Costa Brava

Actualizado: abr 14

Breve historia de un restaurante uruguayo













Si nos habremos emborrachado en las mesas del deck del Costa mirando la luna… llena, vacía, a media asta, nueva…”, confiesa Juan Antonio mientras empina un vaso de cerveza y apaga su cigarrillo en un cenicero repleto de colillas. Lo apretuja contra el fondo con fuerza, lo levanta unos centímetros, lo mira con desconfianza, y vuelve a ahogarlo en cenizas. Una y otra vez. Casi en simultáneo sale disparado a buscar otra cerveza.




















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Su padre había sido un boxeador del amateurismo sirio y con él, de pequeño, jugaban a los guantecitos sin saber que lo bien enfatizado en movimientos a esas edades, quedan muy impregnados en el instinto devenido a reflejo cuando uno ya es más grande. “No le podían meter ni un puñetazo… o por lo menos, eso es lo que dicen”, me cuenta Vittorio acodado a la barra, bebiendo su desayuno y mirando el viejo retrato de un hombre que colgaba en la pared. Era su segundo vodka del día. Nosotros -los empleados del Costa Brava- enfocados en tener todo pronto para el servicio del almuerzo y él ahí, complaciendo su vicio como tantas veces ha hecho en este lugar.

El abuelo de los Antonio aprendió a hablar antes de los nueve meses y para el año y medio resultaba auditivamente agotador. “Abogadito” le decía su madre. Ya de adolescente, desarrolló un vocabulario extendido con un tinte perfilado al entrevero de ideas para tergiversar los actos comunicativos. Los propios y los ajenos. Podía reír, llorar de risa, sin importarle que nadie le hubiera sugerido ni un guiño cómplice de entendimiento. Tampoco se detenía a pensar si realmente alguien lo había escuchado.

En 1853 el Gobierno Federal argentino resolvió que fomentaría la inmigración europea no cobrando impuesto a todo aquel individuo que fuese a trabajar la tierra. En 1862, después de que el presidente Urquiza firmara un contrato con la provincia de Corrientes comprometiéndose a entregar treinta hectáreas de campo, insumos, semillas y materiales para la labranza, el abuelo de los Antonio tomó la decisión de adentrarse en la aventura de migrar a nuevo continente. Se autoconvenció en una borrachera de que la mítica Mesopotamia sería su lugar en el mundo y más confiado que seguro, se subió a un trasatlántico.

Cuarenta y cinco días estuvo navegando, de los cuales doce se la pasó encerrado en el calabozo. La repetida noticia de su corta existencia. Viviendo al límite, sin medir consecuencias. Cuando se bajó de la embarcación, sus colegas lo despidieron al grito de “Valor” y fue así como se lo conoce desde entonces. No se sabe fehacientemente de cuál de las anécdotas devino ese apodo, pero todas ellas estaban teñidas de enfrentamientos por lo que él consideraba “injusticias de género”. La realidad era que no podía contener su sexualidad y tenía que copular o al menos, liberar endorfinas a golpes de puño. Las historias terminaban en su mayoría compartiendo cama con las protagonistas o techo con alguna autoridad policíaca. El plan de defender a las mujeres, entrometerse en conflicto ajeno, era una estrategia de conquista bastante certera. Todo con la ayuda de una estupenda reacción corporal y mental que hacía de sus batallas físicas, comunicacionales y sexuales, herramientas de victoria o de derrotas muy dignas.

En una de las últimas experiencias de justiciero que vivió Valor en el trasatlántico, conoció a Athía, futura esposa y madre de un único hijo: Juan. Recorrieron juntos lo que pudieron de Sudamérica hasta que quedaron embarazados y se instalaron en Uruguay. Primero rentaron una chacra en la periferia de la ciudad de Rocha y luego construyeron una casa en La Pedrera, un pequeñísimo poblado de pescadores sobre la Costa Atlántica.

Juan, al terminar la escuela primaria, lo que le tomó un par de años más que a sus compañeros de generación, decidió ir a vivir a Montevideo con la familia de su inseparable amigo veraniego, Gustavo. Su idea nunca fue estudiar ni vivir del campo, por lo que después de unas semanas de búsqueda laboral, ingresó al Banco de la República Oriental del Uruguay como cadete administrativo. Desde esa posición comenzó un ascenso constante hasta llegar a convertirse en secretario privado del gerente de la sucursal. Allí conoció a María, una aficionada a la cocina que trabajaba cumpliendo actividades de gestión comercial y con la que tuvo cinco hijos: Roberto Antonio, Gonzalo Antonio, Beatriz Susana, Rafael Antonio y Juan Antonio.

Ya jubilados, Don Juan y Doña María decidieron instalarse en La Pedrera para ir retirándose tranquilos, también de la vida, mirando el mar. Lo que no imaginaron fue que algunos de sus hijos los iban a seguir hasta ese mismo techo. Y lo que nunca contemplaron siquiera fue que les iban a montar un restaurante en su garaje.



























