Costa Brava

Actualizado: hace 3 días

Breve historia de un restaurante uruguayo













Si nos habremos emborrachado en las mesas del deck del Costa mirando la luna… llena, vacía, a media asta, nueva…”, confiesa Juan Antonio mientras empina un vaso de cerveza y apaga su cigarrillo en un cenicero repleto de colillas. Lo apretuja contra el fondo con fuerza, lo levanta unos centímetros, lo mira con desconfianza, y vuelve a ahogarlo en cenizas. Una y otra vez. Casi en simultáneo sale disparado a buscar otra cerveza.




















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Su padre había sido un boxeador del amateurismo sirio y con él, de pequeño, jugaban a los guantecitos sin saber que lo bien enfatizado en movimientos a esas edades, quedan muy impregnados en el instinto devenido a reflejo cuando uno ya es más grande. “No le podían meter ni un puñetazo… o por lo menos, eso es lo que dicen”, me cuenta Vittorio acodado a la barra, bebiendo su desayuno y mirando el viejo retrato de un hombre que colgaba en la pared. Era su segundo vodka del día. Nosotros -los empleados del Costa Brava- enfocados en tener todo pronto para el servicio del almuerzo y él ahí, complaciendo su vicio como tantas veces ha hecho en este lugar.

El abuelo de los Antonio aprendió a hablar antes de los nueve meses y para el año y medio resultaba auditivamente agotador. “Abogadito” le decía su madre. Ya de adolescente, desarrolló un vocabulario extendido con un tinte perfilado al entrevero de ideas para tergiversar los actos comunicativos. Los propios y los ajenos. Podía reír, llorar de risa, sin importarle que nadie le hubiera sugerido ni un guiño cómplice de entendimiento. Tampoco se detenía a pensar si realmente alguien lo había escuchado.

En 1853 el Gobierno Federal argentino resolvió que fomentaría la inmigración europea no cobrando impuesto a todo aquel individuo que fuese a trabajar la tierra. En 1862, después de que el presidente Urquiza firmara un contrato con la provincia de Corrientes comprometiéndose a entregar treinta hectáreas de campo, insumos, semillas y materiales para la labranza, el abuelo de los Antonio tomó la decisión de adentrarse en la aventura de migrar a nuevo continente. Se autoconvenció en una borrachera de que la mítica Mesopotamia sería su lugar en el mundo y más confiado que seguro, se subió a un trasatlántico.

Cuarenta y cinco días estuvo navegando, de los cuales doce se la pasó encerrado en el calabozo. La repetida noticia de su corta existencia. Viviendo al límite, sin medir consecuencias. Cuando se bajó de la embarcación, sus colegas lo despidieron al grito de “Valor” y fue así como se lo conoce desde entonces. No se sabe fehacientemente de cuál de las anécdotas devino ese apodo, pero todas ellas estaban teñidas de enfrentamientos por lo que él consideraba “injusticias de género”. La realidad era que no podía contener su sexualidad y tenía que copular o al menos, liberar endorfinas a golpes de puño. Las historias terminaban en su mayoría compartiendo cama con las protagonistas o techo con alguna autoridad policíaca. El plan de defender a las mujeres, entrometerse en conflicto ajeno, era una estrategia de conquista bastante certera. Todo con la ayuda de una estupenda reacción corporal y mental que hacía de sus batallas físicas, comunicacionales y sexuales, herramientas de victoria o de derrotas muy dignas.

En una de las últimas experiencias de justiciero que vivió Valor en el trasatlántico, conoció a Athía, futura esposa y madre de un único hijo: Juan. Recorrieron juntos lo que pudieron de Sudamérica hasta que quedaron embarazados y se instalaron en Uruguay. Primero rentaron una chacra en la periferia de la ciudad de Rocha y luego construyeron una casa en La Pedrera, un pequeñísimo poblado de pescadores sobre la Costa Atlántica.

Juan, al terminar la escuela primaria, lo que le tomó un par de años más que a sus compañeros de generación, decidió ir a vivir a Montevideo con la familia de su inseparable amigo veraniego, Gustavo. Su idea nunca fue estudiar ni vivir del campo, por lo que después de unas semanas de búsqueda laboral, ingresó al Banco de la República Oriental del Uruguay como cadete administrativo. Desde esa posición comenzó un ascenso constante hasta llegar a convertirse en secretario privado del gerente de la sucursal. Allí conoció a María, una aficionada a la cocina que trabajaba cumpliendo actividades de gestión comercial y con la que tuvo cinco hijos: Roberto Antonio, Gonzalo Antonio, Beatriz Susana, Rafael Antonio y Juan Antonio.

Ya jubilados, Don Juan y Doña María decidieron instalarse en La Pedrera para ir retirándose tranquilos, también de la vida, mirando el mar. Lo que no imaginaron fue que algunos de sus hijos los iban a seguir hasta ese mismo techo. Y lo que nunca contemplaron siquiera fue que les iban a montar un restaurante en su garaje.



























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Juan “Boli” Antonio


“Más allá de las desprolijidades familiares que venían acarreando, la sazón particular de la comida del Costa se puso año tras año más interesante…. Con la llegada de Juan Antonio al timón, lo estético subió dos peldaños y se organizó el lugar… y con eso volvió a ser lo que era: el propio restaurante de mariscos del Uruguay”, me cuenta Vico y me hace seña de que le ponga un poquito más de ron a su vaso.


Apenas llegué al Costa Brava por una entrevista para bartender, vi que una persona estaba contemplando el paisaje tomando una Zillertal en una mesa del deck y prendiendo un cigarrillo con la colilla de otro. Contacto visual de por medio, verticalizó y haciendo ademán de sentaos, él lo hizo primero. Sin siquiera llegar a apoyar sus glúteos en la silla, se incorporó nuevamente y extendió la mano como para saludarme e improvisó un torpe abrazo. Todo eso en muy pocos segundos.

- “Juan Antonio, mucho gusto”, me dijo.

- “Sebastián, igualmente. … Lindo restaurante”, le contesté mientras él agradecía “gracias, gracias, gracias”.

Nos sentamos finalmente y sin mediar más palabras me mostró su caja de cigarrillos Marlboro.

- “Agarre tranquilo, m’hijo”, dijo y se levantó en búsqueda de cerveza a pesar de que frente a nosotros había una con la mitad de su contenido. “Las verdes son más ricas… eh así… no hay con que darle!! Salud. Bienvenido", concluyó y brindamos.

Luego de un rato de conversación e ingesta alcohólica, Juan se soltó de boca, y me contó cómo venía la historia sentimental del restaurante. El objetivo número uno de la temporada era “Salvar el barco”. Él había aceptado el desafío que evitó casi toda su vida: comprometerse a trabajar con los Tigres, como apodaba a sus hermanos.

- “La realidad es que venimos cuesta abajo desde hace algunos años. Y no por el restaurante en sí, sino por la relación familiar. Esto genera tanto dinero como problemas. Todos mis hermanos son unos personajes con los cuales es difícil lidiar. ¿Que te reconozcan algo? ¡Imposible!. Entonces esta temporada les dije: “¿Si me hago responsable del Costa ustedes van a dejar que lo maneje a mi manera? Solo después de que me firmaran un contrato, mandé a imprimir los talonarios de facturación con mi nombre y le di una lavada de cara al restaurante. Mirá cómo quedó!”, me dijo emocionado Juancito y no era para menos.







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“Éste conoció a los Antonio una tarde de lluvia torrencial, en Don Pepa, una pizzería de la rambla que ya no existe. Difícil de repetir, estaban únicamente todos los hijos de Don Juan y Doña María, junto al dueño del lugar, otro desquiciado personaje. Y entró él, con su trajecito de surf… ¡Se lo llevaron de gira!”, me relata Vico mirando a su amigo Curbelo, mientras yo fajinaba unas copas de vino para el servicio del medio día.

- “Me acuerdo como si fuera hoy”, dice Curbelo y continúa: “¡Pingüino!, arrímate que te vamos a convidar una cosita”, me gritó Gonzalo Antonio desde la barra… ¡El arrastre de vocales y consonantes en la pronunciación es irrepetible! Encima yo venía fresco del mar, sin nada más que cansancio físico encima…. Cuatro botellas de whisky y cinco tizas de cocaína nos tomamos esa tarde. Como si nada. A la noche fuimos al Club Social y de ahí ya no me acuerdo más. Me levanté mareado y con la sensación de una flecha clavada en mi parietal derecho, en una mansión desconocida frente al mar. ¡Cuatro días habían pasado desde la tormenta según mi reloj! ¿Qué hice con mi tabla? Fue lo primero sensato que se me cruzó por la mente… en eso estaba inmerso cuando lo vi pasar a Juancito Antonio con once años el botija y tan estropeado como yo…Por eso dejé de consumir… diez años después”, concluye y empina su taza de café. “¡De verdad! Hace cuatro años que estoy limpio”, me grita sacando de su bolsillo un llavero azul del Instituto Pura Vida. “Los azules son del cuarto aniversario… el año que viene me entregan el rojo y así hasta llegar al blanco… que indica que podés volver a tomar… o por lo menos, eso es lo que dicen los Recuperados”, me asegura Curbelo mientras Vico improvisa una señal de la cruz. Yo sigo fajinando y tratando de entender si estos dos personajes hablan en serio o andan así por el mundo todos los días.















