Aotearoa. Parte 2

Actualizado: 14 de nov de 2020

CAPITULO 10

Te Puke


El trabajo se llenó de gente. Muchos brazucas aparecieron de la mano de Tony. Este se presentó, como siempre, sonriente, aseado y truchísimo. Sorpresa se llevó al reconocernos y nuestra sonrisa opacó la suya cuando lo saludamos al grito de «Coromandel». Qué hacíamos aquí, se habrá preguntado. Encima, Alan le tiró la bronca por la comisión con la que se queda de cada empleado. El apu quiso justificarse, pero el kiwi lo sacó largo. Patroncito, viendo que el español se asemejaba al portugués, me pidió que explicara a los nuevos obreros en qué consistía el trabajo. No era complicado, pero él quería desentenderse del asunto por completo. Entonces, me pasé la jornada caminando por entre los surcos, controlando que todo marchara correctamente. Regar y acomodar plantines era la consigna.


Desmalezadora manual

Ayer, se terminaron de reemplazar los plantines muertos por nuevos vivientes y, ahora, resta sacar de raíz los yuyos que crecen (junto a los melones) en los únicos espacios de tierra que muestran los surcos embolsados. Para este trabajo, sólo fue convocado lo que se está tornando como el equipo fijo de la orchard: Gordo, Alan y yo. «Arranquen por este bloque», nos dijo patroncito y se fue al container. Después de un rato, volvió pidiendo reunión de equipo. «Vengan, acérquense», nos gritó. Cuando estábamos llegando, extendió su brazo con puño cerrado y nos miró un instante. ¿¡Con qué saldrá este loco!?, pensé. El kiwi, abrió su mano y nos entregó un señor cogollo. En nuestro momento de felicidad y asombro, por tamaña flor de cannabis, aprovechó para decirnos que se iba a pescar. ¿Ah, zi? ¿Nos dejás trabajando solos? Éxitos, pues.

A media mañana, me llamó mi madre. Salí caminando hacia afuera del cuadro de siembra, llegué al alambrado y, con la vista de campos, horizonte de montañas y audio de mar (pero fundamentalmente, con muy buena locura), me dispuse a contarle el rumbo que había tomado Zelanda. De repente, mientras ella algo decía, una fría y rápida sorpresa recorrió mi ser. Sentí cómo, en una milésima de segundo, se me destaparon los poros e infló el pecho. Hice unos cuantos pasos para atrás, prestando atención a los detalles de la escena. ¿Qué carajo fue eso? No, nada, me acaba de patear un boyero eléctrico escondido en el alambrado. Ojo, no fue una mala experiencia, ¿eh?… pero la próxima ¡avisen! ¿Qué decías, mamá?


Fusión

Alan cayó cuando estábamos por salir del campo y nos propuso que viviésemos en su rentado PH en Te Puke. Lo alquila con su ex-esposa (con quien comparte el negocio de los melones) y hasta que no sea época de cosecha, estará disponible para ser habitado. En este momento, dos chinos viven allí y, posiblemente, caigan dos checas. Tras nuestro interés en aceptar la propuesta, fuimos a ver las instalaciones y conocimos a China: Jeison, un chico de nuestra misma edad que vino a Zelanda a los diecisiete años y que, según dijo, «conoció una mala influencia» y se hizo adicto al casino hasta que ya no tuvo qué apostar; y Rex, como se presentó, que no dijo mucho más que eso. El espástico oriental continuó contando que, para salir de la lona, le propuso a patroncito organizar un BP en el PH. Entonces, nos encontramos en un galpón enorme de dos plantas ubicado en una pequeña plantación de kiwi, a nueve kilómetros del centro del pueblo. Sesenta dólares por semana nos costará quedarnos aquí. Llamamos a Alemania y ellas también aceptaron las condiciones. Se viene época de convivencia internacional. Lindo, lindo.

Jessica y Alexandra tardaron sólo un par de horas en instalarse en casa. Armaron su carpa en el entrepiso y nosotros improvisamos camas (a unos metros de ellas) con pallets, cajas de cartón y bolsa de dormir. China duerme en la planta baja, en la oficina del lugar. Las chicas comenzaron a cocinar tacos, y Jeison el pescado que aportó Alan de su día en bote. Nosotros ofrecimos el tónico. Primera cena comunitaria era lo que se avecinaba. En eso estábamos, cuando nos cayó un mensaje de Fernando que avisaba de reunión en su casa. ¡Vamos! Sin dudas… Nos retiramos sutilmente del PH con la excusa de comprar más cervezas, ya que habíamos apurado la ingesta de las últimas. Cumplimos con la primera consigna y, luego de dejar algunas en la van, nos bajamos en la fiesta de Papamoa con un pack en mano cada uno, a lo kiwi. «Pasamos, vemos qué onda y nos vamos», coordinamos con Gordo y caminamos hacia la puerta. Todos los empleados del PH de Te Puke estaban presentes. En su mayoría, eran sudamericanos. Más allá de esos datos, yo sólo conocía a un par de personas. Al recibir el segundo mensaje de Alex, le respondimos (por primera vez) que estábamos en camino, pero que nos habíamos encontrado con unos amigos en la calle. Cuando ya no nos daba la cara para seguir retrasando la cena, comenzamos a despedirnos. Antes de subirnos a la van, sociabilizamos con Micaela, una diecinueveañera alemana que, junto a su amiga, iba a meterse al mar. «¿Qué tan mal quedamos si no volvemos al PH?», le pregunté a Gordo, ante la invitación de acompañar al agua a Nueva Alemania. «Mal, pero hacemos lo que quieras», me respondió mi amigo. La de su madre… vamos, ¿pero viste lo que es Micaela?

Finalmente, llegamos a casa a la una de la mañana (nos habíamos ido a las nueve y media de la noche) y picoteamos, casi sin pronunciar palabra, lo que nos habían dejado en la mesa. China ya dormía y Alemania nos miraba amotinada desde un extremo. No saben lo que nos pasó...


Sandías

De mañana, hablamos por teléfono con Alan y quedamos en encontrarnos a las seis y media en el campo. ¿Podemos llevar a Alemania a trabajar?, le preguntamos y este aceptó. La consigna laboral era sembrar sandías. Dos extremos de la orchard tenían surcos embolsados, pero sin orificios para nacimiento vegetal. Primero, con palo en mano, fuimos y vinimos clavándolo cada metro. La segunda vuelta la hicimos enterrando las semillas dos centímetros en la tierra. En la tercera, con las regaderas gigantes, inundamos el hueco. Eso fue todo por hoy. Lo llamamos a patroncito y le dijimos que habíamos terminado, que lo esperábamos en casa para recibir el lavarropas que nos prometió.


Brindis y presentación

Invitamos con cervezas a Jeison y a Rex. Por primera vez, escuchamos el inglés de este último. Nos confesó (con ayuda de su compatriota) que pasaba veintiuna horas encerrado en su habitación, sentado en un colchón inflable, mirando un televisor de catorce pulgadas y jugando a un juego chino de aventura. «¿Así que sos áspero con la Play? Imposible que me ganes al Winning Eleven», lo apuré, aunque sabía que le mentía descaradamente. China sonrió y me invitó a seguirlo hasta la oficina. «¿Qué versión tenés del Winning?», le pregunté, cuando lo vi poner el CD en la Play tres. «El once», me respondió. «Ah, mirá vos. Perfecto», dije y tomé el joystick sin revelar mi desconocimiento más allá del número cinco y de la Play dos. Me comí ocho pepas. En su salsa, Rex se siente más cómodo y habla hasta un poco más. Piola el chinito. Con un «adicto», me retiré de la habitación. Él se quedó allí, claro, jugando aventura.

Me reinserté en la ronda cervecera (en la que ya participaba Alemania). Luego hizo su presentación República Checa. Bienvenidas. Resultaron ser mas tímidas de lo que hubiésemos preferido: no aceptaron el tónico y se refugiaron prontamente en su habitación. Eso sí, una de ella es muy interesante… por fin.


Flor de kiwi

Jeison nos invitó a trabajar en el picking de flores de kiwi. «Por hora y cerca de casa», nos dijo y aceptamos la oferta. ¡Que sigan los ingresos monetarios!. China sí adoptó el horario de vida kiwi. Nosotros llegamos para empezar a bañarnos y ellos ya lavaron los platos y se preparan como para ir bajándole la persiana al día. Hasta mañana, gente...

Siete de la mañana. ¡Arriba! Sin ganas de levantarme para trabajar con kiwis otra vez... Finalmente lo hice y salimos todos rumbo a ellos. Seguimos a China y a República Checa que en el primer auto iban. Alemania, en segunda posición y nosotros completábamos ese trencito con destino parra. El lugar al que Jeison nos llevó estaba cerrado. ¡Dale! «Arrancamos a las nueve y media, pero en otra orchard», dijo, después de hablar por teléfono. ¿Hora y media de espera?, me parece que no. «Hasta luego», dijimos. En nuestra retirada, Alemania nos preguntó qué teníamos en mente. Nosotros sentíamos una mañana soleada y tranquila. «Lo más probable es que visitemos al rasta maorí de Te Puke, por twenty, y después haremos poco por ahí», fue nuestra respuesta. Ellas se sumaron en la compra con la misma cantidad de dinero. Se quedarían dos horas pickeando flores y nos reencontraríamos en casa para fumar uno.

Nuestro dealer no tenía lo que buscábamos, salvo lechuga. Y bueno, venga. Cuarenta, por favor. Nos dio mucha cantidad de restos de plantas con dejo de flores, casi sin tallo, en una bolsa de supermercado. Si uno la filtra con ganas, transforma los cuarenta de yuyos en diez dólares de simpatiquísimo cannabis. Alemania, cuando vio nuestra compra, primero, se asombró y alegró; después, analizándolo de cerca, cambió la cara. «Es lo que hay... si no lo quieren, nos lo quedamos nosotros», les propusimos. Enrolando otro estábamos, cuando llamó Alan para que fuéramos a la orchard. «Señoritas, nos tenemos que ir. Con la mañana de porro y tranquilidad en casa no cumpliremos, pero no faltará oportunidad», dijimos y partimos.

Patroncito nos esperó con uno de verdad en boca. Después de ese, por primera vez, nos calzamos las mochilas con químicos mata hierba. ¡A fumigar, señores! El tema era tranquilidad, constancia y precaución. De movida, Gordo no le agarró la mano. Mejor dicho, quería hacerlo a su manera. Para él, era igual darle mucho o poco a la manija que activaba el rociador. El kiwi nos lo explicaba otra vez, pero aquel insistía con su técnica. Alan se volvió loco y me preguntaba qué le pasaba a mi amigo. Gordo puteaba en español y patroncito me exigía traducción. Íbamos y veníamos por el campo. Ahora, todos más callados. ¡Gordo! ¡Hacé lo que te dice y ya fue! «No sé qué le pasa», dije en inglés. «No tenemos que fumar para trabajar, es muy confuso», concluyó patroncito, ya molesto. «Muy bien, así será», respondimos y seguimos en la nuestra. Terminamos trabajando cada cual por su lado, ni para recargar las mochilas coincidíamos en la cisterna. Cuando el viento sopló, cortamos y nos reunimos en el container de las herramien tas. Alan comenzó a golpearse el dorso de la mano derecha con la palma de la izquierda, al grito de «jefe malo, jefe malo». «Todo bien, vos sos quien manda aquí. Sabemos que estas plantas son tu vida, pero también tenés que entender que es la primera vez que trabajamos en una orchard de melones», le dije. Está todo bien con el kiwi. Prendió un porro y nos colgamos mirando los surcos de plantas. «Los kiwanos son primos lejanos de los melones y contienen más potasio que las bananas», nos dijo el kiwi, al tiempo que nosotros tratábamos de imaginarnos un melón con pinches, como nos lo había descripto. La charla en el container terminó con consigna: venir a la tarde (si estaba lindo) y terminar de fumigar los cuatro bloques. Si no, mañana bien temprano, tipo seis. Perfecto. Adiós, adiós.

Después de cambiar veinte verdes americanos de Gordo, fuimos a Tauranga por caña de pescar. Compramos una por veintinueve kiwis que venía con kit infantil de pesca. Pasamos por el PH, cargamos la moto y fuimos al río, a nuestra ex-casa. Nuestros movimientos de tarde fueron registrados por un viejo que se instaló, junto a su señora, en una casilla rodante frente a la bajada para botes. «Lo que dura la temporada de Whitefish, ellos estarán aquí», nos había comentado Alan al pasar hacia el campo. «¡Hi, Mike!», decía Gordo y saludaba «maorímente» cada vez que íbamos o volvíamos de trabajar. El saludo nativo consiste en extender los dedos y mostrar el dorso de la mano en dirección al destinatario. A media tarde, vimos venir a este viejito con un balde con agua, y aparentemente nada más. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, descubrimos que nos traía carnada. «Esto es para ustedes», dijo. «¡Uh! Buenísimo. Muchas gracias», respondimos. Nada, el problema somos nosotros para con este deporte. Una horita más de lucha y lo vimos venir nuevamente al viejo, pero esta vez con un plato y dos tenedores. «¡Omelettes con lo que ustedes intentan pescar, hechos por mi esposa!», dijo y ofreció. Uf, usted es una maravilla, señor. Gracias, de verdad.


Trabajo, cobrar

A las seis cuarenta y cinco de la mañana, estábamos abriendo la última tranquera que nos dejaría en Kiwano. Habíamos recorrido los treinta kilómetros que nos separaban de ellos, después de tomar la primera infusión del día. Esta vez, mate. Despierta, hidrata, se comparte… la mejor en su rubro.

Comenzamos con spray y, tipo ocho y media, cayó Alan. Se calzó una mochila y se unió a nuestra caminata ensurcada. En el primer cruce con Gordo, le hizo lo de la manito. Puño cerrado que se abre… ¡porro! Genial. Todo se hace de otra forma. Todo tiene otro matiz. Los movimientos cambian, al igual que las sensaciones. Uno se involucra más con la planta. Se proyecta energéticamente buena fruta. Aún, no sabiendo ni cómo se verán en madurez. Después de fumigar un rato, el kiwi recordó que nos había comprado los overoles protectores de químicos. Blanco, con único y largo cierre delantero. Parecemos cazafantasmas, fue lo primero que dijimos al vernos. Luego, asomó la carcajada cuando nos dio las máscaras con antiparras. Esa imagen se completaba con botas de goma. Todo muy lindo, todo muy lindo, pero acá adentro hace calor. Si a eso le sumamos que Alan viste bermudas y calzado protector, venga comodidad. «Si no los quieren usar, no los usen, pero sepan que lo que hay en la mochila es tóxico», decía patroncito en tono serio. Lástima que concluía con un «a mí nunca me pasó nada».

Dejamos el campo para llevar nuestra data (IRD y número de cuenta bancaria) a Rodewald Hart Brown, la contadora de los Kiwanos. «Cuando nos depositen, llámenos, por favor», le pedimos a la recepcionista del lugar.

Para ahorrar combustible y matar tiempo, salimos a caminar por Te Puke. Terminamos tirados en un verde de estacionamiento. En nada estábamos, cuando vimos acercarse a un viejo y vagabundo borrachín, desprolijo, que tomaba de una lata de cerveza algo abollada. A la distancia nos saludó y se arrimó murmurando algo. Fi nalmente, lo que pedía era cigarrillos. «No tenemos, pero te podemos ofrecer esto», le dijimos y le mostramos nuestra bolsita con colillas callejeras. Su primera expresión fue sorpresa y luego, agradecimiento. Se marchó, tras hacernos el clásico cuestionario de las islas: ¿de dónde son? ¿Fuman marihuana? Al rato, lo vimos venir nuevamente, pero esta vez para obsequiarnos colillas. ¡Groso!

Tuvimos que mover la van porque se nos había terminado la beca en el parquímetro. Sólo podés permanecer gratuitamente hasta treinta minutos por lugar. Transcurrido ese tiempo, multa. Como ya aprendimos la lección, y hoy nos sería imposible pagar una, salimos en búsqueda de nuevo destino de espera. En la calle principal, escucho quejarse a Gordo y luego, bombear el pedal. «Nos quedamos sin nafta», me dijo y apagó el motor.

