugar por deporte de nieve y nada más.


A la tarde, tampoco me presenté al Pack House. Esta vez, orienté mi caminata en dirección contraria al paseo mañanero y volví a comprobar lo chico que es Ohakune. El discman hizo más amena mi jornada, pero repito, uno tiene poco con qué entretenerse, sin dinero, por estos lados.


Volví a trabajar y la cosa se puso peluda. Los Mauricios (como bautizamos a los maoríes) están de licencia por duelo. Aparentemente, se mató una tía de ellos en un accidente de moto. Este alejamiento de mano de obra implica que nosotros, por ser los únicos hombres (más allá de los jefes y el colega checo que acusa dolor de espalda), seamos los responsables de embolsar y apilar la producción total del día. Calculamos que hombreamos entre setecientas y ochocientas bolsas por jornada… ¡cada uno! Pero la novedad no termina ahí. Resulta también que patroncito, por alguna razón, juega a inundar el galpón con agua y eso termina en pies y botamangas mojadas. ¡Perfecto!


Más allá de todo, me parece una buena experiencia. Todo es increíble y todo cambia muy rápido en Zelanda. Así que si esto es lo que hay, habrá que acomodarse y tratar de encontrarle la vuelta cómica. Igualmente, todas las fichas están puestas en cambiar de trabajo. Estamos dispuestos a trasladarnos a cualquier parte de la isla norte y a hacer cualquier cosa que nos asegure facturar cuarenta y ocho horas semanales. Sí, el número lo aportaron los rusos. Dije «cualquier cosa» con esa liviandad, porque sé que nada puede ser más duro que Zanahoria y Papa en Ohakune.


Anoche, el sueldo entró por segunda vez (y como lo hará los próximos jueves) a nuestras cuentas bancarias. Lo primero que hicimos, fue comprar entrada para recital de Katchafire, una de las mejores bandas de reggae de este país, según dicen, junto a Black Seeds. Lo segundo, dos cajas de quince porroncitos.



XR200


A las siete de la mañana comenzaron los cantos de gallo y la vibración en madera, productos del celular despertador apoyado en la cucheta. Las primeras voces mañaneras son gruesas y provienen de cabezas que aún no se han despegado de las almohadas. «¿Y si me hago el boludo y falto a la mañana?», pensé criteriosamente, después de escuchar a Ruso mencionar que volvería al pueblo, en hora de almuerzo, para ir al banco. Por alguna razón, me levanté. Creo que fue por la frustración de tener que vender la van (por no poseer ahorros suficientes para comprarla) cuando los chicos se vayan a Asia. No puedo ser tan boludo de desperdiciar semejante hermosura y vida por tan poca zanahoria. «¡Arriba, señores!», me dije a mí mismo, verticalicé y me puse el disfraz de obrero. Al salir de la cueva, vi a mi gente que no andaba lentamente en rutina. «¿Cuál es el apuro, amigo?», pregunté a Duende que iba corriendo y cruzó la viga, casi sin mirarla, en dirección baño. «Primero, vamos a pasar por el teléfono público para llamar a un aviso de una XR doscientos», me respondió. Por eso Gordo se levantó tan rápido, pensé. Siempre somos los últimos en subirnos a la van para ir a trabajar y hoy sentí que mi amigo punteaba en la salida. «Jueves, claro, día en que aparece en el mercado la revista semanal de venta de usados», conclusión a la que llegué, mientras me ataba los borceguíes, sentado en la escalera de ingreso a la cueva. Ruso me mostró el aviso: XR. Doscientos centímetros cúbicos. Noventa y siete. Mil ochocientos kiwis.


Camino a la cabina telefónica, vimos pasar el camioncito de «Tío» (como apodamos al hermano de Norman, quien dirige realmente la empresa de las zanahorias). Él, cuando nos descubrió caminando por la banquina de la ruta, hizo seña de «vamos, vamos» con su mano. La moto estaba en Rotorua, a doscientos kilómetros de casa. «Vamos a verla», dijeron los gordos. «¿Se imaginan la cara de patroncito teniendo que hombrear bolsas?», gritaban los duendes en forma de pregunta, cuando nos cambiábamos de atuendo y armábamos las mochilas para viajar. Y ya que vamos en esa dirección, seguimos ruta y pasamos a ver cómo va todo por Mount Maunganui, ¿no?, consulté afirmando.


El aroma que sentimos al adentrarnos en la ciudad buscada sucumbió nuestras fosas nasales. «¿¡Quién se cagó!?», fue la pregunta obligada. «No, no… es el tema de los geysers, esos chorros de vapor que brotan desde el piso», argumentó Gordo al haber leído sobre ellos en la folletería que pidió en el i-Side de Ohakune. ¡Pero qué caldo, señores! ¿Cómo es que vive usted aquí? Es verdad que la mente puede habituarse a cualquier cosa. ¡Si no, pregúntenles a los Roturenses!


Pasamos por el banco (para que Gordo cambiara los americanos suficientes) y siguiendo el mapa urbano de la ciudad nos perdimos, pero al final dimos con la dirección buscada. La moto era de un chico de doce años que la tenía cuidada y bien de motor, porque su madre no lo dejaba andar fuerte. Al escucharla mencionar esto, no entendimos cómo es que había accedido a venderla para comprarle una más grande. La cara de esta señora, cuando Gordo salió a probarla, no tuvo desperdicio. Encima, frente a la casa, había un descampado de hectárea y media. ¡Para qué! No sabíamos qué decirle como para que dejara de observar con tanta atención al argentino loco motorizado. «¿Era necesaria tanta rosca?», me pregunté. «¿Cuánto tuco, no?», decían los duendes y hacían seña de «¡colgala, colgala!». Finalmente, el precio que se arregló por la transacción fue de mil seiscientos cincuenta kiwis. La cargamos a la van y fuimos a la estación de servicio en busca del trailer. Nos lo alquilaban por día y lo podíamos devolver en cualquiera de sus sucursales. En Ohakune había una, así que… redondita venía la jornada. Seguimos ruta hacia Maunganui.


Entramos a nuestro ex techo (como si aún viviésemos en él, sin más que golpear y mandarnos), pero nada resultó familiar, salvo la cara de Diego y André. Ahora, ellos compartían la casa con ¡¡Rob y toda su familia!! Malísimo… ¿qué hacen metidos acá? Cuando nos contaron que Felipe se había mudado a lo de Patrick, nos despedimos y salimos en esa dirección. Claramente, volvimos a perdernos, no supimos y desistimos. Última ficha: los otros brazucas, Alexander y Fernando.


«Ehhh, boludooo», fue así como nos recibieron. «Ehhh, viadoooo», fue nuestra clásica respuesta para con estos personajes. Entonces, cerveza, faso e intercambio de vidas. Después de un rato, salimos con los duendes para comprar gula comunitaria en Pizza Hut. Luego de cenar, nos fuimos rindiendo ante el sueño. Argentina copó el living.

Amanecimos temprano, pero mucho después de que los muchachos brasileros se fueran a trabajar. En el desayuno, llegué a la conclusión de que nos cae simpático usurpar casas y cada vez lo hacemos con más naturalidad. Gordo debe de haber soñado (si es que realmente pudo pegar un ojo) con su chiche nuevo. Tres mates y ya andaba pateando la XR. No se bajó en toda la mañana, salvo cuando le pedimos usarla o cuando se tentó con Nosecae. «La primera para abajo y todos los demás cambios para arriba, amigo, ¿no?», pregunté. Complicadito andar por la arena. Abandonamos a los gordos y nos fuimos a Mount por llamados e Internet. Los duendes compraron, también a través de la revista de usados, una PlayStation Portátil. En la volteada, pasamos por Cash Converter (nuestro shopping de cabecera) y pegamos un estéreo con CD y mp3. Manteca al techo.

Regresamos a Ohakune de noche. No sé si voy a trabajar mañana. Estaría bueno faltar para lavar ropa y estirar las vacaciones un día más. Además, ¡es un garrón arrancar la semana un domingo!



Recital


Volvimos de trabajar, desenroscamos el vino en bolsa presentado en caja y nos preparamos para Katchafire. Aunque sabíamos que el recital comenzaría a las nueve de la noche, salimos en búsqueda del lugar donde se llevaría a cabo. Nos parece más agradable degustar bebidas en el living de la van antes que hacerlo bajo techo de Matai Lodge. Ruso hizo una escena para evitar seguir gastando plata más allá de la entrada y se negó a consumir tinto. ¡Déjate de joder! Yo te invito o él o todos…. Además, estamos por ir a un show que no sé si volveremos a ver algún día ¡¿y vos salís con que querés ahorrar en dos copas de vino?! Daleee.


En un camino de colinas, a diez kilómetros de Ohakune, se encontraba lo que resultó ser un salón de fiesta pueblerino. Tenía carteles hechos con recortes de papel, pegados con cinta detrás del escenario. Cantina con bebidas, todo bastante rústico y con presencia maorí, mayoritariamente. Un par de veces, salimos a tomar del vino que agonizaba en nuestro vehículo y después compramos unas cervezas, olvidándonos de las cuentas. Hasta los rusos invitaron una ronda, ¡imagínese!


Nos ubicamos a mitad de campo y de ahí nos entregamos a la música y espectáculo. No había más de cien personas. En un momento, sentí como una estatua detrás de mí, alguien que se mantenía inmóvil ante el reggae que sonaba. Luego, canción siguiente, sentí un pequeño empujón, pero me hice el boludo. Después, otro y ahí ya era hora de mirar quién era, al menos. Lo hice y divisé un muchacho que estaba cruzado de brazos. Alto el maorí y de apariencia rugbier de pocos amigos. A su lado, otro personaje del estilo. Di un paso adelante (como para que no tuviera excusa de cercanía) y continué con el recital. Me olvidé del muñeco, hasta que recordé su presencia con un tercer toquecito. Volteé y me acerqué hacia él, mirándolo fijamente a los ojos. «¿Hay algún problema?», pregunté. Por suerte, respondió negativamente. «¡¿Qué te hacés el malo?!», me cargaban los rusos. Nada de malo… una simple consulta de situación. Hice dos pasitos hacia el escenario y Katchafireeee. Gordo fue el que más se la puso con el vino. No sólo porque era quien visitaba más seguido nuestra van, sino porque aquella estaba estacionada al lado de una canaleta de tierra que provocaba (con ayuda de la oscuridad) un último paso en falso y un posterior seco golpe en la pierna. Es decir, uno venía entonado y, de repente, cuando ya se sentía adentro y en búsqueda visual del tónico, se hundía repentinamente y daba la canilla contra el peldaño de la puerta corrediza. ¿Con quién te vas a enojar?... En estos casos, sólo resta descargarse con uno mismo, sin siquiera, por dolor, poder tocarse la zona afectada. Es como cuando descalzo se patea alguna pata de un mueble. El dedo chiquito se estira y a uno le corre una puntada por adentro que termina en boca abierta y grito al aire.


Amanecimos resacosos y llegamos tarde a trabajar. Fichamos a las once de la mañana y China se nos vino al humo. «¡Uh!... cagada a pedo», pensamos. Extrañamente, Norman nos pidió, con amabilidad, que le avisemos cuando vayamos a faltar. Si tenemos algún problema también, como para que pueda ayudarnos. Que de su boca haya salido llevarnos a cenar afuera o prestarnos la moto de su hijo, comenzó a hacernos dudar de por dónde, realmente, venía la mano. Último requisito y con más énfasis: avisarle con una semana de anticipación nuestro alejamiento definitivo de las zanahorias y las papas. ¿Nos ve podridos, jefe?