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Juan “Boli” Antonio


“Más allá de las desprolijidades familiares que venían acarreando, la sazón particular de la comida del Costa se puso año tras año más interesante…. Con la llegada de Juan Antonio al timón, lo estético subió dos peldaños y se organizó el lugar… y con eso volvió a ser lo que era: el propio restaurante de mariscos del Uruguay”, me cuenta Vico y me hace seña de que le ponga un poquito más de ron a su vaso.


Apenas llegué al Costa Brava por una entrevista para bartender, vi que una persona estaba contemplando el paisaje tomando una Zillertal en una mesa del deck y prendiendo un cigarrillo con la colilla de otro. Contacto visual de por medio, verticalizó y haciendo ademán de sentaos, él lo hizo primero. Sin siquiera llegar a apoyar sus glúteos en la silla, se incorporó nuevamente y extendió la mano como para saludarme e improvisó un torpe abrazo. Todo eso en muy pocos segundos.

- “Juan Antonio, mucho gusto”, me dijo.

- “Sebastián, igualmente. … Lindo restaurante”, le contesté mientras él agradecía “gracias, gracias, gracias”.

Nos sentamos finalmente y sin mediar más palabras me mostró su caja de cigarrillos Marlboro.

- “Agarre tranquilo, m’hijo”, dijo y se levantó en búsqueda de cerveza a pesar de que frente a nosotros había una con la mitad de su contenido. “Las verdes son más ricas… eh así… no hay con que darle!! Salud. Bienvenido", concluyó y brindamos.

Luego de un rato de conversación e ingesta alcohólica, Juan se soltó de boca, y me contó cómo venía la historia sentimental del restaurante. El objetivo número uno de la temporada era “Salvar el barco”. Él había aceptado el desafío que evitó casi toda su vida: comprometerse a trabajar con los Tigres, como apodaba a sus hermanos.

- “La realidad es que venimos cuesta abajo desde hace algunos años. Y no por el restaurante en sí, sino por la relación familiar. Esto genera tanto dinero como problemas. Todos mis hermanos son unos personajes con los cuales es difícil lidiar. ¿Que te reconozcan algo? ¡Imposible!. Entonces esta temporada les dije: “¿Si me hago responsable del Costa ustedes van a dejar que lo maneje a mi manera? Solo después de que me firmaran un contrato, mandé a imprimir los talonarios de facturación con mi nombre y le di una lavada de cara al restaurante. Mirá cómo quedó!”, me dijo emocionado Juancito y no era para menos.







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“Éste conoció a los Antonio una tarde de lluvia torrencial, en Don Pepa, una pizzería de la rambla que ya no existe. Difícil de repetir, estaban únicamente todos los hijos de Don Juan y Doña María, junto al dueño del lugar, otro desquiciado personaje. Y entró él, con su trajecito de surf… ¡Se lo llevaron de gira!”, me relata Vico mirando a su amigo Curbelo, mientras yo fajinaba unas copas de vino para el servicio del medio día.

- “Me acuerdo como si fuera hoy”, dice Curbelo y continúa: “¡Pingüino!, arrímate que te vamos a convidar una cosita”, me gritó Gonzalo Antonio desde la barra… ¡El arrastre de vocales y consonantes en la pronunciación es irrepetible! Encima yo venía fresco del mar, sin nada más que cansancio físico encima…. Cuatro botellas de whisky y cinco tizas de cocaína nos tomamos esa tarde. Como si nada. A la noche fuimos al Club Social y de ahí ya no me acuerdo más. Me levanté mareado y con la sensación de una flecha clavada en mi parietal derecho, en una mansión desconocida frente al mar. ¡Cuatro días habían pasado desde la tormenta según mi reloj! ¿Qué hice con mi tabla? Fue lo primero sensato que se me cruzó por la mente… en eso estaba inmerso cuando lo vi pasar a Juancito Antonio con once años el botija y tan estropeado como yo…Por eso dejé de consumir… diez años después”, concluye y empina su taza de café. “¡De verdad! Hace cuatro años que estoy limpio”, me grita sacando de su bolsillo un llavero azul del Instituto Pura Vida. “Los azules son del cuarto aniversario… el año que viene me entregan el rojo y así hasta llegar al blanco… que indica que podés volver a tomar… o por lo menos, eso es lo que dicen los Recuperados”, me asegura Curbelo mientras Vico improvisa una señal de la cruz. Yo sigo fajinando y tratando de entender si estos dos personajes hablan en serio o andan así por el mundo todos los días.















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Roberto “Quique” Antonio


“En general se piensa que Enrique es quien se esconde tras ese sobrenombre impuesto maternalmente desde niño. Aún no sé sabe bien por qué, si por confusión, disputa o descuido de pareja, su padre lo rotuló legalmente bajo un “Roberto Antonio”. Tampoco está claro por qué todos los hermanos varones se llaman Antonio”, me cuenta Curbelo y pide otra limonada. “Estoy tratando de dejar de fumar también… y el limón me baja la ansiedad”, concluye uno de los pocos autoexcluidos de ese trencito caravanístico que da vuelta por el pueblo de La Pedrera todas las noches y la mayoría de las mañanas y algunas tardes, sobre todo fuera de temporada desde hace veinte años.