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Roberto “Quique” Antonio


“En general se piensa que Enrique es quien se esconde tras ese sobrenombre impuesto maternalmente desde niño. Aún no sé sabe bien por qué, si por confusión, disputa o descuido de pareja, su padre lo rotuló legalmente bajo un “Roberto Antonio”. Tampoco está claro por qué todos los hermanos varones se llaman Antonio”, me cuenta Curbelo y pide otra limonada. “Estoy tratando de dejar de fumar también… y el limón me baja la ansiedad”, concluye uno de los pocos autoexcluidos de ese trencito caravanístico que da vuelta por el pueblo de La Pedrera todas las noches y la mayoría de las mañanas y algunas tardes, sobre todo fuera de temporada desde hace veinte años.



Beatriz Susana entró a la habitación después de recorrer el pasillo B del Instituto Pura Vida y encontró a Quique mirando por la ventana. Su descolorida bata desatada mostraba una tristeza corporal difícil de creer sobre todo si se lo conoció de adolescente, cuando daba mucho que hablar entre las chiquilinas del pueblo. “Tú estás muy flaco, muchacho”, dicen que le recuerda Vittorio, su compañero histórico de vicios, en cada visita. “Estoy como me tratan”, la respuesta reiterada.

Montevideo había amanecido nublado y a la espera de aguacero proveniente del otro lado del Río de La Plata. “Van a caer soretes del cielo”, dijo él cuando escuchó entornar la puerta. Sabía que era su hermana. Sabía que había venido a extender su tormento.

Sistemática y mensualmente, ella viajaba doscientos cuarenta y tres kilómetros, escuchando a Jorge Lazaroff, con la plata en mano para contribuir con las arcas del lugar, al menos un mes más. Por política de la empresa, el Instituto Pura Vida hacía venir a familiares directos a pagar la cuota de la internación. De esa forma, se aseguraban el trato directo con los verdaderos responsables de la situación.


- “Dicen que en Buenos Aires hizo desastres… está todo inundado… ¿Qué hacé, Róber?”, preguntó Beatriz con énfasis en las tildes gramaticales y en las de entonación rochense.

- “La verdad es que desde hace algunos días comencé a jugar solitariamente a crear creyendo una forma distinta de superar los obstáculos. Era eso o seguir apostando al rápido paso de las horas para que ya sea mañana. Ahora, tranquilito, amarro el bote al Puerto de la Sonrisa y cuando tengo la oportunidad, les afano el alcohol etílico a los chicos de limpieza …a eso me dedico, estoy bárbaro… gracias por encerrarme”, dijo Roberto. Después de esas palabras, la habitación quedó en silencio. Beatriz Susana comenzó enmudecida a buscar los cigarrillos en su cartera. Aunque estaba prohibido fumar dentro de la habitación y siempre los empleados del lugar se los recordasen, ellos en cada encuentro, lo hacían. No en grandes cantidades por cuestiones de tiempo. Nunca compartieron más de quince minutos.


- “¡Qué se caguen los porteños!”, irrumpió con muchos decibeles Quique y su hermana saltó de la cama en donde estaba sentada.

- “Roberto, por Dios! ¡¿Me querés matar de un susto?! ¿o estás loco!? ¿cómo vas a gritar así!? Acá te dejo tu porcentaje de ganancia del restaurante del mes pasado. Me tengo que ir. Te mandan saludos tus hermanos…”

-¡Yo no tengo hermanos! grito él llevándose otro cigarrillo a la boca y escuchó la puerta cerrarse. “Además te vas porque tenés el upite sucio… porque no te conviene quedarte para hablar de toda la plata que me deben desde que me corrieron del Costa”, dijo al aire.

“- ¡Yo soy inmortal... sabélo!”, gritó por la ventana cuando vio a su Beatriz Susana subiéndose al auto. Ella se hizo la desentendida
























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Don Juan no quería saber nada con que viajase solo pero Rafael Antonio estaba emocionadísimo porque después de mucho tiempo saldría a recorrer de inicio a fin la ruta 9 y de ahí en más, horizontes brasileros. La idea era frenar en cada ola, bar o sombra que se cruzase. No tenía tiempo estimado de regreso y nada ataba su vida a Montevideo.

Con la excitación del comienzo vacacional logró hacer los 292 kilómetros que lo separaban del Parque Nacional de Santa Teresa. Aprendió con eso que no se puede viajar todo el día en una moto de 110 centímetros cúbicos y disfrutar de la jornada. Hizo noche en el camping y a la mañana siguiente se fue a surfear. Cuando volvió a su parcela, encontró una reunión militar.

- “¿Usted es Rafael Antonio?”, le preguntó quién revisaba su billetera.

- “¿Y usted es el sobrino de Gregorio el “Goyo” Álvarez, acaso?”, le contestó él mientras guardaba la tabla de surf en la funda. Los que participaban de la requisa habían desparramado todas sus pertenencias arriba de una mesa de plástico y revisado minuciosamente. Sin mucho esfuerzo, lograron dar con una onza de cannabis y, a partir de la notificación del hecho, empezaron las charlas de procedimiento.

- “Lo vamos a trasladar a la jefatura del Chuy y vamos a averiguar sus antecedentes… ese trámite tarda al menos 5 horas. También vamos a hacer un análisis para detectar la calidad de la droga y estipular así la condena. ¿Estuvo alguna vez encerrado en un calabozo?”, le preguntaba sonriendo un pitufo con ropas camufladas y un diente incisivo cubierto de lata. Rafael Antonio sabía lo que significaba ir a esa jefatura de ciudad fronteriza: codearse con los malandras más pesados de todo el Uruguay…

- “¡Levántese muchacho!”, insistía una voz gruesa e irreconocible, pero él no se sentía aludido y menos aún quería salir del trance en el que estaba inmerso. Finalmente -con mucho esfuerzo-concentró todas sus energías en entender que era protagonista de la escena y en tratar de resolver la situación lo antes posible. Con la ayuda de un oficial, se puso de pie y dejavú: el muñequito diabólico de guerra seguía hablándole de calabozo, del aumento de horas de encierro… cannabis, éxtasis y ácido lisérgico. También notó que habían llegado tres o cuatro autoridades más junto a un jeep y una moto.

Rafael Antonio intentó llevar el diálogo hacia el concepto de soborno sin mencionar la palabra, pero lo único que consiguió fue que le sumaran una noche más en la jefatura por el delito de cohecho. “Esto se está complicando demasiado”, pensaba él mientras veía la llegada de dos autoridades disfrazados de blanco y con adornos militares por todo su pecho. Nuevamente sintió que el desvanecimiento avanzaba apoderándose de su cuerpo de pies a cabeza.

El ruido de un motor que se accionaba y pasos de borceguís en retirada provocaron su nuevo despertar mental. Desde el suelo y con el cachete aún pegado a la tierra, vio cómo su cielo comenzaba a aclararse, al igual que su segundo desmayo.

- “¡Levántate muchacho y lárgate de aquí! No vaya a ser cosa que encima te nos mueras en el camino”, le dijo el último oficial que caminando se alejó de su carpa.


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- “La víspera de la navidad me la paso por los huevos… Yo brindo por los muchachos del Old Christian’s Club y su gente”, dijo alzando su vaso Roberto Antonio, bebió su whisky de un trago y se alejó de la barra del restaurante intentando peinar su desprolija cabellera con ambas manos. Yo lo miré a Curbelo y mi ceño fruncido generó su explicación.

- “El 13 de octubre de 1972, un avión de la fuerza aérea uruguaya llevaba a un equipo de rugbiers a Chile para disputar un campeonato corto. Entre ellos, a un primo de los Antonio. Era una época en la que el rugby estaba surgiendo con fuerza por acá. Muchos de esos gurises no conocían la nieve y algunos otros ni siquiera habían salido alguna vez del país... La cosa es que el piloto pensó que había llegado a destino y empezó a buscar la pista con la trompa.... y de repente, nube que se esfuma y ¡pumba! …aparece la montaña. ¡Paaaa, muchacho! no le daba la butaca para hacer subir el avión... y si, chocó contra la cordillera... a 3.570 metros de altura. Muchos perdieron la vida al instante, otros en los 72 días posteriores. ¡72! ¿te imaginas eso, muchacho?... Solo dieciséis personas se bancaron los treinta grados bajo cero que hacía en las noches… entre ellos, el primo de los Antonio”, me contó Curbelo levantando su taza de café. Luego de un instante, concluyó: “Por Nando Parrado y Roberto Cannesa que atravesaron los Andes caminando y llegaron a Chile a pedir ayuda. Salud!”.



