Aprovechamos la bajada de la ruta y llegamos a un pequeño estacionamiento, justo en la intersección con la calle del PH. Calculamos que estábamos a seis kilómetros y medio de casa. Sin crédito en el celular, una moneda o bidón para cargar combustible (porque en Zelanda, para que te vendan sin vehículo, necesitás tener uno oficial). Perfecto. Gordo se acostó a dormir la siesta, después de almorzar lo que teníamos en el canasto de víveres: fideos de la noche anterior con agregado de choclos enlatados. Yo fui hasta el centro del pueblo para ver si nos habían depositado. Error número uno. Pasé por la oficina de la contadora y cerrada estaba.

Lo desperté a Gordo, escribimos en un pedazo de cartón «solamente seis kilómetros», y emprendimos caminata hacia el PH. Al segundo vehículo que le mostramos cartel, frenó metros adelante. Cuando nos acercarnos, descubrimos que se trataba de Jessica y Alexandra. ¡Qué oportunas chicas, qué oportunas!

Argentina no imaginaba cómo iba a hacer al día siguiente para ir a trabajar. Manejó la posibilidad de pedirle a Alemania ordeñar unos litros de combustible de su auto. Sabíamos que lo habían llenado porque pensaban viajar hasta Auckland. Cuando la idea estaba casi cerrada, Gordo pateó el tablero y sentenció: «¡mirá que nosotros vamos a tener que resolver un problema que generaron ellos, nuestros jefes, por no pagarnos a término!». Estoy de acuerdo. Hasta mañana amigo.

Nos despertamos con el llamado de Alan, a las seis treinta. Le comenté la situación y me dijo que venía en camino. Al escuchar esto, y antes de lavarse los dientes, Gordo manoteó la escoba y perfiló para el playón de afuera a limpiar las marcas de coleadas. Patroncito ya le había aclarado que estaba prohibido circular por el PH con la moto. Al ver sus desesperadas ganas de borrar evidencia, lo ayudé y preparamos todo como para que el kiwi no tuviera tiempo de mirar nada: nos quedamos esperándolo en el caminito de entrada a casa. Buen día... ¿Vamos?

Al llegar a la van, Alan nos dio un bidoncito con un cuarto de combustible. «¡Listo, entonces!», dijo patroncito como para ir arrimando, pronto, al campo. «Esperá un minuto, muchachito», le retrucamos enseguida. ¡Venga acá! «No nos depositaron aún y no tenemos ni un peso para almorzar», pronuncié con tono de comentario y buena cara, pero con implícita señal amenazante de Argentina en la lona. Diez kiwis salieron de su billetera. «No tengo más», me dijo con cara adolescente. Después de mis segundos de inmovilidad total, «no te preocupes, con esto nos arreglamos», respondí como para sacarlo de ese ¿incómodo? momento. «¿Qué onda? ¿A qué juega este?», me preguntaron los gordos. Ni idea, concluí y giré la llave en el tambor.

Cinco dólares fue el número que marcó la caja registradora del supermercado donde hicimos la compra pertinente para tranquilizar a nuestros estómagos. «¡Mansito el cocodrilo de bolsillo!», fue el comentario en español que me hizo reír frente a la cajera, sin poder explicarle el chiste. Resuelto el tema de nuestro almuerzo, pasamos al de la van. Cinco dólares de combustible. Llegamos al campo y allí estaba Alan haciendo que trabajaba. «¿Justo te encontramos cargando la mochila? ¡Qué casualidad!... No será la primera, ¿no?», lo apuré. «¿Y dónde tendrá la tuca?», comentaban en español, por lo bajo, los gordos. Ja, ja, ja... ¿La viste? Fumiga mos (sobrios) hasta que viento se hizo presente entre los kiwanos. Cuando nos estábamos yendo de la orchard, cayó David, el apu amigo de patroncito. Después de escucharlo hablar y hablar (recreé mentalmente su perfil e imaginé que era un Danny De Vito venido a menos, de origen hindú, que se jactaba de ser un exitoso empresario gastronómico de Tauranga y también un contratista de la zona, pero con nivel de voz más baja). «Qué trucho que es este personaje», coincidíamos con Gordo, mientras él seguía metiendo bocado sin parar. Nos enchufó un par de bolsas y nos mandó hacia un campo a cosechar flores de kiwi. «Seis dólares por kilo», nos decía y nos introducía, con apoyo y pequeña presión de mano en omóplato, a nuestro vehículo. «Que sigan los ingresos monetarios», fue lo que nos hizo aceptar esta oferta. «¡Dibujanos un plano! Todas las orchards son iguales para nosotros», le pedimos. Él accedió y sacó, del bolsillo trasero de su pantalón, un anotador de ese tamaño. La explicación, mientras lo configuraba, nos orientó bastante, así que partimos hacia allí. En camino íbamos, cuando nos dimos cuenta de que David nunca nos había entregado el croquis.

Después de un par de vueltas por los campos de Te Puke, finalmente dimos con el lugar indicado. A las once de la mañana, con lindo clima, cielo despejado y tuca de Alan «hallada» por Gordo, comenzamos a cortar flores de kiwi. «Te juro que la encontré en el container», insistía mi amigo. Si, si, te creo. A ver qué onda la parra. Para las doce cuarenta y cinco, tres kilos habíamos recolectado. Quien dirigía este circo de picking nos indicó que nos trasladaríamos a una orchard vecina. Cuando nos sacamos los guantes y vimos el mediodía que teníamos realmente sobre nuestras cabezas, pensamos en no volver a ponérnoslos. «Esto amerita otra cosa que no sea estar cortando florcitas bajo una parra. Además, ya nos deben de haber depositado», concluimos con Gordo. Muy ilusionados, saludamos y salimos rumbo al cajero de Te Puke. Error número dos.

Volvimos al PH y estuvimos tirados en el playón todo el día. Comimos poco y fumamos una marihuanilla de venta legal que traíamos como recuerdo de Auckland. «Mañana a las siete tienen la plata depositada», nos mensajeó patroncito, a la noche. Eso esperamos. Amanecimos a las diez y, rápidamente, perfilamos para el cajero. Teníamos poco para ingerir en casa o, mejor dicho, pretendíamos darnos un gusto por desayuno. Error número tres. Lo mensajeamos a Alan, gracias a los dos dólares que nos acreditó la compañía Vodafone, después de haberle enviado un «IOU» (I Own yoU). El kiwi nos ofreció dinero, pero si íbamos hasta Welcome Bay, una localidad cercana a Te Puke. «Sólo tenemos nafta para llegar. Después, sí o sí, necesitamos cargar», le dijimos para apurarlo y partimos. Obviamente, nos perdimos. Fuimos y vinimos por la misma ruta enlomada y zigzagueante, hasta que divisamos la calle buscada. Tampoco fue fácil dar con la altura, pero lo logramos y gastamos menos combustible. «Buenas…», dijimos al bajarnos de la van. Allí estaba Alan, su novia y una pareja kiwi amiga. Ano y Linda, según se presentaron. Estaban haciendo una «mudanza de container a container». «¿Ano, dijo? ¡¡Juá!!, lo alcancé a escuchar a Gordo y, por lo bajo, reír.

Ayudamos a cargar y descargar un par de veces el camión de Alan y después ligamos un almuerzo de arriba. «Fish and chips» con heladas cervezas era el menú. ¡Qué rico, señores! Gracias, de verdad.

Cuando nos retiramos, patroncito nos dio una caña de pescar para mar y cien dólares. Los primeros cincuenta los cambiamos por cerveza, cigarrillos y nafta y nos fuimos a descansar a la playa de Mount Maunganui. El resto del efectivo lo guardamos para seguir tirando en Zelanda. El dinero que generamos con mi amigo, o del cual disponemos esporádicamente, lo usamos en forma conjunta y de manera igualitaria. Ya vendrán tiempos económicamente mejores en los que cada uno ande con lo suyo en el bolsillo. O no. Me es indiferente. Pero lo que sí me gustaría es que podamos darnos, al menos, gustos primarios, sin tener que andar persiguiendo a la gente por monedas.

Recostados mirando mar estábamos, cuando se acercaron Jessica y Alexandra. Hola, niñas. ¡Qué alegría! Propuesta que no falla con estas chicas: fumar cervezas. Nosotros invitamos. Tipo diecinueve, nos despedimos de Alemania, pegamos más porroncitos, y decidimos visitar nuestra ex-casa del estacionamiento de Papamoa. En el camino, observamos muchos fuegos de artificio en el cielo. Algo está pasando aquí... algo se festeja. «Investiguemos», pronunciaron los gordos y pitaron una pipa imaginaria. Ante mi mirada extrañada, saludaron tocando el ala de su sombrero (también imaginario). Ustedes están cada día menos cuerdos… ¿sabían? Cuando estacionamos en la costanera, una familia kiwi descendía de su vehículo y sacaba cañitas voladoras del baúl. En su segunda vuelta por pirotecnia, nos sintieron curiosos e invitaron a bajar a la playa con ellos. Bueno, a ver en qué andan… Se reunían para prenderlos, corrían hacia atrás y se tiraban en la arena boca arriba. Una y otra vez. Nosotros, al notar la metodología, nos instalamos por ahí y contemplamos la secuencia. Al retirarnos, le pregunté al hijo más pequeño de la familia qué era lo que estábamos celebrando, pero no llegué a coordinar mi mente con su respuesta. Me puso muy nervioso no poder entenderle a un niño y tampoco quise confundirlo. Su cara denotaba no comprender mi incomprensión. ¡Qué raro habla el kiwi, eh! o qué poco acostumbrado está aún mi oído, o qué locura que tengo. «Que termine lindo, pórtense bien. Gracias por todo», fue nuestra despedida.

El celular sonó cuatro cuarenta y cinco. Mierda. Me levanté rápido, sin ninguna gana, porque era yo quien tenía el despertador. Gordo, desde hace unos días, comenzó a dormir en la van. Yo sigo en el entrepiso, al lado de la carpa de las checas. Una de ellas está cada vez más linda, cada vez más tímida. De noche era cuando comenzamos a lavar nuestra dentadura. La ventana del baño dejaba ver una luna llena terrible. De esas que, por un ratito, parecen ser tan grandes como dos soles juntos. Empezamos a trabajar a las seis. A fichar, digo, porque la primera media hora yo estuve mirando cómo Gordo le buscaba la vuelta al filtro roto del tractor. Al no disponer de este, tampoco contábamos con la cisterna de agua que llevaba atrás. Por esto, tuvimos que ir y venir desde los melones hasta la canilla que estaba en el galponcito, para recargar las mochilas. Alan cayó tipo siete y media. «¿Tocaron el filtro, ustedes?», me preguntó patroncito, mientras yo me ponía los guantes para comenzar con weed. Mi respuesta negativa planteó un antes y un después con respecto al tema. Ahora, con otro tono y cara, el kiwi me dijo: «solo es imposible que se rompa. ¡Ojo! No quiero decir que ustedes lo hayan hecho. Alguien debe de haber venido a la noche, entonces», concluyó patroncito con ironía, supongo. «Qué sé yo. Nosotros no lo tocamos. Llegamos y así estaba», le contesté. Defenderme en caliente, en otro idioma, es raro. Mantener una discusión con Alan me resulta interesante, porque se hace entender de la misma manera que yo. No tengo miedo de ser sincero y tampoco considero que seamos obreros golondrinas, sino que estamos acá llevando adelante una temporada de melones, al igual que él. «Nuevamente, el fasito mañanero le pegó para el ortiva verbal», le dije a los gordos, cuando me hicieron seña de querer saber qué había sucedido. Alan ya no nos convida para trabajar. Si teníamos esperanza de que eso volviera a suceder, con este hecho me parece que vamos a tener que descubrirle el tuquerómetro escondido.

La mala cara neozelandesa transformó la mía, después de escuchar acusar a Argentina por el no nacimiento de las plantas de sandía. «Ya deberían estar así de crecidas», dijo el kiwi y me mostró ocho centímetros de pulgar a índice. «Seguramente las enterraron mal, porque no escuchan cuando les hablo. Si yo les mostré cómo se hacía…. Pero es mi culpa. Yo debería haber estado mirándolos… Todo bien, volvé a trabajar», se atrevió a decirme. «Esperá un minuto. Nosotros tratamos de hacer las cosas bien, pero te repito, es la primera vez que lo hacemos en una huerta... y tampoco podés pretender venir, mostrar una vez cómo se hacen las cosas e irte. Si querés, las volvemos a sembrar… gratis», le respondí y continué sacando yuyos.

Mi temperatura subió otro decibel, cuando al mirar para el container, lo veo a Alan subirse al camión como para irse. Sin saber aún qué diría, salí a su cruce. Las cosas no pueden quedar así. Cuando me miró para ver qué quería, se me ocurrió pedirle guantes. La caminata hacia ellos me dio tiempo a tomar coraje y olvidar el orgullo. «Nosotros tenemos la mejor predisposición para el trabajo y lo hacemos con buena intención. El no nacimiento de las sandías es nuestra culpa, pero vos tenés que tener en cuenta que (repito) es la primera vez que trabajamos cultivando melones y sandías. Como vos, nosotros queremos una buena producción este año, mejor que la pasada», dije. «Todo bien», me respondió únicamente patroncito, me entregó los guantes y se fue. ¡Anda a cagar!

Cuando el kiwi regresó al campo (con filtro nuevo para el tractor), le mostré cuantas líneas habíamos desenyuyado y este, después de alegrarse por el avance, le dio una vuelta más a la corona y nos dijo que el depósito bancario iba a estar para mañana a la mañana. Para esto, ya le estábamos pidiendo plata para nafta. «Con cinco nos arreglamos», le dijimos para evitar su incomodidad o, tal vez, la nuestra. Nos terminó dando todo lo que tenía a la vista: nueve kiwis. Cuando nos despedimos, nos regaló un muy lindo cogollo. Gracias de nuevo. Nos vemos mañana… ¡Pica y rola Gordo!

Cinco y cuarto. Cargamos el termo con agua caliente y el canasto de los víveres a la van. Por lo general, Gordo va atrás, en la cocina, preparando la infusión; y yo manejo al campo. Hoy, de pasada, nos bajamos en el cajero. Uno con cero cinco acusó mi cuenta. Bárbaro. Error número cuatro.