Dilemas de rutina


¿Cómo hacer para que se pase rápido la jornada laboral? Probamos con ignorarla, pero no pudimos. Lo que sí resultó más efectivo fue contarnos historias de vida, minuciosamente. La gente de la que hablamos (viniendo todos de la misma ciudad) la conocemos al menos de nombre y esto hace la conversación más interesante. Algunas de las anécdotas nos involucraban a cada uno bajo distintas campanas. Hoy, tanto tiempo después, descubrimos lo realmente sucedido. ¿Así que fueron ellos los que rompieron el caño que nos hicieron pagar a nosotros en la fiesta que organizamos frente a la cámara de empleados de comercio? Cosas como estas, muchas. Entendí que la gente, afortunadamente, va convirtiéndose en mejores humanos y que todos, en alguna etapa, fuimos pelotudos. Partiendo de esa base, todo es perdonable. Ahora no me venga usted, con veintiocho años, haciendo boludeces… todo tiene un límite. Llega una edad en la que no podemos seguir ignorando las cosas, y si lo hacemos es porque queremos, porque nos gusta o porque nos obligan. De cualquier forma, no esta justificado.


¿Cómo hacer para comer mejor gastando la misma cantidad de dinero? A Gordo se le ocurrió inaugurar un «free» en la cocina del BP. En realidad, son nuestras cosas puestas en un estante con etiqueta de uso comunitario. Azúcar, algún condimento y restos de paquetes de fideos, fueron el inicio de la campaña que tiene como objetivo que todos aporten, que todos nos conviden. Con el transcurso de los días, nada ha aparecido y somos los únicos que al cocinar usamos lo que allí hay. Ya probamos cambiando la etiqueta por una más clara y llamativa, sobre todo esto último, pero ni así cambió nuestra suerte. Evidentemente, la gente no está entendiendo el concepto de «free» que tratamos de imponer. «La ficha está puesta en el fin de semana, con el recambio de snowboardistas… Algo les tiene que sobrar al irse de aquí», afirman los gordos.



Palo


Terminamos de trabajar y nos quedamos con los Mauricios fumando un cogollito y mirando cómo Gordo daba vueltas en moto por el campo de los Young. Antes de que la subiera a la van, le propuse que lo hiciera en la ruta, dándole a entender que quería jugar a ser motoquero un rato. Entonces, nos encontraríamos allí. El primer metro recorrido es más agresivo de lo que me gustaría. Siempre salgo con aparente intención de willy, lo cual dista de ser adrede. Las posteriores marchas, me sientan mejor. Entonces, fui por el camino hasta el asfalto y retorné, porque mi gente no daba señales de vida. Después de la segunda curva, la más cerrada de mi circuito, vi venir a mis colegas corriendo picada: van Argentina versus Subaru Rural Australiano-Zelandés. Pasaron, cabeza a cabeza, bien rápido y me cubrieron de tierra. En el playón del PH di la vuelta y encaré hacia la ruta, nuevamente. ¿Quién habrá ganado? ¿Hasta dónde habrá sido la carrera? Curva adelante, vi polvillo y no supe si iba o venía. Por si acaso, doblé abierto. Demasiado, porque fui directamente a la banquina y, en mi inexperta desesperación, aceleré y el alambrado se me vino encima. Mis reflejos de bicicleta me hicieron apretar ambas manivelas y la rueda delantera comenzó a derrapar en dirección alambre. No sé en qué momento tomé la determinación de zambullirme al ripio y, sin dudarlo, «¡Gerónimooo!», grité. Saldo: peladura de cadera y mano izquierda. ¡Arriba, amigo!, pensé y saludé con ambas manos en alto, cual campeón. Saqué dos cosas positivas de este hecho: ahora sé que las motos tienen freno de pie y que me animo a tirarme de ellas en momentos críticos.



Paquito


Como los ohakunenses no consiguen regularmente marihuana por cuestiones geográficas y climáticas, nos ofrecieron un aceite de cannabis, una «mezcla de THC diluida con solvente para pintura», según supimos traducir. En un primer momento no aceptamos, pero viendo como venía la mano, caímos en su compra. Los Mauricios colegas, después de vendernos una cápsula plástica de remedio con esta nueva droga, nos mostraron cómo transformar un par de precintos de alambres del PH en las dos herramientas necesarias para fumar. A grandes rasgos, es como frotarte un papel metálico a la garganta y tirarle una eficiente e instantánea bombita de locura a la cabeza. El efecto no es muy duradero y la gula poco agresiva. Igual, siempre quedás del bonete. «Paquito» lo hemos bautizado. A ver qué cuenta.


Llegamos a la conclusión de que el Paquito es poco práctico y desagradable. Por ello, no volveremos a caer en la compra. Todo comenzó cuando Gordo quiso repetir su fumada por desconfiar de nuestro accionar a la hora de ayudarlo. «A ver, a ver, déjenme a mí que ustedes están re locos ya», se quejó nuestro amigo. «Sí, sí, vos porque no viste, pero el humo te entró derechito», le respondimos a coro y volvimos al proceso de calentar el clip, sacar con el otro una gota de resina y preparar el tubito de papel, que usamos para inhalar por boca el humo emergente. Con los rusos, aprovechamos que todo estaba a temperatura, para dar una segunda vueltita de Paco. Gordo, una tercera tímida. Igual, él insiste con que fue su segunda. «Si alguien nos ve, va a pensar que andamos en cualquiera, menos en marihuana», decíamos al ver la situación que generábamos dentro del living de la van, estacionados en la principal y escuchando música. Al decidir volver a la cueva, descubrimos que habíamos dejado uno de los alambres calientes sobre la cápsula de aceite cannábico. Lo que quedaba de él, era un pegote en el interior de la guantera plástica que está entre los asientos delanteros. ¡Que en paz descanse!


Amanecimos tipo nueve y, entre comentarios «camísticos», uno a uno nos levantamos por la costumbre de zanahoria o papa. ¡Papa noooo! Desayunamos y creímos meritorio darle una nueva oportunidad a Paquito en un día libre de compromisos (por ser sábado) y con tan lindo clima. Rasqueteamos la guantera de la Van y cada uno disfrutó la locura de manera diferente: Gordo se embaló en retocar su moto ya que, según dice, algo no había quedado bien después de mi caída. Puede pasar horas metiendo manos entre fierros y grasa, como si le gustara ensuciarse. Ni se entera qué sucede a su alrededor cuando juega a ser tuerca. Ruso canalizó sus emociones haciendo coleadas en el húmedo y descendente verde de nuestro patio. Bajaba y bloqueaba. En un momento, sintiéndose observado, intentó la de la foto; dio más pedaleadas de las habituales y coleó hacia la derecha, a dos metros de la cerca que limita el BP del baldío. Su pirueta se complicó y, desesperado, frenó a dos manos. ¿¡Para qué!? se habrá preguntado después. La bicicleta corcoveó y lo despidió hacia adelante. Terminó arrodillado, con ambas manos en alto y cara apoyada en la madera. «¡Buena, Ruso, hacete otra!», gritaban los duendes a carcajadas. ¡Qué bueno y sano que es tentarse! No tengo duda que prolonga la vida. Tampoco dudo que es incontrolable.



Sin opción


Esta semana, anímicamente, el grupo ha tocado fondo. El sueldo desaparece mágicamente y el lunes ya estamos contando cuanto nos queda para vivir hasta la paga del jueves. De eso hablábamos, mientras escuchábamos música estacionados en la principal de Ohakune. «Nosotros tenemos que ahorrar la plata para Asia, y la única chance que tenemos es, de ahora en más, ahorrar, ahorrar y ahorrar con las zanahorias», dijo Ruso. Duende asistió con la cabeza. ¿Entonces? Resolvimos que esta sería «la semana del ahorro». ¡Ni un peso gastamos, eh!


La consigna no tenía mas de cuarenta y ocho horas de vida cuando se avecinó un cambio de plan. Para el cumpleaños de la madre de Gordo, su hermana le pidió que mande un video saludándola en su cincuenta aniversario. Idea de su bocha: tirarnos en paracaídas, pagar para que nos filmen mientras caemos y terminar con saludo para la ocasión. Con semejante trasfondo de viaje, no pudimos menos que aceptar. ¿Entonces? Este viernes, recorreremos los doscientos kilómetros que nos separan de Taupo, haremos el bautismo y nuestro amigo cumplirá con el tema del video saludo. Aunque nuestras intensiones eran otras, volveríamos a estar en la caca el lunes próximo. Lo que más aterrorizaba a nuestros bolsillos era que reapareciera la lima rutera y perdiéramos un día laboral. «La van, el domingo, está trabajando», fue el compromiso asumido que convenció a Ruso para sumarse a la travesía. En una primera instancia, se pensó en la posibilidad de salir el viernes para Taupo. Es decir, volver de trabajar y armar las mochilas. Gordo la hizo completa y hasta le metió bolsa de dormir. Amenazó con no saber de regreso. Sí, Ruso, la van estará trabajando el domingo. Perfecto. En reunión de equipo, resolvimos que teniendo todo preparado, salir frescos en la mañana sería lo más conveniente. A disfrutar, pues, de la noche en la cueva.


Arrimamos una mesa con bancos y un chapón a nuestro jardín, de la parte media de Matai Lodge. No sabemos si estaba permitido, pero… ¡anda a decirles algo a los convictos del otro lado del arroyo! Fogón y pizza a la parrilla era la idea. Los primeros vasitos de tinto asentaron bien y comenzamos a disfrutar de una prematura y linda borrachera al lado del fuego. Adentro, un lejano desayuno (café instantáneo acompañado de tostadas con manteca y azúcar, «la factura de los pobres», como le decimos) y un olvidable almuerzo (hamburguesas de la noche anterior con húmedas tostadas mañaneras). Para las veinte cuarenta, nuestras pastosas bocas estaban pidiendo, a gritos, vino o cerveza. Decidimos postergar la cena. ¡Al bar, señores!


Entramos en un restaurante que en su fondo tenía una zona cual pub. Resultó estar más iluminado de lo que nuestras retinas podían soportar, pero igualmente, con actitud y disimulando la cara, pasamos al sector de la barra. «Cherveza, for pavor». Sólo un chop degustamos. No estábamos en condiciones de soportar semejante pedo entre turistas que pretendían arrancar el fin de semana cenando tranquilamente en un restaurant. ¡Ahora sí! Previa escala en licorería, por pizza a casa fuimos.


Después de destapar sólo algunas cervezas, los cuerpitos empezaron a rendirse: veintiuna treinta, Gordo llamó a «Hugoooo» a gritos. Estaba sentado en la escalera de la cueva y se quedó en esa posición hasta superar el mareo. Cuarenta minutos pasaron y fui yo quien dijo «suficiente». Aunque llegué a subirme a la cama, no pude con mi ropa. Rusos y duendes dicen haber cenado y rendido, recién, a las veintitrés. Cómo hicieron, no sé.


Mañana hambrienta y gordos desesperados por rutear. Cargamos las cuatro cervezas que sobrevivieron de la noche anterior y desayunamos al paso en dirección Taupo. A mitad de camino, me di cuenta de que había olvidado mi morral. Eso implicaba que, por mi incomodidad de llevar cualquier cosa en los bolsillos y preferir llevar de todo en un solo bolsito, no contaba con más que una resaca encima. Sin poder creer el olvido, busqué por todos lados y encontré mi billetera debajo de una butaca. «¿Por qué está acá?», se me cruzó por la cabeza, pero lo dejé pasar. Lo imprescindible estaba en mi mano, motivo suficiente para no quemar neuronas en babia.


La tarifa del skydive nos dejó sin habla: doscientos veinte kiwis cada uno más ciento cuarenta el video. «¿Cómo era eso, Gordo, que viste un folleto que decía noventa y nueve dólares?», preguntaban los rusos. «¡Anótale otra al Casi!», gritaban los duendes. ¿Y ahora?, pregunté. Recordamos que Lola nos había dicho que, habiéndosele acabado su excelente trabajo de cuidar casas ajenas, pasaría unos días junto a Hobbit en el lago de Taupo. La llamamos y nos enteramos de que estaba sin compañera de aventura e instalada con su familia en Hamilton. «Vengan, si quieren», nos dijo nuestra amiga. ¿Qué hacemos? Si vamos para lo de Lola, pasamos a ver la planta salvaje. Esa fue la propuesta y nadie se opuso. A cuarenta y ocho kilómetros de Mount Maunganui, después de despedirnos del prunning de kiwis, depositamos una esperanza cannábica (germinada durante nuestra estadía en casa de Rob) y, para volver a dar con ella, elaboramos un mapa estilo pirata. «Como un zorro», repiten los rusos tocando una y otra vez la sien con la yema de su dedo índice. Yo, aplaudo.

