Aotearoa. Parte 1

Actualizado: 8 de abr de 2020






«Amos de los cuerpos, presos de las mentes»

Eber, 2007

CAPITULO 1

De repente, me fui a Nueva Zelanda. Hablé, tímidamente, de esa posibilidad en noviembre, justo en el cierre de otro cuatrimestre académico mediocre. Algo debía cambiar en el 2006.

Juan y Nicolás cayeron en la semana entre Navidad y Año Nuevo a mi casa y nos quedamos atrapados entre asados y piletas. Juan, el Ruso, había limado sin que yo supiera y ya tenía visa de trabajo y pasajes para aquellas islas. “En veinticinco días me estoy subiendo a un avión para caer a un país en el que sólo tengo un conocido viviendo en Auckland”, nos decía nuestro amigo y nos invitaba a participar del viaje. Esa noche, cuando me acosté, mi cabeza dio vueltas ante la casual propuesta de Ruso. ¿Qué pasaría si realmente hiciera lo que siento interesante hoy, sin pensar mucho más allá? ¿Es eso una irresponsabilidad o, al contrario, un síntoma de salud?


En Santa Rosa, nunca más mencionamos seriamente la idea de mudarnos al extranjero y, pronto, cada uno volvió a la rutina posvacacional. Nicolás, a Buenos Aires, detrás de un curso de verano. Yo, si bien me quedaban días de ocio, decidí volver a Capital para ver si podía rendir algún final y meterme de lleno en la carrera de comunicación social o, al menos, encontrar un trabajo de media jornada que me permitiera llevar con más altura esto de estar aprobando tan pocas materias por año. «A media máquina es una boludez», me dije.


«André ¿qué te parece la idea de marchar tras rusos pasos?», pregunté por teléfono.

«¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué onda la visa? ¿Cómo se saca? ¿De cuánto billete estamos hablando?», me ametralló sin darme tiempo a meter bocado.


«No tengo ni idea, pero por como me vendió el viaje Ruso, no es muy complicado. Eso sí, está el temita de los mil dólares demostrables para ingresar al país», le respondí cuando pude. Antes de irme a dormir, le mandé un mensaje a Nicolás para ver si a él también le estaba quemando la cabeza viajar por un tiempo. «¡No, juguete!», me respondió.

Ruso, entre correos esporádicos, comenzó a contarnos lo que allá sucedía. Acá, yo trataba de resolver mi futuro, pero no lo tenía demasiado claro.


«Mañana arrancan las inscripciones en la facultad», mencionó mi querido hermano y se activó mi alarma. «¿Otro año igual? Esto ya lo viví», pensé nuevamente. Esa noche, por primera vez, Ruso se reportó por teléfono desde Nueva Zelanda. ¡Oh! ¿Casualidad?

«¿André? ¿Cómo la ves?», le pregunté por teléfono a mi amigo pampeano, después de cortar comunicación con un soldado en tierras extranjeras.


«Paradelante», me respondió al toque André, el Gordo.


«El sábado inaugura un bolichito en Pilar, la barra es canilla libre. Yo los hago pasar. Venite con quien quieras», me propuso Maite. «¿Nicolás, qué plan mejor tenés para el fin de semana?», pregunté. «Ninguno, pásame a buscar y vamos a lo de tu amiga», respondió. Así fue. La borrachera nos llevó verbalmente a Zelanda. Él ya no quería facultad y yo estaba convencido de que, además de ser necesario, era el momento justo, por no tener ataduras más allá de familia y amigos (que tranquilamente podrían entender nuestro deseo). «¿En qué andarán los rusos en este preciso momento, no? ¿Qué hora es allá? Ni idea». «¿Es verdad que vamos? ¿Traigo otro fernet para brindar?», lo apuré a mi amigo. «Traé, tranquilo», me dijo Nicolás.


Ese mismo martes, se reportó por teléfono Nicolás, el Duende, para pasarme toda la data previaje y me confirmó que había reservado vuelo para dentro de quince días. «No creo llegar, pero acelero los trámites para alcanzarte pronto», le propuse.

«Gordo, ¿cómo viene la cosa», lo apuré por inercia de noticia. «Tengo un autito casi vendido, bancame», respondió.


«Necesito un préstamo», fue así cómo formalicé mi intención de viaje ante mis padres.

«¿Y, Gordo?», insistí casi día por medio. Duende se fue. Estamos yendo, amigo. Próximo destino: Auckland.








CAPITULO 2





Mount Maunganui.



Superamos una jornada nocturna complicada, llena de latas de cervezas Ranfurly, tequilas baratos y cigarrillos varios. De cenar ni se habló. La última comida que recuerdo fue la de la despedida en mi departamento en Buenos Aires. Empanadas, cerveza, fernet y otras hierbas. Mi viejo estaba tratando de dormir para, de madrugada, llevarnos al avión. Desde esa noche, el sol se empecinó en mostrarse y la cena pasó inadvertida. ¿Cuál de las comidas fue? ¿La que nos sirvieron antes o después de dormitar? ¿Qué hora es? ¿Dónde estamos?

Llegamos al aeropuerto de Auckland el sábado veintidós, según nuestra cabeza y celular. Había escuchado que alguna diferencia horaria modificaría el día en el que viviríamos del otro lado del mundo, pero volví a ignorar. Previa escala en Santiago de Chile, catorce horas de vuelo hacia un lugar que solo había visto en el planisferio mes atrás, por Duende insistencia. «Mirá dónde nos vamos», dijo y se fue.


Creo que nadie imagina lo poco informado que llegué a estas islas. Las únicas certezas eran que ya estaban allí dos de nuestros soldados. Ellos recolectaban kiwis en una mítica Tauranga y con Gordo nos sumaríamos, fácilmente, a la travesía. Aterrizábamos y nos pasaban a buscar. Perfecto. ¿Qué más necesita uno saber?

¿Fotos? No, gracias, estoy yendo.


Bajar del avión fue un alivio, hacía rato que lo quería. Nunca había estado en un aeropuerto internacional del lado de los pasajeros, desconocía el protocolo. Siguiendo carteles y personas, llegamos a una cola. Aduana, señores. ¡Venga! Sin diálogo de por medio, Gordo se mandó primero. Una morena de buena cara y aspecto robusto, lo recibió. Yo ya no escuchaba, pero vi que a los pocos segundos mi amigo pedía una manito. Voy. Ah, sí, inglés. Hola, ¿Qué tal? Demostrar fondos, explicar nuestras vidas en Argentina y qué íbamos a hacer en Nueva Zelanda, fue el cuestionario y viaje que arrancó. Estaba tranquilo, más allá que el idioma me perturbaba al oído. Mi tarjeta de crédito, con la cual quise, primero, demostrar liquidez, estaba vencida. ¿Cómo? ¿Qué? Me la devolvió y, efectivamente, así era. «Antes de ayer», me dijo ella. Arrancamos con el pie izquierdo. Gordo podía sólo presentar billetes, pero los tenía amarrados a su vejiga con una disimulada riñonera y, por alguna razón, no aceptaban que se desnudase ahí mismo. Perfecto. «Unos amigos nos esperan en Tauranga y con ellos vamos a trabajar pickeando kiwis», seguía yo y ponía cara de buenudo. Dirección de ellos, se atrevió a pedirme la morena, la cual ya no me estaba cayendo nada simpática. «Tauranga es lo único que sé, señora», respondí con la misma expresión y mirada embolada. La situación me estaba por desbordar, quería fumarme un pucho, sentarme cómodamente y ver caras amigas. Un chileno que esperaba atrás nuestro se acercó para ayudarnos. Bienvenido. Lo primero que me llamó la atención fue un maorí gordo y grandote, sobre todo esto último, con bata y pantuflas, caminando por el aeropuerto. Haciendo un paneo noté que, en realidad, todo era distinto. No podía diferenciar nacionalidades ni edades. Orientales, apus y maoríes en abundancia. En español, nada. Comunicarnos con los chicos era nuestro primer objetivo. Yo sabía dos números telefónicos: un celular y un fijo. Cuando intenté discarlos, obviamente, saltó error. Había que retirarles la característica internacional. Nunca los había llamado desde Nueva Zelanda ni sabía cómo hacerlo. Así que, luego de realizar varios procedimientos lógicos, llegué a la conclusión de que solo no podía. Disculpe, tengo este número que es un celular de aquí, pero no puedo llamar porque sobran dígitos. ¿Usted podría…? Que tengo que llamar a este celular, le digo, y no puedo. ¡Ah! Listo, gracias. Apagado uno, sin respuesta el otro. «Deben estar entre parras de kiwis», concluimos. Nos refugiamos en unas computadoras con internet gratuita que había descubierto Gordo y esperamos el paso del tiempo.