Beatriz Susana entró a la habitación después de recorrer el pasillo B del Instituto Pura Vida y encontró a Quique mirando por la ventana. Su descolorida bata desatada mostraba una tristeza corporal difícil de creer sobre todo si se lo conoció de adolescente, cuando daba mucho que hablar entre las chiquilinas del pueblo. “Tú estás muy flaco, muchacho”, dicen que le recuerda Vittorio, su compañero histórico de vicios, en cada visita. “Estoy como me tratan”, la respuesta reiterada.

Montevideo había amanecido nublado y a la espera de aguacero proveniente del otro lado del Río de La Plata. “Van a caer soretes del cielo”, dijo él cuando escuchó entornar la puerta. Sabía que era su hermana. Sabía que había venido a extender su tormento.

Sistemática y mensualmente, ella viajaba doscientos cuarenta y tres kilómetros, escuchando a Jorge Lazaroff, con la plata en mano para contribuir con las arcas del lugar, al menos un mes más. Por política de la empresa, el Instituto Pura Vida hacía venir a familiares directos a pagar la cuota de la internación. De esa forma, se aseguraban el trato directo con los verdaderos responsables de la situación.


- “Dicen que en Buenos Aires hizo desastres… está todo inundado… ¿Qué hacé, Róber?”, preguntó Beatriz con énfasis en las tildes gramaticales y en las de entonación rochense.

- “La verdad es que desde hace algunos días comencé a jugar solitariamente a crear creyendo una forma distinta de superar los obstáculos. Era eso o seguir apostando al rápido paso de las horas para que ya sea mañana. Ahora, tranquilito, amarro el bote al Puerto de la Sonrisa y cuando tengo la oportunidad, les afano el alcohol etílico a los chicos de limpieza …a eso me dedico, estoy bárbaro… gracias por encerrarme”, dijo Roberto. Después de esas palabras, la habitación quedó en silencio. Beatriz Susana comenzó enmudecida a buscar los cigarrillos en su cartera. Aunque estaba prohibido fumar dentro de la habitación y siempre los empleados del lugar se los recordasen, ellos en cada encuentro, lo hacían. No en grandes cantidades por cuestiones de tiempo. Nunca compartieron más de quince minutos.


- “¡Qué se caguen los porteños!”, irrumpió con muchos decibeles Quique y su hermana saltó de la cama en donde estaba sentada.

- “Roberto, por Dios! ¡¿Me querés matar de un susto?! ¿o estás loco!? ¿cómo vas a gritar así!? Acá te dejo tu porcentaje de ganancia del restaurante del mes pasado. Me tengo que ir. Te mandan saludos tus hermanos…”

-¡Yo no tengo hermanos! grito él llevándose otro cigarrillo a la boca y escuchó la puerta cerrarse. “Además te vas porque tenés el upite sucio… porque no te conviene quedarte para hablar de toda la plata que me deben desde que me corrieron del Costa”, dijo al aire.

“- ¡Yo soy inmortal... sabélo!”, gritó por la ventana cuando vio a su Beatriz Susana subiéndose al auto. Ella se hizo la desentendida
























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Don Juan no quería saber nada con que viajase solo pero Rafael Antonio estaba emocionadísimo porque después de mucho tiempo saldría a recorrer de inicio a fin la ruta 9 y de ahí en más, horizontes brasileros. La idea era frenar en cada ola, bar o sombra que se cruzase. No tenía tiempo estimado de regreso y nada ataba su vida a Montevideo.

Con la excitación del comienzo vacacional logró hacer los 292 kilómetros que lo separaban del Parque Nacional de Santa Teresa. Aprendió con eso que no se puede viajar todo el día en una moto de 110 centímetros cúbicos y disfrutar de la jornada. Hizo noche en el camping y a la mañana siguiente se fue a surfear. Cuando volvió a su parcela, encontró una reunión militar.

- “¿Usted es Rafael Antonio?”, le preguntó quién revisaba su billetera.

- “¿Y usted es el sobrino de Gregorio el “Goyo” Álvarez, acaso?”, le contestó él mientras guardaba la tabla de surf en la funda. Los que participaban de la requisa habían desparramado todas sus pertenencias arriba de una mesa de plástico y revisado minuciosamente. Sin mucho esfuerzo, lograron dar con una onza de cannabis y, a partir de la notificación del hecho, empezaron las charlas de procedimiento.