Fumigamos hasta que cayó Alan, tipo ocho. Fumó solo y nuevamente le pegó para el olvido de la psicología pedagógica: no entendía cómo nosotros no podíamos hacer rápido y bien, un trabajo que él nos muestra lentamente, una vez. Ahora, la consigna era hacer unos cortes en los invernaderos, cual boca sonriente, para oxigenar las plantas. La herramienta utilizada era un cuchillo con extensión de mango (como los de espárragos). No era complicado lo que nos pedía, pero sí lo era seguirle el ritmo, sobre todo al principio. Si te querías apurar, los tajos no se unían y resultaba imposible sacarlos de un solo tirón. Si pretendías ser prolijo, patroncito se adelantaba tres hileras y te miraba no entendiendo la lentitud. ¿Discusión mañanera en casa?¿Mal pegue cannábico? Tal vez…

La jornada se paso rápido y terminamos arreglando con Alan ir por cervezas al pueblo, a festejar nuestro (supuesto) depósito bancario. Crucemos los dedos. ¡Correcto! Todos contentos. Patroncito estaba con un amigo, frente a una agencia de timba, cuando nos encontramos. «La carrera más importante de la región. Nueva Zelanda y Australia se paralizan», decía y terminaba con un «¡¿quieren apostar?!». «¿Por qué no?», dije y «no, no, paso», respondió Gordo. «Bueno, entrá y elegí un caballo», me indicó el kiwi. Número dieciocho, «Art Sousses», conducido (¿así se dice? ¡Qué pocos burros tengo encima!) por Anttony Pittirro, fue mi pálpito. Diez dólares le puse. Pagaba seis a uno. Arrancó la carrera. El ambiente del bar donde nos encontrábamos parecía como si se tratara de un Lanús versus Banfield en pleno centro sur bonaerense. Nadie miraba otra cosa que el televisor. Para entonces, ya nos habíamos tomado tres pintas por pera. Obviamente, nadie ganó. El que más cerca estuvo de la hazaña fue la cara nueva, Jess. Su «Pop rock» salió segundo. Agua igual, ¡salud! Los kiwis nos invitaron a jugar al críquet. «¡Vamos!», fue la respuesta de Argentina. El vehículo elegido para ir hacia la cancha fue nuestra Van, así que ¡todos arriba! Alan nos indicó, primero, frenar en la casa de Jess para buscar algo. «Guantes», pensé. Después, corroboramos que se trataba de ricas hierbas. Submarino muy venenoso en el estacionamiento del predio y nos bajamos con destino partido. En la cantina del lugar vendían porroncitos a dos dólares con cincuenta. Invitamos una ronda, mientras nuestros amigos se preparaban para el enfrentamiento. Brindis, charla táctica y salida de los equipos. ¡Críquet, señores! Nosotros, por ahora, en el banco de suplentes. Buscamos césped, y jugamos a interpretar reglas. Demasiado altos estábamos como para llegar a entender algo. Un kiwi que por allí estaba se dio cuenta de nuestra situación y se acercó a orientarnos. «Juego inglés, muchas reglas, muchos números», nos dijo, y trató de explicarnos el deporte. «Todos batean y tiran, al menos, un par de veces. Eso es lo divertido», fue lo único que entendí de todo lo que dijo. Ahhh… complicadito el tema, pero al parecer, entretenido... Gracias por la información. «El partido debe de estar llegando a su fin», concluimos con Gordo, después de ver al dueño del lugar sacar una BBQ de un galponcito. Cinco minutos pasaron cuando comenzaron a venderse hamburguesas. «¿Cuánto, jefe?», preguntamos y un dedo índice levantado nos indicó dólar. Creo que Gordo se terminó comiendo cinco, en menos de veinte minutos.

Hubo una entrega de premios, donde los trofeos eran… ¡cervezas! «Para el goleador del partido», «para la mejor parada», «para el mejor batazo»… se escuchaba y sonaban los aplausos. «Para los argentinos», gritó Jeff y las palmas y miradas hicieron eco en nosotros. Gracias, gracias. Después de un rato, decidimos salir de allí. Chau, hasta luego, muy lindo todo. Me separé del grupo para ir baño y, cuando me subí a la van, me di cuenta de que se había sumado un maorí amigo de los kiwis. Gordo y Alan picaban marihuana en los asientos delanteros, con la lucecita del techo iluminando sus manos. Hola, ¿qué tal? Sebastián es mi nombre. Submarino. Por momentos, estábamos pintados frente a tres sujetos que no paraban de hablar y de acordarse de viejas hazañas, en… ¡idioma recontra kiwi! Mi mente tenía que hacer muchísimo esfuerzo para seguir una conversación en ese dialecto. No hay necesidad de esforzar neuronas después de semejante veneno, pensé y me limité a escuchar y observar la situación que acontecía en mi vehículo. Nunca lo había visto a patroncito con tanta locura. Me imaginé a los tres con quince años menos, volando de esta manera. ¡Qué rico faso, señores! ¿De verdad, Jess, tenés varias plantas de estas en la casa de tus viejos? Felicitaciones.


Comidas típicas

Una mañana sin actividad programada ni compromisos incumplibles puede terminar haciendo de nosotros algo impensado. Todo está bien en Zelanda; no existen preocupaciones, sino inquietudes de cómo ocuparse del día que se avecina. ¿Cuál es la mejor manera de encararlo? Aquí, parece todo posible, solo es cuestión de ganas compartidas o convencimientos absolutos. Hoy, vivimos uno de esos días. Después de despertarnos, escuchamos ofertas y nos pareció buena la del almuerzo internacional comunitario. Enseguida, comenzamos a escribir la lista del supermercado. Después de reuniones de equipos, República Checa pidió ajo y papas, ya que pensaban en tortilla. China, con pescado bajo el brazo, prometió arroz con verduras y sopa. Obviamente, Argentina se anotó con parrillada. Cuando volvimos de hacer las compras y repartimos los artículos, todos emprendieron preparativos. Nosotros, con primer síntoma de pegue (rico veinte nos vendió el dealer maorí), comenzamos a pensar cómo íbamos a cocinar, en dónde, con brasas de... En fin, detalles. En eso estábamos, cuando llamó Alan. «¿Qué hacen? ¿Piensan venir a trabajar? ¿Tres, cuatro, cinco, seis horas? Traigan a las chicas, si quieren», me dijo patroncito, después de recrear mentalmente el panorama que le describí de Argentina en el PH. Por alguna razón, China no estaba incluida en la lista de gente convocable para jugar con Kiwanos. «Listo, nos vemos ahí», fueron mis últimas palabras por teléfono. «Nos llamaron por trabajo», dijimos e invitamos a las chicas antes de partir. Se cambiaron enseguida y subieron a la van. Con China arreglamos que transformaríamos el almuerzo en cena. Todos de acuerdo.

Sacar yuyos fue la consigna propuesta por Alan, quien sólo estuvo un rato. Al principio, les pregunté a las checas cómo les sentaba ser una desmalezadora manual en cuclillas. Me respondieron que preferían pickear flores de kiwi. A mitad de bloque, decidimos parar a descansar. Lo que creímos recreo de las diecisiete se transformó en picnic. Nos tiramos en el pasto, con sol y galletitas, hasta partir a casa. Ahora, ellas reconocieron que era un excelente oficio el nuestro, pero que seguían sin entender la ausencia del jefe. «¿Seguro que nos van a pagar las cuatro horas?», preguntaban al retirarnos del campo. «Claro que sí», respondíamos confiados.

Al llegar a casa, reencontramos cervecitas (ya frías) y misión de improvisar una parrilla. Gordo hizo La Profesional que acostumbra con banqueta de aluminio de camping y reja del horno. Para evitar carne al piso, la aseguró con alambre. Argentina entró en pánico al comprobar que la leña tomada de prestado, sin previo aviso a la orchard continua, era muy dura y costaba obtener brasa. Yo sabía que estaba complicado el tema, pero que en algún momento se iban a terminar de cocinar los pollos. Sí, sí, finalmente, fue lo único que nos animamos a comprar para la ocasión (no logro discernir qué parte de vaca envasan estos neozelandeses). La cerveza se terminó y la gente se nos vino encima. «Hambre», se escuchaba seguido. Atrás, lejos había quedado la tortilla y la sopa. El arroz con verduras fue un mito. Yo permanecía inmutable ante los comentarios, y a la vez, metía mi cabeza casi dentro del fuego para rescatar cuanta brasa podía. Rex, indignado por mi ignorancia, me propuso (mirándome a los ojos) terminar la polleada en el horno. Obviamente, acepté, pero le dije que de igual manera iba a dejar algunos en la parrilla. Le pareció bien la idea, pero después de una conversación en chino con Jeison aceptó aguardar unos minutos. «Diez», le dije yo. Perdón por la demora, y buen provecho, dije veinte minutos después.

De sobre mesa, repetimos el aperitivo convidado por las checas antes de los primeros bocados. Un licor artesanal de cuarenta y siete grados de alcohol, cual Brandy. Explosivo calentador toráxico. «Llueve mañana», dijo China, cuando se retiró a la cama. Estrellas había. Le desconfié. Mientras mirábamos el fuego y tomábamos cervezas «halladas» en el freezer (según los gordos), las chicas nos contaron que hacía un mes que habían llegado a Zelanda y venían sólo por tres. Sus familias creían que estaban en un hotel, vacacionando, y no ahorrando tanta plata como podían para después volver a viajar. Blablamos y uno a uno fuimos cayendo. Simpáticas, ¿no? La rubia, hasta interesante. Buenas noches, amigo.


Gala

Fuimos a pegar faso después del trabajo. El rasta no tenía. «Vengan a la noche», nos dijo. «Dalee», respondimos y nos subimos a la van. Terminamos de cerrar las puertas, se puso en marcha el motor y un «¿a Mount Maunganui derecho?» escuché con tono casi afirmativo. Perfecto. El negocio turbio de Mount nunca falla. La costanera se presentó con tarde ideal para mates y pulóver. Nos quedamos fumando y hablando en la bahiíta rocosa y arbolada del centro. Obviamente, a esas horas, las playas están desiertas. Todos están guardados desde las veinte. Qué loco lo de estas islas. El ritmo de vida no contempla semanalmente el consumo nocturno, entonces nada hay cuando el sol cae. Así es en todos los lugares que conocimos hasta aquí, salvo Auckland, Wellington y Christchurch si se quiere, o tendríamos que redefinir «movida nocturna». Con los primeros indicios de Gula, encaramos en dirección casa, porque allí teníamos todo como para asadito bien regado. De pasada por Te Puke, nos acordamos que había Gala de fuegos artificiales en el colegio del pueblo, pero no teníamos ni idea a qué hora ni dónde quedaba. Solamente recordábamos haber visto un cartel en la ruta. Hoy es el día. Después de unas vueltas, dimos con la institución y encontramos muchos autos, pero poco movimiento. Pagamos tres dólares de entrada. Un pasillo largo y oscuro nos condujo (después de atravesar molinete) a una cancha de fútbol con música en vivo, mucho adolescente, familia y puestitos gastronómicos limítrofes al césped. Pasamos tres minutos contemplando todo, tratando de entenderlo, cuando ¡plufff!, sonó el primero. ¡Un viaje! Había bombas con sonido grave e intenso en su alto ascenso y un final explosivo tremendo. Luces que se venían hacia nosotros, una tras otra, de todos los colores y formas. Ahí, perdidos entre neozelandeses, estábamos paraditos nosotros, con capuchas puestas, puestos. Manitos en los bolsillos, cuello quebrado, inmóviles, en silencio. Lo miré a Gordo, en una, y este estaba con los ojos bien atentos y la boca entre abierta. Él vio que lo miré y, con movimientos lentos, casi dificultosos, me miró. «¿Viste lo que es esto?», me preguntó en cámara lenta. Increíble, de verdad, sólo eso quedó. Veinticinco minutos indescriptibles. Una locura celebrada como natural. Nosotros tuvimos ganas de dar vueltas carnero mientras los locales aplaudían y comenzaban a retirarse.


Buenas y malas

Patroncito me dio un cogollo y pie para, ahora sí, concretar lo que veníamos buscando con los gordos: que nos haga de mediador con su dealer. Me sigue sorprendiendo la comida de pelos respecto a algunas cuestiones relacionadas con la marihuana. La última y primera vez que le salí al cruce con la propuesta, se hizo el boludo y me dijo que se había cruzado por casualidad con un tipo que vendía en Te Puke, pero que no sabía cómo ubicarlo. «Si te cruzás de nuevo con tu amigo, comprale con esta plata, por favor», lo apuré ahora, con más confianza. A Alan no le quedó otra que aceptar el compromiso. Eso sí, aprovechó la movida monetaria para reclamarnos lo que nos había dado de su bolsillo, cuando no nos depositaban. «Si si, los cien dólares que nos diste cuando hicimos la mudanza de container a container… me acuerdo, pero pensábamos que ya nos lo habían descontado del sueldo», le respondí y entregué dos billetes de cincuenta.

El trabajo en Papamoa lo hacemos a nuestro ritmo y paramos cuando queremos. Solos estamos. Eso tiene un lado bueno (recién mencionado) y otro complicado y difícil de escaparle: el mal desarrollo de kiwanos tiene a Argentina como principal culpable, porque el jefe nunca se equivoca. Eso me enseñó el Tío Young, mi amigo personal. Esta suma de responsabilidades venía alimentando nuestras intenciones de aumentos salariales, algo más del supuesto doce en mano. Ahora, caemos en que tenemos que focalizarnos en alcanzar, al menos, ese numerito y después ver.


Situación

Cuando nos disponíamos a volver a las actividades, luego de almorzar en el campo, a Alan se le ocurrió preguntar (mientras sacaba un porro de su bolsillo) si podíamos continuar después de fumarlo. «Pero, por favor», fue nuestra respuesta y Gordo lanzó su encendedor. Tocados mentalmente, cada uno perfiló para su puesto. El kiwi se subió al tractor y comenzó a desmalezar entre surcos; Gordo tomó sus guantes y encaró a un bloque en búsqueda de weed. Yo lo estaba por seguir, pero se me ocurrió musicalizar nuestra tarde: poner la van cerca como para hacer la locura obrera más interesante. Al salir marcha atrás, ¡Plaff!, escuché. Lo primero que hice fue frenar, naturalmente, y después, mirar a mis colegas. Ninguno de los dos había escuchado el estallido. Más tranquilo me bajé a investigar. Con la rueda trasera derecha había pasado por arriba la conservadora de patroncito. Dentro de ella, estaba prolijamente guardado su segundo almuerzo, ahora disperso por el suelo. Era irreparable el error. Por eso, encaré hacia el tractor.

«¡¡No sabés lo que pasó, Alan!!», dije, después de hacerlo frenar y esperar a que se sacara los tapa oreja. «¿Qué?, ¿qué?», preguntó él y comenzó a preocuparse. «No, no… tenemos una situación aquí… rompí tu conservadora, la pasé por arriba», le confesé. Primero, me miró a los ojos (o eso flasheé yo); y después, no pudo evitar sonreír al mismo tiempo que pronunció: «¡estás drogado!». «¡Claro que sí, al igual que vos! O acaso, ¿para qué fumamos? Mañana te compro una», concluí.


Más kiwanos

Al final de la jornada en Papamoa, patroncito nos cargó a la camioneta y, en el camino, nos contó su idea de alquilar un espacio más de cultivo, «Queda en Whakatane, un pueblo cercano a Te Puke, pero para el lado opuesto a Tauranga», nos dijo mientras íbamos en esa dirección. Lo haría porque ve el negocio, aunque René, su socia y ex-esposa, piense lo contrario. Subimos una pequeña colina y encontramos unas cinco hectáreas verdes con vista al mar, divididas únicamente por un alambrado. «A ese lo sacamos mañana con el tractor que traiga Gordo de Papamoa», dijo el kiwi. Ahh, ya está resuelto esto, nada de proyecto. A laburar se ha dicho.

Antes de que Gordo se vaya en tractor hacia el otro campo, arreglé dejarle una cerveza fría en el primer cartel después de doblar en la ruta que va hacia Whakatane. Es decir, que lo esperaríamos con Alan allí, como para comenzar una jornada de manera más que agradable. Sólo para molestar, y para que recorriera unos cientos de metros con más sed, le dejé (en el lugar acordado) un papel con la inscripción: «seguí participando» y un aviso a pie de página que decía que buscara su alegría en el próximo cartel. Ahí sí encontraría una Heineken helada.

Cuando Gordo llegó al campo, venía con la boca realmente seca. Me dijo que nada había visto. «¡Boludo!», le respondí y le convidé una.

Después de almorzar, comenzamos a sacar el alambrado como habíamos hablado. Esta actividad me pareció más sencilla en la palabra que en el hecho. El tema era así: el kiwi venía conduciendo el tractor y dejaba el poste entremedio de los pinchos delanteros. De éstos salía una cadena con la que yo jugaba a «ahorcar» a la madera con dos vueltas (la segunda por debajo de la primera). Patroncito levantaba el tema, lo de hierro se tensaba, trababa y desenterraba madera. Con suerte, todo sucedía en un solo movimiento, si no, teníamos que repetir el proceso, pero con la cadena nuevamente al ras del suelo. Gordo trabajaba atrás nuestro, arrollando el primer alambre que bajo tierra había quedado. Calor importante y no parábamos de desenterrar postes. En un momento, lo veo a patroncito prender una tuca. No sólo no me ofreció, sino que me decía: «¡andá, andá!», como apurándome, y a mí ya me empezó a subir la temperatura corporal. ¡Andá qué! ¡Vení vos acá abajo!, pensé, pero nada dije. Menos mal, porque después me di cuenta que lo que realmente decía era «under, under» (en jerga kiwi) en referencia a la segunda vuelta de cadena. Más o menos, treinta postes desenterramos y el cuadro se hizo uno. Listo por hoy.