En mi cuarto intento comunicativo me atendió un brasilero que me pasó al toque con un argentino. Se presentó como Nene, amigo de mis amigos. Los chicos no habían vuelto de trabajar. Salían a las seis de la tarde. «Cuando regresen, deciles que llegamos y que los esperamos acá», le pedí a este compatriota. «Nos vemos esta noche», acordamos y propusimos un trueque de cerveza y marihuana, por fernet y yerba (víveres que escasean por estos lados). Más relajados, esperamos otro par de horas en el aeropuerto. Las dos caras que más quería ver en ese momento salieron de entre la multitud. ¡Qué bueno! Portaban un blanco Toyota Camry rural, modelo noventa y cuatro. Sentados cómodamente atrás, con cinturones puestos por advertencia de nuestros amigos, ya nada me importaba. Ruso, al volante; Duende, de copiloto. Contentos. Todos muy contentos. Hola amigos.


«¿A Tauranga, entonces?», pregunté. «Mount Maunganui», me respondieron los de adelante. Al mismo tiempo, y a la orden de «vayan prendiéndolo», pasaron un cigarrillito, una agujita. «¿Me estás jodiendo? ¿Ustedes no van a fumar?», fue lo primero que pensé y verbalicé con un «¿andan cortos de hierbas?». «Acá se arman finitos porque sacuden», vino de respuesta. Tampoco era que necesitaba más. Después, me di cuenta de que con menos también hubiese funcionado.


Por un camino secundario (y no por ruta nacional) fue por donde, sin querer, partimos a Mount Maunganui. Una increíble luna llena, que alumbraba tanto como un sol cayendo, y un paisaje ondulado, fueron nuestra compañía durante los primeros kilómetros recorridos en Zelanda.


Muchos pueblos ruteros, lindos e iluminados, se alternan y, por lo general, su planificación es parecida: la calle principal es la ruta. A medida que uno se va introduciendo en ellos, los carteles viales proponen disminución de velocidad hasta alcanzar los cuarenta kilómetros por hora. A nadie se le ocurre andar a mayor velocidad que la permitida (y eso que la máxima es cien). Hay mucho cartel indicativo. Se maneja por la izquierda. Todo es sumamente prolijo. Llegamos a «nuestro» hogar. Una concesionaria vista desde afuera o gitanos en casa gringa. Eran catorce los que allí vivían. Brasileros: Felipe, Renato, Diego, André, Rodrigo, Luciana y Tuna. Argentinos: Nene, Cota, Elena, Marina y Maru. Uno de cada tres tenía auto propio. Buena gente, aparentemente, sobre todo después de la tercera cerveza. Nada de botella de litro, todo porroncito. Más tarde, cayeron algunos californianos y más brasileros. La heladera estaba llena de packs de distintos colores, orígenes y dueños. Era todo desconocido, pero no dejaba de ser como una extraña reunión de sábado a la noche en Buenos Aires. De cenar, ni se habló, como decía. Se hicieron las tres de la mañana y una voz anunció que nos quedaba una sola hora de boliche. Unos shots de tequila y partimos.


Esquina de madera, poca cola, entramos. En principio, mucha gente. Como conclusión, más bar bailable que boliche. Pinta de cerveza tirada por cuatro dólares. Una, dos y se nos fue la noche, cerrando estaban. Algunas lindas chicas se dejaron ver, pero sólo algunas. Hip-hop y más hip-hop. Raro. Distinto. Muy bueno.


Las horas de sueño acumulado, mi primera resaca tan extranjera y algún otro factor, hicieron que mi cuerpito pudiera verticalizarse recién a media tarde. Los brasileros cumplieron con su jornada laboral, no así nuestros compatriotas que acusaron falla en alarma despertador. Sí, sí, cómo no.


Dedicamos las energías a caminar por nuestro nuevo barrio de casas americanas, sin mucho movimiento en la calle y menos ruidos. Recorrimos el shopping (a cinco cuadras) y nada más.


Recuperación. Mañana vendrá el dueño de la casa y le vamos a blanquear nuestra estadía. Si no podemos quedarnos aquí alquilaremos otra cosa. Cosechar y empacar kiwis es lo que vendrá. Con Gordo tenemos que ir al Pack House donde trabajan nuestros soldados para ver si nos aceptan tan fácilmente como dicen.


Ocho de la mañana. Arriba. Primer día de trabajo en el campo. Lo de recolectar treinta mil kiwis por día (¡cada uno!) era verdad. Fuimos unas máquinas cosechadoras de frutos. Bolso en el pecho, guantes de lana y recomendaciones de uso de gafas para que la suciedad de la parra no se metiera en los ojos. Nosotros sin protección ocular, claro. Para motivar la cosecha, nos dividimos en tres equipos, la misma cantidad de bins (cubos de madera) que transportaba el tractor. Cada grupo estaba formado por diez personas que llenaban lo más rápido posible, como «corriendo carreras», el que se le había asignado. El tráiler se iba lleno y volvía vacío. Una y otra vez. Nosotros contábamos la cantidad de viajes y los transformábamos, mentalmente, en dinero. Los treinta cobraríamos lo mismo. Paramos a descansar tres veces: treinta minutos para almorzar y dos recreos de quince para mantener un rato los brazos a la altura de la cintura. Hasta las diecisiete estuvimos en el campo. ¿Así que a esto llaman picking?


Llegamos a casa con intenciones de duchas inmediatas y comodidades sillonísticas. Brazos, hombros y cuellos cansados por el esfuerzo. Los altos, con quejas sobre sus espaldas. Los petisos, como uno, con dolores en los omóplatos. Nunca había estado tanto tiempo con los brazos en alto. Parece una boludez, pero te quiero ver.


Después del training de dos días en campos diferentes, nos asignaron uno fijo. De esta manera, quedó inaugurada oficialmente la temporada de «Picking de Kiwi ‘06». Argentina forma parte de un equipo junto con cinco personajes de túnicas y turbantes blancos. Pieles oscuras y curtidas. Idioma indescifrable. Grandes sonreidores. Gourmet, el más locuaz de todos, fue quien rompió el hielo e hizo de mediador entre los grupos. El tema es por producción. Mientras más cosechamos como grupo, más cobramos por semana. Las parras, dispuestas una al lado de otra, se cosechan en subgrupos de a tres. Uno levanta lo del centro y los otros se ocupan de los laterales. A poco tiempo de haber arrancado, y sin mediar muchas más palabras con esta gente, se escuchó un grito de aliento de boca de Gourmet, obviamente. Nosotros respondimos con otro y risas. Toda la jornada así estuvimos. Nadie entendía qué se decía realmente, pero sonaba bien y compartíamos. ¡Dale, dale, dale!


A media mañana, tras sacar un kiwi, siento un gran pinchazo en el cuello, un ardor insoportable. ¿Qué mierda? ¿Qué tipo de bichos hay en este país?, pensé. Sin querer alarmar, fundamentalmente por no quedar pelado entre tanto huevo peludo, solo emití, inconscientemente, un pequeño quejido. Al toque, unos gruesos y cayados dedos presionaron la zona, como si quisieran reventar un grano de pus. Por el rabillo del ojo lo vi a Gourmet prendido sobre mí. «¿Qué me pico? ¿Me voy a morir?», pregunté. Él rió. «Bee», dijo. ¿Qué lo qué? «Bee», repitió e hizo un montoncito con los dedos, cual abeja voladora. Tomó barro del piso y me lo frotó sobre la picadura. ¡Gracias, mostro! En el primer recreo, Gourmet me trajo una curita. Un grande. Un susto, también. ¡Agujas no! Prometida está la cerveza.


La producción no fue tan buena como la planificamos la noche anterior, pero mejor de lo que esperábamos teniendo en cuenta la gente (dos décadas mayor) que nos habían asignado a la mañana. Lo que me llamó la atención, tomando como natural cosechar kiwis en Nueva Zelanda, fue la complicidad y entendimiento con nuestros colegas. Bastaba con miradas o guiños para alertar la presencia de autoridades del lugar. Más allá de los orígenes, las mañas no se pierden. «Good people», repite Gourmet cada vez que nos mira.