- “Lo vamos a trasladar a la jefatura del Chuy y vamos a averiguar sus antecedentes… ese trámite tarda al menos 5 horas. También vamos a hacer un análisis para detectar la calidad de la droga y estipular así la condena. ¿Estuvo alguna vez encerrado en un calabozo?”, le preguntaba sonriendo un pitufo con ropas camufladas y un diente incisivo cubierto de lata. Rafael Antonio sabía lo que significaba ir a esa jefatura de ciudad fronteriza: codearse con los malandras más pesados de todo el Uruguay…

- “¡Levántese muchacho!”, insistía una voz gruesa e irreconocible, pero él no se sentía aludido y menos aún quería salir del trance en el que estaba inmerso. Finalmente -con mucho esfuerzo-concentró todas sus energías en entender que era protagonista de la escena y en tratar de resolver la situación lo antes posible. Con la ayuda de un oficial, se puso de pie y dejavú: el muñequito diabólico de guerra seguía hablándole de calabozo, del aumento de horas de encierro… cannabis, éxtasis y ácido lisérgico. También notó que habían llegado tres o cuatro autoridades más junto a un jeep y una moto.

Rafael Antonio intentó llevar el diálogo hacia el concepto de soborno sin mencionar la palabra, pero lo único que consiguió fue que le sumaran una noche más en la jefatura por el delito de cohecho. “Esto se está complicando demasiado”, pensaba él mientras veía la llegada de dos autoridades disfrazados de blanco y con adornos militares por todo su pecho. Nuevamente sintió que el desvanecimiento avanzaba apoderándose de su cuerpo de pies a cabeza.

El ruido de un motor que se accionaba y pasos de borceguís en retirada provocaron su nuevo despertar mental. Desde el suelo y con el cachete aún pegado a la tierra, vio cómo su cielo comenzaba a aclararse, al igual que su segundo desmayo.

- “¡Levántate muchacho y lárgate de aquí! No vaya a ser cosa que encima te nos mueras en el camino”, le dijo el último oficial que caminando se alejó de su carpa.


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- “La víspera de la navidad me la paso por los huevos… Yo brindo por los muchachos del Old Christian’s Club y su gente”, dijo alzando su vaso Roberto Antonio, bebió su whisky de un trago y se alejó de la barra del restaurante intentando peinar su desprolija cabellera con ambas manos. Yo lo miré a Curbelo y mi ceño fruncido generó su explicación.

- “El 13 de octubre de 1972, un avión de la fuerza aérea uruguaya llevaba a un equipo de rugbiers a Chile para disputar un campeonato corto. Entre ellos, a un primo de los Antonio. Era una época en la que el rugby estaba surgiendo con fuerza por acá. Muchos de esos gurises no conocían la nieve y algunos otros ni siquiera habían salido alguna vez del país... La cosa es que el piloto pensó que había llegado a destino y empezó a buscar la pista con la trompa.... y de repente, nube que se esfuma y ¡pumba! …aparece la montaña. ¡Paaaa, muchacho! no le daba la butaca para hacer subir el avión... y si, chocó contra la cordillera... a 3.570 metros de altura. Muchos perdieron la vida al instante, otros en los 72 días posteriores. ¡72! ¿te imaginas eso, muchacho?... Solo dieciséis personas se bancaron los treinta grados bajo cero que hacía en las noches… entre ellos, el primo de los Antonio”, me contó Curbelo levantando su taza de café. Luego de un instante, concluyó: “Por Nando Parrado y Roberto Cannesa que atravesaron los Andes caminando y llegaron a Chile a pedir ayuda. Salud!”.



















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- “A ese grupito de zurditos habría que haberlo desarticulado con más balas de las que les metimos”, me dijo un cliente cuando aceptaba la devolución de la tarjeta de crédito que me había dado para saldar sus consumos en el restaurante. Yo no entendí el comentario y permanecí en silencio mientras lo veía alejarse.

-“Ya no gasto energías en la gente adulta… trato de educar a sus jóvenes. El día que Pepe vino a almorzar al Costa Brava, fue una verdadera revolución para La Pedrera, pero no para nosotros. Con Gonzalo Antonio formábamos parte de la primera línea militante de la Universidad de la República, fervorosos combatientes de los gases lacrimógenos de los milicos en las manifestaciones. Nos habíamos anotado en Ciencias Sociales porque queríamos participar de los Tupamaros y además porque había lindas chiquilinas estudiando ahí. Quique estuvo filosóficamente involucrado con el Movimiento: intercambiaba cartas con Mujica y Seregni, durante sus exilios. Tan cercana fue la relación que mantuvo con ellos, que hay una famosa foto de los tres juntos en la terraza de la casa de Liber, cuando éste dio su primer discurso después de salir de la cárcel donde estuvo encerrado ¡diez años!...¿Cuánto te debo, Sebastián?", concluyó rápidamente Vittorio mirando hacia la rambla.

Mientras sacaba la cuenta de su comanda, vi en la caja registradora una calcomanía del Movimiento de Liberación Nacional y comprendí el comentario ultraderechista del cliente que acababa de irse sin dejar propina.

















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Gonzalo “Capitán” Antonio.