A la noche llamó patroncito y me propuso que, de ahora en más, sea yo el encargado de recaudar el pago por alojamiento en el PH. ¿Por qué Jeison ya no sería el responsable? Ni idea… Mi problema del sí fácil me llevó a aceptar la oferta. «Este compromiso será un dolor de cabeza a futuro, estoy seguro, porque ni siquiera puedo controlar mi propio dinero. Malísimo», les dije a los gordos antes de hablar con China y República Checa al respecto.


Día de pesca

La mañana nos encontró en Papamoa sin químicos para fumigar, y además, sin ganas de hacer nada al respecto. Resolvimos bajarle la persiana al trabajo y estrenar la caña de patroncito. Cansados de nada sacar del mar, salvo líneas cortadas, decidimos partir hacia el río, como si el agua dulce fuese un fuerte en nuestra pesca. Empezamos a levantar campamento de la playa, y en mi primer viaje con carga a la van, me topé con un billetón verde manzana que estaba parado en la arena, con ayuda del viento y huella donde se encontraba. Veinte kiwis. No me alegré, sino que me preocupé. ¡La plata que me dio Jeison esta mañana para el alquiler! ¿La habré puesto en esta campera?, pensé. «Gordo...veinte dudosos en el suelo», grité y aquel sonrió sin dejar de juntar cosas de la arena. Seguí caminando y, al par de metros, encontré otro billete haciendo la vertical. Algo sucede. Me alarmé aún más. Esta vez no dije nada, sino que comencé a tantear dinero por cuanto bolsillo tenía encima. Nada por ahora. Buscar con desesperación lleva a la ceguera. Entonces, «no cambiará nada enterarme, ahora, que soy tan colgado como para haber perdido la plata o descubrirlo esta noche o mañana», me dije y continué como si nada hubiese acontecido.

Al regresar a casa, notamos que la carpa checa ya no estaba en el primer piso. «¿Dejaste escapar a las chicas?», le dije a Jeison. El muchacho rió y me dijo que se habían ido de mañana, rumbo norte. Nada gracioso me parece.


David (primer acto)

China nos pidió que los lleváramos a lo de su contratista para cobrar una deuda. «Lleva dos semanas de atraso», nos dijeron. «Ningún problema, amigos», respondimos. Siguiendo sus indicaciones, fuimos matando las últimas cervecitas que disponíamos. La dirección buscada, terminó siendo el restaurante de David, el amigo de Alan. Sorpresa la nuestra. «¡Qué hijo de puta!», pensamos. Obviamente, el apu les hizo decir a sus mozos que no estaba y sólo contestó su celular al tercer llamado de Jeison. La semana que viene, supuestamente, les va a pagar. De regreso al PH, nos topamos con la policía que había decidido montar un control de alcoholemia. Creo que nuestros amigos se asustaron más que nosotros y eso que ellos nada tenían por perder. Hola, ¿qué tal? «Vamos para Te Puke», dije, cuando me pusieron cerca el aparatito botón. Zafamos otra vez. Cuando nos dé positivo, si es que realmente funciona, deberemos pagar una multa de mil kiwis, entregar el carnet de conducir por seis meses y después ir a reclamar el vehículo secuestrado. «Que nunca, que nunca», repetimos.


Juego de mente

Alan cuida obsesivamente la limpieza de su rentado campo, hasta el punto de hacernos tirar las colillas de cigarrillos en la van. Pero eso no es todo. Hoy, después de darnos bolsa de arpillera y cuchillo de mango alargado, indicó levantar cuanto plástico de invernadero (producto de los respiraderos que les hicimos) estuviese en el suelo. ¿Algo más divertido no te queda, kiwi?

Estuvimos muchas horas pinchando nylon, mientras caminábamos por las seis hectáreas que componen Kiwano Papamoa. Todo sigue sin pinchar por los suelos de Zelanda. Cuando toca hacer este tipo de actividades, uno no puede hacer otra cosa que jugar con la mente. Más allá desde dónde haya arrancado mi pensamiento, termina en delirios profundos, de la mano de la tranquilidad zelandesa. «Si yo quiero hacer lo mismo en Argentina... digo, vivir en paz... ¿tengo que poblar la Patagonia? Si empapelo las capitales provinciales con afiches propagandísticos que indiquen que todo aquel que presente certificado de curso de oficio realizado (y supere un testeo antipiratería), accede a un terreno en el sur para formar tanto pueblo rutero como aquí hay, ¿funcionará? En un momento estaba convencido de que, al menos, cuando pise suelo porteño, pagaría por aviso clasificado en diario y comprobaría cuántos pican… ¿Señor Presidente, me sede terrenos fiscales, por favor? Tengo una idea en mente… ¿Nos tomamos un café y le cuento? ¿O anda con la agenda cargada? Delirios profundos, decía.


Pata Sucia

En la ducha me di cuenta de que tardo más en limpiar mis plantas de pie que en lavarme el cuerpo dos veces. También estuve pensando que hace varios días que no me pongo, ni siquiera un rato, calzado alguno. Ni para trabajar en el campo… Tremendo. ¿Tan difícil puede resultar entender que la limpieza de los suelos depende de uno, exclusivamente? Es como cepillarse los dientes…


San Balde

Hoy a la mañana, mientras jugábamos a weed, le volvimos a pedir a patroncito compra cannábica y le dimos efectivo. «¿No tienen más?», preguntó. «¿A usted qué le parece, señor?», repregunté y lo invité a tomar el dinero. «Voy a ver si me cruzo con mi amigo», terminó diciendo Alan.

Después de almorzar, cuando nos disponíamos a volver a los kiwanos, vimos al kiwi (a lo lejos) echando humo. Lo bueno de este personaje es que no consume tabaco, entonces, cada vez que anda en algo parecido termina siendo marihuana. Con los gordos le salimos estratégicamente al cruce y dio resultado. «¡Patroncito, patroncito!», lo llamamos y apuramos el paso hacia su encuentro. Tan rápido nos metimos en el container que al kiwi no le quedó otra que convidarnos. Liquidamos la tuca, y retomamos weed. Nosotros, claramente, porque Alan se quedó «ordenando» las herramientas. Ni dos metros habíamos avanzado desmalezando, cuando patroncito se acercó en su camioneta y nos dijo, a modo de despedida: «cuando se vayan cierren el container. Nos vemos mañana». «¡Sweet, Mike!», respondió Gordo. A todo aquel hablante de lengua inglesa con el que se cruza mi amigo lo apoda «Mike». Otra vez, solos en el campo. Mientras experimentábamos una alta locura y profunda tranquilidad, nos dimos cuenta de que preferíamos no trabajar en estas condiciones y que nos habíamos olvidado de recordarle a patroncito que nos consiguiera marihuana. «Pero de esta misma», gritaban los gordos desorbitados. Una y otra vez. Sacamos yuyos por un par de horas (que se pasaron volando) y, en nuestro primer recreo, decidimos refugiarnos dentro del fresco container con botella de agua en mano. Camino a este, divisé un paquetito de sedas en el piso. Bajo techo, Gordo se sentó en una reposera de pescador y yo descubrí que, en el medio del lugar, había un balde amarillo de pintura, destapado. Mi paso por su lado me produjo sorpresa. Gramos y gramos de sustancia divina. «¡Daaale!», me dijo Gordo y saltó de su asiento para corroborar. Por lo menos, tres onzas de cogollos. Tomamos «prestado» cincuenta dólares, aproximadamente, y salimos con uno en la boca. «Tenemos sedas y porro, pero nos falta el recipiente donde llevarla», le dije a mi amigo, cuando descubrí una bolsa Ziploc tirada en el suelo, cerca de la canilla del galpón. ¿No es raro, acaso? Por estos lados, aparentemente, estas casualidades no existen. Es por ganas de uno, energías, como decimos nosotros. A pescar al río, entonces, basta de boludeces. ¿Les dije que Zelanda tiene unos cielos imposibles?

La mañana siguiente, lo primero que hicimos fue mirar donde estaba el balde sagrado. Nosotros lo habíamos dejado donde lo encontramos, como si nada hubiese sucedido. Estoy convencido de que patroncito lo hizo a propósito. ¡Antes de irse nos dijo que cerremos el container! ¿Cuánto hacía que no lo mencionaba? Ya es algo sabido. Lo hizo para que entráramos y nos abasteciéramos de marihuana.

El balde amarillo ya estaba guardado en una estantería llena de otros similares que lo disimulaban. «Patroncito anduvo por acá temprano», le dije a Gordo. «Anoche pasó de largo y ahora está durmiendo», me respondió mi amigo. ¿Qué hacemos? ¿A qué jugamos hoy? Sembrar sandías.

Semilla aquí, semilla allá, regadera gigante y vida. Así estuvimos un par de horas tranquilas. «¡Gordo! ¡Dejá de sacarle porro a patroncito! ¡Si aún tenemos en la van!», le gritaba yo, cada vez que lo veía salir del container con cara sospechosa. A la tarde, nos dedicamos a weed. El ritmo de trabajo disminuía a medida que pasábamos de una planta a otra. Fuimos cada vez más lento, hasta que decidimos frenar para descansar realmente, sentados en los chorizos plásticos ¡Qué bárbaro! ¡Cómo se escucha el romper de las olas! ¿A cuánto está el mar? ¿Dos kilómetros, acaso? «Las cervezas ya deben de estar vestidas de novia», me recordó Gordo, en referencia a las que habíamos dejado en la heladera del campo. «Y aquella sombra me llama», dije y propuse arboleda. De repente, y con buena altura, decidimos inaugurar la temporada de cervezas en Kiwano Papamoa, ya que comprobamos el buen funcionamiento de la cámara de frío para animales sacrificados. ¡Salud, pues!

Sentados bajo el gran árbol que hay en el medio de la orchard, una de las pocas sombras del lugar (y punto alto, cual mirador), disfrutamos la primera ronda. «Lástima que queda una sola», mencionó Gordo y fue a buscarla. La compartimos y salimos rumbo al supermercado por algunas más. La vuelta por entre las góndolas provocó que nuestro chango se llenara de cervezas, hamburguesas, puchos, tomates, queso, Nesquick y leche. «Ni loco nos volvemos a poner los guantes, ¿no?», le pregunté a Gordo, mientras esperaba el turno para ser atendido. «Fumigamos a la noche. Si hay viento, sacamos yuyos o cortamos invernaderos... Lo que sea, pero todo después de pescar en el río...», me propuso mi amigo. Perfecto. Después de un nuevo fracaso en pesca, volvimos a los kiwanos sin ganas de hacer algo con ellos. Dos gotas y un horizonte que amenazaba con precipitaciones, nos alejaron del lugar. «Alan, lloviznó en el campo a la tarde», era nuestro discurso preparado. A casa nos fuimos.


David (segundo acto)

Jeison volvió a pedirnos que los lleváramos a lo de su contratista, y nosotros nuevamente aceptamos. Esta vez, era en serio lo de cobrar la deuda. David cumplió, no le debe haber quedado otra. Rex nos pidió, después, que pasáramos por la licorería. Perfecto. China se bajó y volvió con obsequio: cajón de madera con doce cervezas de setecientos sesenta mililitros. Una por pera, brindis y continuamos viaje al PH.

Argentina venía de una jornada laboral algo extensa y mal alimentada. Si a eso le sumábamos pipa y cerveza recién abierta, podíamos concluir que estábamos en la previa para ir a un boliche. Algo así debe de haber pensado Gordo, porque si bien nos veníamos cagando de risa con esta gente, no daba para clavarse la última party pill que de recuerdo vivía en la alforja, un lunes. Ni hablar del trabajo mañanero del que vivíamos. «¡Me la tomé!», dijo mi amigo, pero yo no le creí. Igualmente, miré la hora: veintiuna cincuenta marcaba el reloj. ¿Posta?

La cerveza nos hizo detener a descargar combustible amarillo, tirando a blanco, en un baño público de Te Puke. Vi a Gordo mirarse de cerca en el espejo. Comprendí que era verdad lo de la pastilla. El diablo comenzaba a manifestarse en sus pupilas. ¡Mirá que te vas a clavar una! ¿Qué necesidad? Pero bueno, mi cabeza comenzó a buscar una salida, algo para no abandonarlo en su locura, puesto que sabía que le quedaban horas y horas de poco sueño. Se me ocurrió dejar a los chinos en casa y mandarnos para lo de Fernando, a su casa playera de Papamoa. Mucha gente no teníamos por visitar y menos a esas horas. La cosa se simplificó un poco al llegar al galpón del PH, treinta minutos después de la ingesta. Gordo no alcanzó a abrir más de diez centímetros la puerta de la van que ya estaba llamando a «Hugooo», cortito y al pie. Tan así, que ni Jeison ni Rex se dieron cuenta. ¡Epa, amigo! ¡¿Está bien?!, le consulté. «Nunca más», me respondió y salió para terminar el trámite en el patio de casa. De ahí a recostarse.

No sé qué fue, pero me desperté con la imagen de Eber, sentado en mi almohada, pidiéndome silencio. Gesto y onomatopeya. ¿Sueño, entresueño, locura o realidad? ¡Qué viaje! Lo conozco desde hace mucho tiempo, pero nunca me había sucedido. Creo que mencionó algo o me levanté repitiendo una frase: «los extremos indican lo contrario» ¿qué significa eso? Soy muy joven para el delirio, ¿no?


Campeonato

Gordo acusó estado gripal y no asistió al campo. De siete a dieciséis, estuvimos con Alan, en Whakatane, jugando a ser farmers. Después, fuimos a Kiwano Papamoa, ya que el kiwi hacía varios días que no andaba por ahí. De pasada por Te Puke, compramos cervezas. Almorzar, nunca ¿no?

Recorriendo los melones estábamos, cuando patroncito me pasó un cogollo para que picara y enrolara. Qué lindo es tomar cerveza fría en un día de campo soleado. Fumamos, caminamos entre frutos y hablamos de esta producción y las diferencias con la del año pasado. Se mostró contento y, ahora, con una nueva seca más. «Este sector no pudimos cosecharlo el año pasado. No sé por qué, era un área de plantas muertas», me decía y señalaba un córner de la orchard. Su celular sonó y, haciéndose el serio, dijo que estaba en camino y que había conseguido un jugador más. Críquet. Campeonato. ¡¡Pará!! Yo, ni zapatillas tenía. Solo una camisa de obrero y un jean que de cintura me bailaba. ¿Mugre?, ni hablar. Loco y ya borracho por vacío estomacal, no pude otra cosa que aceptar. Llegamos y el partido estaba arrancando. Yo tomé posición bajo una arboleda donde estaba el resto del equipo suplente. Alan, adentro, de movida. Hola, ¿qué tal?... Todos tenían porroncitos y yo me uní a esa ronda pensando, otra vez, lo lindo que era tomar cerveza fría en un día soleado. También esperaba que no necesitaran de mis servicios. ¡Nada de lesiones, eh! «Tenés que entrar», me dijo uno de mi equipo. «¿Entrar a dónde?», respondí. «Ponete esto y ubicate por donde está el chico de azul», me indicó y pasó una canillera enorme que me cubría, de alguna manera, desde el tobillo hasta arriba de la rodilla. Salí caminando, en aquella dirección. Me detuve y comencé a intentar ponerme la protección. Elástico acá, ahí y quedó amarrada a mi pierna. Ahora bien, ¿qué hago?, fue mi duda y, sobre todo, cómo carajo iba a correr así disfrazado. ¿Tengo que correr?«¡Amigo! ¡Amigo! ¿Cómo va el partido?», fue mi primera expresión rompedora de hielo hacia el rival de remera azul. El muchacho se dio vuelta y era Ben Stiller. Dudé en reírme y confesarle la similitud extrema, pero esperé que contestara, al menos, mi primera pregunta. «Ganan ustedes», me dijo. «¿Tenemos chances de terminar así?», repregunté. «Esperemos que no», respondió. «Por casualidad, ¿sabés qué tengo que hacer en esta posición?», continué con el diálogo. «Tu función es controlar si la pelota lanzada pica antes o después de la marca», me indicó el kiwi. ¡Ah! soy árbitro. No me atreví a pronunciar palabra… todas picaban pero no podía distinguir, realmente, dónde. El partido se fue a un tiempo muerto y yo me acerqué a la sombra de suplentes donde comenzaba a juntarse mi equipo. Escuché risas, pero entre tanto treintañero largo no me atreví a curiosear sobre el origen. Uno de los amigos de Alan, después de unos minutos, se me acercó y me explicó cómo ponerme bien la canillera. Ah, era eso. Perfecto.