En nuestra segunda presentación, le fallamos al equipo: nos tomamos el día. Nos llamó Greg, nuestro apu contratista, a quien vimos una vez (por diez minutos) en la orchard (plantación) y nos dijo que íbamos a trabajar, sólo de diez a trece. «Sólo» fue la excusa perfecta y no aceptamos la oferta. Nuestro primer contacto social fue en el supermercado. El segundo, en la playa de Mount Maunganui. Sándwich, enriquecimiento de vista y Nosecae (nos ponemos en ronda y nos pasamos la pelota de fútbol, sin dejar que toque el piso. Podemos usar todo el cuerpo, menos las manos). Bienvenidos a la terapia, señores.

Nuestra ciudad, aunque no tenga más de (qué malo soy calculando) siete mil personas, termina en el monte Maunganui. De ahí, el nombre de la localidad. Allí también muere la playa; después, todo agua. Llegamos a su cima en cuarenta minutos de tranquilo ascenso. Tirados sobre la ladera, con el sol poniéndose sobre el océano, tomamos unos fernet y fumamos unas hermosas flores neozelandesas. «¡Qué bien!», repetíamos. Creo que presencié el mejor atardecer de mi vida. Nunca había visto, sin gafas, al astro tan redondo, enorme y claro a la vez.


Recorriendo la costanera en dirección a casa, nos animamos a retomar y estacionar (en cuarenta y cinco grados) al lado de un auto lleno de mujeres. Bajamos las ventanillas derechas y nos pusimos a hablar. Estaban festejando el cumpleaños número dieciocho de una de ellas. Todo marchaba bien, pero era hora de arrimarnos, aún más. Eso se propuso en español y los soldados se miraron en silencio. Nene se declaró en contra, Ruso también, Gordo se bajó suspirando y con Duende, después de mirar a los que no atinaron movimiento, fuimos tras el solitario soldado. ¿Quién los conoce acá?, los apuramos antes de abandonar el habitáculo. Los rusos, después de unos instantes, se presentaron en el frente de batalla. ¡Bien! Para esa altura, Gordo ya estaba metido dentro del vehículo, sentado arriba de una de las kiwis. Debo reconocer que alguna pisaba los dieciséis años. Las invitamos a seguirnos hasta casa y aceptaron sin mucho blablerío. Algo borrachas, jugaban. Una vez en ruta, y con el auto femenino siguiéndonos, conocimos el primer mito neozelandés por boca del piloto. «El garrón del argento», como fue nombrado. «Hubo un argentino que, no bien llegado a este país, tuvo relaciones sexuales, supuestamente consensuadas, con una menor. La madre de esta, al enterarse, lo denunció. Carátula: violación. Se cree que todavía está encerrado esperando el juicio», contó Nene. Ruso confirmó la historia, pero estábamos camino a casa. Despejamos nuestras mentes imaginándonos las caras de estas chicas cuando vieran dónde y con quiénes vivíamos. Nadie había mencionado a Brasil.


Renato, Rodrigo y Felipe estaban dando vueltas por ahí cuando entramos. Desconfiando de sus ojos, igualmente, se abalanzaron sobre las kiwis e invitaron con cervezas. Nosotros fuimos quienes marcamos el camino de la aceptación. De repente, imaginé como si estuviésemos en un boliche, bailando y brindando entre amigos. Los brasileros le metieron tanta energía al asunto que los nenes se asustaron y encerraron en la habitación. En un momento, el resto de Argentina se encontró fumando en el deck del patio, mirando la improvisación de levante brasilera. «¿Sabés la edad que tienen?», le preguntamos a Renato que salió por una seca. «¡Nao importa! Lindas tetiñas», respondía el rasta mientras se reincorporaba a la escena moviendo la cabeza, levemente inclinado hacia atrás y con las manos extendidas. Las chicas sonreían ante cualquier ocurrencia verdeamarela. Tomaron una cerveza más y comenzaron a buscar la puerta. Al percibir esto, Brasil se tiró al pico, beso y abrazo. Y no fallaron. Entonces, Argentina se metió en la despedida surgida. En un momento, eran cinco adolescentes huyendo de los cariñosos sudamericanos, pero sin dejar nunca de mostrarse a gusto. Fue como un gran diluvio en poco tiempo. Mucha risa. «A ver cuándo aportan algo ustedes», los apretamos a los brasileros. Acá también se pone la calle. Tranquilo me deja.


Otro día sin trabajar, sigue el tema de los cielos grises y ambiente húmedo, condiciones climáticas que impiden el trabajo bajo la parra. Desayunamos y presenciamos una llamada desde Argentina que pedía el retorno de Cota. Luego de que esta finalizara, nuestro amigo anunció su inmediato viaje para recorrer tierras sureñas. Pocos días le quedan a su estadía en Maunganui, porque sus padres se oponen a sus ganas de quedarse un tiempo más, argumentando temas facultativos. Hace tres meses que llegó a Zelanda con Nene, su compañero de aventura. Este nos confesó que la madre de aquel lo extraña mucho y por eso lo vuelven. Después de almorzar, nos fuimos al remate de autos, a ver lo que había. Si uno está presente un par de horas antes de que comience el circo, puede probar cualquiera de los vehículos; sólo basta con pedir que alguien de la agencia se siente de copiloto. Gordo se subió a un par de autitos, únicamente para molestar, porque nuestra idea era comprar un vehículo grande para los cuatro y vender el Camry. A esta altura, nuestro capital nos mantiene bastante lejos de concretar anhelos. Vimos una van a mil seiscientos kiwis. Lindo bichito. Chau, gracias.


Mañana cobraremos nuestro primer sueldo, lo que trabajamos la semana pasada. Por primera vez, pensé y comprendí que estamos lejos. A decir verdad, ¡en otro continente! Se extraña lo que se tiene que extrañar y nada más. Al menos por ahora.


La casa disminuyó en habitantes de forma casi inesperada. Se fueron las chicas brasileras a un departamento céntrico más barato y las argentinas, con rumbo sureño, junto a Cota. Es decir, ahora sólo habitan huevos bajo este techo. Improvisamos un fútbol-tenis indoor por encima de la barra de la cocina: Argentina vs. Brasil. La principal regla es que nada debe ser sacado de la mesada. Lo mejor fue que nada se rompió y eso que no escatimamos en delirios a la hora de colocar la pelota del otro lado de la red. Un verdadero clásico ha comenzado.


Por ahora, nada de frío, salvo a la noche. Esta siempre nos encuentra dentro de casa, a punto de levantarnos por trabajo o acostándonos para ir hacia allí en las primeras horas de la mañana. Los kiwis, descendientes de ingleses que nacieron en Zelanda, al igual que los maoríes, los nativos, viven de día. ¿Noche? No es que no se hace nada en horas nocturnas, sino que la comienzan apenas cae el sol y la riegan siempre con mucha cerveza, lo que imposibilita encontrarlos fuera de sus hogares más allá de las veintiuna horas.


Venimos de cinco días seguidos de picking, de ocho a diecisiete treinta. Kiwis, kiwis, kiwis. Ganamos ciento veinte dólares al terminar cada jornada, aunque recién vemos ese dinero después de una semana. A decir verdad, estoy bastante podrido, pero sirve de adaptación al medio y para juntar plata. Me convenzo. Nos decían que el trabajo en el campo era el más rentable y ahora entiendo por qué: laburás en tanto el clima y el cuerpito te lo permitan. El ambiente en casa, después de la parra de frutos, es agradablemente acorde con el estilo de vida que estamos llevando: bolsillos crocantes por ambiciones automovilísticas y vacacionales. «Si no salís, no gastás efectivo», afirman los rusos, mientras continúan charlando con los brazucas y comparando culturalmente a Brasil con Argentina. Nuestro único momento social, sin lugar a dudas, es cuando nos abastecemos de comida. La heladera con alimento congelado es uno de los puntos de reunión con colegas. De vez en cuando, sin ganas de salir con la cabeza mojada para hacer las compras, nos mandamos al supermercado directamente desde la orchard, cual picker por su casa. La seguridad suele hacernos un seguimiento, momento que aprovechamos para gritar: «dispersen» y cada uno arranca para un lado. Sólo para molestar. Nos conformamos con poco y nos reímos por menos. ¿Por suerte?