El paisaje de banquina de ruta se había modificado por deforestación y, cuando dimos con el lugar exacto de bosque donde habíamos enterrado la precoz plantita, descubrimos que reposaba una rama de pino caída. ¡Sí! ¡Casi! Uno más. Una lástima, también, porque habíamos tenido una muy buena idea… «Si cada grupo primario plantara o plantase un árbol floral o frutal por año, cantidad suficiente para autoabastecerse, éste, éste (señalando con énfasis sus pies) suelo que ustedes pisan sería diferente… sería diferente», dijo un gordo loco y se nos quedó mirando. Asentimos con la cabeza. Si usted lo dice.


Llegamos a lo de Lola y conocimos a su familia. La apariencia no debió de ser la más agradable, sobre todo para los ojos del padre. Barbas y ropas arrugadas llevábamos nosotros. Vaya uno a saber, realmente, cómo se nos veía. Hola, ¿qué tal? Mucho gusto. Salimos a conocer Hamilton. Pasamos por lo del dealer de nuestra amiga y compramos unas flores venenosas. Después, cervezas en la licorería. Bella ciudad, con río que la atraviesa haciéndola aún más interesante. «Igualita a Ohakune», mencionaron los duendes (como no podía ser de otra manera). Qué linda que es nuestra casa móvil, no dejo de maravillarme. Yo quiero una para siempre. Se hicieron las dos de la mañana en el estacionamiento de Los Jardines de Hamilton. «Lamentablemente, es hora de volver a casa porque la van está comprometida con zanahorias de domingo», le dije a Lola, y mire disimuladamente a Ruso como diciendo «¿viste?, ¿viste que estamos cumpliendo con nuestra palabra?».

Un gusto, nuevamente, señorita. Pórtese bien.


Los rusos se hicieron cargo del volante. Los duendes pisaron la butaca del acompañante, pero a los pocos kilómetros descubrimos que cabeceaban de sueño. Los gordos se ofrecieron a pasar de copiloto y yo me relajé aún más, hasta dormirme completamente. El clásico canto de gallo volvió a hacerme interferencia en sueños. Al principio, poco entendía, pero sabía que era hora de levantarme para trabajar. Lo primero que vi, a mi izquierda, fue a Duende. Dos segundos después de analizar el cuadro, comprendí que seguíamos en ruta. Pero ¿dónde? En la butaca del acompañante, en posición fetal, estaba Gordo. Era la imagen de mi último recuerdo de la noche anterior. Los cánticos de gallos que creí «celulísticos», resultaron provenir de dos de las verdaderas aves domésticas que estaban a treinta centímetros de la van, hinchando las pelotas. Intenté buscar hora en el celular y caí con que hacía un día que ya no había carga en ese aparato. Entre las cosas que olvidamos para el viaje, también estaba el cargador.


Me bajé del vehículo para estirar piernas y jugar a adivinar dónde estábamos. Imposible, todo en Zelanda es parecido: bosque, montaña, prolijidad y tranquilidad. Le pedí a Ruso que se pasara atrás y tomé el volante. Siete cuarenta y dos marcaba el reloj del equipo de música cuando puse en contacto la van. A poco rodar, los soldados fueron despertando. Dicen que anoche hubo, primero, energizantes para abrir ojos y, luego, porros para amenizar ruta. Unos y otros se sucedían, a medida que viajábamos hacia la cueva. Nunca llegamos, claro, porque de madrugada ninguna estación de servicio estaba abierta para nueva compra de cafeína líquida.


Llegamos a Ohakune y Gordo y Duende se acostaron un rato más. Con Ruso, tomamos unas cervezas en el patio y estrenamos la pipa de vidrio que compré camino a Hamilton, en una especie de feria, llena de colectivos y camiones hechos casas rodantes. «Hippies», definieron los rusos al verla desde la ruta. «Frenamos un ratito», mencionaron los gordos y ya todo el grupo comenzó a buscar pertenencias para la excursión, sin decir mucho. Creo que esta actitud, en esta camioneta, en este país, con esta gente, con esta hierba, es el motivo por el cual quiero Zelanda y no Asia. «Nadie quiso trabajar el domingo», dijeron los duendes al salir de la habitación, y me hicieron señas hacia los distraídos rusos. Al escuchar esta afirmación y sentirse observados, ellos se excusaron con el mal cálculo de horas en el viaje hacia Ohakune, porque realmente pensaban llegar a la mañana para ir al PH. ¡Tomatelás!


En mi silenciosa búsqueda de trabajo, recibí por mail la confirmación de vacantes para cosechar espárragos. A Ruso y a Duende no los convenció el trabajo. Con Gordo queremos sacarnos las zanahorias de encima, pero el tema del horario del picking de aquella verdura está complicado: de cinco treinta a dieciséis. A eso se le suma que por lluvia no se trabaja, nuestra urgencia de ahorro y, sobre todo (lo que más me tira para atrás), que aún no me convence la idea de separar el grupo estando en el mismo país. Entonces, paso por ahora, pero sigo participando.


Volvimos al PH con la cabeza gacha, pensando «¡que no me pregunten a mí!». Nuevamente, plantamos a China sin avisar y eso que habíamos quedado en hacer lo contrario. Como quien no se come ninguna, entramos al galpón y nos ubicamos en nuestros lugares. Yo estoy en una etapa en la que trabajo en un extremo del galpón, sobre una pasarela en la que sólo cabe un obrero. Es en el único lugar donde se siente cerca el exterior y por donde se filtra algo de cielo. Dicen que a Ruso, a media mañana, lo encaró patrón y le preguntó sobre nuestro faltazo. Él solo le contestó que habíamos llegado tarde de Hamilton y nada le reprocharon.


En el turno de la tarde, volvieron a trabajar los Mauricios, después del rito a la muerte dedicado a su tía. El concepto de funeral me pareció genial, digno de imitar. En la cultura maorí, despedir un cuerpo implica tres días de luto, donde familia y amigos se juntan a pasarlos entre comidas, alcoholes, músicas y sólo buenos recuerdos de quien marchó a mejor vida. ¡Claro! Sólo pensar en los buenos momentos disfrutados con el difunto y compartirlo con los presentes. Creo que morir implica pasar a otra etapa de vida, tan increíble como la que se deja. Aprender a disfrutar ambas es la consigna. Si nos ayudamos, mucho mejor.



Sorpresa


Preparando un fueguito en el patio de casa estábamos cuando escuchamos ruidos que se aproximaban y un «hola, ¿qué tal?» en claro español. Aparecieron Marina, Elena y Aimé con un paquete cumpleañero para Duende (porque, finalmente, con el tema del control antidoping huimos de Nelson sin verlas), sonrisas y vino blanco. Nosotros tardamos unos segundos en responder con algún estímulo y saludamos como si las estuviésemos esperando. «Si no, te íbamos a dar el regalo en Asia», dijo Elena y entregó la sorpresa rectangular a Duende. Nos contaron que se volvieron de la isla sur con destino a un PH de kiwis en Te Puke. ¿Cómo carajo hacen estas chicas para conseguir trabajo? Les propusimos que se quedaran a cenar y a dormir, y accedieron. No da para que sigan los trescientos kilómetros hasta su destino, de noche. Desayunamos todos juntos en la cocina de Matai Lodge, como en viejas épocas. Más allá de que fue rápido por nuestro compromiso con las zanahorias, nadie mencionó el teléfono del contacto para entrar (nosotros también) a laburar en el PH de kiwis. Creo que ellas esperaban que les preguntáramos y nosotros, que nos lo propusieran. Al mediodía, y comiéndonos algo de orgullo, las llamamos y les pedimos el celular de quien las había contratado. Nos olvidamos de preguntarles… Decime… ¿cero, nueve…?


Nos atendió una máquina que nos invitaba a dejar un mensaje de voz. Eso hicimos y luego llamamos a Lola para ponerla en alerta por posible trabajo. La encontramos en el hospital: su hermanita de quince años se había «golpeado» y la estaban operando de urgencia. Palo feo nos alcanzó a decir, con derrame incluido. No sabemos cómo, dónde, ni qué. Una mierda. Que todo salga bien, señorita.


A la tarde me quedé en la cueva haciendo nada, escuché música y me puse a pensar cuándo vendría otro peldaño en Zelanda. Cuando mi gente volvió de trabajar, encaramos derecho para comunicarnos con el PH de Te Puke. El único teléfono público con monedas del pueblo estaba ocupado. Hicimos huevo y cuando accedimos a él, las monedas pasaban de largo. Luego de algunos intentos, comenzó a tragárselas. Tuvimos que separar a los duendes del aparato porque no dejaban de patearlo. Opción dos: comprar tarjeta de teléfono público. Perfecto, pensamos, pero descubrimos que ni un local tenía una mísera tarjeta ni de cinco ni de diez ni de veinte dólares. Ninguno… ¿Cómo puede ser? No puede estar pasando esto… Última opción: gastar la Meijua, tarjeta que usamos para hablar a Argentina. La cuestión, por la cual dejamos esto como última alternativa, fue que era relativamente barato hacer llamadas internacionales, pero muy caro hacer locales. Eso ya no importaba. Contestador otra vez. ¿Será posible?


De mañana, las chicas me pasaron el teléfono fijo de la empresa. Cuando los obreros volvieron por almuerzo, nos comunicamos nuevamente con el PH: no vacancy. Llamamos a Lola y nos contó que su hermana estaba estable, pero que seguramente volvería al quirófano pronto. No sé bien qué pasó, porque ella no fue muy explícita y yo no quise insistir. Obviamente, su viaje familiar a Australia se postergó hasta nuevo aviso. «Voy a pasar un tiempo en mi casa», dijo. Seguimos en contacto. Energías a la familia.

Ausente

Rumores aseguran que el chino jefe preguntó por mis tardes de ausencia, a lo que se le respondió que estaba sick. Patroncito amenazó con que él estaba sick de mí. Ah, ¿zi?

Estamos en la caca misma y no podemos pegar otro trabajo, pensé, cuando los chicos partían hacia las zanahorias. Sí, sí, nuevamente no estaba de humor para Zanahoria. Segundo peldaño es mi consigna mental. ¡Saludos a patroncito! Me fui a la zona cool del BP y me interné en la web. Saqué de ella doce teléfonos de PH y orchards de la zona. Todo prolijamente anotado, con números de contacto, localidades y actividad para ganarse la vida. Llamé a todos: dos ofrecieron prunning y el resto, contestador o sin vacantes. Pocos se prenden a la idea de volver al campo con estos fríos. ¿Qué mierda va a sucedernos en Ohakune?, me pregunto cada vez más seguido.


En respuesta a los aprietes por parte de China respecto a mis tardes de ausencia, hoy me presenté a trabajar con mi mejor cara de póquer. Norman no me dejó ni acercarme a mi sector de zanahoria sin escuchar mi descargo. Me salió al cruce, apenas me vio. «Me estoy sintiendo un poco enfermo… y solo falté dos tardes, tampoco es para tanto», le dije. «Ok», respondió y se alejó. Mi jornada laboral, con ayuda de los hermanos Young, se puso dinámica y con varios cambios de posición. Me transformé en el che pibe de la empresa. El Tío, en un momento, me dijo sonriendo: «ahora quiero que vayas a embolsar los canastos de afuera». Fresco el tema. Sé que me la tengo que bancar.