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- “A ese grupito de zurditos habría que haberlo desarticulado con más balas de las que les metimos”, me dijo un cliente cuando aceptaba la devolución de la tarjeta de crédito que me había dado para saldar sus consumos en el restaurante. Yo no entendí el comentario y permanecí en silencio mientras lo veía alejarse.

-“Ya no gasto energías en la gente adulta… trato de educar a sus jóvenes. El día que Pepe vino a almorzar al Costa Brava, fue una verdadera revolución para La Pedrera, pero no para nosotros. Con Gonzalo Antonio formábamos parte de la primera línea militante de la Universidad de la República, fervorosos combatientes de los gases lacrimógenos de los milicos en las manifestaciones. Nos habíamos anotado en Ciencias Sociales porque queríamos participar de los Tupamaros y además porque había lindas chiquilinas estudiando ahí. Quique estuvo filosóficamente involucrado con el Movimiento: intercambiaba cartas con Mujica y Seregni, durante sus exilios. Tan cercana fue la relación que mantuvo con ellos, que hay una famosa foto de los tres juntos en la terraza de la casa de Liber, cuando éste dio su primer discurso después de salir de la cárcel donde estuvo encerrado ¡diez años!...¿Cuánto te debo, Sebastián?", concluyó rápidamente Vittorio mirando hacia la rambla.

Mientras sacaba la cuenta de su comanda, vi en la caja registradora una calcomanía del Movimiento de Liberación Nacional y comprendí el comentario ultraderechista del cliente que acababa de irse sin dejar propina.

















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Gonzalo “Capitán” Antonio.


“En las últimas temporadas Gonzalo se refugió en la cocina de Roberto y desde allá atrás, tan embebido en Chardonay Reserva como sus mejillones, sacaba la mejor cazuela de mariscos de todo el Uruguay”, afirma Vico pitando una pequeña punta sin filtro que luego me ofrece viendo que yo ya había concluido con el cierre de barra del restaurante. “Es cannabis californiano, ¡pruébalo muchacho!”, era su insistencia para compartir locura.



El pronóstico provenía de una sola fuente y con ecos intermediarios. Dicen que no se atrevió a volver al doctor que le había recetado los análisis. Solo sacó el sobre del cajón de la mesa de luz para compartirlo con una joven médica, novia de turno de uno de sus amigos. El Capitán después de ese encuentro se comportó introspectivo y permanecía con un vaso de agua gasificada y rodajas de limón al alcance de la mano. Parecía un fantasma que deambulaba por la casa… pero no se atrevía a pisar el restaurante. “Voy a tomarme un respiro del Costa”, les había comunicado a sus hermanos. Igual, poco le duró esa actitud.

Con el correr de los días fue olvidándose de lo acontecido y terminó con un repertorio de artimañas para servirse brebajes alcohólicos sin ser visto.

- “¿Te creé que somos perejiles, Gonza? ¿De verdad pensás que nosotros no sabemos que volviste a tomar?”, lo apuró de sobremesa Rafael Antonio.

- “Tú no eres un perejil, tú eres solo un pelotudo. ¿En serio crees que podés venir a hacerme un planteo, chiquilín? Si no fuera por mí, no podrías llevar los championes que calzás”, le respondió Gonzalo Antonio. Tomó lo que le quedaba de agua mineral y se dirigió refunfuñando a la heladera exhibidora de Bodegas Pisano.

- “Problemas tenemos todos”, dijo al pasar nuevamente por la mesa y se fue caminando a la calle con un vaso de vino blanco en mano. “¿Querés un helado de la Popi?”, gritó desde lejos sin esperar respuesta ni mirar hacia atrás.










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- “Los miedos lo tienen los ricos, porque el poder se siente en el pueblo, ahí donde siempre lo estuvo… ¡pero nos durmieron toda la vida, muchacho! ¿sabes quiénes? Los malabaristas del Imperio, esos que detentan todo en sus castas y no por azar, ¡atención!”, dijo Roberto Antonio tocándose reiteradamente la punta de la nariz con la yema del dedo índice de la mano derecha. Y continuó: “no por azar, muchacho, sino porque en su época fueron los más rápidos de mente y los más macabros, también. Ahora todo cambió, se respira el futuro, por eso se les frunce el upite a los ricachones”. Después de unos segundos de silencio gritó enojado: “¿Para qué carajo pierdo el tiempo contigo si tienes una ceguera galopante culpa de la época que te parió?"

- “Tranquilo, Robertito… que la conversación recién está comenzando”, le dije mientras le pasaba el segundo mate cebado de la mañana.






















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A fines de la década del setenta, el Cathay número 8, un barco atunero chino encalló a doscientos metros de distancia de la casa de Los Antonio. Una gran tormenta desvió al navío hacia la costa rochense, no pudiendo más que dejarse arrastrar arena adentro. En total venían veinticinco tripulantes y una tonelada de pescado fresco.

Ninguna fuerza mecánica uruguaya o brasilera pudo reinsertarlo en agua lo suficientemente profunda, por lo que decidieron levantar campamento y retirarse por tierra hasta el Puerto de Montevideo. Para todo esto, habían pasado quince días desde su llegada al pueblo.

Una noche, atraídos por los cánticos y alaridos que provenían desde el fondo de la casa de Don Juan, se fueron arrimando más tripulantes al folclore.

“Terminamos siendo como treinta personas. Nadie entendía nada. Pero estaba bien. Todos coincidíamos en que era música, alcohol y más vicios. En un momento, se pusieron delante de mí dos laosianos y me preguntaban algo. Yo, a esa altura, estaba borracho y veía borroso. “Nosotros barco traer bulto”, era lo que les entendía que decían. Yo le respondí verbal y gestualmente: “Ustedes barco traer bolsa y ¡pumba! Por la nariz. ¡Ja! las caritas de confusión... Finalmente trajeron unos bancos de madera tallados a mano de no sé dónde…Esos muchachitos estaban locos. Al otro día, con la cabeza entre las manos, y pensando en la desganes que me provocaba devolver los asientos al Cathay… se me ocurre la idea y se la comento al Capitán. Esa misma noche organizamos el desguazado nocturno más silencioso de la historia del Uruguay. Fuimos unas hormigas ninjas, Sebastián. Escondimos todo en el galponcito del fondo de la casa que se había hecho Don Juan para las herramientas.

Cuando por el pueblo perdió intensidad la novedad del vaciamiento del barco chino y ya se hablaba de alerta meteorológica para el fin de semana, nosotros comenzamos las obras de remodelación y ampliación del garaje de la casa. Esta viga que ves acá, era parte de aquel barco… ¡Salud!”, concluye Quique levantando su copa en dirección a la maraña de hierros que se veían enterrados en la playa desde la ventana del Costa Brava.











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“La mejor manera de comenzar un natalicio es con un cunnilingus, seguido de una felación, muchacho”, me dijo Gonzalo Antonio cuando pasó desde la cocina al salón del restaurante. Y prosiguió mientras apoyaba distraídamente en la barra su accidentada mano derecha: “Tuve la posibilidad de compartir cama con tres diosas. Desde ese día, son mis ángeles”, me dijo mirando como dos mujeres caminaban de la mano en dirección a la playa del barco. “¿Sabes lo que es eso, muchacho?, me preguntó llevándose un cigarrillo a la boca.

- “Conozco la historia de las cuatro mujeres, tú y Robertito”, le contesté mientras prendía mi encendedor y se lo arrimaba.

- “Esa fue otra vez… mis ángeles no las comparto con nadie… tal vez tu tengas suerte, porque me caes bien”, dijo Gonzalo Antonio mirándome con sentido evaluativo. “No, no creo…algunas veces me olvido que eres argentino” concluyó después y su vista se focalizó en el Hoyo.

- “Vamos a nadar”, gritó y se fue.





















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-“Escúchame bien lo que te voy a decir… ¡tengo la solución a nuestros problemas!”, dijo Gonzalo apenas puso un pie en el mismo ambiente donde se encontraba su hermano Roberto. Desde hacía unos meses las hornallas de la cocina de la casa tenían fuga de gas, pero como en invierno los ingresos de dinero escasean y lo ahorrado en verano tiene otro destino, ahora los Tigres también habían tomado posesión del restaurante para cocinar durante la temporada baja.

-“Veo que no pudiste dormir en toda la noche… y que tampoco me invitaste”, le respondió Quique levantando una ceja y mirándolo fijamente a su ojo derecho mientras revolvía su avena con leche.

-“Vamos a meternos en el negocio de la forestación… como está haciendo Luis Alberto Lacalle… ¿o no te llama la atención que la familia de tu presidente este comprando tierras y arbolitos a dos manos?”, le preguntó Gonzalo con tono indignado. Su hermano solo lo observaba en silencio evitando con rápidos movimientos de muñeca que se pegue su desayuno. “Hay facilidades por parte del Estado para predios poco productivos… te dan subsidios y beneficios. Es decir, le hacemos firmar un papel a Vittorio que diga que le compramos su terreno, pedimos el crédito y nos lo tomamos calentitos al lado de la estufa hogar”, proponía eufórico el Capitán.