«Te toca batear ahora», me dijo patroncito, cuando ya todos estaban tomando posiciones. Bate en mano, me planté delante de los postes a defender y esperé, concentrado, el lanzamiento. Yo voy a demostrar que la imagen no es importante, pensaba, cuando veía venir el lanzamiento del contrario. Lamentablemente, algunas cosas suceden sólo en las películas. Agité el bate como para romper todo aquello con lo que hiciera contacto, pero pifié ante el pique. Nada sucedió. De nuevo, ¿verdad? El catcher me explicó que debía pararme de costado y adoptar una posición cual golfista. Yo estaba como en juego de béisbol. Segundo lanzamiento. Más confiado estaba. «¡Tac!», sonó. La bola comenzó a elevarse y yo me preparé para correr. Corta la bocha. La agarraron en el aire, a cinco metros de mi base. Out. Tercer lanzamiento. Mi compañero bateador me alentaba del otro lado. La bola picó y yo la dejé pasar, como si supiera. No sabía diferenciar una pelota mala de una buena, pero tomé el riesgo. Miré a mis compañeros buscando una señal de aprobación. Un aplauso tímido y ya debía adoptar posición, como si supiera, otra vez. Cuarto lanzamiento, corta conexión. Out. Perdón, perdón. Mi equipo pasó a defender y me señalaron que cubriera un sector de la cancha al que, por suerte, ninguna bola llegó.

«Te toca lanzar», me dijo patroncito. Otra vez, estaba ante la posibilidad de hacer historia en los campeonatos amateurs de Te Puke. «Son piedras, son piedras», me repetía. Lancé mi primer tiro, el bateador se corrió y me miró con cara de «¿estás loco?». La bola no tocó ningún palito y Alan salió corriendo hacia mí, al tiempo que pedía un minuto y perdón al resto de los jugadores. «No se puede tirar así», me dijo. Tomó la bola y me mostró cómo era la técnica. Se hacía un movimiento circular con el brazo, cual sóftbol, pero lanzando desde arriba. «Siempre tiene que picar antes de tocar las estacas», concluyó patroncito y se alejó hacia la arboleda. Al tener que imitar movimientos de tiro, mis chances de éxitos cayeron en picada. Primer tiro. El catcher tuvo que desencuclillarse para tomar la bola. Mmm... Flojito, Argentina. Mi segundo tiro fue con técnica y en cámara lenta. El bateador pifió y yo respiré. La última bola que arrojé fue conectada. Hicieron algún punto, supuse. Muy bien no entendí qué pasó, pero volvimos a rotar.

Me indicaron otro sector en el cual defender. Los primeros quince minutos nada de actividad tuve, entonces los aproveché para seguir interpretando reglas. En un momento, uno de los batazos contrarios mandó una bola altísima hacia mi posición. Sólo tuve que hacer un par de metros hacia atrás y, mirándola fijamente, la esperé para transformarla en out. Me sentí observado, muy. Cayó a mis manos exactamente, desde el cielo. La derecha se hizo cargo de la situación. ¡Plaf! Un dolor insoportable en mi palma y una bocha que rodaba en el césped. ¡Durísima la pelota de críquet! La tomé con la dolorida (la única útil para la acción), y la lancé hacia el catcher. Pique y guante, fue el destino. Bueno, por lo menos eso … Cómo voy a perder ese out… ¡Ay! ¡Cómo me duele el dedo! ¿Cómo carajo hacen estos kiwis?

Mi segundo turno de lanzador llegó. Delante de mí, preparado para batear, se plantó Ben Stiller. Sorpresa. Él estaba concentrado y yo imité seriedad. Primer lanzamiento. Hubo conexión, pero el tiro fue nulo, supongo, porque salió hacia atrás. Antes del segundo lanzamiento, lo miré y le hice la seña de De Niro en los fuckers: «I’m watching you». Ben se sonrió y apretó más fuerte su bate. Hice un lanzamiento más prolijo que direccionado. La bola picó delante de él y, muy lentamente, comenzó a retomar altura. El bate pasó y palito sonó. ¡Out, señores! ¡Ja! ¡Se la hice! Así terminó el partido. Ben se rió y nos acercamos a saludarnos. Casi lo cargo por su parecido, una vez más, pero volví a reprimir. La victoria fue nuestra, pero yo no tuve nada que ver. Solo contribuí a que durara unos instantes menos. El próximo partido es en una semana y mi equipo ya mencionó mi convocatoria. «Si necesitan gente, vengo… calzado», dije, antes de subirme al camión de patroncito. Que feas son las cervezas calientes en un día soleado, pensé al segundo trago. ¿Qué pasó con tu conservadora? ¡No me digas que se te rompió!

«La familia trasciende lo sanguíneo. Lo sanguíneo no es fundamental. Hay que cuestionar la base», escuché en la oscuridad del entrepiso. «Eber», pensé, al intentar distinguirlo. Sus palabras rebotaron en mi mente y enmudecieron el habla. Increíblemente inmóvil, permanecí en un silencio escuchable (nunca había pensado en la búsqueda de vibraciones en el ambiente, no sabía que el Silencio fuese tan profundo). Aún no me acostumbro a recibirlo. ¿Se fue? Lo despido. Buenas noches y gracias, Pariente.


Hospital

En el patio de casa, Gordo hizo un mini circuito o «pista comprimida de motocross» (así la definió) usando pallets y montañas de arena reformadas a paleadas. Dos días después del estreno, tuvimos que salir directo a Tauranga. Yo escribía en el living de la van, estacionada bajo cielo, cuando Gordo me interrumpió. «Loco, me corté», me dijo, mientras se sostenía un papel higiénico en su mentón. «A ver, mostrame», dije. ¡Para qué! Si no me gustan esas cosas. Me hice el que nada pasaba, agarré el volante y perfilamos por atención médica. Para llegar al hospital debíamos hacer cuarenta kilómetros, más o menos. En el cruce de la calle del PH con la ruta, vimos pasar una ambulancia en sentido Whakatane. «La seguimos», dije, aunque sabía que iba en dirección contraria a la nuestra. Gordo escribió un «help» en una hoja de cuaderno y tras ella fuimos. Después de unos minutos de persecución, nos dimos cuenta de que nuestra van era menos veloz que la ambulancia y nada podíamos hacer. Encima, ¡lo único que faltaba era que nos hicieran una multa por velocidad! Retomamos y encaramos para la ciudad. Mi amigo parecía tranquilo y se miraba la herida en el espejo retrovisor. Yo me esforzaba por aparentarlo. Sabíamos que en Tauranga había un hospital, pero no estábamos seguros dónde. Al pasar por el centro, me bajé a preguntarle a una señora que estaba sentada, tomando café en la vereda de un bar. Mientras ella me señalaba la dirección, un kiwi peatón se ofreció a llevarme. Se subió a nuestro vehículo e indicó hacia dónde encarar. La próxima, a la derecha.

Tiramos la van en el estacionamiento y entramos casi corriendo a la guardia. Tan rápido lo hicimos que hasta me olvidé de agradecerle al generoso kiwi. Cuando salí para buscarlo había desaparecido. No fui capaz ni de llevarlo de vuelta al centro. Un desastre. «Llenen este formulario y ya los estamos llamando», nos dijo la recepcionista del hospital. La espera se hizo algo larga, pero finalmente apellido hispano se escuchó y yo encaré tras mi amigo. Entramos como a un estudio de Sony en serie de médicos. Un box de tela se abrió y un joven kiwi disfrazado de azul, cual estudiante de medicina, nos saludó e invitó a pasar. A Gordo lo hizo recostar en la camilla y comenzó a abrir un paquete de nylon lleno de tijeras y utensilios para coser. Buscó una jeringa y, ahí, yo dejé de mirar. Mi campo de visión se redujo a las zapatillas de Gordo. Las piernas corcoveaban tímidamente y, en más de una oportunidad, onomatopeyas de dolor escuché seguido de pataditas al aire. Cuando todo pareció calmarse, me atreví a mirar. Cosiéndolo aún estaba. Demasiado para mí. «¿Puedo tomar asiento?», pregunté y encaré a una silla. Al toque lo dejaron de atender a mi amigo y vinieron por mí con vaso de agua en mano. «No se me va a desmayar», escuché en español. Casi. Finalmente, cinco puntos le dieron. Lo intervinieron tan rápido que quedó asustado por la posible cicatriz. «No se va a ver», le aseguraron. «Mas vale que el pitufo ese sepa lo que hizo», dijo Gordo mirándose en el espejo retrovisor, cuando se subió a la van.


Eber

No puedo predecir por dónde aparecerá. No puedo mantenerme despierto realmente para cuando lo hace. En este juego nocturno, no soy favorito. Sus primeras palabras me sorprenden, otra vez. «La calidez humana es el fruto de la madurez». «¿Cómo?», pienso y digo con dificultad, como si me faltara el aire. Los párpados me pesan. Me quedo profundamente dormido. «Eso tuvo más pinta de sueño que de realidad», dije de mañana, mirándome al espejo mientras me lavaba los dientes y recordaba la Eberpresencia ¿Por qué me cepillo los dientes frente a un espejo?


Domingo de flores

El viento y los tiempos muertos fabricados nos están complicando el dibujo de horas y dineros. El crecimiento de los yuyos botones hacen de patroncito un puñado de indirectas para con nuestro desempeño. Para incentivarnos, el kiwi nos dijo: «les quedan estos tres bloques por fumigar. Si se ponen las pilas, y trabajan el fin de semana, tipo lunes o martes podrían salir de vacaciones». Al escuchar eso, nosotros organizábamos liquidar todo de noche con asado de por medio.

El sábado avanzamos un bloque, pero el domingo no se trabaja, no se puede. Fiaca. «¿Damos una vuelta por la playa para ver qué se ve, amigo?», pregunté. «Sweet», fue la respuesta que me dio. Mientras caminábamos por costanera bajo ameno sol de me- diodía, Alan hizo sonar nuestro celular. Patroncito... patroncito... «¿Hola? ¡Sí!, no, no, estamos en Mount... nos tomamos el día porque el clima lo amerita, ¿no te parece? Mañana seguimos con Papamoa... ¿Vos en qué andás?», le dije tan rápido como pude, para evitar que se detuviera en cuestiones laborales. «¿Tienen todo?», me preguntó el kiwi. No sé si yo me comí los pelos o hizo macoña referencia. Digo, porque lo estuvimos jodiendo con la compra hasta que encontramos su balde en el container. Desde ese momento, no mencionamos más el tema. «Sí, sí, tenemos todo. Gracias», le respondí con miedo y corté prontamente.

Caminando por la playa, me encontré veinte dólares. Está buena esta pequeña costumbre. ¡Que no se corte, que no se corte!


Sin China, con Checa

China ya no está con nosotros, partió hacia Auckland. Gordo le ofertó a Jeison doscientos dólares por su Nizan rural en deterioro. No estaba mal la idea. Ellos necesitaban efectivo y sacarse de encima ese móvil al que nada le funcionaba más allá del motor. Además, legalmente no podía circular por Zelanda. Nuestras cabezas comenzaron a idear un solo viaje arriesgado hacia Papamoa: si nos parara la policía, nos secuestrarían el vehículo, el carnet de conducir y nos invitarían gentilmente a pagar una gran multa. Si lográramos evitar el control vehicular, tendríamos divertimento garantizado. Gordo ya flasheaba con el final de la historia: «¿sabés lo que debe ser chocarse un árbol de lleno?», me preguntaba y, al mismo tiempo, se emocionaba. «¡Gordo tuerca loco!», simplemente pude acotar. Cuando hablé con los chinos por la transacción, el argumento para convencerlos fue que para que les dieran la WOF tendrían que invertir mucho más dinero de lo que realmente valía el auto. Además, si su plan era estar en la gran ciudad rápidamente no le darían los tiempos para que se lo arreglaran en el taller. Esa fue la última mención al respecto. Nunca supimos qué había pasado con el Nizan. Desapareció junto a sus dueños sin dejar rastro. Un día después de que China abandone Te Puke, República Checa volvió a vivir bajo techo de PH. Solos los cuatro, tres noches diferentes hemos pasado, hasta que ellas volvieron a tomar ruta. En la sobremesa de la primera, la consigna fue escribir nuestros nombres completos en un papel. Este mismo juego nos llevó, inesperadamente, a reprimir risas. Esas de las que son imposibles y que por dentro no podes más y por afuera tratás de que nadie se de cuenta, como para que lo que se está dando continúe sucediendo. El tema fue cuando le llegó el turno de escribir a Gordo. Comenzó a pronunciar, a la vez que escribía: «Gordo Bocha André». «¿Mocha?», preguntó la morocha de las chicas. «Shhh… Mocha no, no digas eso», le pidió mi amigo, en un tono bajo y lleno de misterio, como si alguien de arriba no pudiese escucharlo. Ella me miró buscando argumento más contundente que el pronunciado y yo respondí llevándome el dedo índice a la boca, cual foto de enfermera de hospital. Shhh… Para salir de ese extraño momento, dije «Sebastián» y comencé a escribir… Al día siguiente, por separado, cada una de ellas nos preguntaron sobre nuestra reacción y significado de aquella palabra prohibida. Cuando le confesé a la rubia (asombrado y con risa) que, en realidad, no había traducción para eso y que había sido un chiste al cual yo me sumé solo por compañerismo, ella no lo podía entender. «Estaban tan convencidos, parecían tan sinceros… pensábamos que era algo realmente religioso», me dijo. Me le reí un rato, cariñosamente, en la cara y le pedí varias veces perdón. Linda eres, pude haberle confesado, pero no me dio el coraje. La segunda noche nos encontró a los cuatro escuchando música en la cocina del PH. En un momento, Gordo y morocha se pusieron a conversar en un extremo de la mesa. Yo hacía lo mismo con la otra, del otro lado. Casualidad, supongo. Mientras hablábamos de las condiciones en las que vivíamos, dormíamos y demases, esta señorita se despachó con un: «Nuestra carpa parece chica… pero uno puede hasta coger cómodamente». ¿Perdón? ¿Escuché mal? ¿Usted dijo…? Ah, ¿zi? «Show me», pedí. Ella dudó un segundo y allí creí haber entendido mal su frase. No dijo fuck, dijo duck… o qué se yo. Trágame tierra, pensé. «Ok», dijo finalmente y se levantó de su silla. Salimos de la cocina y encaramos hacia su carpa. «Arrancadores los motores checos», me dije. «Como los Perkins, diría los gordos», me autochistaba y seguía a la cada vez más linda señorita. Al hacer contacto con la carpa, el tema de conversación giraba alrededor de comodidades sexuales, exclusivamente. «Claro, fíjate que desde adentro la perspectiva cambia y parece aún más grande», dije y me introduje en el habitáculo de lona. Después, con el brazo extendido, invité a que ella hiciera lo mismo. Beso de por medio, accedió, pero a mitad de camino se plantó y quedó arrodillada con medio cuerpo afuera. Beso acá, beso allá y ejercí una pequeña y sutil presión sobre su cintura hacia el interior, hasta que noté que el motor falló. Sin querer exigirlo, puse punto muerto y allí quedé expectante. Ella me miró unos segundos y volvió a besarme. Auuura, pensé, pero un «mejor no» (pronunciado tímidamente) emprendió retirada del cuerpo. Yo acompañé, naturalmente, pero acusé falta de entendimiento. Mirándome a los ojos, sin saber qué decir, ella se acercó y volvió a los cariños. Un beso... dos... quise tres, cuatro, cual manotazo de ahogado... game over. «Mejor no», dijo. «Mejor no», repetí. Volvimos a la cocina y allí seguían meta diálogo (gestual y sonoro) nuestros compañeros de aventuras. Poco tiempo después, me despedí para, al menos, dormir tres horas antes de que llamara Alan para fumigar.