El domingo amanecimos con lluvia y nos desayunamos con que era el cumpleaños de la Reina de Inglaterra. Y a mí qué me importa, pensé, pero la noticia terminaba con «feriado nacional por ser Nueva Zelanda una colonia inglesa». «¿No laburamos y llueve?... ¡Está bueno eso!», gritaban los duendes. Decidimos ir a Tauranga a dar algunas vueltas y, de paso, ponernos al día con llamados a Argentina. Me di cuenta, mojándome mientras caminaba hacia el punto de reunión, que sólo podíamos contar de kiwis y proyectos inciertos.


Después de almorzar y habiendo hablado de la amargura de los llamados, se planteó una excursión a Coromandel, una península al norte de Mount. «Está como a doscientos kilómetros», afirmaron los rusos. Miradas cruzadas. Silencio. ¿Y por qué no? Almohadas y frazadas se alistaron y partimos en nuestro Camry rural. Era de noche cuando llegamos a Coromandel, que resultó ser más chico de lo pensado. En un humilde supermercado compramos la cena: fiambre y pan lactal. Por protocolo, encaramos al único backpacker (BP) abierto. «El otro cierra temprano», nos dijo la recepcionista, después de comunicarnos que no tenía las cinco camas por las que habíamos consultado. «A las nueve toca una banda en el patio», dijeron los duendes señalando un pizarrón, mientras se iban del lugar. «Bueno, habrá que venir más tarde por una cerveza», sentenciaron los gordos y dieron el primer paso en vereda. Descubrimos una mesita entre un par de árboles bajos, a orillas de la ruta. «Home», dijeron los nenes, imitando a ET. Acomodamos el auto y preparamos la cena. Después fuimos por el tónico prometido y enganchamos los últimos tres temas de una banda kiwi de música coun- try. Daba igual.

Amanecimos con gran paisaje en ventanillas. ¡Linda vista mañanera! Pasamos por una estación de servicio y, después de explicar que sólo queríamos agua caliente en nuestro termo para tomar mates, una tradicional infusión de nuestro país, pedimos un mapa para ver dónde estábamos realmente y qué podíamos hacer. Descubrimos una ruta secundaria que recorría la península. En ella sólo figuraba un pueblo. Este tipo de excursiones son nuestra debilidad.


Camino de ripio recorrimos y nos topamos con un arroyo importante que cortaba nuestra única opción de paso. Nos bajamos del auto y lo medimos con una rama: al menos cuarenta centímetros de profundidad. No nos podíamos volver. Cruzamos caminando y lo miramos a Gordo que estaba al volante. «Nunca nos dejó a pata», repetían rusos y duendes, como transmitiendo energías. Esta no fue la primera vez. Aplausos. ¡Una máquina el Camry! Continuamos nuestra travesía. Leímos un cartel que decía «Port Jackson» y, casi sin darnos cuenta, dejamos el pueblo (si es que clasifica para ser considerado de esa manera). Llegamos a un campo abierto y nos enteramos que se alquilaban camas por día. Pedimos cinco por una noche y resultamos ser los únicos huéspedes. Sin nada para cenar, le preguntamos al dueño del lugar si viajaría al pueblo en algún momento. «Por la mañana», nos dijo y se fue. Mientras acomodábamos nuestras pertenencias, el kiwi volvió y, habiendo notado nuestra sequía alimenticia, nos trajo una bolsa con productos para improvisar una cena y un desayuno. Nos cobró diez dólares por todo concepto. ¡Fenómeno! «A caminar y ver qué acontece», fue la consigna a media tarde. Con rusos y nenes decidimos hacer la excursión con Pepa. A mitad de camino, nos dimos cuenta de que también hubiese sido una buena idea llevar linterna o agua. Sólo risas nos acompañaron. Llegamos a un punto alto de la ladera y decidimos tirarnos a ver el atardecer. Ruso intentó armar un porro, pero entre viento y locura (más ésta que aquel) le resultó imposible. Gordo, preocupado, hablaba por lo bajo de oscuridad y falta de GPS. Si la noche nos agarra acá no vamos a saber para dónde está casa, decía, tal vez con razón. Nuestra fe en la luminosidad lunática, y siendo conscientes de que se estaba exagerando un poco la situación, igualmente accedimos a volver antes de que se escondiera por completo el sol. Lo hicimos hasta que hubo contacto visual con nuestra vivienda y allí nos echamos en «la zona de puffs», como la llamamos. En realidad, eran pastos punas enormes, muy cómodos. Nada pincha en los suelos de Zelanda. «Acá, por más noche que nos agarre, perdernos seguro que no», le dijimos irónicamente a Gordo. ¡Buen living este! ¿Hace mucho que lo armaron?


Para volver a casa debíamos atravesar un cuadro lleno de vacas. La luna iluminaba lo suficiente como para poder ver dónde estaban, pero no para diferenciarlas de osos. El silencio, la inmensidad del lugar y las olas rompiendo a pocos metros hacían volar mi imaginación. «Son curiosas, por eso se acercan», me dijo Ruso. «Igual me dan miedo», respondí y lo dispuse como escudo humano. En medio del corral, sentí que mi protector se había detenido. «A mí también», me confesó. ¡Corré, amigo!

La nochecita bañada de estrellas nos encontró ya limpios, y con ideas de montar el living de casa en el jardín. Nada pudo impedir el proyecto. Sillones, parlantes de computadora conectados al discman, sillas para apoyar los pies y frazadas para calmar frescos, se ordenaron prolijamente en el césped. Pink Floyd, sonando. Me sentí demasiado pequeño. Jugamos a caer hacia las estrellas. Estábamos, realmente, en lo alto…


Nos levantamos temprano, desayunamos y emprendimos la vuelta a Mount Maunganui. Mi propuesta de quedarnos un día más no fue tomada con seriedad. El trabajo nos esperaba. Nuestro primer viaje… corto, pero interesante.


Examen


Gordo fue a sacar el carnet de conducir, después de jugar una semana con panfletos y manuales instructivos de manejo en Zelanda. La gente de tránsito de Tauranga accedió a que nuestro amigo llevara un traductor al examen. Bajo juramento, Ruso prometió sólo españolizar la consigna. Los acompañé en la aventura; primero, leí varias revistas en la sala de espera y, luego, traté de matar el tiempo escuchando música en el auto. Evidentemente, a Argentina se le había complicado el tema evaluativo. Tras una hora y media, mis amigos salieron riendo del lugar, pero no los noté del todo contentos. No habían podido conseguir el objetivo. Me contaron que se encontraron en un aula, cual secundario, frente a una autoridad que los miraba desde lo alto de una tarima. La prueba teórica era multiple choice y tenía casilleros para raspar y así obtener, instantáneamente, la respuesta. Con una cruz se marcaba el error y con un tilde, el acierto. Después de hacerse los boludos por un rato, dejaron de esquivar mi pregunta y respondieron a la cantidad de errores cometidos: seis. Cuando sus lenguas se soltaron, confesaron hasta suaves rayones para tratar de ver el signo oculto. Ni así pudieron. Los gordos están convencidos de que si nosotros seguimos su juego, es imposible que la policía de aquí sepa que nuestra cédula de identidad no es realmente el carnet de conducir en Argentina. ¿Todos tienen cédula, verdad?, repiten.

Fin de semana

Cota regresó de su excursión sureña con las horas contadas para presentarse en el check-in del aeropuerto de Auckland. Nosotros nos ofrecimos para llevarlo hacia allá y, de paso, pegar un viajecito, una caravanita de dos días y una noche en la gran ciudad. Cargamos todo lo necesario en el Camry y partimos hacia el norte. En los trescientos kilómetros que recorrimos fuimos rotando para disfrutar del poco ortodoxo confort de la inventada butaca en el baúl. Al llegar a la ciudad, y después de ver unas gigantografías en la vía pública, nos tentamos con alquilar kartings para despedirnos de nuestro amigo con una carrera de alto vuelo. Nos bajamos para averiguar qué tan lejos estábamos de concretar la idea y, primero, la noticia de que deberíamos abonar la totalidad de la entrada (que nos habilitaba a cualquier juego), segundo, las colas para acceder a los mismos y, finalmente, lo ajustado de tiempo que estábamos, nos llevaron a sintetizar esas ganas en una foto del «casi karting», posando frente a la entrada del parque de diversiones. Dimos un par de vueltas por el centro de Auckland y fuimos al aeropuerto. Más fotos y promesas de futuros encuentros en Argentina. ¡Éxitos, amigo! Nos vemos a la vuelta.