“En las últimas temporadas Gonzalo se refugió en la cocina de Roberto y desde allá atrás, tan embebido en Chardonay Reserva como sus mejillones, sacaba la mejor cazuela de mariscos de todo el Uruguay”, afirma Vico pitando una pequeña punta sin filtro que luego me ofrece viendo que yo ya había concluido con el cierre de barra del restaurante. “Es cannabis californiano, ¡pruébalo muchacho!”, era su insistencia para compartir locura.



El pronóstico provenía de una sola fuente y con ecos intermediarios. Dicen que no se atrevió a volver al doctor que le había recetado los análisis. Solo sacó el sobre del cajón de la mesa de luz para compartirlo con una joven médica, novia de turno de uno de sus amigos. El Capitán después de ese encuentro se comportó introspectivo y permanecía con un vaso de agua gasificada y rodajas de limón al alcance de la mano. Parecía un fantasma que deambulaba por la casa… pero no se atrevía a pisar el restaurante. “Voy a tomarme un respiro del Costa”, les había comunicado a sus hermanos. Igual, poco le duró esa actitud.

Con el correr de los días fue olvidándose de lo acontecido y terminó con un repertorio de artimañas para servirse brebajes alcohólicos sin ser visto.

- “¿Te creé que somos perejiles, Gonza? ¿De verdad pensás que nosotros no sabemos que volviste a tomar?”, lo apuró de sobremesa Rafael Antonio.

- “Tú no eres un perejil, tú eres solo un pelotudo. ¿En serio crees que podés venir a hacerme un planteo, chiquilín? Si no fuera por mí, no podrías llevar los championes que calzás”, le respondió Gonzalo Antonio. Tomó lo que le quedaba de agua mineral y se dirigió refunfuñando a la heladera exhibidora de Bodegas Pisano.

- “Problemas tenemos todos”, dijo al pasar nuevamente por la mesa y se fue caminando a la calle con un vaso de vino blanco en mano. “¿Querés un helado de la Popi?”, gritó desde lejos sin esperar respuesta ni mirar hacia atrás.










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- “Los miedos lo tienen los ricos, porque el poder se siente en el pueblo, ahí donde siempre lo estuvo… ¡pero nos durmieron toda la vida, muchacho! ¿sabes quiénes? Los malabaristas del Imperio, esos que detentan todo en sus castas y no por azar, ¡atención!”, dijo Roberto Antonio tocándose reiteradamente la punta de la nariz con la yema del dedo índice de la mano derecha. Y continuó: “no por azar, muchacho, sino porque en su época fueron los más rápidos de mente y los más macabros, también. Ahora todo cambió, se respira el futuro, por eso se les frunce el upite a los ricachones”. Después de unos segundos de silencio gritó enojado: “¿Para qué carajo pierdo el tiempo contigo si tienes una ceguera galopante culpa de la época que te parió?"

- “Tranquilo, Robertito… que la conversación recién está comenzando”, le dije mientras le pasaba el segundo mate cebado de la mañana.






















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A fines de la década del setenta, el Cathay número 8, un barco atunero chino encalló a doscientos metros de distancia de la casa de Los Antonio. Una gran tormenta desvió al navío hacia la costa rochense, no pudiendo más que dejarse arrastrar arena adentro. En total venían veinticinco tripulantes y una tonelada de pescado fresco.

Ninguna fuerza mecánica uruguaya o brasilera pudo reinsertarlo en agua lo suficientemente profunda, por lo que decidieron levantar campamento y retirarse por tierra hasta el Puerto de Montevideo. Para todo esto, habían pasado quince días desde su llegada al pueblo.

Una noche, atraídos por los cánticos y alaridos que provenían desde el fondo de la casa de Don Juan, se fueron arrimando más tripulantes al folclore.

“Terminamos siendo como treinta personas. Nadie entendía nada. Pero estaba bien. Todos coincidíamos en que era música, alcohol y más vicios. En un momento, se pusieron delante de mí dos laosianos y me preguntaban algo. Yo, a esa altura, estaba borracho y veía borroso. “Nosotros barco traer bulto”, era lo que les entendía que decían. Yo le respondí verbal y gestualmente: “Ustedes barco traer bolsa y ¡pumba! Por la nariz. ¡Ja! las caritas de confusión... Finalmente trajeron unos bancos de madera tallados a mano de no sé dónde…Esos muchachitos estaban locos. Al otro día, con la cabeza entre las manos, y pensando en la desganes que me provocaba devolver los asientos al Cathay… se me ocurre la idea y se la comento al Capitán. Esa misma noche organizamos el desguazado nocturno más silencioso de la historia del Uruguay. Fuimos unas hormigas ninjas, Sebastián. Escondimos todo en el galponcito del fondo de la casa que se había hecho Don Juan para las herramientas.

Cuando por el pueblo perdió intensidad la novedad del vaciamiento del barco chino y ya se hablaba de alerta meteorológica para el fin de semana, nosotros comenzamos las obras de remodelación y ampliación del garaje de la casa. Esta viga que ves acá, era parte de aquel barco… ¡Salud!”, concluye Quique levantando su copa en dirección a la maraña de hierros que se veían enterrados en la playa desde la ventana del Costa Brava.