Le metimos nueve horitas de trabajo y volvimos al PH. Las chicas, supuestamente, se habían ido de viaje a Rotorua, pero al llegar comprobamos que aún estaban allí. Todo vuelve a suceder: cerveza, marihuana y música.

A la noche, mientras Gordo jugaba a cocinar y yo a ordenar un poco la van, me interrumpió una voz que me preguntaba si estaba ofendido por lo que había sucedido ayer. «No, para nada, no te preocupes», dije, después de distinguir a rubia checa. «¿Un beso para mí?», preguntó. Pero por favor, ¡mire que voy a negarle un beso a usted! ¡Venga acá! Todo muy tierno, muy tranquilo, ¡nada de repetir el error de anoche! Armamos cigarrillos y fumamos sentados arriba de un pallet, bajo cielo. Ella es tranquilamente bella y cariñosa. Entre besos, encaramos hacia la oficina del Pack House. «Vayamos despacio», fue la consigna propuesta por República Checa y Argentina no tuvo ningún problema en cumplir el objetivo, estando en lejanas tierras de sequía bélica, refugiados en un campo abandonado.


Solos

Cinco horas de sueño tenía encima cuando sonó el celular. Patroncito, leí en pantalla. Atendí con muy pocas ganas, puesto que el llamado implicaba trabajo mañanero. «Hay mucho viento para fumigar», me dijo el kiwi. ¡Perfecto! «Hablamos más tarde y planificamos la jornada», le contesté y cerré los ojos. Qué lindo que es regresar al sueño, y sobre todo, dormir horas que hasta la noche anterior eran laborales. Alan volvió a despertarnos a las ocho con un mensaje consigna: fix the black plastic in Whakatane. «OK», le respondí, desperté a Gordo y salimos para el campo. Nos encontramos con varios tramos de plástico (cobertor de surco de cultivo) rotos o levantados por acción del viento. También descubrimos muchos plantines decapitados, por el flameo de los mismos. Entonces, la idea era jugar con palas y corregir todas las imperfecciones.

A media tarde, mientras estábamos trabajando, en silencio, escuchamos quilombo proveniente del galponcito. Fue un solo ruido, pero contundente. Sin tener tiempo a pensar qué había sido eso, sentimos como una onda expansiva que venía por debajo de la tierra, a unos diez centímetros de la superficie. Nuestros cuerpos se elevaron ante el paso de la misma y todo quedó en calma. Gordo se encogió de hombros y puso cara de «¡qué se yo!» y continuó cubriendo de tierra un tramo de plástico. Vaya uno a saber en qué más andan estas islitas.

La sensación en las plantas de mis pies descalzos, cuando se produjo el pequeño acomodamiento de placas tectónicas (según averigüé con el dueño de la orchard), aún la puedo imaginar y sentir. Tremendo.

Lo realizado en un día de tanto calor y con tan poca sombra, era lo que me dejaba tranquilo para anotar nueve horas de trabajo, aunque no hubiesen sido tantas. Al regresar a casa, notamos que esta vez era en serio lo del viaje de las checas. Nos dejaron una nota de despedida, escrita en español de diccionario. ¡Fenómenas! Se avecina vida de trabajo en campo, con casa en otro campo, solos, siempre solos... ¿Momento social? Alan, cajera de supermercado y no mucho más. ¿Tiempo de cambios? Por favor.


Eber

He montado guardia por tres noches consecutivas. Eber está de vacaciones, dejó de mostrarse. Pensé mucho en lo que me viene diciendo. Aún no me atrevo a mencionarlo con Gordo. Necesito respuestas… convencimientos de mi no-locura. Pariente, ¿dónde te has metido?


Festejo en ruta

Lola está en Hamilton, recién llegada de Australia, sin plata y con deudas. Duende, volvió de la gira asiática y rebotó hacia Argentina. Nene, esta transitando la temporada alta del hotel, haciendo doble turno. Ruso, trabaja ocasionalmente cuando lo llamaban de la empresa de desarmado de carpas para eventos, y aunque lo invitamos a venir a Te Puke, ofreciéndole casa, comida y posible actividad entre Kiwanos, se negó. «Tengo que facturar cuarenta y ocho horas semanales» y «acá estoy cerca del aeropuerto», fueron las excusas. Sin comentarios. ¿Conclusión? Para mi cumpleaños viajaremos nosotros a visitar a la banda. Cuando patroncito se enteró del plan, no pudo negarse. No te estamos consultando, sólo avisando lo que tenemos en mente, le dijimos al kiwi. Además, este podría ser tu regalo de cumpleaños… ¿o pensabas regalarme una conservadora? Me encantan las conservadoras. Después de trabajar en Whakatane con Alan, pasamos por el supermercado y salimos rumbo a Hamilton. Llegamos a lo de Lola y nos recibió, una vez más, con caramelos Palitos de la Selva y un kilo de yerba. Entre cervezas en el living de la van, estacionados al lado del río (nuestra casa de la zona), nos contó que sus quince días en Australia le costaron ochocientos kiwis a la tarjeta de su padre. Él, al enterarse, le pidió reintegro o asistencia hogareña. «Mi viejo no sabe lo que es entrar a la cocina o lavadero. Estoy sola con él porque el resto de mi familia ya está en Argentina», nos decía nuestra amiga. Después dormitó y nosotros creímos conveniente partir para Auckland. No alcanzamos a hacer un cuarto de camino que ya estábamos buscando dónde pasar la noche. Nuestros cuerpos pedían posición horizontal y nuestra cabeza, descanso.

Amanecimos a las diez. Mateamos en ruta, y fumamos marihuana, como se debe en un cumpleaños. Nos comunicamos por mensaje de texto con Ruso y este estaba trabajando. «¿Hace un mes que no te llamaban y justo hoy lo hacen? ¡¿No ves que sos cualquiera?! Nos vemos a la tarde», le dijimos. En el mapa descubrimos un camino secundario que finalizaba en localidad costera. Doble, amigo, en mar termina.

Llegamos a Port Waikato, según cartel. Compramos sándwiches en una despensa y recorrimos las tres cuadras del pueblo. «¡Qué chiquito que es esto y qué poco movimiento!», decían los gordos mientras dábamos vueltas. «Creo que todo el pueblo está surfeando», les respondí y señalé hacia el agua. Al menos, veinte pingüinos.

Después de almorzar, compartimos nuestra pipita con unos jóvenes bikers. Nos contaron que, como todos, planean irse a vivir a Australia cuando terminen el secundario. ¡Por eso lo de «falta gente, faltan minas»!, como se quejaban los duendes. Ahí esta la respuesta. Sólo quedan los más viejos… Nos despedimos de los adolescentes y seguimos rumbo a Auckland.

Dimos con un desnutrido soldado ruso en plena guerra económica. Nosotros le habíamos transferido doscientos kiwis y con eso había tirado hasta el día de la fecha. Nos confesó que estuvo todo este tiempo haciendo vida en el balcón del departamento cheto de Nene. Se levantaba de su precaria cama de BP, salía de la habitación (que compartía con un argento y un francés) y caminaba las cinco cuadras que lo separaban de lo de nuestro amigo. «La vista no es bosque, pero qué lindo es estar al pedo tooodo el día», gritaba Ruso, ante la envidia de Nene, que pasaba más tiempo en el hotel que en su rentado hogar. El dueño de casa, no muy tarde, decidió acostarse. Antes de hacerlo, nos regaló flores hidropónicas. Gracias, Nene.

Estacionados en la costanera, sentados en el living de la van, nos quedamos entre cervezas y torta cumpleañera. «¿Por qué Duende se fue apenas volvió de Asia?», le preguntamos a Ruso. «Porque después de vacacionar un mes y medio, ni de casualidad quería volver a trabajar», nos respondió. Ahh… Mientras nos acomodábamos para dormir, los rusos nos contaron (sin querer, supongo) que tienen reservado un departamento en Pinamar para febrero. Es decir, dos semanas después de pisar suelo patrio se irán de vacaciones con los duendes. Sin comentarios. Viste cómo son, ¿no?

A la mañana, la excusa fue caminar en búsqueda de rollers, pero en realidad, lo que perseguíamos era el mito «camada de mujeres ‘07». Según afirman los rusos, a esta altura del año es cuando los nuevos visados llegan a Auckland. Nuestro segundo objetivo del día era, a través de Nene, pegar hidropónica. Lo de la camada, Casi. Caminamos todo el centro de la ciudad y, sin grandes deslumbres a la vista, terminamos en la playa, al atardecer, solos. Derribamos otro mito o llegamos temprano, vaya uno a saber. Lo de pegar marihuana resultó más complicado de lo que nos habían dicho. Nuevamente, el travesti no contestó nuestros llamados. ¡Cómo salen los Casi! Finalmente, volvimos a comprar al lado de la iglesia. «Eso sí, flores de las comunes», dijo Gordo, con tono indignado. Fumamos uno de despedida con nuestros amigos aucklenses y tomamos ruta con destino PH. Lindas mini vacaciones. Llegamos a Te Puke de noche y lo llamamos a Alan para decirle que íbamos a estirar un día más mi cumpleaños: que no nos espere mañana en el campo, porque necesitábamos descansar antes de retomar las actividades de orchard. Todo arreglado. Nos terminamos levantando a las siete y media de la mañana. Tomamos mate, llamamos a Argentina e improvisamos un par competencias para pasar el día. A saber: Juego de la mancha (con Forklift): En nuestra ausencia, han traído otro bichito de estos, pero color blanco. Si a eso le sumábamos que todo el predio en donde vivimos está diseñado para moverse con ellos, teníamos un desafío entretenido y novedoso. Después de aplaudirnos por segunda vez, y ahora más fuerte, nos dimos cuenta de que el golpe podría ser peor y los costos más altos, así que dimos por finalizado el juego. Igualmente, al toque, descubrimos que si uno gira el volante totalmente, el Forklift se planta y gira en círculo sobre una de las ruedas delanteras, según para qué lado decida uno marearse.

La segunda actividad fue bautizada como «Salto con Patineta Estrambótica»: Hicimos una rampa con madera para saltar con el forkhand, un montacargas manual para trasladar pallets cargados. Uno iba en moto y el otro, en la «patineta con volante suelto» (como la apodamos), agarrados de la misma soga. El motorizado pasaba por al lado de la rampa y el que venía con mayor adrenalina, se soltaba y encaraba el despegue. Lo peligroso del juego era el reencuentro con el suelo, porque la palanca de donde uno se sujetaba se movía únicamente para adelante. Es decir, teníamos que caer haciendo fuerza para atrás y así evitar irnos de boca al suelo. Ni hablar de hacerlo con los pies fuera de los pinchos del carrito. Jugamos hasta que eso mismo me pasó, dándome fierro en tobillo. ¡Tac!

A la tarde fuimos a pasear a Tauranga y compramos una heladera que funciona a doce voltios. Frío/calor indicaba la caja. Obviamente, la sacamos del Cash Converter por menos de treinta kiwis. Empezamos a equipar nuestra van en proyecto hormiga de verdadera casa rodante.


Con Play

Adquirimos un televisor de veintinueve pulgadas, pantalla plana, en la recicladora de Te Puke. Yo estaba allí con Alan, tirando los residuos plásticos de los invernaderos, cuando estacionó un auto a nuestro lado. Un viejo kiwi descendió y abrió el baúl. Cuando vi sus intenciones de arrojar el aparato, me le acerqué rápidamente y llamé su atención.

—«¿Funciona?», pronuncié tímidamente.

—«Sólo le fallaban los graves y no tiene control remoto», me respondió el neozelandés.

—«¿Puedo quedármelo?», pregunté y miré a patroncito como para que fuera arrimándose.

—«¡Claro que sí!», vino de respuesta. Alan me hizo la segunda enseguida y ya lo estábamos cargando al camioncito.

Cuando llegué a casa, le sacamos la butaca doble a la Van y la dispusimos frente al televisor. Conectamos la Play Uno, los parlantes de computadora, y nos sentamos con lata en mano (improvisando pipa, porque la de vidrio la rompieron los gordos en un descuido). De esta manera, comenzamos a acostarnos más tarde de lo habitual.

Una tarde, esperando a que Gordo volviera del supermercado, me puse a cocinar cuatro latas de leche condensada, entre carrera y carrera de juego «Need For Speed». Para Gula, qué mejor que dulce de leche, ¿no? Era sólo cuestión de hervir las latas en abundante agua y girarlas cada media hora. Por no disponer de olla grande, yo debía rellenar con agua a medida que se iba evaporando, cada diez minutos aproximadamente. Cabeza a cabeza, venía en picada callejera, cuando escuché una explosión. Dejé los controles y subí. «Dulce de leche», me dije. Encontré un caramelo distribuido por cinco de las siete paredes de la alta cocina. Aparentemente, las latas al fuego, sin agua, explotan. Sin nada de ganas, llené un balde con agua y detergente y comencé a limpiar el viaje. A los diez minutos, llegó mi amigo. «Bienvenido y gracias por la ayuda», lo recibí y le tiré una rejilla.


Salida nocturna

Fuimos con Alan y su novia a cenar al restaurante de David, su apu amigo. Metro sesenta, morocho. Gran sacador de pecho para equiparar el nivel de su panza. Hablador, vendedor y sanatero. De impecable y feo gusto de vestuario; delicado en movimientos, a primera vista, un garca. Su restaurante se llama «Talk of India» y se autodefine como el «first tandoori restaurant in Tauranga». Hay tantos platos en su menú, como mesas en el ambiente: siete. Al llegar, elegimos, entre las seis vacías, una del fondo. Pedimos comida para compartir y cerveza para beber, salvo Vanesa que optó por una copa de vino blanco. Creo que lo más rico que pasó por la mesa fueron las galletas, cual pan de pizza, que acompañaron la cena. David, en una de las arrimadas, nos contó de «la cantidad de gente que desbordaba su negocio a primeras horas de la noche». ¡Tómatela! Patroncito no nos permitió aportar para la cuenta. Así que sólo gastamos dinero en propina. Gordo, al despedirnos, lo apuró al apu para que nos regalara una ronda de cervezas. «Ya tomaron suficiente como para manejar», negó este. Rata.

Por postre, nos fuimos a un bar. Nuevamente, cerveza para los hombres y vino blanco para la señorita. Cuando dejó de sonar la banda en vivo, con aire a Creedence, nos retiramos del lugar. Eso sí, ahora la ronda la invitamos nosotros.

Recostado estaba cuando distinguí a Eber frente a mi cama. «Ocúpate de cosas diferentes a las preocupaciones humanas. Así encontrarás la receta de la buena vida», me dijo de manera muy pausada, como si quisiera que recordase exactamente sus palabras. Me lo quedé mirando, atónito. «Pensé que ya no estabas con nosotros», pude únicamente contestarle. «Error», mencionó, dio media vuelta y se perdió en la oscuridad del entrepiso.


Proyectos

Las promesas de Alan se incrementan semana a semana. Hoy, nos habló de prestarnos su enorme carpa americana para que vacacionemos en el verano, de alquilarnos su Caravan (en la que vivió cuando quedó en la lona, al divorciarse) para que vivamos cuando tengamos que dejar el PH por comienzo de temporada (yo ya imaginé llevarla al río de Papamoa para ampliar nuestra casa de la zona e instalarnos definitivamente allí), y de sumar mano de obra femenina para que la jornada sea aún más amena. Según parece, lo de los kiwanos nada tiene que ver con el picking de kiwi. Aquí, la gente estará sentada, con tijera en mano, bajo una sombrilla, recolectando frutos. ¿Será tan así? «Entonces, tienen que aparecer las chicas que se unan a nuestro viaje, a nuestra van, esas de las que hablamos utópicamente. ¿O no es el condimento que le falta a Zelanda?», nos preguntábamos con Gordo. «Ya van a llegar», coincidíamos. Nosotros escuchamos a patroncito y deliramos con él, pero no queremos pensar siquiera qué tan factible es lo que dice. Lo que sí sabemos, por experiencia, es que estas islas vienen con sorpresa. Sería fantástico.