-“Usted está loco, muchacho”, fue la única respuesta que pronunció Roberto Antonio al respecto y se alejó hacia el deck del Costa comiendo de la olla con el cucharon de madera con el que revolvía.
















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Dejó el diario regional sobre la mesa y se dio vuelta para mirar a los elegidos de esta temporada. Todos aguardábamos el clásico momento en el que el Capitán se dirigiese a la tripulación para hacer oficial el zarpazo del Costa Brava.

- “Hay mucha gente en tierra aguardando pisar cubierta como están haciendo ustedes hoy. Aquí aprenderemos a enseñarnos lo mejor que trae cada uno y lo haremos en pos del crecimiento humano, profesional, individual y colectivo. Les aseguro también que hay muchísimas personas relamiéndose para conseguir una mesa así que debemos estar a la altura de las circunstancias. Si necesitan algo, lo conversamos en privado. Resolver y continuar. Resolver y continuar… A través de los años, hemos cultivado una atención que nos distingue del resto de los lugares. Hemos puesto el foco en el servicio, convencidos de que es tan importante como la comida que servimos. Sobrevivimos temporadas bajas con atún en lata y la gente se iba feliz y volvía... ¡Varriba!”, gritó eufórico Gonzalo Antonio y nadie hizo eco.

Carraspeó y prosiguió: “Muchas de las personas que van a empezar a ver hoy ustedes son golondrinas de este barco pero también habrá muchas otras que no … ¡a todos por igual! ¡Quiero que los atiendan a todos por igual! Yo no tengo amigos. Mis hermanos tampoco. Cualquier cosa, quien pregunte, que se comuniquen con recursos humanos… las oficinas están abajo, cuarenta metros bajo el agua.

“Regla numero 2: No corremos ni gritamos. El termómetro lo tienen ustedes, los del salón, las caras visibles del Costa. Si muestran que estamos desbordados la gente se impacienta y rompe todo. Así que, por más que estemos prendidos fuego, nadie debe enterarse.

“Regla número 3: que siempre haya un sí de respuesta. Si no lo tenemos, lo inventamos. Sólo anticipen que puede que demore unos instantes, ¿estamos de acuerdo? Gracias por venir y que disfruten la temporada, chiquilines”, concluyó el Capitán y sonaron, ahora sí, los aplausos.


Los marineros nos dispersamos y cada quien tomo posición en su puesto. Solo quedaron en círculo los Antonio y la Negra. Y ahí la que manda es ella. Las directivas salen de su boca.

“Miren pedazos de hijos de puta, si los llego a ver duros con algún empleado, los empalo con esta cuchara de madera y me voy a la mierda de acá, ¿me escucharon? Demasiado tengo con mis hijos como para andar ocupándome de ustedes. ¿Qué mierda fue ese discurso Gonza? ¿Temporadas bajas sirviendo atún en lata? ¿Golondrinas de este barco? ¿De qué carajo estás hablando? ¿Estás en pedo o ya se te fue la moto? En fin… vamos a abrir esa puerta y que comience el show. ¡Y me cago en Dios y la reputísimamadre que me parió! me olvidé la crema en el fuego”, gritó Beatriz Susana y se alejó dando saltitos.






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Cuando pensé que la vacante de bartender era mía y me emborrachaba prematuramente en el deck del restaurante con uno de los dueños, se presentó ante nosotros una señora con una bolsa de langostinos frescos entre tantas de sus pertenencias que abrazaba.

- “Beatriz”, me dijo y extendió su mano. Luego perfiló hacia el interior de la casa.

Desde adentro, a los pocos minutos, gritó el nombre de su hermano. Tuvimos un cruce de miradas con Juan Antonio y él, levantando las cejas, verticalizó y salió caminando tras el llamado. Yo me quedé divagando mentalmente como sería pasar una temporada en este lugar, en el mismísimo Costa Brava. Todo era fantástico.

-“La Negra quiere hablar contigo, muchacho”, me dijo cuando volvió con otra Zillertal a la mesa. Yo quedé desconcertado, ni cerca de estar preparado para una segunda entrevista. Ya no tenía registro de la cantidad de cervezas que nos habíamos tomado, vacío estomacal de por medio, cansancio de ruta, emoción por haber llegado a destino…

-“Esta es para ti…¡Sígueme!”, me dijo Beatriz Susana apoyándome una bolsa en el pecho y continuó su marcha en dirección a la playa.

Cuando el mar nos llegó a la altura de la cintura, ella esbozó la primera pregunta: “¿cuál es tu estilo natural?”. Yo tragué saliva esperando con eso entender hacia dónde apuntaba el diálogo.

- “Acabo de conocer a su hermano que me entrevistó. Trabajé con Rafael Antonio en la posada de Oceanía del Polonio y esta temporada me gustaría hacerlo en La Pedrera, y qué mejor que es su famoso restaurante… la gastronomía es algo que me apasiona…”, le estaba respondiendo pretendiendo sonar a la altura de las circunstancias, cuando ella interrumpió: “No seas pelotudo”, dijo y se sumergió en modo buceo a pulmón en búsqueda de las algas para elaborar uno de los platos más codiciados de su restaurante. No me quedó otra alternativa que imitarla.

Mientras lavaba las algas que habíamos juntado y la Negra preparaba la mezcla secreta del Costa Brava para hacer los buñuelos, me confesó que ella acepta o rechaza a los marineros de la temporada dependiendo de cómo naden y se desenvuelvan en el mar.

- “Juan los termina de elegir después de la primera borrachera y su resaca. Si no funcionan, los hace caminar por el tablón”, concluía Beatriz Susana mientras prendía la freidora para darme a probar la especialidad de este barco gastronómico.








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Beatriz “Negra” Susana


“La única que equilibra la balanza en la familia es la hermana. Yo siempre estuve enamorado de ella, pero no podía decir nada porque me iban a boxear los Antonio en todas las reuniones. ¡Y ojo! La Negra se rescató porque tuvo dos hijos de adolescente que la hicieron delirar menos…. Porque sinó más que un restaurante hubiesen puesto una sala crematoria estos salvajes”, me comparte Vittorio mientras esperamos que venga Juan Antonio a abrirnos el Costa. Yo para empezar a montar la barra de desayunos. Él para saciar su sed.


Beatriz Susana, con veinte años y sin haber terminado los estudios básicos, decidió no mudarse de la gran ciudad para seguir haciendo carrera en el Banco de la República. Con ella también quedó su hermano menor, Juan Antonio, bajo el argumento de terminar el último año del liceo “con sus compañeros de siempre”. Los otros hermanos renunciaron a sus rutinas y siguieron a sus progenitores. Roberto Antonio jugaba en Fiat como vendedor; Gonzalo Antonio venía rebotando de mesero por la gastronomía y Rafael Antonio era un buscavida que se estaba inclinando hacia el oficio de carpintero después de haber materializado una tabla de surf. Todos disfrutaban anualmente al máximo el hecho de ser los adolescentes de capital que veraneaban en la impactante casa de sus abuelos. Ahora probarían como sería ser residentes.

La Negra fue la primera en hacer “abuelos” a sus padres. Un extraño amor playero con alguien opuesto a su sentido de vida, desencadenó en dos hijos inesperados. Luego de los nacimientos se convirtió en madre soltera y se aferró más que nunca al ascenso por antigüedad que el gobierno le brindaba a los bancarios.

Dicen que Tom, el padre de las criaturas, se fugó a Brasil de un día para el otro. Nadie puede aseverar nada al respecto.











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- “Olvídate de lo que llevas dentro, lo que te inculcaron… tus creencias, tus valores. ¡Resetéate, muchacho! Ponte en pausa, y piensa desde esa posición… Tómate el tiempo que necesites. Horas, días, semanas… pero comienza a percibir lo que química y físicamente extrañas realmente. Y quédate con eso, sólo con eso para tu nueva manera de transitar… y enamórate de algo, de alguien… ¡pero enamórate, por favor! porque si no tu aporte evolutivo será nulo. Desde la mirada de la Magia o como quieras llamarle a lo que viene después de la Era Científica… todo será distinto. Y yo no creo llegar a vivirlo…”, me decía Roberto Antonio mientras tomábamos mate y compartíamos un cigarrillo de marihuana. No le había prestado atención visual porque estaba con los ojos cerrados pensando en lo que me decía, cuando lo interrumpí.

- “Daleee Quique… después de las diez de la mañana dijimos que íbamos a habilitar la bebida”, le reproché mientras él me ofrecía la petaca del Bar Los Yuyos con los labios mojados. “Es caña de pitanga, ¿no?”, concluí mientras extendía mi mano, sabiendo la respuesta y cayendo en la tentación.



















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“¡Quelvinonoseausente!” era la bendición y siempre se descorchaban antepenúltimas botellas, una tras otra. Los repartos que hacía Bodega Pisano por los restaurantes del pueblo tenían parada obligada en la casa de los Antonio. ¿Para esta semana cuántas le bajamos, Don Juan? Gritaba uno de los empleados mientras descendía del vehículo desde la butaca del acompañante.