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“La mejor manera de comenzar un natalicio es con un cunnilingus, seguido de una felación, muchacho”, me dijo Gonzalo Antonio cuando pasó desde la cocina al salón del restaurante. Y prosiguió mientras apoyaba distraídamente en la barra su accidentada mano derecha: “Tuve la posibilidad de compartir cama con tres diosas. Desde ese día, son mis ángeles”, me dijo mirando como dos mujeres caminaban de la mano en dirección a la playa del barco. “¿Sabes lo que es eso, muchacho?, me preguntó llevándose un cigarrillo a la boca.

- “Conozco la historia de las cuatro mujeres, tú y Robertito”, le contesté mientras prendía mi encendedor y se lo arrimaba.

- “Esa fue otra vez… mis ángeles no las comparto con nadie… tal vez tu tengas suerte, porque me caes bien”, dijo Gonzalo Antonio mirándome con sentido evaluativo. “No, no creo…algunas veces me olvido que eres argentino” concluyó después y su vista se focalizó en el Hoyo.

- “Vamos a nadar”, gritó y se fue.





















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-“Escúchame bien lo que te voy a decir… ¡tengo la solución a nuestros problemas!”, dijo Gonzalo apenas puso un pie en el mismo ambiente donde se encontraba su hermano Roberto. Desde hacía unos meses las hornallas de la cocina de la casa tenían fuga de gas, pero como en invierno los ingresos de dinero escasean y lo ahorrado en verano tiene otro destino, ahora los Tigres también habían tomado posesión del restaurante para cocinar durante la temporada baja.

-“Veo que no pudiste dormir en toda la noche… y que tampoco me invitaste”, le respondió Quique levantando una ceja y mirándolo fijamente a su ojo derecho mientras revolvía su avena con leche.

-“Vamos a meternos en el negocio de la forestación… como está haciendo Luis Alberto Lacalle… ¿o no te llama la atención que la familia de tu presidente este comprando tierras y arbolitos a dos manos?”, le preguntó Gonzalo con tono indignado. Su hermano solo lo observaba en silencio evitando con rápidos movimientos de muñeca que se pegue su desayuno. “Hay facilidades por parte del Estado para predios poco productivos… te dan subsidios y beneficios. Es decir, le hacemos firmar un papel a Vittorio que diga que le compramos su terreno, pedimos el crédito y nos lo tomamos calentitos al lado de la estufa hogar”, proponía eufórico el Capitán.

-“Usted está loco, muchacho”, fue la única respuesta que pronunció Roberto Antonio al respecto y se alejó hacia el deck del Costa comiendo de la olla con el cucharon de madera con el que revolvía.
















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Dejó el diario regional sobre la mesa y se dio vuelta para mirar a los elegidos de esta temporada. Todos aguardábamos el clásico momento en el que el Capitán se dirigiese a la tripulación para hacer oficial el zarpazo del Costa Brava.

- “Hay mucha gente en tierra aguardando pisar cubierta como están haciendo ustedes hoy. Aquí aprenderemos a enseñarnos lo mejor que trae cada uno y lo haremos en pos del crecimiento humano, profesional, individual y colectivo. Les aseguro también que hay muchísimas personas relamiéndose para conseguir una mesa así que debemos estar a la altura de las circunstancias. Si necesitan algo, lo conversamos en privado. Resolver y continuar. Resolver y continuar… A través de los años, hemos cultivado una atención que nos distingue del resto de los lugares. Hemos puesto el foco en el servicio, convencidos de que es tan importante como la comida que servimos. Sobrevivimos temporadas bajas con atún en lata y la gente se iba feliz y volvía... ¡Varriba!”, gritó eufórico Gonzalo Antonio y nadie hizo eco.

Carraspeó y prosiguió: “Muchas de las personas que van a empezar a ver hoy ustedes son golondrinas de este barco pero también habrá muchas otras que no … ¡a todos por igual! ¡Quiero que los atiendan a todos por igual! Yo no tengo amigos. Mis hermanos tampoco. Cualquier cosa, quien pregunte, que se comuniquen con recursos humanos… las oficinas están abajo, cuarenta metros bajo el agua.

“Regla numero 2: No corremos ni gritamos. El termómetro lo tienen ustedes, los del salón, las caras visibles del Costa. Si muestran que estamos desbordados la gente se impacienta y rompe todo. Así que, por más que estemos prendidos fuego, nadie debe enterarse.

“Regla número 3: que siempre haya un sí de respuesta. Si no lo tenemos, lo inventamos. Sólo anticipen que puede que demore unos instantes, ¿estamos de acuerdo? Gracias por venir y que disfruten la temporada, chiquilines”, concluyó el Capitán y sonaron, ahora sí, los aplausos.


Los marineros nos dispersamos y cada quien tomo posición en su puesto. Solo quedaron en círculo los Antonio y la Negra. Y ahí la que manda es ella. Las directivas salen de su boca.