Patroncito nos habló también de decidir los horarios de trabajo. Hay dos campos de que ocuparse y cada uno está en una etapa diferente de cultivo. Tenemos la libertad de facturar cuantas horas queramos, siempre y cuando anotemos las tareas realizadas y cuánto tiempo nos llevó cada una. Lo más urgente son los nuevos plásticos voladores de Whakatane y los yuyos de Papamoa. «Ahh, me olvidaba… ¿qué tienen pensado hacer para Navidad? ¿Quieren venir a pasarla en casa de Vannesa?», nos dijo el kiwi antes de irse. Nosotros no habíamos contemplado lo cerca que estábamos de esa fecha, y mucho menos qué íbamos a hacer. Perfecto, patroncito. Gracias. Allí estaremos.


Navidad

A la tarde, nos enteramos que debíamos ir a lo de Vannesa a las diez de la mañana del veinticinco y no a las veintidós de hoy (veinticuatro), como habíamos entendido. Es decir que nada de cena en Zelanda esperando las doce. ¡Cambio de planes, Gordo! «Bueno, ¡¿qué hacemos?!», fue el interrogante que nos planteamos al darnos cuenta. «Salgamos a quemar billetes a algún restaurante y después vemos en qué fiesta terminamos», fue la decisión tomada. Nos bañamos, llenamos la heladera de porroncitos y salimos en busca de algún lugar para cenar.

Entre Mount y Tauranga, contabilizamos un solo bar en el que había cola para entrar. Ningún restaurante nos convenció, así que decidimos saltar la comida e ir de fiesta directamente. Al llegar al lugar, ya nadie esperaba afuera. Perfecto, pensamos, pero no. El patovica de la entrada nos dijo que ya nadie podía ingresar porque en media hora cerraba. ¿Cómo? ¡Sí, sí señores! A las veinticuatro del veinticuatro, ya todo comenzaba a morir. Volvimos a la van y comprobamos que ocho porroncitos de cerveza nos quedaban. Seguimos dando vueltas, sin poder creer lo que veíamos: todo estaba cerrando o por hacerlo. Volvimos a pasar por la calle del bar. De una van como la nuestra, pero pintada en sus laterales, descendían dos chicas que creímos reconocer como argentas por los grafitis. «¡¡¡Eh!!!», saludamos y ellas contestaron de igual manera. ¡Da la vuelta, Gordo, da la vuelta! Nos pusimos a su lado, cuando rebotadas salieron del bar, y con un «feliz Navidad, señoritas» rompimos hielo. «Qué diferentes estaríamos si estuviésemos en nuestro país, ¿no?», preguntamos y propusimos, enseguida, un brindis. Ellas aceptaron.

Estacionamos frente al mar y nos pasamos para el living de nuestra casa móvil. Ce y Flaca; cordobesas, promotoras y veinticuatroañeras. Simpáticas y una por demás bella. Aterrizaron en Zelanda casi al tiempo que lo hicimos nosotros, pero se movieron por lugares diferentes, principalmente en Auckland. Hablando, brindado y abrazándonos, como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo, fue como pasamos esta particular fecha en tierras extranjeras y con cultura, hoy, menos comprensible. Nos despedimos tipo tres de la mañana. Ellas hacían noche en el camping de Mount. Quedamos en hablar y en reencontrarnos pronto. Pórtense bien.

A las diez de la mañana, sonó por quinta vez el despertador que indicaba que debíamos estar en lo de Alan tocando la puerta. Con algo de resaca en cabeza, tratamos de despabilarnos con ventanillas bajas y recorrimos los veinte kilómetros que nos separaban del lugar donde se desarrollaría el festejo. Hola, ¡¿qué tal?! Feliz Navidad. Perdón por la hora y cuarto de atraso.

No bien ingresamos, un tequila fue lo que nos convidaron los anfitriones. ¿Así arrancamos? Tradición kiwi, ¿tal vez? Vaya uno… ¡Adentro! Lavarse los dientes y, treinta minutos más tarde, toc-toquearse, no sé bien qué efectos trae, pero el sabor es extraño. Recorrimos y chusmeamos el living, lo cual es muy divertido para ver cómo y en qué andan los que allí viven. Después, pasamos al sector patio, donde descubrimos césped, palmera y piscina. Nuevamente, vimos venir un par más de tequilas con destino Argentina. «¡Epa, amigo! En esta ronda te queremos ver a vos también, eh», le propusimos al kiwi. ¡Error!: a los neozelandeses no se los apura con el tónico. Fue por otro vasito. «¡Uno por nosotros! ¡Y otro por los kiwanos!», dijo Alan y recargó (por tercera vez) nuestros shots. «En Argentina, los tomamos con sal y limón», le contamos a patroncito, con las primeras lágrimas sobre nuestros pómulos.

Al volver al comedor, vimos que la mesa estaba servida. Las once cincuenta marcaba el reloj de pared, cuando tocaron timbre y conocimos a una pareja de kiwis treintañeros, amigos de la casa. Puntuales los inglesitos, pensé. Lo que empezó siendo un almuerzo para nosotros, resultó ser nada más que un desayuno, pero de los americanos y con alcohol de por medio. Al festejo se fueron sumando distintos personajes, entre ellos, el padre de Alan; David y su familia; los cocineros del restaurant de aquel; una pareja amiga de Vanessa; y un par de vecinos. Nos prendimos en una competencia de croquet y, después, en una de vóley. Alcohol, actividad física y pocas horas de sueño, nos llevaron a un clima alegre, algo torpe y sediento, pero también a caminar por la delgada línea del remame. Si la cruzábamos, estaríamos obligados a anunciar: «nos vemos en el piso».

Patroncito, el gran anfitrión, comenzó a asar una langosta en su BBQ. Por donde podían, nos metían latas de cerveza y tragos. Mi viejo no debe de haber entendido mucho cuando, tipo quince, llamó para saludarnos. Un sol bien prendido y un pedo aún más, teníamos entre nosotros. «¡Qué bien! Esta gente se junta a tomar y comer durante todo un día. Yo sólo sabía de cena y festejos entre luces artificiales. «Me enamoré de la Navidad Kiwi», le decía eufórico. Rechazamos la invitación a cenar porque éramos conscientes de que podíamos explotar o, realmente, caer desmayados o, tal vez, por Córdoba. «Invítenlas a que vengan», nos decía Alan, pero no quisimos meterlas allí. Agradecimos todo y nos retiramos casi como habíamos ido, algo más mareados, claro.

Al salir de la casa de Vanessa e intentar mensajear a las chicas, descubrimos que no habíamos guardado correctamente su número de teléfono. Para verlas, lo único que podíamos hacer, era cruzarlas en el camping. Dimos sólo con su van. Caminamos los alrededores, pero sin divisarlas. «Se habrán ido por ahí», supusimos y dejamos nota en el parabrisas de su camioneta. A la noche, ante la ausencia de comunicación con Córdoba, salimos al cruce nuevamente. Esta vez, tuvimos éxito. Compartimos cervezas e intercambiamos historia de festejo navideño. ¿Viste lo hermosa que es Ce, Gordo? Angelical y con chispa de sierra cordobesa. Combo completito.


Eber

«Lo complejo de la vida es el desarrollo embrionario y los primeros tres años de existencia. De ahí en mas, todo es causa consecuencia de hábitos y pensamientos», escuché en la madrugada. ¿Qué hago yo con todo esto, Eber?, pregunté al aire. «Juega con ello», me respondió y noté su presencia en el lado izquierdo de mi cama. ¿Me estoy volviendo loco?, consulté con miedo de respuesta. «No todavía», me dijo el duende y sentí cómo se alejaba pisando el extremo de mi colchón. Buenas noches, Pariente.


Año Nuevo

Finalmente, Nene se quedó en Auckland para trabajar. Ruso (aún no sabemos por qué) dijo venir con «Insólito» (como reapodamos a «Secuencia», un colega suyo que conocimos en el último viaje a la gran ciudad). Ahora él no puede parar de repetir esa palabra cada vez que relata suceso vivido. ¡Tres veces en la misma oración! ¿Lo escuchaste, Gordo? ¡Récord! A Ruso lo encontramos mejor que la vez pasada, mejor alimentado, digo. Eso debe ser porque, teniendo un departamento en Pinamar donde refugiarse y aclimatarse antes de dar la cara ante su FMI, comenzó a invertir en despedida de Zelanda. Tiró la toalla.

Pasamos por el PH, tomamos nuestras mochilas y salimos con dirección Gisborne. Por el camino corto iríamos, es decir, por el centro de la isla. La vuelta, teníamos pensado hacerla por la costa hasta llegar a Opotiki, un pueblito donde nos estaría esperando Alan y Vannesa. Ese era el plan para los primeros días del año. El cartel de Rotorua a once kilómetros fue casi inexplicable para nosotros. ¡Sí! En algún momento cambiamos de ruta y nadie dio cuenta, ni el conductor. «No puede ser, pero así parece… No importa, enrólate otro que seguimos camino a Gisborne, pero ¡doblando por esssta!», gritaba un Gordo loco y descontrolado al volante. La conservadora necesitaba más hielo que voltios, así que repusimos sin dar respiro, cual viaje de egresados. Supuestamente, íbamos a una fiesta en la que tocaban bandas y DJ’s y no sabíamos cuánto más. Las entradas se podían haber adquirido con anticipación, como nos había recomendado Martino (aquel de la agencia de viajes de Christchurch), «porque se acaban rápidamente», recuerdo que nos dijo. «Me voy a sentir muy mal si llegamos y nos tenemos que quedar afuera por entradas agotadas», confesé a mis amigos. Recorrimos el centro de Gisborne y, como nunca, mucha movida adolescente encontramos. Sobre todo, lo más interesante, era el caudal femenino. Teníamos resuelto dormir en la van, así que ni nos gastamos en averiguar por alojamiento. Nuestra primera parada fue entonces, un bar. Resultó ser uno de los mejores vistos en Zelanda. Casa vieja, techos altos, alfombra cual casino, barra enorme, pistas varias, patio... Toc toc de tequila y pintas de cervezas fueron nuestras primeras ingestas.

Casualmente, nos encontramos con Córdoba. No sé cómo, terminé hablando por ahí con Ce. Hermosa señorita, pero de verdad, hermosa. Coordinando palabras e ideas como podía, me quedé a solas con ella. No me ayudaron los tragos gratis que ligué por estar a su lado. Sí, sí, los kiwis respondían a su imagen con regalos alcohólicos y, por ende, el muñeco que la acompañaba tomaba de arriba. Gracias, chicos, no se hubieran molestado. En un momento, me gastó por un gesto amanerado. Ah, ¿zi? «No me haga demostrar lo contrario. ¡Pórtese bien!», le propuse. Ce intentó continuar con el tema y yo ya iba besándola. De cerca me resultó más linda, tanto que logró marearme. Si uno pudiese despertar todos los días y ver que comparte una almohada doble con una niña de esta naturaleza, no hay chances de arrancar con mal humor. También costaría mucho, ahora que lo pienso, abandonar la cama. La seguridad del bar nos informó que el lugar estaba cerrando. «¿Buscamos a nuestra gente?», propuse con ganas de nunca encontrar a nadie. Al salir, vimos que en la vereda estaba Flaca con un kiwi que andaba en mi misma situación, queriendo alargar la compañía. Después de un rato, me di cuenta de que allí la noche moriría (por hora, estados y cuestiones de infraestructura). Me despedí de todos. Nos vemos mañana en el festival. Frente al bar seguía la van estacionada. Cuando me acerqué, vi que mi gente dormía allí. Los aucklenses estaban atrás. Gordo de copiloto. ¡Volante me tocó! Buenísimo.

De mañana, mientras seguíamos recorriendo la ciudad, Insólito propuso intentar colarse, no pagar los ciento cincuenta dólares que costaba el Año Nuevo en Zelanda. No sólo comentó, sino que trató de convencer. Nadie se copó con su idea, pero igual él insistía. «¡Vamos, amigo! Si quiere intentar saltar alambrado sin ser visto, adelante, pero deje que, por lo menos, yo averigüe y compre la entrada. Además, ¡mirá si vamos a correr el riesgo de que nos echen del único año nuevo que pasaremos en estas islas, por favor!», le contrapropuse, después de no bancarme más su actitud quemadora de cabeza. En el molde quedó, silencioso. «Las pueden sacar en el mismo lugar», nos dijo un kiwi y nos indicó dónde quedaba. Perfecto. Llegamos y nos encontramos con una señora orchard de uvas, entre montañas. Insólito, al tiempo que se ponía la pulsera que nos dieron como entrada, volvió a abrir la boca. «Dolió pagar esto, pero está bien «, dijo. ¡Shhhh! ¡Ruso, por favor! ¡Era Año Nuevo, no Reyes! ¿A quién has traído?

Comenzamos a recorrer lo que parecía más una reserva natural que un campo de cultivo. Mucha gente, muchas mujeres, mucha onda, lindas energías. Todos yendo y viniendo con expectativas y tranquilidades. Para las diecisiete estaba programada la inauguración. Quince minutos más tarde: Kachafire. Levantamos campamento en la ladera, frente al escenario principal (China había olvidado en Te Puke un Iglú) y averiguamos cómo era el tema de venta de alcoholes y comidas dentro del predio. «Hay que comprar una tarjeta y recargarla con dinero… como en Sacoa», dijeron los rusos. Buenísimo.

Atardecimos entre cervezas, música en vivo y mujeres. ¡Qué bien! ¿Qué más se puede pedir? «Un conocido de Nene me avisó que está trayendo éxtasis para vender. Le encargué medio para cada uno», nos dijo Ruso. ¿Te parece? Tenemos una onza de marihuana... Después de caminar por el festival en búsqueda de mi gente, a la cual había perdido por ir al baño, llegué a nuestra carpa y encontré a Gordo durmiendo. Viéndolo demasiado cómodo, me tiré a su lado. ¡¡TRA!! ¡¡TRA!!, escuchamos y salimos del sueño. Despabilándome, me di cuenta de que me había quedado dormido. ¡¡TRA!!, ¡¡TRA!!, de nuevo. Eran fuegos artificiales. Creo que ni feliz año nuevo nos dijimos. Después del show sonoro y lumínico, Gordo se volvió a acostar y yo salí en busca de Ruso. Sin éxito, decidí volver para levantar a Gordo.

Caminando venía cuando Ce se cruzó en mi camino y pidió acostarse en la carpa, porque su amiga estaba con el kiwi de la noche anterior y ella qué se yo. «Sí, cómo no», dije. No estaba seguro en dónde la habíamos armado. El tema era que, en ese momento, estaba más oscuro que antes, había más carpas, más alcohol en mi cabeza… Finalmente, la encontramos diezmada. Uno de los parantes había atravesado el techo y cubre carpa, lo cual había provocado que se redujera a unos treinta centímetros de altura. De ella, además, sobresalían los pies de Gordo que se había metido en la bolsa de dormir. ¡Por eso no la veía! «Si, seguro, debe ser por eso», me dijo irónicamente Córdoba. ¡Qué manera de bardear usted, señorita! Le pido mil disculpas, he tomado un poquito en una fecha linda del año… ¿Algún inconveniente? ¿O sólo es una cuestión de envidia? Digo, pidiendo irse a dormir a la una de la mañana en Año Nuevo…

¿No quiere mejor, ir por ahí?, le pregunte cálidamente a Ce y ella aceptó. Me introduje en la carpa, tomé el colchón inflable y mi bolsa de dormir. Nos sentamos frente al escenario principal a mirar bandas y multitud bailando. Luego de tres palos consecutivos, accedí a armar un porro. No quería hacerlo, porque sabía que ella sólo había fumado un par de veces y, por lo general, puede no ser tan divertido. Obviamente, a esa altura de la noche, yo ya había perdido el encendedor y las sedas. Pensé en enlatar, pero me pareció demasiado fuerte (tannn desprolijo no estaba). Les consulté a dos kiwis si tenían ambas cosas y ahí nomás se acercaron y pidieron compartir. Estuvo bien, porque me evitaron el tema del armado y encendido. Yo creo que, además de tirar la mitad de marihuana al suelo, hubiese enrolado algo impresentable. En un momento, tuve ganas de que estos nuevos amigos agradecieran y se retiraran como habían venido. Por suerte, lo hicieron no mucho tiempo después de mi pensamiento. Ce se recostó a mi lado y yo aproveché el movimiento para abrazar. Luego giró, dándome la espalda y haciendo cucharita nos quedamos. Tierno, lindo. Caricias y besos. Una nenita en muchos sentidos. Después bajamos al campo porque el ritmo que le metía los músicos contagiaba. Saltábamos por entre la gente y nos besábamos en cada encuentro frontal, rememorando adolescencias. Sí, sí, lo reconozco y no me importa. Todo lo contrario: espero que no me deje de suceder; quiero afrontar la sensación de que actuar así es la manera mas linda de vivir. En cualquier ámbito, despreocupado y siguiendo impulsos internos. ¿A quién ofende, acaso? Cuando la banda terminó su show, se prendieron las luces y reconocimos a Flaca, a un par de metros nuestro. Se propuso comer algo y tras eso fuimos. Mientras ellas estaban haciendo cola por hamburguesas, distinguí, a Gordo sentado en un banquito, despabilándose. Seis de la mañana eran. Buena siesta amigo… ¡Feliz año nuevo! Abandoné a Córdoba y me fui con Gordo a donde estaba quedando la resaca del evento, la pista electrónica obviamente. Como no podía ser de otra manera, nos encontramos a la banda embichada bailando. Entonces, por primera vez en el año, con gordos y rusos, brindé, agradecí presente, fumé, y bailé como pude.