Los backpackers más baratos rondaban entre quince con cincuenta y veintitrés dólares por cama. Esos números no terminaron de convencernos, por lo que decidimos dormir una noche más en el auto. Acto siguiente, y con un superávit impensado, nos preparamos para salir de Tapas y reventar la diferencia. Estacionamos el Camry, abrimos el baúl, cambiamos de atuendos y olores, y comenzamos a buscar la noche. Al llegar al centro, nos topamos con un bungee bien iluminado. Sin dudar y sin preguntar mucho, cuarenta dólares salieron de nuestros bolsillos y, enseguida, un treintañero y cool kiwi nos estaba poniendo cinturones de seguridad. La estructura de caño era para tres personas. Ruso, butaca y yo, fue la alineación. Sí, sí, sólo dos asumimos el desafío. La bola (conformada por anillos) de buena vista panorámica, a la que estábamos maniatados, estaba unida por elásticos a dos columnas de hierro. No crea que eran muchos ni tan tranquilizadores: dos y gruesos como sogas de barco pirata. No notamos ningún cambio ni tensión pre-partida, como suponíamos, y de repente… ¡pum! Doscientos kilómetros por hora en un segundo y nueve milésimas, alcanzamos. Sin palabras. La subida fue tan rápida e inesperada, repito, que sólo pude pestañear una vez. Mucho aire en sentido descendente e inexperiencia en el rubro complicaron mi recuerdo de los primeros instantes de deporte extremo. Llegar a la altura máxima a menos velocidad fue agradable. Recién ahí, pude apreciar, por un instante, la gran Auckland. El placer no duró demasiado, porque cuando la estructura de hierro giró y nos mostró el suelo, entendí que el cinturón de seguridad podría haber estado más ajustado, para evitarme la sensación de caer al vacío… «¡Hijo de putaaaa!», bajé gritando, aunque sabía que nadie podría ayudarme. Nos acercábamos al suelo y, por acción de los elásticos, volvíamos a subir dando vueltas, una y otra vez, cada vez a menos velocidad. Habiendo andado a doscientos kilómetros por hora ir ahora a noventa era hasta agradable. Reconozco que ver el punto de partida de frente, en línea recta, como si estuviese dentro de una máquina marca Acme en un capítulo del Correcaminos, fue la sorpresa del bungee. En un momento, de verdad que me sentí el Coyote. Nuestro valor nos dio aún más sed, por lo que salimos rápidamente por el tónico. Recorrimos el centro, el puerto y nos metimos en algunos bares. Después, en un bolichito. Gordo conoció, en pista, a su primer amor oriental. Un bailecito (llevado a cumbia por nuestro amigo) y un par de besos bien ganados. La vuelta a «casa» nos encontró subidos a un chango de supermercado que descubrimos, perdido, por ahí. Descendimos, un par de veces, por una avenida desolada. Nada pasó, salvo un semáforo en rojo. ¡Perdón, mamá!


A las ocho de la mañana, amanecimos por la claridad y por un vecino que ya estaba baldeando la vereda. «Qué pensará éste, recién levantado, que encuentra en su jardín un auto backpacker con cinco cabezas adentro», rezongaban los duendes y salían del habitáculo llevándose un cepillo de dientes a la boca. «Good moooorning», saludaban, cual sordo, y se alejaban, chuecos, mientras nos miraban con típica cara de duende en travesuras. Sin saber qué hacer, activamos nuestros cuerpos en busca de algo que nos llamara la atención.


La cantidad de parkings céntricos y su costo de cuatro dólares por hora no nos dejaron alternativa: estacionamos en el subsuelo de un supermercado y salimos a caminar por la «city» de Zelanda. Vimos mucho, mucho oriental. En un momento de la caminata, mientras íbamos distraídos, un kiwi alto y flaco, al pasarnos en sentido contrario, en plena vereda, nos gritó al oído algo incomprensiblemente corto y a un muy buen volumen. No atinamos a hacer nada porque, realmente, nos agarró de sorpresa. Recién a los veinte metros giramos para putearlo. ¡Concha su madre! ¡Loco de mierda! ¿Qué fue eso? Dimos vueltas durante tres horas y media, cual turistas. Hasta de día, lo más impresionante sigue siendo la Sky Tower, sin lugar a dudas. Subir cuesta cien kiwis. Para la próxima…


Mientras regresábamos al auto, lo veo a Gordo encarar a un flaco que venía hacia nosotros. Nuestro amigo, cuando lo tuvo al lado, le gritó al oído y continuó caminando. ¡Pobre!, era el loquito de antes. Recién a la cuadra, giró para mirarnos, pero no dijo nada. Vaya uno a saber si supo, realmente, qué fue eso. Ja, ja, ja… ¿Cómo lo reconociste?


Al llegar al supermercado, el auto ya no estaba. «Máxima dos horas», indicaba un cartel que nunca vimos en el estacionamiento. Buenísimo, ¿no? Averiguamos a dónde los remolcaban y, después de esperar un rato el colectivo, bajamos del otro lado de la ciudad para abonar los ciento ochenta dólares que nos pidieron. Muy piola el argento. ¡Anótelo, señor! Nada de «casi», nos la pusieron merecidamente.


De regreso a Mount, kiwi, kiwi, kiwi, otra vez. Tac, tac, tac, suenan los cabitos de las plantas cuando todos están callados, trabajando. Generalmente, esto sucede cuando apenas se comienza el picking o cuando pintan reflexiones con uno mismo. Los silencios son bien interpretados por el grupo y eso que nunca abrimos el debate.


Bajo la parra, las manos van solas. Ahora nuestro principal objetivo es encontrarle la vuelta a la mente. Nadie sabe de dónde salió la idea de gritar «Mike», cuando un fruto no cae en bolsa o «Smith», cuando pega en el borde y termina rodando por el piso. ¡Mike! ¡Smith! Mike…

Venta


Novecientos cincuenta dólares pagaron Diego y André (Brasil) a Ruso y a Duende por el Camry. El negocio se gestó casi en joda y a la media hora estaban definiendo detalles en la habitación. Ellos necesitaban un medio de movilidad y nuestros amigos, efectivo para comprar uno nuevo. Esto significa que se vienen días de remates más interesantes y lecturas de avisos clasificados. Mientras tanto, Nene, como para resolver el problema más urgente, puso a disposición a Ismael, su Mitsubishi Galant blanco, antes compartido con Cota. ¿Por qué el auto lleva nombre? No lo sé, ni quise preguntar.

Prunning


Parece mentira, pero desde que los chicos vendieron el auto (hace cuatro días), no hemos vuelto a pisar el campo por cuestiones climáticas. Los brasileros tuvieron mejor suerte que nosotros y, pese a que juegan bajo el mismo cielo, su contratista los hizo arrancar la temporada de prunning. Aparentemente, el tema del picking disminuye en esta época del año y gana terreno la poda de las parras, la cual no es tan delicada con la humedad. Ayer, le pedimos a Felipe que hablara en la orchard para hacernos entrar a trabajar con ellos. La instantánea respuesta positiva de su contratista nos llevó a comprar las herramientas indispensables para la nueva actividad. Adquirimos las tijeras más baratas del mercado: cinco dólares cada una. Parecen de juguete, pero estamos lejos de querer ser profesionales en el rubro y, aún más, de tener dinero como para derrochar en estas cuestiones. Le comunicamos nuestra decisión a Bip Lop, nuestro apu contratista. Obviamente, nos ofreció comenzar con el prunning al día siguiente, pero nosotros ya habíamos arreglado todo con Luciano, nuestro nuevo «Roba Porcentaje Salarial» (a raíz de dos dólares por hora… ¡a cada uno! Sí, sí… La gente de la zona que vive de esto multiplica sus ingresos por la cantidad de muñecos que lleva a trabajar. Sin sacar muchas cuentas, sabemos que gana más que nosotros que somos los que andamos metidos bajo la parra). «Hay que hacerse contratista», comenzó a escucharse seguido.


Para festejar la reactivación inminente, tiramos la primera polleada asada del año. Para estas cuestiones no escatimamos en derroches y las disfrutamos más. Con los duendes improvisamos la parrilla con ladrillos y una reja rectangular que encontramos en el galponcito del patio. Porroncitos de colores acompañaron la cena. ¡Salud, gente!