Las juntadas comenzaron siendo un griterío de alcoholizados personajes amigos de los Antonio para bajar mucho los decibles de la mano de la aparición de un menú estandarizado, el incremento de los precios y la remodelación del lugar.

A la clásica lista de buñuelos de algas, aros de calamar y miniaturas de pescado, se le sumaron woks varios, la cazuela de mariscos y los pescados a la plancha. Después de un par de temporadas oficiales, Costa Brava se estableció como la mejor opción gastronómica en La Pedrera y sus alrededores.

El restaurante abría solo en verano, ya que durante el resto de las estaciones el clima no atraía actividad turística. Pero por sobre todas las cosas, para los Antonio, era impensado poder trabajar todo el año juntos.


















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“Me acuerdo de la Copa América del ‘95 cuando Quique no quiso saber nada con viajar para ver a la selección de fútbol y eso que desde el año ‘67 que no teníamos la posibilidad de verla. Era pleno invierno y él no quería saber nada de ir a Paysandú o Maldonado ni siquiera para ver a algún buen clásico sudamericano.

“¿Contra propuesta de Robertito? Hacer de cuenta que el país organizador del evento era Venezuela y juntar nuestros ahorros destinados a gastarlos en la Copa para despilfarrarlos en excesos mirando todo por televisión en su casa. Y eso hicimos… Quique, Gonza, él y yo”, me contaba Curbelo señalando a Vico. Recién llegaban al Costa en modo fútbol y se sentaron como de costumbre en los taburetes de la barra dejando uno libre entre ellos. Pidieron su bebida y me incluyeron en la conversación al instante.

“Uruguay clasifica primero y juega contra Bolivia y Venezuela antes de enfrentar a Brasil en la final. Para ese momento, nosotros ya estábamos en órbita… hacía 20 días que no dormíamos…

“En la final Tulio de pecho hace el gol para ellos y así termina el primer tiempo. Para el segundo, Héctor Núñez mete todos los cambios de una vez y sale otro equipo a la cancha. No solo se lo empatamos con un tiro libre hermoso de Bengoechea sino que estuvimos cerca de dárselo vuelta… pero nos fuimos a penales. Fernando Álvez se lo ataja a Tulio y el “manteca” Martínez desata el delirio de 3 millones de habitantes”, dijo Vico buscando mi aprobación como si me acordase de eso.

“¡Campeones señores! haciendo respetar el torito de mascota y rememorando el Maracanazo”, decía Curbelo imitando a un hincha eufórico recién salido de la cancha.

“Teníamos un equipazo… el gran capitán Enzo Francescoli, Fonseca, Gadinolfi, Poyet, Saralegui, Aguirregaray, Bengoechea, Da Silva, Martínez, Sosa…” comenzó a nombrar Vico cuando fue interrumpido por Gonzalo que apareció por la puerta trasera del restaurante cantando:

“El fútbol es el arte de mi país, arte que se vive con sinceridad…” y buscó cómplices que también se acordaran de la canción de el “pájaro” Canzani que era la oficial de la Copa.

“No me mires a mí”, le dije y acompañé el cántico haciendo el ademán de revolear una camiseta sobre mi cabeza, cual hélice de helicóptero.









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- “La cosa es así: el muchacho es gay y gusta tuyo…”, dijo interrumpiendo el momento de soledad que atravesaba Roberto Antonio mirando el mar por la ventana del Costa Brava. Imitando un gato que se lame el dorso de su mano izquierda, Vittorio me indicaba a la distancia que andaba con la garganta seca y que lo solucionaría -como siempre- con muchos vasos de Countrieau con tres hielos y una rodaja de limón. El asunto serio llegaría cuando yo tuviese intenciones de cerrar la barra del restaurante. ¿Lo Clásico? me terminaría uniendo a su ronda con una botella y nos quedaríamos toda la madrugada fumando, bebiendo y aspirando.

- “… pero quiere hablar contigo de negocios”, concluyó hacia su amigo.

- “¿Cómo decís que se llama?”, preguntó contrariado Roberto Antonio mientras hacía rodar entre el pulgar y el índice un mondadientes que tenía dentro de la boca sin dejar de observar el barco encallado.

- “Gregorio López, vive en un castillo de arena en la playa de Piedras Blancas”, respondió Vittorio y Quique cambió la actitud como si le hubiese explotado una bomba de paz en la cara.

- “El Peposo? ¿El que tenía la pizzería Don Pepa en la rambla? ¿Ese me decís? ¡Amigo mío de toda la vida!… bueno… después tuve algún desencuentro filosófico y operativo… hace mucho que no lo veo… ¡Pensé que me estabas organizando otra vez una cita con gente desconocida! ¿Qué querés tomar?”, preguntó aliviado.

- “Ya pedí, ya pedí, muchas gracias”, le respondió Vittorio.















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“Por esa misma puerta salió Gonzalo el día de la inauguración oficial del Costa Brava”, comenzó a contarme Vico señalándome atrás mío. Había estado todo el servicio del mediodía con el codo en la barra pidiendo vodka con jugo exprimido de pomelo.

“El salón estaba limpio y ordenado. Como nunca. De nosotros no faltó nadie, claro. Cuando entraba gente no conocida el Capitán los acompañaba hasta su mesa y les ofrecía algo de beber, cortesía de la embarcación. O por lo menos eso hizo hasta que llegó una “amiga” de Valizas con la que venía coqueteando cada vez que podía. Lo mejor para su mente fue que estaba acompañada de una amiga muy linda y en su cabeza todo eso se reducía a una sola figura: triángulo. Lo intentó todo lo que pudo. “¡Deja de ronronear y levántate un platito, Tigre!, me acuerdo que le decía disimuladamente Juan Antonio al pasar, tapando la oración con un grito de “voy atrás”.

“Rafael se hizo cargo las freidoras. En realidad, eran tres ollas de hierro puestas arriba de quemadores industriales armados artesanalmente por José, el herrero del pueblo. Espumadera en mano ¡y a transpirar aceite, muchacho! Con el cannabis adecuado y en exacta proporción con alcohol en sangre, es meticuloso y sistemático. En el primer tramo oficial recorrido por el Costa, él fue la estrella. ¡Sin lugar a dudas te lo digo! Los aplausos se lo llevaban los platos principales, ¡naturalmente! pero permítanme afirmar que el 99.9 por ciento de las frituras salieron en su punto justo.

“La cazuela de mariscos, famosa especialidad de la casa, era obra de Gonzalo, que, si bien había dejado las indicaciones pertinentes y todo pronto para prepararla, a la hora del servicio quien se hizo cargo de los fuegos fue Quique y se despachó con su técnica y sazón: sacó cuarenta y tres órdenes que fueron festejadas por todos los presentes… ¡qué recuerdos! Éramos tan jóvenes”, concluye melancólico Vico y deja su dinero en la cajita de madera donde le dejé su ticket de consumo.














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Rafael “Coco” Antonio


“Me arrastraron de los brazos como a un niño pequeño. ¡Te juro que no puedo! ¡Mírame la cara, les decía yo...!”, comienza a relatarme eufóricamente Rafael Antonio mientras compartíamos un cigarrillo sentados en un banco de la rambla mirando hacia el Costa. Gonzalo y Roberto habían empezado a convocar gente del pueblo para ofrecerles comidas populares y apuntaban a la apertura diaria de un restaurante en el garaje de la casa. El precio era fijo por persona y cualquiera podía ser partícipe. Lo único que se intentaba cobrar aparte era la bebida. Los cocineros rotaban reunión a reunión al igual que el menú. Y empezó a venir más gente de la esperada.

“Fijate qué quiere comer cada uno. Acá anotás el nombre y acá lo que te pide. No te hagas el gil porque te disfrazo de hematoma, me amenazó el Capitán entregándome un cuaderno de bolsillo con espirales y una lapicera.

“A mitad de la noche tuve que parar... no daba más... estaba muy fumado atendiendo a mi profesora de inglés del Liceo que vaya a saber por qué demonios estaba ahí… y que además me hablaba en inglés y ¡yo no entiendo una goma de inglés! Y no paraba de entrar gente al Costa. Pahh bo, una demencia.

“Limpiando la mesa ya se me sentaban clientes y me pedían algo de entrada para ir ganando tiempo, imagínate.... “ganando tiempo…regálame tiempo, ¿o no ves cómo está esto?!”, pensaba yo sonriendo. Entré a la cocina y me senté en la mesa mirando cómo la Negra emplataba una ensalada capresse. “No tengo energía”, le dije.