Desayuno chino (primer acto)


Las tres chinas colegas que viven en una casita al lado nuestro, en Maitai Lodge, nos consultaron acerca de la posibilidad de llevarlas a trabajar, porque su auto se averió y es más caro repararlo que volver a comprarlo. Después de nuestra positiva respuesta, nos ofrecieron plata a cambio. Nos negamos y argumentamos que no era necesario. Por su insistencia, propusimos un pack de cerveza por semana. Ahora bien, ¿cómo será despertar y ver China en ruta?


Los duendes dejaron rápido la cueva para «poner en marcha la camioneta», según dijeron. Recién ahí nos dimos cuenta de que, en realidad, estaban asegurándose asientos delanteros. Los rusos salieron tras ellos por ser quienes más preparados estaban para afrontar frío. Con los gordos fuimos los últimos en subirnos a la van y sólo nos quedó ocupar las dos butacas enfrentadas a las otras tres de atrás. Good morning, China… Los duendes no tardaron demasiados kilómetros en comenzar a gritar, en claro español, barbaridades con carcajadas incluidas. Nosotros, con las caras chinas delante, sólo podíamos intentar no reírnos. Llegamos a la conclusión de que hay que rotar las butacas para que deje de ser living y se convierta en colectivito. No da fumarse este viaje a las siete de la mañana. «Miramos para atrás y vemos tres azafatas del tren fantasma», decían los rusos.



Desayuno chino (segundo acto)


Ruso, para evitar las butacas traseras, salió corriendo de la cueva. Después de alcanzar la vereda de calle (donde había dormido la van) se resbaló y terminó a los pies de una de las chinas. Nosotros, viendo la imagen desde atrás, no pudimos menos que cagarnos de risa. ¡Eso te pasa por ruso! Ellas, que ya nos esperaban afuera, como acostumbran, creo que nunca imaginaron a un argento con tantas ganas de correr a las siete de la mañana y menos… ¡para ir a trabajar! Analizando el golpe, desde mi posición, creo que nuestro amigo, a último momento, cambió idea de «conductor» por «acompañante» y, por rocío mañanero y botas de goma, perdió el control de su cuerpo y terminó besando la fría gramilla. ¡Aplausos, señores!



Playa


Comenzó en forma de chiste, pero resolvimos viajar por fin de semana hacia Napier, la playa. ¡Despejemos la mente, sí señor! Como de costumbre, el tema a resolver era cuándo salir: viernes a la noche o sábado a la mañana. Es decir, si el cuerpo nos daba para volver de trabajar, bañarnos y rutear o si descansábamos y salíamos frescos por la mañana. Finalmente, nos inclinamos por opción viernes. En primer lugar, el checo del laburo (que vive del otro lado del río como nosotros) nos dijo que en nuestro destino había un spa con piletas climatizadas sobre el mar, al aire libre. La segunda señal vino de la mano del colega australiano que nos trajo veinte kiwis de flores. Ruso, antes de ir a bañarse, se despachó con un «sin porro va a ser aburrido este viaje». Obviamente, se enteró de la noticia en la ruta, cuando olió el primero. Finalmente, como para que nuestras ganas de rutear fueran inmediatas, llegó a la cueva la tan esperada encomienda de mi familia. Mucha música, mucha. Diarios y revistas. También, vino un amigo: Eber, un duende con vida invisiblemente propia. ¿Los patines? Casi.


Pequeña compra en el supermercado de Ohakune y partimos rumbo a la playa. No alcanzamos a hacer cuarenta kilómetros, que los rusos ya se habían volcado tres vasos de vino encima; los gordos venían escalando el living de la van y yo no dejaba de brindar con los duendes en las butacas delanteras. Mucha y alta alegría rutera, como pocas de tal calibre. El camino, como siempre, un Escalectrix. Eber, ¿cómo venimos? ¡Salud! Bienvenido.

De madrugada ya, llegamos a Napier y buscamos lugar para pasar la noche. A esa altura, solo yo quedaba con los ojos abiertos y volante en mano. Estacioné frente al mar y me olvidé de todo.


Amanecimos a las siete de la mañana. Climáticamente, sentíamos verano y con él recorrimos la ciudad en bermudas. Al principio, caminando por la peatonal, nos agarró algo parecido a fobia social. Prontamente, recordamos cómo era eso de estar en una verdadera sociedad. Muy lindas chicas en un muy lindo lugar. ¿Qué carajo hacemos en Ohakune? Los gordos hicieron un poco de pileta climatizada; los rusos se dedicaron, en silencio, a leer la revista Barcelona. Con los duendes me fui a tomar cervezas. Nos terminamos alcoholizando con pocas. Ellos repetían: «estamos muy tiernos», y tenían razón. Cómo se desacostumbra el cuerpito… ¡Qué rápido pierde uno los estribos al retomar la senda de la ingesta!

A la tarde decidimos ir al acuario de la ciudad y Ruso propuso jugar con party pill. Viendo que nadie lo acompañaba, extendí mi mano y esperé una de las legales pastillas de Zelanda. No me gusta que la gente se drogue sola en mi presencia (por miedo a no poder entender su locura). A ver qué se ve.


Lo mejor del zoológico acuático fueron los tiburones, las tortugas y ranas gigantes, los caballitos de mar, y los exóticos peces. Lo más entretenido, para nuestra mente, fue ir parados en una cinta sinfín que se adentraba en una especie de fondo marino por medio de un tubo de vidrio. ¿Tremendo viaje! Igualmente, después de la segunda vuelta, decidimos partir. Destino: Taupo, noche prometedora.


La puta pastilla, otra vez, me cayó mal y me fui enroscando a la almohada en los asientos traseros. Sensaciones de calor en la nuca y frío en los pies. Pupilas dilatadas y resaca de movida. Una mierda. Ahora sí, NUNCA MÁS. Lo químico al cuerpito evidentemente no le sienta bien. ¿Todo orgánico?


A Taupo llegamos tipo veinte. Muchos restaurantes estaban extrañamente llenos. No es fácil encontrar en Zelanda tanta gente en cada uno de ellos y en una misma cuadra. Con mucha fuerza de voluntad, me prendí en la caminata sin destino por el centro de la ciudad. Los únicos que se quedaron en la van fueron los duendes que dormitaban desde la salida del acuario. Nos sentamos a mirar el lago y tipo veintitrés fuimos a un bar que empezaba a ponerse. Yo me rendí a media noche, después de unos tragos de cerveza, aún con más fuerza de voluntad. Realmente, no entiendo cómo es que Party Pill es de venta legal y, menos, cómo hay gente que se toma cinco por salida.


Dicen que la vuelta a Ohakune la manejó Ruso, aunque pocos la recuerdan. Algunos afirman que la aguja del velocímetro llegó a marcar ciento sesenta en una bajada. Mucho susto al verla tuvo el conductor y abrió más los ojitos. «No me di cuenta, pero cuando bajé la vista y vi a cuánto íbamos me empezó a temblar el volante», confesó día después. Llegamos a casa tipo cuatro de la mañana. Yo sabía que no me iba a presentar en la zanahoria (domingo resacoso se avecinaba), pero con la tranquilidad de que ya había dormido en el camino de regreso.


Los «asiáticos» (como bautizamos a Ruso y Duende por su ambición laboral) se levantaron para cumplir con las responsabilidades del PH. Yo me desperté al mediodía con la entrada de Gordo a la cueva. «¿Tenés veinte?», me preguntó. «En mi billetera», respondí entre dormido. «Pegué faso con unos chinos nuevos del BP», dijo y salió de la cueva con el billete. Ahí me dieron ganas de comenzar el día.


Caminamos por un bosque, nos sentamos a la orilla de un río y tocamos temas varios desde las alturas de las flores. Terminamos hablando del aprovechamiento del río, imagínense. A la hora del almuerzo volvimos al BP para cruzarnos con los chicos y lo logramos. Ellos también nos buscaban, porque el horario neozelandés se había adelantado una hora y ya teníamos que volver al PH. Obviamente, a la mañana, llegaron una hora tarde a trabajar. No se preocupen por nosotros, a la tarde tampoco vamos a ir. Nos entretuvimos con churrasco a la parrilla y cerveza. Intenté acostarme después de todo eso, pero Gordo volvió a proponer caminata. Dejar a la deriva a un amigo en este solitario pueblo, en un día libre, con sol y nuevas hierbas, no era compatible con mi cabeza, aunque (en ese momento) sí con mi cuerpo.

¿Para dónde, entonces?



Suspendido


Tomé posición en el primer puesto de control, como vengo haciéndolo últimamente. Allí, aislado de todos, paso mis jornadas pensando. ¿Qué tengo que hacer para vivir plenamente? ¿Cómo puedo convencer a mi gente de hacerlo en forma conjunta? Solo nada resulta, y es menos divertido ¿Cómo se cambian las cosas?. ¿Me estoy volviendo loco? En eso estaba cuando fui interrumpido por Tío, quien se presento por entre las máquina, con media docena de «buenas» zanahorias que yo había descartado. «A ver, mostramelás», le dije y me las tiró a la cinta sinfín, donde se mezclaron con la parva que venía pasando. Ah, ¿zi? «Ahora, no sé de qué hablás. Si las sacaste de ahí es porque algo tenían», dije. Al toque, patroncito me mandó a embolsar canastos afuera.


Después del almuerzo, Tío me llamó para que trabajara a su lado, en el último chequeo de verduras antes de que estas pasaran a ser embolsadas. Una vez sacó una buena zanahoria de la basura y no perdió oportunidad de echármelo en cara. Ahora sí, me la dio en la mano y recriminó. La tomé y comencé a buscarle la falla. No la tenía. «¿Cómo estás tan seguro de que sea mi zanahoria y no tuya? Todas caen en el mismo lugar», dije, sin encontrar respuesta. No me está cayendo nada simpático este personaje.

Al retirarme del establecimiento, Norman me salió al cruce.


—«¡¿Sebastián?!», gritó y vino hacia mí.


—«¿Qué lo qué?», respondí.


—«Mañana no hay trabajo para vos», me dijo el cortito chino de mameluco azul.


—«¿Por qué?», pregunté, como no entendiendo la causa.


—«Mucha gente. Volvé el miércoles si querés», concluyó patroncito. Si querés, me dice, pensé, pero sólo respondí con un «Ok», y di media vuelta.


Me levanté relativamente temprano, lavé ropa, llamé a Argentina y me zambullí en la web en búsqueda laboral. Resultado: mails y contestadores me llevaron, únicamente, a posible picking frutal si nos instalamos en un BP en Mount Maunganui. La condición es alquilar camas y ellos te consiguen trabajo en una orchard de kiwi. Ni a mí me cierra la idea. ¿Volver a Mount? ¿Te parece? Al mediodía volvieron los muchachos para almorzar y me invitaron a acompañarlos al último tramo laboral porque faltaba gente. Norman se los había propuesto y ellos le contestaron que yo, posiblemente, estaría esquiando, pero «si lo vemos le decimos», concluyeron los rusos ante la facial sorpresa del patrón de las zanahorias. «Nada, nada, que se cague», fue mi respuesta.



Fin de temporada


Los jefes invitaron a todo el staff a comer a Whanganui, un pueblito a treinta kilómetros de casa. «A las siete y media en esta dirección», nos dijo Norman. Las chinas colegas nos pidieron que las llevemos y no tuvimos opción, una vez más.