El asado de festejo se sintetizó en una puteada al escuchar el despertador. ¿Quién estaba tan contento con que Luciano se hubiera cruzado, con tanto apuro, en nuestro presente? Yo, ya no. Sin muchas ganas, obviamente, nos levantamos para afrontar prunning, algo tan incierto como ajeno al pronunciar. Para tirar un poco más abajo nuestros ánimos, al invierno se le antojó entrar en escena. «Esto está tomando otro color», pensaba al arrimarme a la parra para oír la charla teórico- práctica sobre poda. Nos enteramos de que existen plantas macho y hembra ordenadas, consecutivamente, a lo largo de la orchard. Nosotros sólo atacaremos a las primeras. Se trabaja por hora y podremos hacer hasta noventa dólares por jornada, lo que implicará pasar diez horas en el campo: nueve con tijeras y una sin ellas. ¡Está lindo!

Remate


Después de un rutinario y necesario baño, salimos para el remate de autos. En esta oportunidad, fuimos al de Tauranga. Un galpón enorme, estacionamiento aún más grande, una pequeña oficina y mucha grada. Recorrimos el lugar con la planilla de especificación automotriz y coordinamos hacia dónde apuntaríamos. El dinero a invertir, por todo concepto, era de cuatrocientos kiwis cada uno. Eso nos daba un margen de mil cuatrocientos para el vehículo y doscientos para la comisión del lugar. Mi voto fue hacia una Van marca Toyota. Ruso y Duende apuntaron a algo cuatro por cuatro, lo más parecido a un auto de rally. «Que lo pises y te dé seguridad… y velocidad, sobre todo», me decía Ruso y miraba un Subaru. Gordo quiere jugar con una camioneta doble cabina, pero por ahora no hemos visto ninguna.


Dando vueltas por el salón, sin nada para hacer más que esperar el comienzo del evento, conocimos a una pareja de treintañeros de Lanús. Habían abandonado nuestro país e instalado en estos lados, después de un asalto sufrido en la puerta de su casa. «Yo ya tengo dos hijos, no puedo estar pensado en que algo les suceda», nos decía ella cuando argumentaba su autoexilio. La conversación venía amena hasta que mencionaron sus intenciones de comprar la Van. Lo peor de todo era que ellos contaban con ahorros de su improvisada empresa de limpieza de habitaciones de hoteles y nosotros sólo podíamos apostar a las casualidades, como para dar con este medio de transporte.


El remate comenzó y cuando levantamos la mano en mil cuatrocientos kiwis, ilusionados con que nadie más fuera por ella… ¡puf! La burbuja se rompió a los dos segundos, tiempo que se tomó una persona en hacerle seña al martillero para indicarle que la camioneta subía a mil setecientos. Se nos fue de presupuesto y a los sureños bonaerenses también, según nos habían comentado. Pero, evidentemente, se antojaron con comprarla y la pelearon mano a mano con un kiwi. Finalmente, sus dos mil quinientos fueron mucho para este y nosotros aplaudimos la decisión. «Que la disfruten», les dijimos cuando nos despedimos, cabizbajos.

Mundial


Segundo día consecutivo de trabajo. Ruso, Gordo y yo decidimos asistir, más allá de los veinte minutos restantes del partido entre Argentina y Holanda por la Copa del Mundo. Este encuentro arrancó a las siete de la mañana... Sí, otra vez mundial de madrugada, como el de Corea-Japón... Qué raro es vivir este espectáculo sin que esté publicitado en ningún lugar, donde nadie más que los nuestros lo mencionan. Al apu que anda por ahí no le interesa la pelota redonda, menos al maorí. A las cajeras del supermercado, tampoco. Es difícil encontrar algún kiwi futbolero. ¿Entonces? ¿Conclusión? ¡Nadie invierte por el mundial de fútbol en estas islitas! Ni Coca-Cola, en el diseño de su etiqueta de envase.


Dimos con la orchard indicada y, por teléfono, nos enteramos que ni veríamos a nuestro contratista. «Allí los van a estar esperando para realizar trabajos de cleaning», nos dijo Luciano en un portugués llevado, con buenas intenciones, al español. Trabajaríamos por hora, sólo eso sabíamos. Lo primero que nos indicó un apu, que se hizo cargo de nuestra presencia, fue cargar en un trailer caños huecos rectangulares de aluminio de cuatro metros de largo. No había nadie más realizando nuestra tarea. Contamos pocos obreros que también acondicionaban este gran abandono frutal. Una vez todos recogidos, el muchacho, enganchó el trailer, se subió al tractor y nos hizo seña de «arriba, arriba». Nos llevo a otro cuadro de kiwis y nos invitó a ver cómo los colocábamos en cada una de las plantas.

«¿Ustedes saben cómo funciona?», nos preguntó, mientras le daba contacto y falso arranque al tractor por enésima vez. «No, ni idea», le respondimos y nos sentamos a mirar el cielo. Después de media hora, el mostro logró que le indicasen, vía handy, cómo resolver el inconveniente. «Tenía que estar en punto muerto para ponerlo en marcha», nos dijo sonrojado, pero sin mucha timidez para pedirnos que volvamos a la actividad. El tiempo perdido debe de haber sido la causa por la cual el acelerador comenzó a ser pisado con otra energía. Al principio, nos resultó divertido, pero cuando el apu tomó la segunda curva sin siquiera aflojarle, nos preocupamos. «Ni idea de manejo tiene este loco», decían los rusos, agarraditos de donde podían.


El tractorista que nos había tocado no era consciente de que detrás de ese «coso» naranja con ruedas grandes que manejaba, había un trailer de tres metros de largo, con ruedas desinfladas, y con caños que sobresalían de la línea del paragolpes trasero. En la tercera curva cerrada, sólo el tractor dobló. El trailer siguió de largo, los caños se clavaron en la arena y todo se detuvo. Intentamos desencajar las ruedas, pero no pudimos. Las gomas estaban muy desinfladas para hacerlo de esa manera. ¿Entonces, amigo? A descargar y repartirlos a pie. Ahora, ya no había tractor que nos acompañara y apurara el paso. Lo mejor de todo era que la culpa no era nuestra.


En el almuerzo pelamos nuestro mate y el apu preguntó si era una pipa para fumar marihuana. Casi. ¡No estaría nada mal, eh! Volvimos a casa con la intención de encontrar, rápidamente, un noticiero que nos mostrara el partido de Argentina, pero recién a las nueve de la noche tuvimos esa suerte y lo pasaron, sin muchas repeticiones, en un compilado de cinco minutos.

Tirones de oreja


El cumpleaños de Patrick, un conocido brasilero, nos introdujo a una rara fiesta kiwi. Buscando la casa donde se llevaría a cabo, me di cuenta de que es más práctico recordar qué y cuántos autos y lanchas viste estacionados enfrente, que la memoria fotográfica de su fachada. Son todas iguales: americanas, con cercos de madera… y ahora pienso, ¡qué bueno delirar los ahorros en placeres de fin de semana, en verdaderas cosas que te saquen del quilombo! Brindo por eso. Salud…


Pasamos al patio por el garaje y nos encontramos con un verde importante y una fogata de metro y medio de diámetro. A su alrededor, gente sentada en sillones de cuero blanco. Completaban el cuadro: kiwis, sudamericanos y maoríes; todos con un pack de cervezas al alcance de la mano. Dentro de la casa había un metegol donde se reunía el grupo más exaltado de la precoz noche de semana. De a poco, la fiesta fue levantando en número de personas y alcoholes en sangre. Hubo show de malabares con fuego, capoeira, monociclos (uno de dos metros de alto), pero sin lugar a dudas, los personajes más mirados del evento fueron dos, que estaban prolijamente lookeados con corbatas del mismo color que sus pelos que, a su vez, estaban llevados a cresta. Uno había elegido el color fucsia; y el otro, el celeste eléctrico. Kiwis de película yanqui. ¿Qué es lo que verdaderamente buscan por la vida? Cuando se vean de grande, ¿podrán sostener esta postura?

La joda terminó tipo cuatro y media, porque no daba para más. Muy borrachos y golpeados mentalmente, nos acostamos sin pensar que a las siete de la mañana lo tendríamos a Luciano, desde el pasillo de casa, apurándonos para que nos levantemos. «¡Ya es tarde!», nos gritaba y nosotros lo oíamos claramente porque teníamos la puerta de la habitación abierta. ¿Quién lo había hecho pasar? Ni idea, pero escuchábamos que no se estaba haciendo cargo. ¿Dónde estaban los brazucas? La cosa, aparentemente, era sólo con Argentina. Hablándonos, en voz baja, decidimos hacernos los dormidos, pero el contratista insistía. Nadie quería, pero alguien tenía que apagar el parlante portugués. Reventados y sin ganas, nos levantamos con Ruso y salimos a trabajar. Uhh… Luciano, disculpanos. Ayer nos raptaron unos compatriotas tuyos y nos quisieron prender fuego. Nos bañaron en alcohol... ¿olés? Tremendo. ¿Vos cómo estas?