“Ni bien terminé de pronunciarlo, salió de atrás mío, como viniendo del baño de la casa, Robertito... “Toma esto, Rey del Drama", me dijo y ofreció una pastilla que tenía envuelta en papel higiénico escondida en el bolsillo relojero de su jean. Yo la tomé casi sin pensarlo. Y cuando le vi la cara a mi hermana, que me miró sorprendida y le clavó inmediatamente una mirada fulminante a él, entendí que no iba a poder trabajar mucho tiempo más …

“Antes de la media hora de la ingesta, ya había tirado al piso tres brótolas y una cazuela de mariscos y no podía parar de reír… Curbelo, ante la seña del Capitán, se levantó de la mesa del fondo del restaurante donde estaba comiendo una porción de papas fritas y me reemplazó como mesero”, concluía Rafael Antonio sonriendo con ojos de estar reviviéndolo.

“¿Necesitas alguna compra para mañana?”, me preguntó ahora con tono laboral y ante mi movimiento negativo de cabeza se fue silbando bajito Soldado Búfalo, de Bob Marley.




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Una vez cometí la locura de meterme al mar uruguayo en invierno animado por la emotiva despreocupación de Rafael Antonio y su gente.

La segunda noche que participé del retiro folclórico en Oceanía del Polonio terminamos mirando una salida lunar de tamaño abismal, desnudos y bajo los efectos de dimetiltriptamina. Me sentía como un bebe al nacer, tan naturalizado con el agua que cada vez que lo recuerdo sobrio, me da terror.

-“El humano aún no vuela porque confía más en la Ciencia que en la Magia”, me dijo Roberto Antonio cuando volvíamos caminando por las dunas rumbo a la barra de la posada de su hermano que tenía en el bosque.























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-“Traigo el alcohol para ablandarte el corazón, Stefanie”, gritó Gonzalo Antonio en estado de ebriedad camuflado tras un arduo cepillado de dientes y lengua; un fugaz baño con agua muy caliente al principio y fría al final para destapar poros; una gota de perfume en cada lóbulo de oreja y fosa nasal; y andando todo el camino con la boca abierta y la cabeza por fuera de la ventanilla del auto. “Me olvide el vino” pensó y se maldijo. Cuando intentó buscar las llaves en el bolsillo descubrió la botella pegada a su mano izquierda.

-“Cuando Cristo dijo no, usted sabe bien lo que pasó… ¿Qué hacés acá, Becho? ¿ese auto es de tu novia?”, le respondió Claudia mal intencionada abriendo por completo la puerta de su casa. El especial cariño mutuo había comenzado en Oceanía del Polonio durante los festejos de año nuevo, en donde ambos se la pasaron invocando a Alfredo Zitarrosa y se descubrieron el mismo grado de fanatismo. La historia termina en una maratón sexual durante los cinco días posteriores. Y de ahí, encuentros esporádicos desde hace años.

-“Yo no puedo amar mejor a nadie, solo así”, dijo Gonzalo Antonio y abrió la puerta de la cerca del jardín y encaró en búsqueda del beso de bienvenida.

El despertar fue de lo más normal: con dolor de mente adjudicado a la resaca, desnudo en esa cama junto a la dueña de casa y sin recordar mucho de la noche anterior. Nada extraordinario.

- ¿Te duele la cabeza, Becho?”, le preguntó ella cuando lo sintió moverse y respirar despierto.

-“No, ¿por qué? ¿Estas para un mañanero?, respondió él transmitiendo deshonestamente que lo disfrutaría.

-“¿No te acordás que anoche se te bajó la presión y te desmayaste? Toda tu ropa está en remojo…. Esperemos que salgan las manchas de vino. ¿Querés que te acompañe al médico? Deberías hacerte algún estudio”, concluyó ella y la habitación quedó en silencio.













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Al terminar la temporada una ayudante de cocina les consultó a los Antonio acerca de la posibilidad de quedarse unos meses más en el restaurante. No quería volver a su país porque las elecciones las había ganado otra vez Fernando Henrique Cardoso y eso indicaba -según ella- que se estaría mejor en cualquier lugar menos en Brasil.

El único que vivía en la casa de Don Juan y Doña Susana era Gonzalo. Rafael estaba en un proyecto de posada que construyó en Oceanía del Polonio. Roberto rentaba una cabaña en el pueblo. La Negra y Juan, seguían radicados en Montevideo y solo vivían en La Pedrera cuando los requería el Costa Brava.

“Que nadie toque a Pato”, había sido la advertencia del Capitán a sus hermanos ante la eminente aceptación de la propuesta de la cocinera.

Excusado en no tener agua en su domicilio, Quique volvió a la casa de sus padres sin perder más que una noche de ella durmiendo allí. Ver a los Tigres prolijamente vestidos cocinando juntos para un solo comensal y descorchando champagne, era inaudito. Ya con que comieran vestidos y sentados era una novedad para esa altura del año.

“Tiempo después Gonzalo reconoció que haberse ido a bañar luego de cenar fue un error. Le dejó el deseo servido a su hermano. Cuando regresó, ellos ya estaban fumando y hablando del Cosmos…. ¡Ja! Quienes conocemos a los Antonio sabemos que cuando te muestran el cielo es porque te están midiendo la yugular…. Los Tigres les enseñaban a sus víctimas a observar la luna disfrazada de letra C o D en referencia a si estaba creciendo o decreciendo… un dato desconocido para muchos que los llevaba a distraerse mirando hacia arriba… ¡Ja! Y ahí ellos… ahí ellos, ya estaban viniéndote encima o con un beso o un cross de derecha… Los inviernos en La Pedrera son duros, y los bambis no abundan por aquí”, me decía Curbelo tomando un café en la barra del restaurante.

Ese otoño Quique y Pato iniciaron sin querer lo que luego formalizaron como un Taller de deconstrucción sexual. Cuando se dieron cuenta en lo que se estaba transformando su convivencia, sentaron las bases para ir hacia donde sus cabezas llegasen deteniéndose inmediatamente ante el primer síntoma de incomodidad. Competían viendo quien provocaba mayor placer en el otro, pero por sobre todo buscaban experimentarlo en su máxima expresión.

“Una noche habíamos invitado a una pareja amiga de La Paloma y abrimos el Costa como si estuviésemos en la semana previa a año nuevo. Comida, alcohol y drogas por todos lados. Gonzalo se había ido a Montevideo. La casa era nuestra. Cuestión que en un momento de la sobremesa… ¡pumba! Pato besando a la novia del pinta… Éste que me mira y yo disimulando el asombro y desconocimiento del plan, lo miro y le transmito por telepatía “ni te preocupes” con el refuerzo de ceño fruncido y movimiento negativo de cabeza… en fin, esa noche nos dimos cuenta dos cosas: que el restaurante es muy vidriado para llevar a cabo ciertas cuestiones y que había que convencer a Rafael de hacer lo mismo y con más gente en su posada del bosque”, recordó melancólico Roberto Antonio ante la insistencia de Curbelo para que relate esa experiencia.



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- “No recuerdo haberlo sentido pero seguro que te extrañé. A ti o a tu país, no lo sé. ¿Compraste algo?”, me dijo al oído cuando nos abrazamos en la puerta del aeropuerto. Ahora Gonzalo Antonio cruzaba el Rio de la Plata en avión. Era la época en el que Costa Brava surfeaba la cresta de la ola gastronómica uruguaya.

-“Tienen ese no sé qué… les brillan los ojitos y a cualquiera se le hierve la sangre, muchacho. No jodamos”, repetía año a año en referencia a las mujeres argentinas y proponía un brindis. Siempre un brindis.

En Buenos Aires el Capitán dejaba que nuestra noche fuese dirigida por el azar de los dados. Ideó un sistema, cubilete de por medio, para descubrir en cada barrio porteño el bar donde refugiarnos. Botella de whisky bajo el brazo, salíamos disfrazados de Pepa lisérgicas a ver que nos deparaba el destino.






















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Beatriz Susana nunca estuvo ni cerca de estar enamorada del padre de sus hijos. Lo conoció en la fiesta de carnaval y terminó acompañándolo a su casa convencida de que le haría bien jugar a intercambiar aires de bosque y océano por los de ciudad y sus bocinazos. Cada vez que ella venía a Rocha a visitar a su familia, se volvía con la sensación de que Montevideo estaba dejando de ser su lugar en el mundo.

Atraída por su aventura amorosa comenzó a ir más seguido a La Pedrera y luego de unos meses de negación, enfrentó a Doña Susana y a Don Juan para contarles de su embarazo. El futuro padre al ser notificado dejó de contestarle el teléfono y se atrincheró en su casa. Solo se lo veía en el supermercado del pueblo comprando alcohol.

La borrachera constante que acarreaba desde que decidió no hacerse cargo de la situación se volvió psicótica de repente cuando la Negra le dijo en persona que estaba esperando mellizos. Gritos y puteadas comenzaron a escucharse en Santa Isabel y luego hubo una lucha cuerpo a cuerpo de la cual ella pudo escapar corriendo.

La historia termina con un hematoma en el ojo derecho, pinchazos en la panza y una semana de internación en una clínica privada de Rocha. Su recuperación fue positiva y tres meses después estaba pariendo saludables hijos.