Fuimos los últimos en llegar y ya todos estaban sentados. Claramente, había una mesa formal donde estaban Tío, Norman, su esposa, madre e hijo; y otra informal donde checos, Tractorista y Mauricios esperaban bocado. Rápidamente, mi gente se ubicó en esta última y yo quedé parado. La familia me miró y, por respeto, encaré hacia su mesa. Eso sí, en el camino, le clavé la mirada a mis supuestos amigos que se hicieron bien los boludos. Quedaba una silla a mi lado y yo tenía esperanza de que fuera utilizada por Argentina. Nada de eso. China ocupó el lugar. A mi derecha, Norman; a mi izquierda, Tío —de algún lado los conozco—. Hola, ¿qué tal? Menos mal que la cena fue un cachetazo de treinta minutos. Un plato de madera giratorio como centro de mesa, donde posaba el menú elegido por nuestros patrones, y momentos de silencio o banalidades. Al vuelo se manoteaban comidas (no convencionales para mí, salvo el pollo frito) y tomábamos té. Tan mal manejo de palitos tengo (sobre todo rodeado de gente pro) que me propusieron pedir tenedores para cenar. «No, por favor, estoy lleno», mentí. Cuando ellos picoteaban tres veces, yo recién ahí podía llevarme (prolijamente) comida a la boca. No, de verdad, comí algo en casa antes de venir, gracias… Nada de postre, nada. Sobremesa con alguna foto de por medio y despedida. Antes de irnos, nos avisaron que el domingo no se trabajaba por limpieza de máquinas. Bárbaro. Nos vemos el lunes entonces.


Con los rusos me fui a tomar una cerveza al deck de la parte media de Matai Lodge. A nuestra ronda se sumó Taima, japonés amigo de Gordo desde aquella compra florística. Un metro y cincuenta y cinco centímetros de estatura, contextura pequeña, clásico corte de pelo japonés y personaje por demás sonriente. Nos contó que trabajaba para Isuzu en su país y su jornada laboral era la misma que la nuestra aquí: seis días por semana, ocho horas por cada una, con máquinas haciendo siempre lo mismo y escuchando monótonos ruidos. Su presente lo encuentra vacacionando por Zelanda. Pensar que esta vida, para algunos, es constante y ni luchan por salir de ella. ¿Conformismo? ¿Desperdicio? ¡Boludez! «Si mañana no trabajamos por limpieza de máquina, no será la señal para que dejemos Ohakune?», pregunté al entrar a la cueva. «Seguro», fue la respuesta de Gordo. Les comunicamos la decisión a Ruso y Duende, y una vez mas, brindamos para que «sigan los éxitos» ¡Salud! En cuanto a transporte, todo cayó de maduro. Ellos hablarán con Norman y este, de alguna manera, los hará llegar a trabajar, ¡mirá que no! Tema precio vehicular, lo mismo que se invirtió aquella vez. Los gordos quisieron chicanear por kilometraje y demases; los rusos se opusieron, los duendes miraban de reojo y yo propuse olvidarnos de eso. ¿Acaso estamos hablando de setenta y cinco kiwis de diferencia cada uno? Por favor… Tengo mi primera mitad de vehículo y con varias posibilidades de convertirse en casa rodante. Nada mal para empezar.

¡Aplausos, señores!









CAPITULO 7




Hamilton


Duende me cambió mis últimos cincuenta americanos por kiwis. Ese es todo mi capital para afrontar Zelanda. Partí con los gordos rumbo a Hamilton, a lo de Lola. De ahí, a buscar trabajo por donde sea. Ruta, linda incertidumbre y mucha confianza en futuro cercano. Además, ¡casa rodante! A disfrutar de estas islitas de la hostia. Caímos tipo siete y media de la tarde y nuestra amiga nos esperó con una pequeña picada, mates, bizcochos Don Satur, chicles Bubaloo y caramelos Palitos de la Selva. Como en Argentina. Rosario, su hermanita accidentada, ya estaba mucho mejor. De no ser por una pequeña molestia al caminar, no la hubiésemos reconocido. Finalmente, escuchamos la versión del accidente: caída desde una cerca y fierro clavado en una pierna provocaron un pequeño derrame interno.


Cenamos empanadas caseras, sentados a la mesa y rodeados de mujeres. Madre, tía, tres hermanas y dos amigas. Después de comer, partimos con rumbo desconocido. Pegamos flores y cerveza. Los jardines de Hamilton y un muellecito en el río, con luna casi llena, fueron nuestras últimas paradas. Lola, con guitarra y canto, se despachó con un par de temas antes de decidir acostarnos. Nos despedimos y organizamos un viaje dominguero para Raglan, la playa. «Te pasamos a buscar temprano», concluimos.


El comprimido paisaje de película de estas islas hace que uno quiera olvidarse de las necesidades monetarias y prefiera tirarse a su recorrido sin más que pan y agua. Las rutas son perfectas y nadie anda alterado. Por momentos, pareciera que nadie anda y eso da mayor satisfacción. Viaje entre montañas, caímos a Raglan. Pueblo chiquito, rodeado de reserva natural y agua. Almorzamos unos sándwiches junto al mar y nos dejamos en el suelo, mirando cielo. Sol, gaviotas, olas y viento. Se hicieron las tres y media de la mañana, casi sin notarlo, así que dispusimos habitación en el living de la van. Buenas noches y dulces sueños, amigos.


Qué poco se extraña Ohakune teniendo Hamilton como sede, y eso que ni camas hemos pegado por estos lados. De mañana, llamamos por trabajo a la lista que hice en mi cuaderno, antes de la deriva, pero no conseguimos nada. «La semana que viene», dicen todos. Qué raro, ¿no?


Compramos veinte kiwis de marihuana (porque aquí también se respeta la medida estándar), hielo (para enfriar cervezas) y fuimos a orillas del río. Nos quedamos horas y horas, entre charlas y músicas, con todas las ventanillas mostrando paisaje. Mucha gente piensa en un cambio radical de vida, me doy cuenta también hablando con Lola. No importa de dónde vengas, que hayas mamado, al parecer nuestra generación necesita de uno para tranquilizar la mente. Será cuestión de juntarse… Mañana queremos invitarte a almorzar afuera. Te pasamos a buscar, le propusimos a nuestra amiga, al dejarla en la esquina de su casa.


Con los ojos vendados, llevamos a Lola hasta el lugar donde almorzaríamos. Como no conocemos mucho, nuevamente caímos en los Jardines de Hamilton. Caminata y sándwiches junto al lago. ¿Acaso usted pensó que nos sentaríamos en un restaurante? En la sobremesa, conocimos a Benjamín, un amigo de Lola, quien nos invitó a tomar cervezas a la casa de otro kiwi. Cuando llegamos, además de eso, nos convidaron de fumar. Completito. “Un conocido mío les puede vender», nos respondió Ben, ante nuestro apriete en búsqueda de mayores cantidades por menor precio. ¿De verdad? Buenísimo. En esa dirección fuimos.


Esperando el tema en la calle, frente a la casa donde haríamos negocio, Benjamín me ofreció su celular corporativo para hacer llamados laborales. Al principio, me negué, pero su insistencia cambió mi postura. «No pago nada yo», fue el argumento que hizo extender mi mano y aceptar el aparato. Nuestro primer llamado fue a los chicos, obviamente. ¿Corporativo ha dicho? Andaban bien. Pegaron camioncito azul para ir a Zanahorias, propiedad de los Young, y no había muchos más sobresaltos por Ohakune. ¿Por qué nada me sorprende? Por trabajo, nada pasó, salvo contestadores y no vacancy de respuesta. Gracias Ben… seguimos participando.


Hemos adoptado como hogar un estacionamiento a orillas del río, que atraviesa la ciudad. De mañana, caminamos por nuestro patio hasta el muellecito, desayunamos una pipa, y disfrutamos de los días que nos tocan. Puedo ser reiterativo, pero ojalá usted tenga la posibilidad de pararse bajo cielo neozelandés.









CAPITULO 8




Papamoa


Con los gordos abandonamos Hamilton, después de despedirnos de Lola que viajará en familia a Australia. Supuestamente, en diez días regresará y se sumará al trabajo en el que andemos metidos. Resolvimos trasladarnos a Mount Maunganui, porque por lo menos allá tenemos algún conocido. Antes de la ruta, le vendimos a Cash Converter nuestro cargador de batería (por cinco kiwis) y le compramos una cocina portátil (por quince).


Al llegar a Mount, nos tentamos con volver a caminar por su playa. Eso hicimos. No habíamos hecho más de veinte metros, cuando se cruzaron Marina, Elena y Aimé. ¡Qué chiquita es Zelanda! Nos contaron que también estaban en búsqueda laboral, pero con la tranquilidad de que ya se estaban subiendo a un avión con rumbo asiático y (actualmente) con el dinero suficiente como para afrontarlo. Es decir, sin presiones de ningún tipo. Aceptamos la invitación de ir con ellas a lo de unos mexicanos y chilenos amigos.


A los chicos dueños de casa los bautizamos «cordobeses» por su ritmo alcohólico diurno: toman fernet con Cola y vino blanco con Sprite, en melón cortado. Están recién llegados a Zelanda y, como todos en esa condición, de vacaciones parecen. Ya se les ajustará el cinturón económico y tendrán que remar laboralmente. Por ahora, vienen trabajando en forma salteada. Ante el pedido, nos pasaron el teléfono de su contratista. «Tony», se hacía llamar. Discamos desde el celular de Aimé, pero contestador se escuchó antes que cualquier otro sonido. Lo tiene apagado…. Bueno gente, muy lindo todo, pero nosotros nos vamos despidiendo, gracias y que disfruten de su estadía en estas islas.


De allí nos fuimos directamente al take-away cannábico veinticuatro horas que tiene esta localidad. Queda en una zona muy parecida a la Avenida Warnes de Buenos Aires, donde hay trescientos metros de negocios que venden repuestos automotrices. Una de las varias subidas para autos termina en un callejón rodeado de talleres mecánicos. El último nunca está abierto, pero tiene una puerta corrediza arrimada. Uno accede por ella a un ambiente de dos metros por tres, con paredes de chapa canaleteada y solo eso, a simple vista. Pero mirando mejor, en uno de los laterales hay un pequeño y redondo botón que al presionarlo hace sonar un timbre. A su lado, una ranura (cual diminuto buzón) por donde se pasa el billete de veinte y sale, casi en forma simultánea, un chorizo de aluminio con flores. No se interactúa con el vendedor, mas allá de la cantidad deseada. Cada vez que me toca hacer la movida, entro haciendo ruido y evito el timbrazo. Pido «twenty» y paso la plata. Algunas veces, se escucha venir, del otro lado, un respirar dificultoso, como de alguien con varios kilos encima. Con los gordos flasheamos e imaginamos a este personaje. Negocio turbio, pero que brinda un muy buen servicio. ¡Aplausos!. ¿De dónde sacamos el dato? Ni idea.



Auckland


Los días transcurren sin novedades laborales, por lo cual, aprovechamos para buscar entretenimientos gratuitos o de bajo costo. Hoy contemplamos el atardecer haciendo un Nosecae en un verde de la costanera. En un momento, mientras jugábamos a larga distancia, se arrimó un camionero y nos preguntó nuestro origen. «Ya me parecía que ni kiwi ni australiano», dijo, rió y se alejó. Después, apareció Diego (el brasilero que vivió con nosotros) y se sumó a la ronda. Entre pases, nos contó que estaba trabajando en Cambridge, en una marmolería. Antes de despedirse, nos invitó a una reunión nocturna en casa de Felipe. «Nos vemos ahí», acordamos. ¿Ruso y Duende no se van pasado mañana a Asia? ¿Y si los pasamos a buscar por Ohakune y los llevamos a Auckland? Entonces, antes de ir a lo de Felipe, le dejamos la moto y bici a Fernando, para salir livianitos en la mañana, cuando nos levantemos. Así de simple, fue la organización del viaje. Claro, tampoco es que teníamos tantas responsabilidades.


Al llegar a donde nos invitó Diego, notamos que era fiesta despedida para las argentinas, pero ¡no para Argentina en general! Estaban Marina, Elena y Aimé, quienes se sorprendieron tanto al vernos, como el resto de Brasil. Encima, ¡ni quien nos invitó estaba! Frío el recibimiento ¡Mira vos, che! Nos tomamos un par de cervezas y decidimos partir. Lo cruzamos a Felipe y le dijimos que no se preocupara por nosotros, que habíamos entendido la idea. Nos vamos para Ohakune, pasábamos a saludar, nomás. El brasilero se hizo el desentendido, pero no hizo mucho para retenernos. Las chicas se hicieron las asquerosas en nuestra despedida. ¿Qué habremos hecho? Qué me importa. ¡Que la disfruten!