Campo


Arrancó, oficialmente, la temporada de prunning ‘06. Ocho en punto hay que estar en el campo. La de hoy, linda jornada. Poco frío a la mañana, solcito al mediodía. Eso si, meta tijera. Cuando volvimos a casa, esta estaba revolucionada. «Tenemos que hablar con ustedes», nos comunicaron. Una buena y una mala noticia. «¿Cuál primero»?, nos preguntaron. «La buena, la otra nos la cuentan antes de dormir», dijimos. Preferíamos enterarnos al final del verdadero día y no al comienzo. «En definitiva, si no podemos hacer nada al respecto, disfrutemos de este y después nos bajonean, ¿quieren?», proponíamos. La buena: descubrieron en los clasificados una Van noventa y tres a mil trescientos kiwis. Resolvimos contactarnos con su dueño al día siguiente, porque ya era muy tarde para molestar a una familia kiwi. A las diez de la noche, Maunganui se parece a la Avenida Santa Fe, un lunes a las cuatro de la mañana. La diferencia es que aquí, durante la semana, siempre es como un lunes porteño, salvo los jueves que parecen un martes de allá, los viernes que parecen un miércoles, los sábados que parecen un jueves y los domingos que parecen un lunes, nuevamente.


Dimos la clásica vuelta por el shopping y terminamos en el supermercado de planta baja. Compramos, siempre, los mismos productos y todo lo que está en oferta. Al final, cagamos la economía minuciosa, porque se suma al changuito algún vicio. Y de estos, sólo tenemos de los caros. Potes de helado y cerveza es lo que viene saliendo con regularidad. Después de cenar, mientras disfrutábamos del postre, nos enteramos de la mala noticia del día: Rob y su esposa, dueños de casa, vendrían a vivir con nosotros. Motivos desconocidos. Se terminarían los desafíos de fútbol tenis indoor y la buena vida. Entonces, la cosa empieza a rumbear naturalmente. Épocas de cambio, readaptación.


La jornada comenzó tempranito por el partido de Argentina frente a México. ¡Estamos en cuartos de final, señores! Con un arranque de día tan alegre, lo menos que podíamos hacer era continuarlo en la misma sintonía. Eso quería decir que nos olvidábamos de ir al campo. Nos entretuvimos, gran parte de la mañana, con Nosecae y fútbol tenis. Después, preparamos mate y bajamos a la playa para caminar los siete kilómetros de arena que nos separaban del centro de Maunganui. En la recorrida, perdimos a los gordos. Cuando regresaron al barrio, lo hicieron en Mountain Bike. «Vieron una bicicleta en oferta, se calentaron con comprarla y cambiaron americanos», decían los duendes por lo bajo. Ciento ochenta y nueve kiwis pagaron para poder llegar pedaleando a casa. Confieso que me tentó la idea, pero mis reservas son más flacas. Sigo ilusionado con el arribo de mis rollers desde Argentina. Veremos qué resulta.


Duende está raro. Especulamos que no está cómodo: andamos cortos de efectivo, sin auto, se comió gran parte de la plata del que vendió, e Ismael tiene la WOF (certificado de auto en buenas condiciones) vencido, lo que nos puede llevar a todos a pagar una multa.

Cuando llegamos al campo con Ruso, solos, porque el resto de la banda prefirió seguir durmiendo ante el llamado del despertador, nos dimos cuenta de que el apu al que creímos un boludo bárbaro, disfrazado de tractorista en su primera presentación, era un gran contratista de la zona y manager de esta orchard. De nombre aún desconocido, aunque suena a nuestros oídos como Tish. Nosotros, igualmente, lo apodamos Yit. No sé si el sentimiento era mutuo o algo por el estilo, porque su repertorio osciló entre críticas hacia la calidad de nuestras herramientas, minuciosos controles de medida entre rama y rama bajada y pedidos constantes de mayor velocidad y menos charla. Después del mediodía, manejábamos la idea de irnos a la mierda. ¿Quién se creía este tipo? No eran las únicas parras que necesitaban ser pruneadas, comenzábamos a entender. El trato recibido y nuestras pocas horas de sueño de la noche anterior, hacían de todo esto un dolor de cabeza. Finalmente, decidimos no hacernos más mala sangre con Yit e ignorarlo completamente. Así, pudimos completar la jornada sin mayores sobresaltos. Luciano nos llamó a la noche para pasarnos a otro campo. «Siete y cuarto en Te Puke», dijo él. Muy temprano, pensamos, pero aceptamos. No nos quedaba otra.


Nos levantamos a las siete cuarenta y salimos, casi corriendo, con destino Te Puke, un pueblito a veinte kilómetros de Mount. Después de hacer un par de kilómetros, nos dimos cuenta de que habíamos olvidado los CD de música. Priorizamos estos más que la puntualidad laboral y retomamos el rumbo a casa. Llegamos tarde al encuentro con nuestro contratista, pero no nos dijo nada. Verlo a Gourmet dirigiendo la batuta del prunning en este nuevo campo, nos dio tranquilidad. Cuando uno se siente cómodo, pareciera que todo juega a favor. Tan así es que hasta el solcito, casi invernal, nos dejó trabajar en mangas cortas. A las cinco de la tarde, estando a unas treinta cuadras de nuestro hogar, rompimos la correa de distribución de Ismael. Al principio, este levantó temperatura y, poco después, se plantó. Ni dedo nos atrevimos a hacer, imagínese la pinta que llevábamos. A medida que caminábamos, crecía el rumor de la compra inmediata de un medio de transporte, sea cual fuere, porque a nadie le causaba gracia tirar plata en arreglos de vehículo ajeno. Ahora, si no es la Van, apunto a una chata (como proponen los gordos).


En la sobremesa de la cena, organizamos cómo iba a ser el día siguiente. Primero: mirar el partido de Brasil-Ghana (a las cuatro) y/o el de España-Francia (a las siete), y llamar a Luciano para contarle lo del auto. Segundo: comprar la correa y dejar que Gordo trabaje en Ismael. Según dijo nuestro amigo, en una hora u hora y media lo pondría en marcha. Tercero: ir al campo. Perfecto.


Despiertos a las siete y media de la mañana, sólo nos quedó mirar España (uno) versus Francia (tres). Llamamos a Luciano y lo pusimos al tanto de las novedades. La verdeamarela ganó por tres a cero, sin jugar bien, según declaraciones de Diego. Al término del partido, partió el grupo mecánico: gordos y nenes. El resto de Argentina, exhausto por la exitosa tarea del primer objetivo, se dedicó a esperar noticias en el patio de casa. Raramente, todo Brasil estaba levantado y sin pronóstico laboral. Lindo solcito, remeras… Nosecae. De a poco, la ronda se fue agrandando. Ya nadie había quedado bajo techo. Muy terapéutico y divertido es este juego, sobre todo porque los brasileros tienen magia y los rusos, pies planos de cuarenta y cinco centímetros: sus pases con el izquierdo son más indescifrables que con el derecho. Igualmente, de vez en cuando, tienen destellos de calidad. De la misma manera en la que nos fuimos integrando a la sesión mañanera, fuimos sentándonos a observar a aquellos que mas ganas tenían de descargar tensiones. «¿Vas para adentro?», me preguntó Ruso al verme ir, claramente, para ese lado. «Sí… ¿a vos qué te parece?», terminé de pronunciar y vi venir la línea siguiente de diálogo, sin poder evitarla…«¡Llevame esta!... No, no, mentira… ¡Armate uno!», gritó mi amigo, mientras mostraba el principio de una agradable locurita en Zelanda. «¡Y unos mates, Sebastiiáaaaannnnn!», gritaron los duendes. Aunque no son grandes tomadores, sé que lo pidieron, solamente, para hincharme las bolas. Daleee… ¿alguien quiere algo mas?