“Su desgracia fue haberme levantado la mano”, me confesaba Beatriz Susana mientras compartíamos un whisky después del servicio nocturno. Extrañamente todo el resto del personal se había ido para el centro del pueblo y nosotros habíamos decidido matar la botella que mandó de regalo un proveedor. Sentarse e intentar tomar a la par de algún integrante de esta familia es sumamente complejo. No importa la edad o el género: con ninguno se puede.

“Mañana vas a tener problema con Juan Antonio por este faltante”, me dijo La Negra cuando se despidió y me mostró que se llevaba lo que habíamos dejado de la segunda botella sustraída de la barra del Costa.












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Corren muchísimas anécdotas de la fiesta de la cazuela de mariscos organizada por empleados y ex empleados del Costa Brava. La excusa fue el décimo aniversario del restaurante y el objetivo que ninguno de los dueños hiciera demasiado más que brindar. Bodegas Pisano patrocinó el festejo con barricas de vino.

“Treinta personas trabajamos ese día recibiendo información y órdenes de los cuatro Antonio y de la Negra”, me decía Curbelo mostrándome una foto. “Después se descontroló todo, naturalmente. En esa época yo consumía”, sentencia y se le dibuja una sonrisa en las pupilas.

“Se comió a raíz de 400 gramos por pera”, intercede Vittorio y se lleva a la boca un buñuelo de alga. Luego bebe de su cerveza, se atraganta y escupe hacia el exterior por la ventana, como si estuviese en su casa.

“Yo tampoco me acuerdo mucho y eso que llegué después de la media noche… no pude probar la cazuela… para esa hora no quedaba más que frituras… ¡Paaa, bo! Nunca me imaginé semejante fiestón”, dijo Vico deteniéndose unos segundos en la barra.

“Vení Vico a compartir con nosotros … estás aburrido de citar potenciales novias al restaurante y que ninguna te guste realmente… no solo hacés eso sino que además estás escuchando nuestras conversaciones. Dejá de martirizar a esa pobre mujer y te invito una limonada”, le decía Curbelo mientras lo veía ir hacia el baño.

“Lograr llegar a la puerta del restaurante me tomó diez minutos. El barco estaba lleno. El muelle también. Estaban los habitués, las caras conocidas del pueblo, algunos turistas y todos los empleados que habían pasado alguna temporada por el Costa. ¡Ninguno quiso perdérselo!

“Al ingresar al salón del restaurante pude recién visualizar a los hermanos reunidos en la mesa del fondo. ¡Estaban todos… y contentos! “Que linda imagen”, pensaba yo creyendo que en un abrir y cerrar de ojos estaría abrazándolos. Gente, gente, gente. No había por donde pasar. Viéndolos tan cerca y tan lejos a la vez, los Antonio jamás se levantaron para abrirme paso ni dejaron de brindar.

“Decidí encarar gritando y moviendo los brazos en alto como espantando vacas bravas y me tiré de palomita cual delantero al primer palo, resbalando sobre la mesa de punta a punta… Terminé tirando de la silla a Rafael que estaba en el otro extremo desde donde inicié mi festejo y juntos nos fuimos al piso. Atrás ya venían en salto todo el resto de la familia”, concluye emocionado Vico, mientras saca dinero para pagar la cuenta de su mesa.








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- "Despertamos flotando donde el viento nos amontonó, sin saber qué de nada. Lo bueno es que seguimos respirando... Nos debemos como seres, Sebastián. Que nunca se te olvide eso”, me dijo serio Robertito después de haber abierto la puerta del baño y encontrado lavándome los dientes.

- “¿Ah?” pronuncié. “Buen día, señor. ¿Sabes qué creo, Quique?” le pregunté y mirándole fijamente a su pupila derecha dilatada, dije: “Primero deberías atarte la bata… bueno, ahora que lo pienso, deberías bañarte con la bata puesta. Segundo, que si tú te levantas con esos pensamientos en mente y de verdad quieres que lo hablemos con la seriedad que se merece, deberíamos por lo menos, preparar el mate y enrolar uno".

- “¿Sabes cuál es tu problema, Sebastián?”, dijo ahora atándose la bata, “que hasta que no entiendas que tienes la cabeza tan llena de mierda que no te permite razonar tu accionar, no vas a lograr dimensionar dónde estás parado. Te imprimieron en la mente parámetros que no condicen con el verdadero propósito de tu puta existencia. Y por más que te creas tu hipocresía, siempre vas a ser un fracasado”, dijo envalentonado.

- “¡Ah la la! ¡Cómo se levantó este tigre!”, dije riéndome con mi reflejo de espejo. “Preparo unos mates y te atiendo”, le respondí y perfilé para la cocina.

Roberto Antonio se encerró en el baño. Su búsqueda comunicacional para temas relacionados al existencialismo, siempre retumban a combate, pero es su manera de tratar de razonar sus miedos. Finalmente lo entendí. Antes me enojaba. Pasamos mañanas enteras hablando de cómo vivir la vida.

"Olvidamos el origen... Nos embarcamos en una contrariedad evolutiva increíble", fue a la conclusión que llegamos ese día.













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“Ahora que lo miro a Gonza…” comienza de la nada a hablar Roberto Antonio y un “servirme un whisky” que se camufla en el inicio de la historia. Yo sé cuál quiere: el que se compró para momentos especiales o clientes adinerados.

“Era una tarde soleada”, prosigue Quique mientras yo le sirvo su bebida, “y nosotros habíamos tirado el ancla cerca de la costa. No había nadie más que él y yo. ¡En eso, paaa muchacho! Una mosca negra con alas de colores fluorescentes enorme que la veo venir a toda velocidad hacia nosotros… yo me refregaba los ojitos para ver si no estaba alucinando. “Weeeeeee”, nos pasó por arriba zumbando fuerte… era un bicho de ciento cincuenta kilos, por lo menos… el ojo era así”, decía haciendo una circunferencia con la máxima extensión de sus brazos… “así era el ojo… paaa… y en eso Gonzalo que sale corriendo y salta por la borda como tratando de agarrarla y desaparece.

“Chileno y la puta de tu patria”, gritó al asomar la cabeza del agua. Yo no entendía nada…Esa batalla lo dejó sin meñique y anular de la mano derecha”, dijo Quique y enmudeció empinando su vaso.

Viendo que hasta ahí llegaría su relato y que mi cara era de curiosidad, Vittorio terminó de redondear la anécdota: “Resulta que hubo un verano en el que un chileno vino al pueblo en una camioneta a todo ojete… y en la caja traía un paramotor…. Estuvo toda la temporada pasando frente al Costa Brava y Gonzalo le repitió hasta el cansancio que un día lo iba a bajar en pleno vuelo y lo iba a cagar a trompadas por presumido y fanfarrón. Ese día que te contaba Quique, lo hizo. Dos dedos le volaron la hélice. ¿Le viste la mano? no… el hijoeputa aprendió a hacerla invisible”.

“¡Booo! Poneme un poquito más, no seas maaaalo”, exclamó desde la punta de la barra Roberto Antonio agitando su vaso whisky vacío.












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En pleno servicio se escuchó un estruendo y en sincronía con los tumbos por el deck que comenzó a dar una silla tras haber caído desde el cielo, un alto volumen de música brasilera que se activa en el restaurante, el sonido de un atento cencerro desde la cocina atrayendo miradas y el bartender que grita “caipiriñas para todos”, agitando una vasija de barro de cachaza. Si todo salía bien, las borracheras de los empleados también correrían por cuenta de la casa. Envalentonados por los marineros y los habitués presentes, los clientes foráneos terminaban bailando entre las mesas como si estuviesen en un corsódromo.

“A los accidentes de trabajo los festejamos como aprendizajes para todos”, es el anuncio que hacen las meseras al bajar los brebajes etílicos brasileños en las mesas, pero nada informan de la pelea de hermanos que se estaba desatando en la planta alta de la casa.

- “Si yo tuviese que arriesgar te diría que la musicoterapia nació en el Costa. Pero no la que te cura, sino la que te confunde, distrae y hace olvidar lo que está sucediendo”, me confesaba Vico algo alcoholizado mientras me pedía otro vodka con jugo de naranja exprimido.



















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Un día llegó al restaurante una princesa canaria que quería veranear lejos de las alas de su familia y andaba en búsqueda de algo que convenciese a su madre para que la deje instalarse fuera de su castillo. Por suerte para algunos, llegó al Costa Brava en búsqueda de trabajo y alojamiento.

La entrevistó Beatriz Susana mientras los Antonio se relamían desde la sala de máquinas, espiando por donde podían, la presencia de semejante espécimen tan inaudito para la embarcación. Hablaba varios idiomas porque su padre fue un embajador que había andado viviendo por el mundo.

La Negra no solo aceptó su incorporación a la tripulación, sino que terminó llevándosela al resguardo de la cocina y la convirtió en su mano derecha. Juntas sacaban guarniciones, postres y algunos platos principales.