Pegamos otro sorete de aluminio y tabaco. En la heladera de «casa», teníamos aún las cervezas que íbamos a tomar en la segunda parte de la noche, si es que (realmente) había fiesta en esa casa. Sabia decisión. ¡Ruta, ruta, ruta! Yo me siento en un barcito ambulante. Lo mejor que tiene es que cuando pensás en acostarte, sólo tenés que saltar una butaca. A las cuatro treinta, estábamos estacionando en un parador al costado del camino.

Amanecimos tipo diez y continuamos viaje a Ohakune, después de tomar unos mates sentados en las banquetitas de camping bajo la sombra que daba la puerta trasera abierta. Llegamos (o volvimos) al pueblito de la zanahoria. Los chicos, igual: Duende, entre lavarropas y llamadas a Argentina, y Ruso intentando armar su mochila, totalmente enpacado. ¡¡¡Y eso que habíamos dicho que nunca más, eh!!! Volviste a comprar, ¡rata!

A las once llegamos a Auckland. Caminamos entre la gente de sábado a la noche y nos sorprendieron las hermosas mujeres que cruzamos. Terminamos la recorrida tocándole un timbre a Nene. Nuestro viejo amigo alquila un departamento céntrico con un par de compatriotas, trabaja en el Sheraton Hotel, vive al día y, aparentemente, está contento.

Se dieron charlas con bocas regadas sólo con agua debido a que nosotros, conscientemente y no creyéndolo capaz, caímos con las manos vacías después de leer el mensaje de texto del aucklense que decía: «es la última botella, no sé si da», en referencia a la que le quedaba de fernet. «Con una Coca-Cola sola no podemos aparecer… es como apurarlo demasiado, ¿no? En todo caso, salimos a comprarla después», pensábamos cuando íbamos al reencuentro. No hubo ingesta alcohólica, pero sí cannábica. Nuestro amigo nos convidó marihuana hidropónica que, según dice, pega fácilmente con un vecino travesti. Una cómica escena que prometimos comprobar al día siguiente. «No nos hagan ilusionar. Preferimos que te tomes un segundo y pienses si nos vas a seguir vendiendo encuentro seguro con esta hierba. Nosotros podemos obviar todo lo que has dicho hasta acá», le propusimos con Gordo. Recuerde: nos gustan más las sorpresas que las desilusiones. «Pasen a buscarme por el trabajo y venimos para acá a tocarle un timbre a mi vecina. Eso sí, traten de no despedirla con un «thanks, bro» como hizo Ruso», concluyó Nene. ¿Quién dijo señor Canuto? ¡Más respeto, che! «¿Cómo nos va a negar un vaso de fernet a nosotros sabiendo lo que nos gusta? Al menos, ¡un comunitario!», murmuraban los duendes, cuando intentábamos dormir.


Lo primero que hicimos, en la mañana, fue llevar a nuestros amigos al aeropuerto. Las chicas, finalmente, cambiaron sus pasajes y hoy vuelan todos juntos a Vietnam. Eso, aparentemente, es lo liviano de la historia. El tema es que tienen parada obligada en Malasia por una noche y dos días. Ya nos enteraremos qué sucede allí. Según ellos, ni bola darán. Igualmente, yo creo que ellas tiraron sus últimas fichas a «La Luna de Miel» e insistirán para que eso suceda. «Ahora o nunca, chicas, ¡a triunfar! ¡Buenos viajes y felices merecidas vacaciones!», dijimos y partimos antes del reencuentro grupal, del cual no teníamos intenciones de participar. Lo pasamos a buscar a Nene por el hotel, como habíamos quedado. Una vez más, Casi. El travesti no contestaba nuestro llamado. Después de ir y venir, dimos con el certero dato de que al lado de la iglesia había una puertita donde se comercializaba lo que buscábamos. Así fue. Unos maoríes, con pinta de desatención, nos dieron el clásico chorizo de aluminio por veinte kiwis.


En Katicati (un pueblito a treinta kilómetros de Tauranga) nos encontramos con un contratista chino. Después de contactarlo vía Internet y por teléfono, arreglamos vernos hoy en la estación de servicio. Allí estacionamos y esperamos. Cuando nos aburrimos de eso, volvimos a jugar a adivinar en cuál de los vehículos venía nuestro contacto laboral o cuál tenía más cara de Brian. Se presentó más joven de lo que esperábamos y, hasta que no se bajó del auto y nos encaró, no nos dimos cuenta de quien se trataba. Oriental, flaco y alto, con unos pares de años menos que nosotros. Picking de kiwi era la oferta, pero con compromiso laboral por toda la temporada. ¿De cuántos meses estamos hablando?, consulté. «Tres», me respondió. Mmm... Te llamamos, cualquier cosa. ¡Ni loco me instalo en Katicati por tanto tiempo! «Hay que hacerse contratista», repiten los gordos, en ruta. Algo mejor está viniendo.



Tony dependencia


Nos comunicamos con Tony, el contratista de los cordobeses, y nos ofreció trabajo en Hasting, entre plantas de uva. No estaba nada definido, pero nos confirmaba más tarde. «Dame tu número de teléfono», me pidió nuestro casi patrón. «No, no, nosotros te llamamos porque no tenemos celular», le respondí. El apu, por un instante, permaneció en silencio y solo pronunció: «¿cómo que no?... Ok» y cortó la comunicación. A la noche volvimos a llamarlo y su «trabajo seguro en Hasting» se había transformado en un «tal vez en Coromandel». Seguía incierto el destino, pero aparentemente los puestos laborales se mantenían firmes. Nunca hablamos de cuánto sería el salario que recibiríamos, ni nos molestamos en averiguar nada más allá de la fecha en la que comenzaríamos a facturar algo de dinero. Necesitábamos comenzar cuanto antes y, no sé si con tan buen criterio, se lo habíamos transmitido a Tony. ¡¡¿Coromandel?!! ¡¿Escuchaste, Gordo?! Mirá si podemos instalarnos allá.


Al mediodía siguiente, discamos desde un teléfono público el celular de Tony. No había novedades laborales, pero mandó a tranquilizarnos. «Denme su número», pidió otra vez. «Que no tenemos», respondí. «No se puede trabajar sin celular. Cuando tengan uno, llámenme», dijo enojado el contratista y finalizó la llamada. Ah... ¿¿zi?? Estamos pensando en cashconvertir la cámara fotográfica filmadora (la cual no registró más de tres fotos y menos videos) para pegar un teléfono. Me niego rotundamente a desprenderme de la máquina, pero no hay otro ingreso monetario a la vista y así, evidentemente, no se puede seguir. Los gordos ni dudaron venderla.


Dimos unas vueltas por Mount y terminamos en Papamoa visitando a Fernando. Nos quedamos hasta que comenzó a caer el sol y, después de cargar moto y bicicleta en la Van, partimos en búsqueda de hogar. Caímos a un estacionamiento que daba al mar. Es uno de los pocos lugares que conocemos en donde uno se puede acercar tanto a la arena con el vehículo. Puerta baúl mirando playa y allí nos quedamos escuchando música. Cuando nos dio hambre, cocinamos noodles con el anafe apoyado en la butaca más próxima a la puerta corrediza. La abrimos completamente, junto con las ventanitas del techo, y ¡cero olores! Claro, tampoco es que hicimos un guiso, pero… nos alcanzó como para inaugurar la cocina de casa. No hubo más de un par de autos de madrugada y sólo alguno hizo noche. Entonces, tranquilidad, siempre con audio de gaviotas y olas rompiendo.


La señora que nos atendió en el Cash Converter propuso pagarnos sólo sesenta kiwis por nuestra cámara. No hubo caso, no quería darnos más que eso y yo estaba negado a perder ciento veinte dólares. «La compramos hace muy poco en una sucursal de Christchurch... ¡a ciento ochenta!», le repetía en intento de negociar. Ella no subió la oferta y yo guardé la máquina. Hoy tampoco vamos a tener celular.


Finalmente, cashconvertimos la cámara. Volví con la cabeza gacha a que me pagaran lo que quisieran por ella. Nos atendió un señor que nos ofreció ochenta dólares. «Perfecto», dije y acepté los cuatro billetes verde manzana. Salimos del sector ventas e ingresamos al de compras para ver qué había en materia celulística. Nada interesante o accesible. Nos cruzamos a Dick Smith, una cadena de mercado de electrónica, donde el más barato costaba ochenta y nueve dólares. «Así nomás, sin bolsita, me lo llevo puesto», le dije a quien me lo vendió, pero este no entendió o de mi boca no salió así o vaya uno a saber cómo es la correcta traducción de ese chiste. Igual, yo reí.


Todo muy lindo, Motorola modelo mil cien, pero en ningún lado estaba el chip que la caja indicaba bajo la inscripción «listo para usar». Comencé a buscarlo desesperadamente. Gordo, con cara de «otra vez perdiste algo», retomaba con dirección a Smith. «Está pegado en el plástico que envuelve la caja del teléfono», me respondieron en el local ante mi reclamo. «Ah... gracias», dije y me alejé. Por un momento me preocupé, ya que no recordaba haber visto siquiera un envoltorio. De hecho, lo que no era aparato o cable había sido ignorado. Temía haberlo tirado, también. Por las dudas, me fijé en el tarro de basura donde habíamos vuelto a estacionar, casualmente. Nada. «Tiene que estar acá adentro», le dije a Gordo, convencido. Y así fue. Menos mal. Llamamos a Tony y nos dio trabajo ese mismo día. ¿¿Era tan necesario el celular?? ¡¡Haberlo sabido!!


Caímos a plantar y regar plantines de melones junto a cinco personas de más de cuarenta años. Estuvimos de tres a cinco y media de la tarde, hasta que nos informaron que por ese día era suficiente. «Mañana los espero a las ocho», dijo Alan, el dueño de la orchard. Nos fuimos en busca de casa y pasamos a ver un pequeño descanso a kilómetro del campo. Estaba al costado de un brazo de río. Al bajarnos, y caminar la zona, descubrimos leños quemados. En ningún lugar de Zelanda está permitido hacer fuego, bajo amenaza de multas. Entonces, seguro que este será nuestro hogar. «Encima, ahorraremos gas de la cocinita y nafta de la van, porque claro está que cocinaremos a las brasas y que iremos a trabajar en moto», nos decíamos, alegremente, con Gordo.


Nos levantamos tarde y, sin desayunar más que un cigarrillo, partimos en moto. Faltando cinco minutos para el inicio de la jornada laboral, nos reconocimos perdidos por entre los campos de la zona. Nos cruzamos con un señor en cuatriciclo que, después de consultarle, nos llevó a la orchard. No había nadie. «Vamos a ver», dijo el kiwi y comenzó a oprimir teclas en su celular. Alan acusó pinchadura de cubierta, pero estaba en camino. Agradecimos la gentileza del neozelandés y volvimos a tomar un café a casa, ya que por allí debía pasar todo aquel que se dirigiese hacia los melones. Batimos la infusión y lo vimos venir al patrón en su camioncito. Le ofrecimos uno y aceptó, pero en ningún momento se bajó de su vehículo. La jornada se pasó rápidamente. Ninguna otra persona se presentó a trabajar más allá de nosotros. Tony no contestaba su celular y Alan se aburrió de llamarlo.


Mientras regaba plantines, lo veo a patroncito pasarle un cigarrillo a Gordo. Este acepta, pita y repita y se lo devuelve. «¡Sebastián!», gritó el kiwi. Me acerqué y me convidó un sin filtro. Uh... Gracias. Locura gratuita. Nos pasamos la tarde con regaderas que parecían aún más gigantes que las de la mañana. A las dieciséis se dio por finalizada la entretenida jornada laboral. Saludamos y partimos hacia nuestro hogar.