Cuando volví al patio, encontré a Felipe con un hacha en sus manos. Mientras pisaba un tronco, no tan fino, hablaba para el resto y contaba alguna historia de su playa natal. «A ese lo corto en tres golpes», fue como interrumpí a Brasil, antes que comenzara a contar la tercera hazaña de adolescente, en forma consecutiva. Molestar sanamente a las personas es uno de los indicios de que la marihuana ha surtido efecto en mi cabeza. ¡Instantáneas las flores kiwis! ¿Quién quiere mate? ¿y porro? Con respeto que pega. Lo bautizamos el «juego del hacha». Consistía en cortar troncos con distintas manos y en la menor cantidad de golpes posible. Desafiar los sentimientos brasileros y, sobre todo, sus cuerpos surfeadores, es una fija que nunca rebota. Argentina boqueó a coro lo que duraron los cuatro hachazos de Felipe, que dejaron dos mitades de leños de casi igual tamaño. Tuve que ser yo quién tomara la herramienta, por ser el iniciador de esta competencia de bajos recursos. Ante la atenta mirada del público, con argentinos que ahora se daban vuelta como una media y se unían a los cánticos y gastadas brasileras, comencé mi performance leñadora. Mierda. ¡¿Hace cuánto que no agarro un hacha?! pensé, después del primer mordido golpe al tronco. Voló un pedazo que era solo corteza. «Por ahí le voy a entrar… está dolido… además, no te olvides que me quedan dos golpes para ganarte y que estoy calentando máquina», dije, al tiempo que erraba por completo mi segundo lanzamiento y enterraba la cabeza de hierro en la tierra. ¡¿Qué necesidad de estar con esta locura haciendo algo como esto?! Me cuestioné y felicité a mi contrincante. Te juro que no puedo.


Objetivo dos, ¡cumplido! «Fueron tres horas de trabajo e Ismael ha vuelto a sonreír», han dicho los nenes cuando entraron a casa. ¡Bien Gordo! El último de los objetivos, casi. Ya nadie quiere pisar el campo. Tipo cinco de la tarde, fuimos al remate de Tauranga. En vista, un Subaru Legacy y una Mitsubishi Pajero, ambos con la misma base: quinientos kiwis. «A ver», dijimos, cuando comenzaban a desfilar. El primero se vendió al toque por mil ochocientos dólares. Ni levantar la mano pudimos. Decidimos no comprar la camionetita porque era tres puertas, muy cuadrada y chica. Igualmente, nos quedamos para ver a cuanto se vendía. Gordo, mientras la Pajero era la protagonista del remate, levantó la mano. Por los parlantes se escuchó «mil dólares». Todos sabíamos que a ese número había que sumarle la comisión del lugar. Más allá de eso, la decisión de no comprarla había sido unánime o, al menos, eso creíamos hasta ese momento. Por un instante, nadie quiso mirar otra cosa que no fuera el suelo. Los oídos se hicieron grandes. Tres segundos críticos. «Mil doscientos», sonó ahora. Zafamos. Yo creo que nuestro amigo ofertó, de manera repentina, porque se aburrió de andar en vehículo prestado, de las posibilidades de que vuelva a romperse y de nuestras visitas semanales al remate. Su intención, manifestó después, fue bajar el precio sugerido. Nadie entendió eso.

Noches


En la habitación suena «Once episodios» de Cerati cuando todos estamos en posiciones horizontales. Los gordos, rara vez, se dan una vuelta por aquí. Por lo general, son los primeros en levantarse de la mesa, llevarse algo de ella y empezar a lavar, cual bachero. Nosotros, de a poco, le vamos arrimando las demás cosas sucias. Terminan con la esponja y huyen a la cama (comparten ambiente de descanso con Felipe). Yo siempre cocino, porque nadie más quiere hacerlo y porque no me molesta. Todo lo contrario, me divierte combinar los mismos productos y hacer que parezcan diferentes comidas. Innovar en combinaciones, total, ¿quién me puede decir algo? Los que colaboran conmigo rotan, dependiendo de las ganas y del menú. Con eso, también zafan del detergente o repasador. Como los gordos se niegan rotundamente a involucrarse en cualquier etapa de cocción alimenticia, son los únicos que siempre realmente trabajan con la panza llena.

Cambio


Nuevo plan: trabajo forzado a realizar por un mes y medio. Cedí en mi idea de abandonar esta ciudad porque el campo se hizo agradable. ¡Ojo! no es que le encontramos la vuelta a las tijeras, sino que tenemos menos presiones. ¿Será que dejamos de ser pichones? «Ni tanto», dirían los rusos… Este cambio es también consecuencia de ir hacia la orchard rotando un vaso térmico de café y una tuca. Pero fundamentalmente, es porque ahora corremos el auto para escuchar música durante toda la jornada laboral, a medida que avanzamos con la poda. La gente está en silencio, metiendo tijera y haciendo sonar la vegetación que nos cubre casi por completo en un amplio radio. Deliramos mucho y nos reímos por estar haciéndolo tan lejos de casa. Las indicaciones las recibimos de Gourmet, así que estas vienen siempre en buenos tonos y con bajo nivel de exigencia. «¡Si habremos tirado para el mismo lado nosotros, eh!», lo apuramos y el muchacho del turbante se aleja sonriente. «Good people», responde. Después de almorzar, aceptamos la invitación de fumar con unos colegas brasileros (dos cuerpos femeninos y dos masculinos). La tarde se pasó volando. ¡Buen cogollo, Brasil! Si todo sale bien, la isla sur nos espera para que vacacionemos. Ahorrar, ahorrar, ahorrar es la consigna. Los duendes me confesaron que parte de su locura radica en el hecho de no tener auto propio (lo que suponíamos). Ayer, fuimos a pasear nuevamente al remate. Ofertamos mil kiwis por una camioneta Nissan, cuatro por cuatro, pero una vez más se nos fue de presupuesto. Salió a mil seiscientos kiwis, número que hoy por hoy es inalcanzable, sobre todo porque hay autos pedorros por setecientos dólares.

Rob


Al volver del campo, nos dimos cuenta que una de las habitaciones tenía cama matrimonial, cómoda y mesitas de luz. ¡Arrancó oficialmente la convivencia con Rob! Su esposa no aportó hasta el momento. ¿Se divorciaron? ¿Quedó en la lona y por eso vive con nosotros? Vaya uno a saber… La primera consigna del kiwi fue que nadie podía dejar vajilla sucia después de usarla. Aparentemente, cuando quiere ser amigable, saca temas de conversación de la galera, ignorando si el receptor esta atendiendo a una película o un partido de Play. ¡A los botes! ¡A los botes!

Eliminados


Mi mano derecha sufre hasta para agarrar la lapicera. Y eso que hoy me hice el boludo, junto con los nenes, para no ir a trabajar. Tijeretear todo los días repercute en ese extremo y ¡de qué manera! Reflexioné acerca de si el faltazo laboral tenía algo que ver con la eliminación de nuestra selección en el Mundial de fútbol. Llegué a la conclusión de que sí, en cierto sentido, pero que en esta oportunidad no había impactado de lleno en mi persona. Claramente, nuestra intención de que «aquí no ha pasado nada» fue ayudada por la forma en la que nos mostraron el torneo: la transmisión comenzaba con el pitido inicial (nada de formaciones) y finalizaba cuando lo hacía el partido. Y también por cómo se comportó Brasil en casa ante el hecho: respeto total, cero gastada. ¿Qué hubiésemos hecho nosotros en su lugar? ¿O será que ellos también le tienen miedo a Francia y, abriendo paraguas, no dicen nada? Veremos…

Caravana


Después de un par de semanas volvimos a las «pistas caravanísticas». El bolichón de Tauranga fue el destino que elegimos con Gordo, ya que por ser sólo dos, y estando en las condiciones en las que estábamos, explorar otros recovecos podría consumirnos rápidamente nuestra agradable locura. El resto de la gente se quedó en casa. Aparecieron las chilenas amigas de Gordo. Yo, aún, no entiendo de dónde las sacó, pero bueno. Hola, ¿qué tal?… «Soy de Santiago», me dijo una, y yo creí que trataba con alguien de la provincia de la buena siesta. Mi amigo remó y yo ni pude ni quise. Finalmente, ni pude. La noche terminó con rica gula en casa: helado con lluvia de galletitas de chocolate. Nos quedaban cuatro horas de sueño y eso llevó, casi, la compotera a la cama.

Locura laboral


Caímos al campo tipo diez y cuarto, pero nadie nos dijo nada. Acomodamos el auto debajo de la parra y pusimos música. Nene se puso a bailar y hacía que manipulaba un arma invisible al ritmo de los sonidos de «The d