“Miren pedazos de hijos de puta, si los llego a ver duros con algún empleado, los empalo con esta cuchara de madera y me voy a la mierda de acá, ¿me escucharon? Demasiado tengo con mis hijos como para andar ocupándome de ustedes. ¿Qué mierda fue ese discurso Gonza? ¿Temporadas bajas sirviendo atún en lata? ¿Golondrinas de este barco? ¿De qué carajo estás hablando? ¿Estás en pedo o ya se te fue la moto? En fin… vamos a abrir esa puerta y que comience el show. ¡Y me cago en Dios y la reputísimamadre que me parió! me olvidé la crema en el fuego”, gritó Beatriz Susana y se alejó dando saltitos.






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Cuando pensé que la vacante de bartender era mía y me emborrachaba prematuramente en el deck del restaurante con uno de los dueños, se presentó ante nosotros una señora con una bolsa de langostinos frescos entre tantas de sus pertenencias que abrazaba.

- “Beatriz”, me dijo y extendió su mano. Luego perfiló hacia el interior de la casa.

Desde adentro, a los pocos minutos, gritó el nombre de su hermano. Tuvimos un cruce de miradas con Juan Antonio y él, levantando las cejas, verticalizó y salió caminando tras el llamado. Yo me quedé divagando mentalmente como sería pasar una temporada en este lugar, en el mismísimo Costa Brava. Todo era fantástico.

-“La Negra quiere hablar contigo, muchacho”, me dijo cuando volvió con otra Zillertal a la mesa. Yo quedé desconcertado, ni cerca de estar preparado para una segunda entrevista. Ya no tenía registro de la cantidad de cervezas que nos habíamos tomado, vacío estomacal de por medio, cansancio de ruta, emoción por haber llegado a destino…

-“Esta es para ti…¡Sígueme!”, me dijo Beatriz Susana apoyándome una bolsa en el pecho y continuó su marcha en dirección a la playa.

Cuando el mar nos llegó a la altura de la cintura, ella esbozó la primera pregunta: “¿cuál es tu estilo natural?”. Yo tragué saliva esperando con eso entender hacia dónde apuntaba el diálogo.

- “Acabo de conocer a su hermano que me entrevistó. Trabajé con Rafael Antonio en la posada de Oceanía del Polonio y esta temporada me gustaría hacerlo en La Pedrera, y qué mejor que es su famoso restaurante… la gastronomía es algo que me apasiona…”, le estaba respondiendo pretendiendo sonar a la altura de las circunstancias, cuando ella interrumpió: “No seas pelotudo”, dijo y se sumergió en modo buceo a pulmón en búsqueda de las algas para elaborar uno de los platos más codiciados de su restaurante. No me quedó otra alternativa que imitarla.

Mientras lavaba las algas que habíamos juntado y la Negra preparaba la mezcla secreta del Costa Brava para hacer los buñuelos, me confesó que ella acepta o rechaza a los marineros de la temporada dependiendo de cómo naden y se desenvuelvan en el mar.

- “Juan los termina de elegir después de la primera borrachera y su resaca. Si no funcionan, los hace caminar por el tablón”, concluía Beatriz Susana mientras prendía la freidora para darme a probar la especialidad de este barco gastronómico.








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Beatriz “Negra” Susana


“La única que equilibra la balanza en la familia es la hermana. Yo siempre estuve enamorado de ella, pero no podía decir nada porque me iban a boxear los Antonio en todas las reuniones. ¡Y ojo! La Negra se rescató porque tuvo dos hijos de adolescente que la hicieron delirar menos…. Porque sinó más que un restaurante hubiesen puesto una sala crematoria estos salvajes”, me comparte Vittorio mientras esperamos que venga Juan Antonio a abrirnos el Costa. Yo para empezar a montar la barra de desayunos. Él para saciar su sed.


Beatriz Susana, con veinte años y sin haber terminado los estudios básicos, decidió no mudarse de la gran ciudad para seguir haciendo carrera en el Banco de la República. Con ella también quedó su hermano menor, Juan Antonio, bajo el argumento de terminar el último año del liceo “con sus compañeros de siempre”. Los otros hermanos renunciaron a sus rutinas y siguieron a sus progenitores. Roberto Antonio jugaba en Fiat como vendedor; Gonzalo Antonio venía rebotando de mesero por la gastronomía y Rafael Antonio era un buscavida que se estaba inclinando hacia el oficio de carpintero después de haber materializado una tabla de surf. Todos disfrutaban anualmente al máximo el hecho de ser los adolescentes de capital que veraneaban en la impactante casa de sus abuelos. Ahora probarían como sería ser residentes.

La Negra fue la primera en hacer “abuelos” a sus padres. Un extraño amor playero con alguien opuesto a su sentido de vida, desencadenó en dos hijos inesperados. Luego de los nacimientos se convirtió en madre soltera y se aferró más que nunca al ascenso por antigüedad que el gobierno le brindaba a los bancarios.