Mientras prendíamos el fuego y flasheábamos con una caña de pescar, vimos acercarse a Alan. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para hablar, sin gritar y ser escuchado, bajó la ventanilla y nos preguntó qué íbamos a hacer de nuestras vidas. «¿Cómo?», respondimos sorprendidos. «¿No les dijo su contratista que el trabajo se terminó por ahora, porque hay que dejar que los melones crezcan?», preguntó el kiwi. «Mmm, no», respondimos desorientados. Nuestra burbuja se rompió. Golpe durísimo. Ojo, tampoco era que ganábamos tanto, pero el tema era que ya teníamos todo el circo armado o, al menos, pensado. ¿Qué íbamos a hacer? Algo va a aparecer, confiamos con Gordo. Cualquier cosa, te dejamos nuestro número de celular.


De noche, a nuestra fogata se arrimó un borracho kiwi que andaba entre latas de cerveza, mirando el río desde su camioneta. Vino un par de veces, preguntaba pequeñeces, pero nunca se quedaba por más de un par de minutos. Poca bola le dábamos. En una de sus pasadas, los gordos les ofrecieron la tuca que fumábamos y el kiwi se arrimó contento. Si hubiese tenido cola de perro, era una fija que vendría moviéndola de aquí para allá. Con un par de secas se nos instaló el mostro y no paró de hablar. Casado con una maorí hacía dos años, vivía arriba de Ohakune, en la montaña. Pescador nato, se definió. Dieciséis hijos en total, con tres mujeres diferentes. Su nombre, Ian Parry. Mentiroso me sonó, pero lo dejamos hablar. ¡Qué más da! Nos trajo pan y una lata de carne vacuna procesada. El kiwi siempre tenía una cerveza en la mano, pero cuando ya poco le quedaba, la fondeaba al grito melancólico de «la última». Al toque, buscaba alguna excusa para alejarse y volvía, enseguida, con una nueva empezada. Nunca nos convidó. Le ofrecimos cenar con nosotros, porque vimos que andaba solo. Si bien dijo no tener hambre, terminó masticando tanto como Argentina. De sobremesa, el borracho no podía quedarse quieto y propuso ir en búsqueda de leños para alimentar el fuego. «Así está bien. Además, sin linterna se te va a complicar», le dijimos. Más allá de nuestra advertencia, se perdió en la oscuridad de los alrededores. Venga acá, señor, ¡usted no está en condiciones! No conforme con la tranquilidad de estar mirando el fuego, se le ocurrió hachar un gran tronco que había en la orilla del río. Evidentemente, tenía ganas de moverse. Cuando trajo la herramienta de su camioneta, disimulando el temor de tener enfrente a una persona desconocida, alcoholizada y en el medio de la nada, le mostramos la no necesidad de hacer tanto barullo, ya que podíamos quemarlo de a poco si lo metíamos de punta dentro de la fogata. Cuando el kiwi, de verdad, no tuvo más latas de cerveza, se retiró a dormir. No, gracias a vos.

Día de búsqueda laboral. Fuimos al pueblo para hacer los únicos dos llamados a quienes nos podían sacar del pozo: Tony y Luciano (nuestro ex contratista de Mount). El primero tenía el celular apagado y el otro nos propuso trabajar en el «summer prunnig de kiwi». «Mañana a las siete en el KFC de Te Puke», nos dijo. Perfecto. Cuando logramos hablar con Tony nos mencionó, convencido, trabajo en Coromandel. Igualmente, nos confirmaba (otra vez) al día siguiente. Qué lindo instalarse allá, pensábamos e imaginábamos cómo nuestra burbuja volvía a cobrar vida en distinta locación. ¡¡Y en qué locación!!


Cuando abrimos los ojos, ya eran las siete de la mañana. Lo llamamos a Luciano y le dijimos que a las doce nos teníamos que encontrar con un tipo que nos ofrecía trabajo y casa (mentira) en Coromandel. Brasil nada dijo, tal vez, porque no le dimos lugar a que lo hiciera. Después de eso, volvimos al sueño.


A las cinco de la tarde nos llamó Tony y pasamos por su casa. Lo de Coromandel se postergó una semana. Nos ofreció, hasta que saliera, picking de espárragos en Cambridge. Aceptamos la oferta, más allá de que a esa verdura la veníamos evitando. «Todo sea por Coromandel», concluimos. Vengan mañana para cobrar los dos días trabajados, nos propuso el apu. Aquí estaremos.


Decidimos hacer noche en nuestra casa de Papamoa, en el estacionamiento playero, para ahorrar combustible. Antes de comenzar a cocinar, conocimos a dos alemanas que andaban en la misma que nosotros, es decir, sin plata y sin trabajo. La diferencia: autito blanco. Una es un personaje de pelos rojos. No colorada, rojo cual peluca de cotillón. Flaca, de hueso liviano, con algún rasgo de ave, si se quiere. La otra, más tirando a Hobbit, de gran y linda sonrisa, rubia castaña, ojos celestes. Frenaron a la altura de los baños y respondieron a nuestro saludo verbal y gestual. Nos miramos con Gordo y fuimos por los remos. Mi amigo dejó su negación a la lengua inglesa y, desde hace un tiempito, viene prestándole atención con ganas. Ambas resultaron muy piolas. Jessica y Alexandra, sus nombres. ¡Bienvenida Alemania!


Las chicas volvieron a visitarnos, a la mañana, mientras nosotros estábamos calentando agua para mate. Invitadas, sólo Alexandra se sumó a la ronda. ¿Quién va? Después del mediodía, nos despedimos de Alemania con intercambio de números, palabras de reencuentros y en alerta por trabajo para todos. Nosotros salimos con rumbo Tony, por paga; ellas, a Tauranga, por algo.


Los melones terminaron dejándonos setenta y dos dólares con ochenta centavos a cada uno. Ahora, anunció nuestro apu contratista, espárragos en Cambridge por semana y, finalmente, kiwi en Coromandel, como soñamos. Trabajaríamos por hora y ganaríamos sueldo mínimo: ocho y moneditas. Aceptamos, obviamente, no teníamos otra cosa a la que apostar. Al pueblito lo teníamos porque estaba muy cerca de Hamilton. Allí nos esperaría un tal Booble. «Pásame el celular, por las dudas», le pedí a Tony. Sin nada más que cargar nafta, tomamos ruta. A los pocos kilómetros, sonó nuestro celular. Era Booble. «¿Cuántos son?», preguntó. «Dos», respondí. «¿El resto?», insistió aquel. «No sé de qué hablás, pero estamos llegando y sólo somos dos».


Obviamente, nada resultó ser como esperábamos. De entrada nomás, este nuevo contratista dijo que debíamos abonar la habitación del Holiday Park. Estaba reservada para nosotros y los restantes cuatro trabajadores que, supuestamente, mandaría Tony. Veinticinco dólares por día salía la joda. Le explicamos que nuestra idea era vivir en la Van hasta reponernos económicamente, pero que tampoco le íbamos a hacer pagar el BP por un mal entendido o un boludo mentiroso de Papamoa. «Una noche nos quedamos», le dijimos. Sinceramente, aceptamos que nos sacaran tanto dinero para arrancar con pie derecho y porque queríamos bañarnos. Lo del espárrago sería por producción y nos pagarían seis con cincuenta el bin. «Es, más o menos, de este tamaño», nos decía Booble y hacía seña de cubo. Incalculable para nuestra cabeza la cantidad de verdura que llenaría eso. El horario es de siete de la mañana a cinco de la tarde. Arrancamos mañana mismo. A las seis treinta debemos encontrarnos en una estación de servicio con un tal Camel, quien nos guiará hasta el campo. ¿Perfecto?







CAPITULO 9




Cambridge


Nos levantamos a las seis de la mañana. Media hora después, estábamos frente a la estación de servicio que nos habían indicado, jugando a reconocer cuál de los conductores tenía más cara de camello. Pasaron cuarenta minutos y nosotros seguíamos allí, en la espera, sin nada más que sueño y ganas de dormir. A las siete y cuarto lo llamé a Booble. «¿Cuántas personas son?», me preguntó una vez más. ¿Me estás jodiendo? ««Somos dos. No sé qué arreglo tenías vos con Tony, ¡pero somos dos!»», le contesté. «Ahora mando alguien para allá», me dijo. ¿Pero cómo?, ¿no habíamos quedado en eso para las seis treinta?


Gordo, indignado, se emboló de la boludez y fue a llamar a Luciano. Volvió con la cabeza gacha. Su celular estaba apagado. Sólo pudo comunicarse con la casa del brasilero y fue atendido por una señora. «Dígale que necesitamos hablar con él», le dijo mi amigo.

Finalmente, a las siete y media cayó quien se presentó como Camel. Flojito de horario usted, compañero. Pusimos el cuenta kilómetros en cero para calcular distancia y costo de combustible diario que tendríamos y comenzamos a seguirlo. Diez kilómetros acusó el contador. El campo es triste, con poca forestación, mucha tierra marrón y poco verde. Después, en detalle, muchos espárragos brotan del suelo tal cual uno los compra en el supermercado. Nos dieron unos cuchillos Tramontina convencionales, pero con mangos metidos en caños de PVC. Esto los hacía más largos, maniobrables y cómodos. A mitad del injerto, tenían una cinta aisladora que indicaba el largo mínimo de la verdura a ser pickeada y, luego, guardada provisoriamente en bidón de diez litros, cortado a la mitad, que llevábamos prendido a la cintura gracias a un cinturón. Nos señalaron nuestro bloque y propusieron que agarrásemos dos hileras de cultivo cada uno. ¿Qué hilera?, me pregunté, mientras iba y venía agachado cortando espárragos lo suficientemente altos. Es como intentar sembrar rosetas en línea recta, imposible. No hay hileras definidas, sino verduras dispersas. Además, el tema es que no se diferencia, desde arriba, cuales están para ser cosechados y cuales no. Seguramente, el ojo se acostumbrará y no tendremos que andar midiéndolos uno a uno con el mango.


«¿Vos estás en esta hilera?», gritaba Gordo desde un extremo.


«¿Esta decís?», respondía yo desde el otro lado y señalaba suelo.A la distancia es complicado dialogar algunas cuestiones.


En resumen, el picking de espárragos consiste en cortar, cortar y, cuando se tiene la mano llena de verdura, calcular el largo correcto y tirarle el cuchillazo, cual hachazo al aire. Lo único a tener en cuenta es el corte de dedo y que todos los espárragos respeten el largo mínimo establecido. Al final del día, el supervisor chequea tamaños y cuenta cantidad de bins (canastos) pickeados. ¿Te imaginás la frustración de estar quince minutos agachado juntando verdura y cuando los querés cortar, le errás y quedan cortos, lo que te lleva a tener que desecharlos? Eso me pasó en mi primera hora y media de trabajo. Calculamos que con siete descargas de los medios bidones que llevábamos en la cintura, completábamos un bin. Tuvimos media hora para almorzar y en el turno de la tarde completamos una jornada de ocho horas meta cuchillo. Lo triste del asunto: calculamos que ganaremos treinta dólares cada uno.


Llegamos a la zona comercial de Cambridge, tipo diecisiete, y ya todo estaba cerrado. Aquí nos quedaremos. Dimos vueltas por el pueblo buscando casa y la encontramos: la Plaza de los Árboles, la céntrica y más grande de todas. Oscura, cómoda. Estacionamos y nos pusimos a cocinar en la mesa de material que teníamos en el patio.