Luego del adoctrinamiento gastronómico y cuando consideró que su discípula estaba en condiciones, la dejó a cargo de ese sector del restaurante y se fue a visitar a sus hijos a Montevideo. Para esa altura de la temporada, los Tigres ya se habían afilado demasiado los colmillos esperando la oportunidad. La princesa estaba sola.

Una noche el Capitán volvió pasadísimo de copas al cierre de la jornada laboral e intentó torpemente acercarse a sus labios. Terminó enredado de extremidades y con la nariz sangrando, debajo de la mesa de trabajo de la cocina de Beatriz Susana.

"Esa fue la última vez que vimos a la canaria en el restaurante. Luego nos enteramos de que el padre de la chiquilina la había mandado de pequeña a jujutsu durante los seis años que vivieron en Japón”, concluía Vittorio rememorando el mito del bushi disfrazado de princesa que quedó haciendo eco entre los empleados del Costa Brava hasta el día de hoy.















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Un sueño muy vívido que lo transportó a su adolescente amor argentino. Roberto Antonio no entendía bien cómo había llegado tan nítida su imagen si no la veía desde entonces. Fueron tres vacaciones consecutivas que ella fue a Uruguay y dos inviernos que él cruzó el charco para encontrarse. Azul brillaba por sí misma, sin necesidad de entorno, ambiente o vestimenta. Se conocieron en el Club Social de La Pedrera intercambiando miradas y bailes increíblemente sincronizados generándoles tanta curiosidad que terminaron despejando todas sus dudas en el hotel donde ella se hospedaba. Desde la mañana siguiente sintieron, uno del otro, la necesidad de cercanía. Su romance a la distancia duró cuatro años y luego se cortó en un abrir y cerrar de ojos.

Quique se dio cuenta década y media después que la recordaba en detalle, en cada expresión. Su mente podía experimentar volver a besar su cuerpo, sensación que no lo invadía desde que dejó de masturbarse pensando en ella, quince años atrás.

- “Entró a mi casa como si viviese ahí y sin saludarme siquiera cortó la barra de chocolate que sobresalía de mi boca… ¡yo estaba inmóvil, muchacho! Tal fue la sorpresa que me quedé paralizado. Por eso me vine para acá a verla, pero ya se mudó de donde vivía y no sé cómo localizarla”, me contaba Quique mientras compartíamos una cerveza en un bar del barrio de Coghlan que había descubierto el Capitán el invierno pasado.

“¿Cuál es su nombre completo? En una de esas podemos ver si la administración del edificio sigue siendo la misma y nos pueden facilitar algún dato sobre ella”, le decía pensando en voz alta.

“Azul García, ¿podes creer?... que lindas chiquilinas que andan por este parque… parecen bambis… me gustan los bambis”, concluía Roberto Antonio empinando su vaso.













33


La reconocible voz de Gonzalo Antonio en estado de ebriedad e intoxicación transitoria de tabaco, apoyado en la ventana de mi habitación, invitándome de salida nocturna me despertó.

- “La Sabiduría no se negocia, muchacho… se transmite. Y yo hoy estoy para hacerlo. Ponte bonito que te voy a presentar a mis ángeles”, me apuraba desde el exterior.

Había tres señoras en la galería de una casa frente al mar, tomando whisky y escuchando a Jaime Roos, cuando hicimos acto de presencia. Todas me hablaban y trataban como si fuera un hijo menor de Gonzalo hasta que, tras la seña del Capitán, quedé habilitado para peinar arriba de la mesa de vidrio en la que nos encontrábamos brindando.

- “Acá es la misma, pero la cortan con no sé qué… pero que es la misma, es la misma”, me decía Catalina, la directora de la única escuela primaria que había en La Pedrera, después de aspirar los últimos miligramos de cocaína que yo traía desde Argentina.






















34



- “¿Hace dos o tres temporadas que no estás tú en el restaurante?”, pronuncié mientras intentaba que mi cinturón quedé bien colocado. Hacía media hora que reíamos de las anécdotas que nos regaló el Costa Brava trabajando juntos. Ante la falta de respuesta, busqué con la mirada y lo encontré con un cigarrillo prendido, frente a la ventana. Su expresión era otra. Algo había sucedido mientras yo estuve en el baño. “Va a sonar la alarma, Quique. Apaga eso”, le dije.

- “Se pegaron una fiesta tremenda, pero tremenda… no me acuerdo bien en qué año fue. Tampoco hago el ejercicio de memoria porque creo fehacientemente en la importancia y desperdicio de neuronas. ¡Y además en nada te cambia a ti o a mí, saber exactamente cuándo sucedió! No me vengas con eso, muchacho. A esta altura del partido, yo ya comienzo a cuidar la tripulación. Cuanta neurona haya por mi cuerpito, que se aliste para combatir el abordaje del Capitán Alemán. ¡Hay que estar lo más preparado posible para cuando lo haga! Sé que de cirrosis no voy a morir, pero sí de Alzheimer como mi madre… que en paz descanse…Lo importante que tenés que recordar, Sebastián, es que del laboratorio que comparten el encéfalo y la médula espinal”, me decía mientras se señalaba la nuca, “ahí atrás es de donde va a salir la magia divina. ¿Escuchaste? Pero primero debemos comprender el alcance del poder de la mente… y a partir de allí, comenzar a observar los océanos. Acá abajo están los tesoros… en las profundidades están las claves del verdadero existencialismo”, dijo Roberto Antonio mirándome con sus ojos saltones.

Hice una pausa larga y le pedí con un gesto que me convidara una pitada. “La verdad que no se Quique. Mi convencimiento es que lo mejor está por venir siempre y cuando actuemos con buenas intenciones”, le respondí devolviéndole su cigarrillo. En silencio nos quedamos hasta que yo decidí emprender regreso rumbo al ferry.

-“Si ves a alguno de mis hermanos, dile que la mierda flota si está bien alimentada”, me dijo Quique al oído en nuestro abrazo de despedida.












35

El 4 de julio de 2010 murió Vittorio en un accidente automovilístico. Me enteré por el diario regional de Rocha el cual leía asiduamente todo el año. El control de alcoholemia post mortem habría arrojado un nivel cuatro veces más alto de lo permitido para manejar. En su auto se incautaron bolsitas de cocaína, petacas de cointreau y preservativos en cantidades sorprendentes. Aparentemente sin motivo alguno, había salido de la ruta e incrustado contra un árbol de la banquina en el trayecto entre La Paloma y La Pedrera. Yo decidí viajar a Uruguay esa misma mañana.

Después del cementerio nos encontramos en el Costa todos los Antonio, la Negra, Curbelo, Vico y yo. La imagen del restaurante era tan triste como el propio cajón fúnebre de Vitorrio. El barco estaba en ruinas. Hacía tres años que permanecía cerrado al público y en peores condiciones que uno pudiese imaginar. El cartel de entrada colgaba del poste boca abajo. La escalera de entrada tenía solo dos de los cuatro peldaños. El deck estaba incompleto de maderas, y en varios sectores ya no se podía pisar por posibilidades de derrumbe. Los vidrios estaban tan sucios que parecían esmerilados y las plantas habían tomado posesión a su antojo de todas las aberturas.

Fuimos arrimándonos en silencio hacia la única mesa que quedaba en pie e hicimos girar un par de botellas de whisky que bebíamos del pico. Sin considerar que estábamos a la vista de todos los que paseaban por la rambla un domingo al mediodía, también comenzó a circular por nuestras narices, una bolsa de cocaína.

En un momento decidí ir al baño. El entrar al salón volvió a sacudir mis emociones. El retrato de Valor ahora era un rectángulo de moho. Todas las sillas estaban tiradas por el piso como si hubiese pasado un torbellino. Levanté una y su peso denotaba invasión de termitas. La barra estaba despintada y desprovista de cualquier tipo de adorno., y el inodoro tan asquerosamente sucio que preferí hacer pis en el patio.

“¿Vamos a abrir esta temporada el restaurante en honor a Vittorio?”, pregunté al regresar a cubierta y todos se paralizaron. Nadie dijo nada, pero entre ellos se miraron.













CONTRATAPA


Primero pasó de familiar a reunión de amigos. Luego se habilitó también al amigo del amigo. Finalmente se perdió conexión. Nada importaba. Llegó un momento en que la sobremesa del almuerzo se unía al tentempié de la cena.

Desde el día que puse un pie en este restaurante me sentí como si estuviese en mi casa. Trabajar temporada tras temporada fue un aprendizaje ascendente y no solo gastronómico. Con sus particulares dueños, unos bebedores empedernidos, fumadores sistemáticos y excelentísimos cocineros, me di cuenta de que lo importante es aprender lo bueno de los que saben y ver sus problemas como riesgos personales a futuro. Y por supuesto, confirmé y reconfirmé que resistirse a la tentación de comerse un buñuelo de alga del famosísimo Costa Brava, es imposible.




“Usted tiene que tomarse una tras otra, muchacho.

Y ya, ¡santo remedio! o se cura o se le olvida”.


Capitán

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