Dicen que Tom, el padre de las criaturas, se fugó a Brasil de un día para el otro. Nadie puede aseverar nada al respecto.











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- “Olvídate de lo que llevas dentro, lo que te inculcaron… tus creencias, tus valores. ¡Resetéate, muchacho! Ponte en pausa, y piensa desde esa posición… Tómate el tiempo que necesites. Horas, días, semanas… pero comienza a percibir lo que química y físicamente extrañas realmente. Y quédate con eso, sólo con eso para tu nueva manera de transitar… y enamórate de algo, de alguien… ¡pero enamórate, por favor! porque si no tu aporte evolutivo será nulo. Desde la mirada de la Magia o como quieras llamarle a lo que viene después de la Era Científica… todo será distinto. Y yo no creo llegar a vivirlo…”, me decía Roberto Antonio mientras tomábamos mate y compartíamos un cigarrillo de marihuana. No le había prestado atención visual porque estaba con los ojos cerrados pensando en lo que me decía, cuando lo interrumpí.

- “Daleee Quique… después de las diez de la mañana dijimos que íbamos a habilitar la bebida”, le reproché mientras él me ofrecía la petaca del Bar Los Yuyos con los labios mojados. “Es caña de pitanga, ¿no?”, concluí mientras extendía mi mano, sabiendo la respuesta y cayendo en la tentación.



















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“¡Quelvinonoseausente!” era la bendición y siempre se descorchaban antepenúltimas botellas, una tras otra. Los repartos que hacía Bodega Pisano por los restaurantes del pueblo tenían parada obligada en la casa de los Antonio. ¿Para esta semana cuántas le bajamos, Don Juan? Gritaba uno de los empleados mientras descendía del vehículo desde la butaca del acompañante.

Las juntadas comenzaron siendo un griterío de alcoholizados personajes amigos de los Antonio para bajar mucho los decibles de la mano de la aparición de un menú estandarizado, el incremento de los precios y la remodelación del lugar.

A la clásica lista de buñuelos de algas, aros de calamar y miniaturas de pescado, se le sumaron woks varios, la cazuela de mariscos y los pescados a la plancha. Después de un par de temporadas oficiales, Costa Brava se estableció como la mejor opción gastronómica en La Pedrera y sus alrededores.

El restaurante abría solo en verano, ya que durante el resto de las estaciones el clima no atraía actividad turística. Pero por sobre todas las cosas, para los Antonio, era impensado poder trabajar todo el año juntos.


















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“Me acuerdo de la Copa América del ‘95 cuando Quique no quiso saber nada con viajar para ver a la selección de fútbol y eso que desde el año ‘67 que no teníamos la posibilidad de verla. Era pleno invierno y él no quería saber nada de ir a Paysandú o Maldonado ni siquiera para ver a algún buen clásico sudamericano.

“¿Contra propuesta de Robertito? Hacer de cuenta que el país organizador del evento era Venezuela y juntar nuestros ahorros destinados a gastarlos en la Copa para despilfarrarlos en excesos mirando todo por televisión en su casa. Y eso hicimos… Quique, Gonza, él y yo”, me contaba Curbelo señalando a Vico. Recién llegaban al Costa en modo fútbol y se sentaron como de costumbre en los taburetes de la barra dejando uno libre entre ellos. Pidieron su bebida y me incluyeron en la conversación al instante.

“Uruguay clasifica primero y juega contra Bolivia y Venezuela antes de enfrentar a Brasil en la final. Para ese momento, nosotros ya estábamos en órbita… hacía 20 días que no dormíamos…

“En la final Tulio de pecho hace el gol para ellos y así termina el primer tiempo. Para el segundo, Héctor Núñez mete todos los cambios de una vez y sale otro equipo a la cancha. No solo se lo empatamos con un tiro libre hermoso de Bengoechea sino que estuvimos cerca de dárselo vuelta… pero nos fuimos a penales. Fernando Álvez se lo ataja a Tulio y el “manteca” Martínez desata el delirio de 3 millones de habitantes”, dijo Vico buscando mi aprobación como si me acordase de eso.

“¡Campeones señores! haciendo respetar el torito de mascota y rememorando el Maracanazo”, decía Curbelo imitando a un hincha eufórico recién salido de la cancha.

“Teníamos un equipazo… el gran capitán Enzo Francescoli, Fonseca, Gadinolfi, Poyet, Saralegui, Aguirregaray, Bengoechea, Da Silva, Martínez, Sosa…” comenzó a nombrar Vico cuando fue interrumpido por Gonzalo que apareció por la puerta trasera del restaurante cantando:

“El fútbol es el arte de mi país, arte que se vive con sinceridad…” y buscó cómplices que también se acordaran de la canción de el “pájaro” Canzani que era la oficial de la Copa.

“No me mires a mí”, le dije y acompañé el cántico haciendo el ademán de revolear una camiseta sobre mi cabeza, cual hélice de helicóptero.