Abrimos los ojos a las seis y media de la mañana, hora en la que ya debíamos estar en el campo. Sin más que lavarnos los dientes al costado de la van, salimos rápido como para evitar llegar tan tarde. Nos declaramos, nuevamente, perdidos. Creo que en el cruce había que doblar para la derecha ¡y no a la izquierda! Retome, amigo. Le terminamos metiendo nueve horas de cuchillo y sólo ganamos cincuenta kiwis cada uno. Entonces, ¿cómo carajo hacen esos disfrazados orientales colegas que nos dijeron que hacían ciento diez dólares por día? Lo bueno de Zelanda es que cualquier opción puede ser válida. Pareciera que sólo es cuestión de ganas que atraen en energía a las cosas que lo llevarán a uno a donde quiere. La única condición es que lo que toque, camino a aquello, se hará con buenas predisposición y, sobre todo, riendo para poder modificar el entorno. Este quilombo mental que me ataca desde que pisé estas tierras y que no tengo ni idea de cómo definirlo (si realmente puede ser planteado en serio) se corrobora seguido. «Lo loco es que sea realmente cierto», le comento a los gordos que me escuchan en todas mis arrancadas y sólo eso basta para que yo vuele tranquilo y me sienta menos absurdo. Reconozco que me gusta mi delirio: yo quiero vivir ocupado, únicamente, en mejorar lo que me haga bien. Quiero preocuparme por cuestiones más abstractas y menos materiales. Eso, creo, sería vivir realmente la vida. ¿Se podrá?


Volvimos al pueblo en busca de internet laboral, pero todo estaba cerrado. Esta vez, a las dieciséis treinta. ¿Qué horarios maneja esta gente? Con el último porro, hicimos Nosecae en el jardín de casa, descalzos, claro, todo sigue sin pinchar en estas islas. Después, limamos y decidimos hacer los dieciséis kilómetros a Hamilton para comprarle hierba al dealer de Lola. No sabíamos su nombre, pero supuestamente sí donde vivía (una vez, ella nos había llevado). «En algún momento vamos a encontrar la casa, si las pelotudeces que vos decís son ciertas», dirían los rusos, si estuviesen presentes. Sumamos dineros y nos dio cuarenta y cinco dólares por todo concepto. «Costo del viaje: veinte para flor y cero para nafta», me vendió Gordo, porque «con la reserva llegamos». Listo, vamos.


En ruta estábamos cuando, aprovechando los mensajes sin costo de los fines de semana, nos comunicamos con una contratista que resultó ser chilena. Estaba armando un proyecto con su novio kiwi (me contó, después, por teléfono) para dar trabajo por toda Zelanda a backpackers sudamericanos. Con un «nos encontramos mañana en Tauranga», me despedí. Perfecto. «Sí, Gordo, ya sé. Estamos lejos y sin plata, pero ¿qué le iba a decir? ¿Que no? ¿A cuánto estamos de Tauranga?», pregunté. «A ciento ocho kilómetros», respondió mi amigo. «¿Llegamos con lo que tenemos?», insistí. «Sí, pero no podemos comprar marihuana. Despertalo a Paquito, porque la plata del faso va para la nafta», me dijo Gordo y puso primera. ¡Volvió Paquito! Caímos como vos, Ruso, pero sin comprar (como decía el acuerdo, en letra chica, no sé si leíste). Estación de servicio y ruta…


Rasqueteamos la parte interna de la puertita del apoyabrazos, pero poco sacamos de aceite. «A mí no me pegó», decía Gordo. Finalmente, decidimos pegar veinte en el take-away de Mount Maunganui. Ahora nos quedan cinco dólares y una entrevista. Estacionamos bajo un enorme árbol frente a un lago y dormimos como pudimos. ¡Falta colchón, amigo! O, al menos, empezar a bajar la moto.


La entrevista estaba pactada para realizarse en el Starbucks del centro de Tauranga. Gordo no quiso acompañarme, así que por ahí quedó. La pareja estaba sentada en una mesa de la vereda. Ella tenía el pelo corto, carré, morocho, con algún dejo colorado. Cincuenta años. «Cristina», dijo y me tendió la mano. Después, introdujo a Albert, un kiwi con, tal vez, la misma cantidad de años, pero vividos en Zelanda, lo que hacía verlo con mejor aura. No hablaba español, así que sólo se limitó a mirar y a aportar, cuando su novia le pedía algún detalle del proyecto que ambos tenían. Chile me pareció poco creíble y que me estaba vendiendo un castillo de naipes. Tal vez, me equivoque. Pero bueno, aceptamos a cualquiera como contratista. La idea no era mala: armar un círculo de contactos en ambas islas para hacer trabajar a gente como nosotros que anduvieran dando vueltas por aquí. Me hicieron llenar una planilla con datos y teléfonos. Las anoté, también, a las alemanas. Nada perdíamos con eso. Quedaron en llamarme cuando el clima mejorara para arrancar con summer prunning de kiwi. Según ellos, esta ola de cielos grises y humedad constante pasaría en dos días. Muy bien, hasta la próxima... espero que sea pronto. La entrevista, más que soluciones, nos restó liquidez. Juntamos todos nuestros ahorros: diez dólares (con monedas encontradas bajo los asientos). Cargar nafta para llegar a Cambridge era la consigna. Después de gastar el noventa por ciento en petróleo y el diez en peaje, llegamos a nuestra querida Plaza de los Árboles, totalmente en la lona, como nunca antes habíamos estado.


Gordo fue a «comprar» puchos: salió con la bolsita de tabaco vacía y juntó colillas en la calle. Con nuestras sedas y filtros, armamos. Para terminar de pintar el panorama, estamos casi en la reserva de combustible, una vez más. Encima, hay amenaza constante de lluvia. ¡Hay que organizarse! Para eso, hice un stock de mercadería. Tenemos dos porritos, doscientos cincuenta gramos de arroz, doscientos milímetros de aceite, seis huevos, una garrafita para la cocina, cinco rodajas de pan lactal, ciento cincuenta gramos de azúcar, veinte gramos de café, dos mil trescientos gramos de fideos, un kilo de polenta, cuatro cebollas, cinco kilos de papas y un kilo de harina. El viernes cobraremos, supuestamente, noventa dólares cada uno. Si el clima no mejora, estamos al horno.


A las seis cincuenta, estábamos llegando al campo. Esta vez, Gordo se levantó primero y pasó a conducir. Yo me quedé atendiendo a Modorra con espacio, ya que tenía las dos «camas» disponibles como para esparcirme cómodamente. Es decir, la butaca de la primera fila de asientos y la de atrás, reclinadas. Sí, dormimos pies a cabeza con mochilas, bici y moto al costado. Nada más cabe en casa.


Nos perdimos nuevamente, pero al final dimos con la orchard. Nos recibió Booble. «No pueden faltar sin avisar», nos dijo. «Hoy, no tienen trabajo, su bloque está completo. Vuelvan mañana», concluyó. Al toque, igualmente, le mangueamos quince dólares: cinco para nafta, cuatro para buscar trabajo en Internet y uno con veinticinco para comprar el pan que acompañaría los restos de fideos de la noche anterior, con una nueva lata de porotos.

Cuando volvíamos para casa, entramos a pedir trabajo en un terreno de cultivo de frutillas. Ellos, por ahora, no; pero quizá un par de amigos necesiten gente, así que le dejamos nuestro número. También preguntamos en un tambo y la gente del lugar nos mandó a un PH de la zona. Nos recibieron sus dueños en una oficina de entre piso. Era un matrimonio kiwi que, a pulmón, se habían metido en el rubro frutal. Nos llaman, como todos. Después, nos mandamos a un campo y su dueño nos sacó largo sin darnos muchas explicaciones. Muy mala onda. Nos vio, se acercó y nos echó sin escucharnos. «Propiedad privada», gritaba. Tómatelas.


A la tarde nos cayó un mensaje que decía que aceptaban nuestra mano de obra y que arrancaríamos el primero de noviembre. «Es en Otaki», le dije a Gordo. Con muchas ilusiones, comenzamos a buscar la localidad al norte de la isla. No aparecía. Nuestra mirada minuciosa por allá arriba se transformó en un paneo general por el sur para encontrarla más abajo que Ohakune, sobre la costa este. ¡Bu! Ah, sí, picking de manzanas. Pueblo chico a quinientos kilómetros de Cambridge. ¿Y ahora? En principio, la cajoneamos hasta el día siguiente con la esperanza de que Chile o los contactos recientes, solicitaran nuestros servicios.


Apenas abrí un ojo, lo vi venir a Gordo, desde afuera, cambiado y listo para partir hacia el campo. «¿Shower es ducha?», me preguntó.


«Correcto», respondí y quise saber qué hora era realmente.

«Ahhh, tenemos una en la esquina de la plaza, a cuarenta metros de acá. Cuesta un dólar», me dijo sonriendo. «Bárbaro. Esta noche nos toca aseo profundo».


Comenzamos a trabajar a las siete. Sólo cortamos cuarenta minutos para tomar café acompañado con rodaja de pan lactal y una hora para almorzar los fideos de la noche anterior, resaborizados con lata de porotos. Terminamos de alimentarnos, y nos dijeron que se terminaba la jornada. Volvimos a casa y Gordo fue por su baño. Lo esperé afuera, ansioso por el mío. No pude recordar cuándo fue la última vez que lo hicimos.


Después de quince minutos eternos, mi amigo liberó el único baño masculino y yo pagué el kiwi de acceso al maorí de recepción. Me encontré en una habitación blanca de cinco por cinco metros, con techos altos y artefactos sanitarios distribuidos espaciosamente. No tenía ni mampara ni bañera, nada, sólo una alfombra de hule y un piso en plano sutilmente inclinado hacia una rejilla. Desnudo, en el medio del ambiente, mientras me bañaba, me sentí raro. Tal vez, era la falta de costumbre, no sé. El agua nunca estuvo caliente, así que fue rápido mi trámite. Al salir, le consulté al maorí por el tema calefón. Me dijo que mi amigo se había gastado toda el agua caliente. ¿Y por qué no nos alertaste de eso?

A las siete de la mañana ya nos estábamos agachando para cortar los primeros espárragos. Un día que comenzaba a mostrarse soleado nos llevó, junto al último par de gramos de marihuana, a planificar un ritmo laboral calmo, pero constante. Necesitamos facturar un número interesante para el sueldo de la semana que viene. Tipo diez, sonó nuestro celular. «Picó uno», dijimos. ¡Correcto! ¡Por fin, señores! Era Alan, el tipo de los melones. «Dos o tres días de trabajo comenzando… ¡YA!», nos propuso. «Listo, ahí vamos», respondí. Terminamos de llenar nuestro canasto número cinco y fuimos tras Booble. Casualmente, nos tenía que pagar esa misma tarde. Muy lindos tus espárragos, los recordaremos bastante. Gracias por todo. ¡Nafta y ruta, Gordo!


A las doce del mediodía, llegamos a la orchard de Alan. «No vino nadie aún, no sé por qué. Ya todos deberían estar acá», nos dijo nuestro patrón e indicó, igualmente, que comenzáramos a regar plantines. Para no perder la costumbre, a media tarde, el kiwi se arrimó con porrito para convidarnos. Entonces, la burbuja resurgió: río, caña, moto, trabajo, moto, caña, río, fogón, parrilla… Zelanda.


Ningún otro obrero cumplió con su compromiso con los melones, salvo nosotros. Y eso que éramos los que más lejos estábamos del campo. Le dijimos a Alan que no queríamos más intermediarios y allí se enteró de la miseria que nos pagaba Tony (ahora, rebautizado «Coromandel»). Ocho con setenta dólares, sin mentirte. Negociamos catorce kiwis por hora, es decir, doce en mano después de los impuestos. «Es lo que yo le doy a su contratista por empleado traído», nos dijo patroncito y aceptamos la oferta.


Llamamos a las alemanas con la excusa de que cuando los melones necesitaran gente, contábamos con ellas, pero en realidad era para invitarlas a cenar al patio de casa, a orillas del río. Aceptaron. ¡Las esperamos! Menú: Muslos de pollo y dos patas de cordero a la parrilla con papas y cebollas a las brasas. Los cuatro, iluminados únicamente por el fuego, cenamos en cuclillas, sin servilletas. Triste la imagen, pero hambrienta también. Las chicas, después, se fueron y nosotros atacamos (ahora, sin vergüenza) el cordero.

Dos caníbales. Linda noche. ¿Será siempre así?






continua...