«En un momento, estábamos los tres en ronda. Yo me fui para encontrarme con el flaco que nos iba a vender las pastillas, pero les dije que no se movieran. Cuando volví no había nadie, así que me fui a buscarlos», nos contó Ruso cuando quisimos reconstruir la noche anterior, tomando unos mates en la van. «Claro. Yo, al toque que vos te fuiste, me fui a comprar una hamburguesa. Sebastián me pidió una y se fue para el baño. Me comí la mía, la de él y me embolé de esperarlos, así que también salí a ver si los cruzaba. Después, me sentí tan lleno, que me tiré en la carpa a descansar un poquito», acotó Gordo. Igual, linda noche, ¿no? Al mediodía, Insólito se fue a Auckland y Ruso se quedó porque aceptó desarmar las carpas del evento, cuarenta y ocho horas después que éste haya finalizado. A la tarde, dimos unas vueltas y terminamos los tres en el living de la van, estacionados frente al mar. Nos pusimos al día entre cervezas. Cuando dio hambre, le mostramos a Ruso la cocina que tenía nuestro vehículo. Hicimos fideos con salsa y sobremesa larga. Sin darnos cuenta, pasamos siete horas allí, escuchando música y mirando playa. Después, le escribí un mensaje de texto a Ce y quedé en pasar a verla por el camping donde estaba. Cambiamos de locación y estacioné bajo un árbol, cerca de donde vería a Córdoba. Ya vuelvo. La encontré sola en su van. «Adelante», me dijo e ingresé a una cama de dos plazas. Sí, ellas habían decidido montar una habitación en vez de un living como nosotros. Me sentí raro. Caí mugriento y con resaca al cubículo de una chica relativamente desconocida. En la primera hora, no sonó música y las cortinas permanecieron cerradas. Mucho remo y, antes de que algo sucediera, cayó Flaca. Malísimo. Nos quedamos hablando los tres, como hasta las cuatro de la mañana. Me despedí y Ce salió a acompañarme hasta la calle. Todo fue más raro. Abrazo. Mucho abrazo. Yo propuse armar la carpa por ahí y dormir juntos, abrazados, claro. «Mucho quilombo», me dijo. Dejé de insistir y acepté ese cariño prolongado. En menor medida, hubo besos y mimos. Supóngase una hora y cuarto de abrazo continuo, sin exagerar. Si esto es lo que hay y si le hace bien, para eso estoy, señorita. Salí del camping a las seis y cuarto. Los muchachos dormían estacionados en el mismo lugar donde los había dejado. Ruso se levantaba en cuarenta y cinco minutos para trabajar y nosotros lo llevaríamos. Más que «nosotros», Gordo, porque yo estaba disponiéndome para soñar un buen rato. Al escuchar el motor, lo veo a Gordo al volante. «¿Dónde estamos?», pregunté. «Volviendo a ver a Ruso porque se olvidó las llaves de su casa en la guantera», me contestó mi amigo. «Ah… y mirá lo que encontré», dijo y me pasó una cartuchera con más de sesenta discos, muchos originales y con tapas. ¡¡Música para la vaaan!!

En la orchard de uvas, un colega de Ruso, nos regaló cuatro porrones de fría cerveza. ¿¿Qué más podemos pedir?? ¿Marihuana? Era demasiado. Nuestra onza se había terminado repartida el día anterior y ni una tuca había a la vista. «Antes de ir para Opotiki, recorramos el pueblo en busca de algún Mauricio», acordamos con Gordo. Sabíamos que ellos eran los que podían llegar a vendernos cannabis.

Mi amigo se bajó en el centro de Gisborne y comenzó a patear. Yo di vueltas en busca, también, de algún solidario nativo. En una, lo veo venir a Gordo con un maorí. ¡Bingo! Me puse a su lado y ambos se subieron a la van. «¡Thanks, bro!», dije y él comenzó a indicarme el destino. La próxima a la izquierda… Paramos en una casa. Nada. Fuimos a otra. Nada. Tercera, nada. Finalmente, en la cuarta, conseguimos «un veinte». No había más, nos dijo el maorí. Bueno, está muy bien igual, gracias. «¿Dónde querés que te llevemos?», le pregunté. «Si quieren, vamos a fumar a lo de mi cuñado», respondió. Y por qué no, de vacaciones estamos. ¡Usted dirá dónde, amigo! «Doblá en la próxima a la derecha», indicó.

Nos hizo meter por un pasillo, al costado de una casa, para llegar a otra del fondo. Pasamos directamente al patio donde estaban su cuñado, un amigo, su hermana, su abuela y su mamá. Ellas, sentadas en un banquito de madera; ellos, parados. Dos estaban metidos en un galponcito de uno por dos metros. Dentro de este, una pipa de agua hecha con un termo, una botella de Coca-Cola de litro y medio y una llave tubo incrustada en la tapa del envase. Cargada y lista para matar a uno. Gordo me miro tímido y expectante, así que me adentré al cuartito. Uno de los personajes que allí estaba no dejó de sonreír y yo supuse que tenía más de un bong en su mente. Previa presentación (estrechada de mano, apretón y firulete), me sumergí en una nube de humo y di rápido lugar al siguiente participante. Al toque, convidamos de nuestra mercancía y deseamos que fuera la misma que ellos tenían. Imposible saberlo, ya volábamos. Canute de tuca de por medio, invitamos con dos cervezas. Comenzaron a girar por entre la gente. Cuando estaban por acabarse, los Mauricios trajeron una bebida tipo whisky. Del pico también se tomaba, y fue pasando de mano en mano. Hubo una charla sobre perros. Sí, sí, terminamos hablando de canes. Vaya uno a saber cómo llegamos a eso. Después de un rato, nos despedimos de esta generosa familia y tomamos ruta. Paramos a comprar provisiones en un supermercadito del último pueblo que marcaba el mapa en la costa este. «Nos van a cobrar lo que quieran», fue el miedo al entrar. Igualmente, lo hicimos porque el sol comenzaba a caer y no había mucho más que paisaje por delante. Nada tenía precio a la vista. Pocos eran los productos, pero de buena calidad. ¿Cuánto dolerá? Ni idea. Cuando llegue a la caja te cuento. El bolsillo de Gordo se la vio venir y dio la alerta. «Ya fue», me dijo, como para que dejara de manotear cosas. Yo sabía que si pasaban las veinte, en ningún lado iba a haber algo abierto. Quería comprar lo básico como para poder afrontar cualquier cosa. Esta islita trae sorpresas, repito, hay que estar preparado.

Encaré a la caja registradora, y el empleado adolescente del lugar puso todos los productos en bolsas a medida que los pasaba por el láser. Para ahorrar tiempos muertos y hacer más cercana la vereda, yo tenía preparado un billete de cien kiwis por fuera de mi billetera. Gordo estaba atento a cuánto marcaba el visor electrónico: sesenta y cuatro fue el número que este acusó. El cajero comenzó a contar billetes y monedas y me los ofreció como vuelto. El visor, ahora, marcaba treinta y seis. Yo no supe qué hacer: agarrar todo e irme o decirle que aún no había pagado nada. Cuando busqué complicidad en mi amigo, este ya no estaba prestando atención a la situación. Volví a dudar. Primero, tomé las bolsas y, finalmente, acepté el dinero que aquel me ofrecía. Primer paso en la vereda, giro de noventa grados y aceleración en dirección van. Tercer paso. Lo miré a Gordo y este, al ver mi rara expresión, preguntó: «¿qué? No me digas que te pusiste con el billete». Yo nada dije, quería irme de allí. Quinto paso: «¡Muy bien, Sebastiánnn, muy bien! Era una locura pagar sesenta y cuatro dólares por tres giladas. Parecía la despensa de Lila», concluyó, entre risas, mi amigo.

Impecable ruta costera, como todas en Zelanda. Frenábamos cuando pintaba para seguir sorprendiéndonos con sus paisajes. Un parador solitario nos llamó, o fueron las ganas de fumar y tirarnos a la vista y cuelgue. Caminamos por una pequeña huella desde el estacionamiento hasta toparnos con un alambrado de campo. Más allá de este, un pequeño precipicio. Sentados en el piso, blablamos un buen rato, pero no recuerdo sobre qué. Sí sé que me cuelgo siempre a mirar horizontes. Y lo bueno de Gordo es que interpreta de la misma manera que yo el silencio. Así podemos quedarnos mirando y escuchando nada. O todo. Depende de cómo venga la mano. Decidimos seguir ruta, pero segundos después de llegar al vehículo, tuve que reconocer la pérdida de llave. Con un alambre abrimos una de las ventanas y desde allí la puerta. ¿Estaría adentro? No apareció ni la original ni la copia que había estado dando vueltas en estos días. La movida de buscar sirvió para encontrar la tarjeta del turno del mecánico para hacer la WOF: había vencido. «Vos fíjate si esta por acá. Si no aparece, intentá con esta», le dije a mi amigo, al tiempo que le daba una llave torcida que traía como recuerdo desde Rakaia. Lo más loco era que no habíamos salido de la huella y tampoco nos habíamos movido demasiado. O sea, no podía estar muy lejos…

Después de un rato, la encontré entre un pasto puna al lado del caminito. Por alguna razón, no grité la novedad. Me acerqué hasta la van porque quería verle la cara a Gordo cuando se enterase. ¡No podía ser tan boludo de perder una llave de esta manera! Encontré a mi amigo bajo el volante, con pinza y destornillador en mano. «¡Acá esta!», le dije y esperé alegría. Él me miró preocupado y, sin dejar de mover la herramienta, me contestó: «¿Posta?... ¡Acá tenés la otra!», y me mostró la mitad de mi llave recuerdo. Sí, sí, la otra parte estaba, ahora, dentro del tambor. A desarmar y pelar cables, no había otra posibilidad de arranque. «Esto puede tomar un rato», me dijo. «Todo bien, no hay apuro. Almorcemos unos sándwiches y después lo encaramos», le propuse y él aceptó. Lo peor de la situación era que no había señal de celular, por si necesitábamos ayuda de tercero. «Mientras tengamos agua potable, salvados estamos», repetía yo hasta cansancio ajeno. Nos relajamos, comimos y vimos un simulacro de rescate en el agua con helicóptero, bote y lancha incluida. Después, Gordo se puso a trabajar y encontró un arrancador secundario bajo el volante. Funcionaba con cualquier llave rectangular. Es decir, que el mismo destornillador o la pinza podían poner en marcha el motor. La llave partida (y súper metida en el tambor) servía para que no se trabara la dirección. Perfecto. Hicimos noche al costado de la ruta, en un tramo de ripio del camino costero.

Me despertaron unos golpecitos en el vidrio. Era un señor que me reclamaba dinero por haber pasado la noche allí. «Reserva natural», dijo. Seis dólares por pera. Muy bien, aquí tiene. Modorra atendida con mate y continuamos viaje. Las indicaciones de Alan no nos ayudaron a encontrar el campo donde él estaba. Además de las verbales, nos había marcado con una cruz en el mapa. Después de dar muchas vueltas por caminitos entre montañas, con río abajo y algún que otro puente, dimos por finalizada su búsqueda. Preguntamos en la única estación de servicio si conocían a un tal Alan que cultivaba kiwanos en Bay of Plenty, pero nadie supo cómo ayudarnos. ¿Qué apellido es patroncito? Ni idea... Vamos para casa.


Favores

La mañana nos encontró con una WOF por sacar. Pequeño desayuno en el PH y partimos para el taller. «Teníamos turno para el dos de enero, pero no llegamos, como se podrá ver. El problema fue que se nos rompió la llave en el tambor y no pudimos regresar a tiempo. ¿¿Por qué no llamamos?? Porque no había señal de celular. ¿Vio cómo es ese trayecto?», le dijimos al mecánico. «Todo bien, ahora la miro», nos respondió el kiwi.

En un momento, mientras yo esperaba el llamado para ser atendido en el taller y Gordo se había ido a dar una vuelta por el pueblo, se me acercó un cuarentañero maorí que aparentaba tener más calle que años vividos. Mencionó algo de la van y nos pusimos a hablar. Yo le dije que era un bichito increíble, pero que a la nuestra sólo le faltaban cortinas para ser perfecta. «Esperá», me dijo y desapareció. Volvió y me entregó unas azules aterciopeladas (con algunas guerras encima). «¡¡Uh!! Gracias…»

Cuando regresó Gordo y se enteró del regalo, miró al Mauricio, le agradeció y lo invitó a fumar uno después del taller. La respuesta positiva le dio pie para preguntarle si sabía dónde podíamos conseguir. «Pásenme a buscar por el parquecito después de que los atiendan aquí y vamos a comprar», nos dijo el nativo. ¡Sweet, Mike! Los gordos tenían la ilusión de caer a lo del último dealer de Te Puke que nos faltaba conocer. Vivía en la entrada del pueblo, en una calle sin salida. Sabíamos de su existencia porque nos habían indicado su casa, pero cuando fuimos, no nos atrevimos a entrar: en el paredoncito de entrada había una pintada con aerosol que decía «Maorí land: keep off». Como si eso no fuese suficiente, ladridos de perros desacatados se escuchaban. ¡Dale! La zaranda del taller dio como saldo un par de amortiguadores y cuatro cubiertas por cambiar. Quinientos dólares nos costaría la WOF por seis meses. Perfecto. De allí, salimos en búsqueda del Mauricio para pegar faso. La carita de Gordo se llenó de felicidad cuando se dio cuenta de que estábamos siendo guiados hacia aquella famosa casa maorí. Finalmente, no hubo presentación ni nada. Se bajó el muchacho y nos trajo el chorizo de aluminio, clásico veinte de la región. Enrolamos uno y nuestro nuevo amigo nos contó que tenía una van tirada en Maketu. «Por ahí le pueden sacar algún repuesto», concluyó. Nosotros, pensando en futura venta, nos ilusionamos con cambiar varias cositas que estaban por terminar de romperse y las que ya habían llegado a ese punto. Continuamos charlando y el maorí nos comentó que quería conseguir unas pastillas para dormir, porque le había estado dando a la merca y ahora, sin tener más, no podía pegar un ojo. Pero el tema era que a él no se las vendían porque no tenía identificación. «¿Me pueden hacer el favor?», preguntó. Me hice cargo del asunto y me ofrecí como voluntario. Bajé en el supermercado de Te Puke y encaré a la cajera más vieja del lugar para preguntarle por unas tal «unisom sleep gells». No sé si me comí los pelos o en su mirada hubo algo raro. Me indicó en qué góndola debía buscarlas. Gracias. ¿Qué mierda estoy comprando?

Mientras estaba tratando de dar con las pastillas, se acercó otra empleada del supermercado y me pidió que la siguiera. «No tene